Enero, 1954: El debate sobre el campo

La cuestión agraria —uno de los grandes desafíos que serán materia candente en las décadas siguientes—, tuvo expresiones en Mensaje ya a mediados de los años cincuenta. Una de las primeras es el artículo “Notas sobre el problema agrario”, del sacerdote Humberto Muñoz, seguido de varios otros sobre el mismo tema.

NOTAS SOBRE EL PROBLEMA AGRARIO

El campesino chileno está en pleno período de transición, muy semejante al que tuvieron los obreros allá por el año 20. Como llega un momento en que el niño se convierte en adulto y adquiere su plena personalidad, sin que sus padres puedan darle ya un trato infantil, así sucede también con las clases sociales: llegan también a la edad adulta pasando antes por el periodo turbulento y desconcertante de la pubertad. Cuando ya la personalidad se afirma en un rumbo determinado, ¡qué difícil es cambiar la dirección!

¿Qué hubiera sucedido en Chile si los patronos, la Iglesia, el gobierno, el país entero, hubieran propiciado un movimiento  sindical de auténtica orientación cristiana? ¿Por qué fue necesario que los comunistas ganaran el quién vive y dieran a la cuestión social un matiz francamente marxista? Pero es inútil lamentarse o elucubrar acerca de lo que pudo suceder y no sucedió. Ahora sólo queda la posibilidad, bien remota, de tratar de recuperar el terreno perdido, con todos los inconvenientes del que llega tarde y debe aceptar el terreno designado por el enemigo.

¿Qué hubiera sucedido en Chile si los patronos, la Iglesia, el gobierno, el país entero, hubieran propiciado un movimiento sindical de auténtica orientación cristiana?

Afortunadamente en lo que al campesinado se refiere, el problema es totalmente diverso. Los síntomas de mayor edad recién están apareciendo; la clase campesina todavía no toma conciencia de su valer ni mucho menos se ha organizado ni tomado un rumbo defiitivo. Pero todo eso sucederá a corto plazo, quisierámoslo o no, y lo único que podemos hacer es influir en algo en la orientación del moviento. La peor solución es negar este hecho y negarse a mirar el futuro. Una espúpida política de resistencia, en que se afloja un poco la cuerda cuando no se puede evitar el hacerlo, significa dejar la dirección del movimiento, y por lo tanto el futuro, en otras manos, teniendo nosotros que sufrir las consecuencias.

Dos son las tendencias que se disputan hoy la dirección del campesinado con mayores probabilidades de éxito: la comunista y la estatal socializante. Que los comunistas se están preocupando de penetrar en los campos es cosa evidente. Basta leer «El Siglo» donde todos los días se destina por lo menos una página a los campesinos; publican el periódico «Surco» destinado especialmente a los campesinos y tienen en Santiago una escuela de dirigentes campesinos donde los preparan en cursos de 4 meses para sus futuras labores, esperando pacientemente el momento propicio que probablemente coincidirá con la ley de  sindicalización campesina. Los obreros de los caminos llevan con frecuencia el virus  comunista, por las noches, a los pacíficos hogares de inquilinos y la misma radio, ya tan divulgada en el campo junto con la electricidad, se encarga de avivar la llama.

Pero el peligro más próximo es quizás el de un socialismo de Estado, en que todos los problemas del campo […] su técnica por demás anticuada. Los “Clubs de los 4 C” están destinados a realizar una revolución pacífica en nuestros campos. Ignoro solamente si trabajarán en coordinación con patronos y campesinos, o si será una organización puramente estatal que opere de arriba hacia abajo.

Otro problema urgente es el de la escuela campesina. ¿No podría el Estado ceder un poco de su monopolio educacional y permitir a los patronos establecer un sistema de escuelas verdaderamente campesinas que llenen una función efectiva en nuestros campos? Las innumerables escuelas particulares o semi mantenidas por los patronos y parroquias de campo podrían unirse en una federación que comenzara por tener su propia escuela normal rural y estableciera métodos pedagógicos nuevos. No es necesario que  el Estado lo haga todo; pero sí que comprenda, ayude y estimule.

LA IGLESIA

Last, but not least. Nadie como la Iglesia está capacitada para dar a todos la orientación doctrinal tan difícil en estos momentos. Sólo ella ve las cosas desde una altura incomparable; mira como a sus hijos a patronos, campesinos y a los mismos hombres del gobierno; nadie tiene tanto interés como Ella en la correcta evolución social, tan ligada con los destinos eternos del hombre. Mas, también su tarea es en extremo difícil.

Las grandes encíclicas sociales se refieren al sistema capitalista imperante en el mundo industrial, y esas mismas encíclicas reconocen que los campesinos se han mantenido en general al margen del sistema capitalista. Los principios fundamentales son ciertamente aplicables a todo sistema económico, y tenemos además importantes discursos del Papa actual; pero todo eso no suple el vacío de una encíclica especial sobre problemas rurales, y nos obliga a ser muy cautos cuando se trata de aplicar la doctrina social de la Iglesia a nuestra realidad campesina.

El clero joven está deseoso de actuar en el terreno social. Le faltan por desgracia programas concretos, constructivos, y a causa de eso su acción deriva muchas veces a la simple crítica amarga de los defectos actuales, con lo cual se distancia un tanto de los patronos, en lugar de colaborar con ellos en la solución efectiva de los problemas. El programa de extensión agrícola del gobierno les proporciona una oportunidad espléndida de hacer algo muy efectivo, siempre que haya por ambas partes espíritu de colaboración. A disposición de los agrónomos pueden poner alguna sala de reunión y en especial ese pequeño terreno que no falta en ninguna parroquia de campo, para que allí se hagan experiencias agrícolas y se convierta así la parroquia en el cen tro del «Club de las 4 C» y de una nueva modalidad en la vida del campo. Pueden además iniciar la organización de cooperativas, tal como se ha hecho ya en algunas partes con tanto éxito. Sería largo enumerar las cosas que el párroco de campo puede hacer. Lo principal por ahora es que amplíe su criterio pastoral y ponga su criterio pastoral y ponga su cultura superior y su actividad al servicio de la causa campesina. Es el intermediario neto entre patronos y campesinos, el que mejor puede suavizar asperezas e indicar rumbos nuevos.

En Noviembre de 1952 la jerarquía chilena creó la Acción Católica Campesina en forma especializada. Se ha iniciado ya el movimiento por la Juventud Agrícola Cristiana (J.A.C.). Se propone formar jefes de ambos sexos que, con un exquisito sentido cristiano y social, puedan ponerse a la cabeza de su clase y dar la solución cristiana a los problemas que la aquejan. La clase campesina mantiene fundamentalmente su fe cristiana. Su gran necesidad es encontrar los jefes que la guíen con criterio seguro. Al trabajar en formar estos jefes, la JAC hace quizás el mejor y más necesario esfuerzo. Los patronos y menos el gobierno no cuentan con la confianza delos campesinos como para dejarse formar en sus futuras aspiraciones. Ellos mismos no tienen hoy por hoy la cultura necesaria para hacerlo. Y por eso la Iglesia ocupa un lugar privilegiado porque es la única que puede dar esa orientación espiritual y social que se necesita. Sin embargo, ella sola no puede hacerlo todo y está segura de que si todos cumplen con su deber, cada uno en su propia esfera, el campo chileno seguirá siendo cristiano y más próspero que nunca.

EL P. ALBERTO HURTADO Y LOS OBREROS CAMPESINOS

“Los campesinos, unos 300.000 activos, son todavía un grupo más o menos fiel a la Iglesia; el Comunismo los asecha; pero la oposición patronal —muchos de ellos, católicos— es muy fuerte para toda acción reivindicativa. Si alguien se acerca a los campesinos con miras sindicales, provocará su expulsión inmediata del fundo. Así son los hechos”.

EL P. ALBERTO HURTADO Y LA ASICH (ACCIÓN SINDICAL CHILENA)

Diez días antes de morir, el 7 de Agosto de 1952, fiesta de San Alberto, una veintena de dirigentes de la ASICH pasó a saludar al querido Capellán, quien fue dando la mano a cada uno de ellos y con palabras entrecortadas y débiles les dijo: “Sigan unidos. Luchen por la justicia. Defiéndanla hasta lo último. Hay mucho que hacer. Hagan el juramento de luchar por la justicia hasta el fin. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. La recompensa está allá arriba en los cielos. Rueguen para que estos últimos días los pase muy unido a Nuestro Señor”. Enseguida, todos se arrodillaron y les dio la bendición.

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