Enero, 1954: “La hora de los sacerdotes obreros”

Años antes de que se presentara en Chile, en la Iglesia de Europa ya se manifestaba la expresión de los sacerdotes decididos a vivir entre los pobres. El artículo del jesuita Jean Villain, de Mensaje N° 26, se ocupa del movimiento eclesial que, años después, en nuestro país daría espacio a expresiones como el Movimiento Obrero de Acción Católica, los Cristianos por el Socialismo y otras.

LA HORA DE LOS SACERDOTES OBREROS

Desde hace tres meses, diarios y revistas de todas opiniones no han cesado de hablarnos sobre los sacerdotes obreros. Generalmente mal informados sobre uno de los problemas más delicados, han alabado sin distinciones el papel de estos sacerdotes y dieron a entender que si las autoridades romanas habían contemplado su supresión, se debía exclusivamente a motivos de orden sindical o político: una colaboración demasiado estrecha de algunos de ellos con la C.G.T. o actitudes “progresistas” en diversas circunstancias, por ejemplo, con respecto al Movimiento de la Paz.

Así se simplificaba gravemente el pensamiento pontificio y se arriesgaba desarrollar entre los católicos un sentimiento malsano de confianza ante Roma.

Durante este período, Etudes ha preferido callarse. Nos pareció, en la imposibilidad de dar a conocer al gran público los verdaderos alcances del problema, que lo mejor era dejar a las autoridades responsables estudiarlo y solucionarlo. Sólo una cosa era cierta: el común deseo del soberano Pontífice y de los Obispos de Francia de hacer todo lo posible para que la clase obrera fuese evangelizada con el mayor fruto posible. Solamente debíamos confiar a nuestros jefes religiosos un problema que ellos resolverían en silencio, sin dejarse influenciar ni a derecha ni a izquierda, problema que sólo ellos podían captar en sus verdaderas dimensiones.

Hoy día se han tomado tres decisiones fundamentales. Tres Cardenales franceses, los de Lille, Lyon y París, fueron a Roma para exponer sus puntos de vista a Su Santidad y pedirle directivas. Algunos días después de su regreso, el 14 de Noviembre, hicieron pública una declaración que redactaron en Roma y que aprobó el Soberano Pontífice.

Estas directivas serán, sin duda, acogidas más o menos favorablemente, y como siempre, buscará cada uno interpretarlas a su manera. Algunos querrán descubrir en ellas, ante todo, una condenación de los sacerdotes obreros; se detendrán en estas palabras: “La experiencia de los sacerdotes obreros… no se puede mantener en su forma actual”. Otros, y nosotros nos contamos entre ellos, después de haber acogido este veredicto, meditarán la frase siguiente: —“La Iglesia contempla que los sacerdotes que hayan dada pruebas de cualidades suficientes, mantengan un apostolado sacerdotal en el medio obrero”. Estos verán allí, justamente, que Roma, por medio del episcopado francés acepta la organización de un apostolado sacerdotal resueltamente misionero.

De este modo, esta declaración es, ante todo una gran esperanza para nosotros. Siempre creímos en la posibilidad y en el valor apostólico irremplazable de una presencia sacerdotal en nuestros medios paganizados. La Declaración aprueba esta presencia: los sacerdotes obreros no deben desaparecer. Seguirán viviendo en condiciones más favorables para el fin que la Iglesia les ha propuesto en todo tiempo.

No hay que exagerar, sin duda. Los sacerdotes obreros no fueron los primeros apóstoles de la clase obrera, ni son los únicos en el día de hoy, como algunos periodistas lo han ingenuamente afirmado y como una lectura rápida de la Declaración podría hacerlo pensar. Los sacerdotes obreros saben que antes que ellos ha habido y hay hoy, sacerdotes admirables de los dos cleros, cuya vida se ha consagrado, con qué humildad y eficacia a la vez, al apostolado de la clase obrera, y están sumamente agradecidos a la J.O.C., en cuyo seno se formó como Capellán el que debía fundar la Misión do París, el abate Henri Godin. —En Francia desde 1927, la Acción Católica Obrera (primero la J.O.C. luego la L.O.C. para los adultos, la M.P.F. y hoy —la A.C.O.) ha penetrado en los medios obreros, invitando a los laicos al apostolado. La Asamblea de los Cardenales y Arzobispos de Francia ha subrayado el papel esencial de estos movimientos.

Por esto, sí se quisiera descubrir al verdadero iniciador del apostolado obrero moderno, tendríamos que remontarnos a Mons. Cardjin, creador de la J.O.C., y sin duda él nos remitiría al que inspiró su pensamiento, al asombroso Mons. Poels, fundador hace cincuenta años, del medio obrero en el Limburgo holandés. Los dos, Mons. Poels y Mons. Cardjin, y después de ellos, entre nosotros, el canónigo Guerrin, frente a las miserias religiosas de la clase obrera, comprendieron que a pesar de triunfos parciales y temporales, una acción apostólica enfocada solamente en dirección a los individuos, resultaría ineficaz. Era necesario transformar el medio, y es éste el sentido profundo de la la Acción Católica.

La fundación de la Misión de París hecha por el abate Godin hace diez años, suscitó esperanzas inmensas. Los pocos sacerdotes que se habían reunido Junto a él, primero en Combs-la-Ville, luego en Lisieux, para reflexionar sobre el nuevo apostolado y prepararse a él por medio de la oración, iban a prolongar los esfuerzos de la Acción Católica llevando su testimonio sacerdotal a los lugares de trabajo y a los barrios más desamparados.

Sin embargo, al cabo de diez años de esfuerzos, la Iglesia declara que esta “experiencia… no puede ser mantenida en su forma actual”. Pero ¿hay que extrañarse, después de todo? Es raro que una empresa tan nueva encuentre en el primer ensayo su forma definitiva. Hasta los mismos grandes fundadores han andado a tientas largo tiempo.

En el caso presente, y conviene recalcarlo para disipar el equívoco en que vivimos desde hace tres meses, la verdadera dificultad ha sido de orden esencialmente sacerdotal. Si el Papa intervino con una autoridad tal, es porque estaba inquieto, y legítimamente inquieto por los sacerdotes obreros. Sabía que eran generosos, conocía su vida de pobreza y abnegación, sus sufrimientos en el contacto con una clase obrera hostil a la Iglesia y que ignora totalmente a Cristo… Pero eran los pioneros, los precursores, que se habían lanzado en la acción, sin haber podido recibir siempre una preparación espiritual e intelectual adaptada a las inmensas dificultades que les aguardaban. Sumergidos en pleno ambiente paganizado donde las influencias colectivas se dejan sentir poderosamente, arriesgaban ver oscurecerse poco a poco su ideal sacerdotal. En particular, el contacto habitual con el materialismo marxista debía conducirlos casi necesariamente a conceder una importancia excesiva a valorizaciones temporales difícilmente compatibles con su estado sacerdotal y hasta con la auténtica caridad de Cristo. De este modo, aún la estima de los bienes espirituales amenazaba con disminuirse lentamente en ellos. De ahí que hubiera una tendencia a descuidar la oración, a tener menos devoción por la misa cotidiana, a descuidar la ayuda de los sacramentos, a comprender menos a la Iglesia, y a desdeñar sus métodos clásicos de apostolado.

Debemos excusarnos por esbozar en rasgos tan groseros un conjunto de tendencias preñadas de matices, y en recargar así la gravedad de una evolución que algunos sacerdotes obreros han apenas conocido. También afirmamos categóricamente: sería calumnioso decir que el conjunto de los sacerdotes obreros haya desviado de manera seria su sacerdocio. Pero a la inversa, sería pueril afirmar que los mejores entre ellos hayan podido escapar totalmente a estas influencias peligrosas. Con el tiempo la situación no podia sino agravarse si no se hubiese tratado de ponerle remedio. En estas condiciones, la intervención de Roma que ha podido parecer brutal a algunos, ha sido muy oportuna. Pero entiéndasenos bien: no disminuimos en nada la admiración que sentimos por estos sacerdotes heroicos que han emprendido lo que tantos otros, y nosotros en primer lugar, nunca nos hemos atrevido a emprender. Si han recibido heridas, ha sido luchando en el punto más expuesto, ha sido por no haber medido suficientemente el riesgo que corrían entregándose sin medida al servicio de Cristo y de Ja clase obrera. ¿Quién podría enojarse con ellos? Nuestra esperanza radica en que una vez vendadas estas heridas, continúen valientemente su apostolado.

Este “apostolado sacerdotal en pleno ambiente obrero” no podrá continuarse sino bajo ciertas condiciones, nos advierte la Declaración.

Antes de analizar estas condiciones, debemos confiar que los sacerdotes obreros las aceptarán con espíritu de fe, por el bien de la clase obrera a la que ellos han consagrado su vida. Las restricciones que se les impone les parecerán duras, harán sin duda menos cómodo su contacto con los medios proletarios, los obligarán a reducir actividades que vistas desde la “base”, parecían necesarias. Todo esto es cierto. Pero por otra parte, estas restricciones les permitirán permanecer más verdaderamente sacerdotes. Así su presencia en el medio obrero será más esplendorosa todavía y su testimonio más eficaz en el plano espiritual. ¿No es ésta su única ambición? ¿Cómo no estar decididos a hacer todos los sacrificios para servirla, aún siendo muy doloroso?

Si la “experiencia” no puede continuarse en su forma actual, es muy posible que en su forma posterior sea llevada a cabo por esos mismos sacerdotes que desde hace diez años han adquirido un conocimiento concreto de los medios obreros, de su psicología, de sus necesidades, de sus aspiraciones, por esos mismos sacerdotes que han sabido captarse su confianza y afecto. Maduros con la presente prueba, habrán visto crecer su amor por los que sufren y serán aun más aptos para desarrollar entre ellos la obra de la Iglesia.

La Declaración de los Cardenales se contenta con enumerar cinco principios generales que deberán presidir desde aquí en adelante, el apostolado de los sacerdotes obreros. También cuida prevenirnos por si misma “que las investigaciones van a continuarse de acuerdo con la Santa Sede para precisar las modalidades de aplicación de estas medidas”. Esta aplicación deberá “ser tomada con calma y continuada con gran espíritu de fe y docilidad a la Iglesia”.

En estas condiciones, el análisis de estas disposiciones que podemos ofrecer será necesariamente breve, y sin duda sujeto a revisión en algunos puntos. Nos parece interesante sin embargo, tratar de extraer las ideas principales que han guiado a los redactores de la Declaración.

Para no volver a este punto más tarde, digamos primero una palabra sobre la disposición relativa a los compromisos temporales, la menos importante a nuestros ojos. Nos dicen que los sacerdotes obreros no deberán “tomar ningún compromiso temporal, susceptible de crearles responsabilidades Sindicales u otras, que deben ser dejadas a los laicos”. Conocemos hombres que al leer estas lineas no habrán dejado de cantar victoria, pues respecto a los sacerdotes obreros, nunca han podido sobrepasar el estadio de las preocupaciones de orden temporal. Admitimos de hecho que ciertos sacerdotes obreros hayan podido aceptar ofrecimientos o asumir responsabilidades que no convenían a su carácter y que con este motivo hayan sido causa de lamentables confusiones o hayan favorecido actividades dudosas desde el punto de vista de la Iglesia. Es pues normal, que la jerarquía les llame la atención sobre este punto y les pida mayor moderación en el porvenir. Pero ¿es necesario atribuir a estos errores mayor importancia que a otros, menos notables a lo mejor, pero no menos dañinos, cometidos desde hace 150 años y en todos sentidos por sacerdotes excelentes más o menos introducidos en el plano temporal? En este punto debemos guardarnos de todo fariseísmo.

Las otras disposiciones, por el contrario, van al fondo del problema: se trata de la formación y del sostén espiritual de los sacerdotes obreros.

La vida del sacerdote obrero se desarrolla en un dédale de dificultades de toda clase. Para llevarla sin sufrir daño es necesario poseer en alto grado un conjunto de cualidades muy variadas, que no son patrimonio de todos los que han recibido la ordenación sacerdotal. Por eso la Declaración pide en primer lugar, que !os Obispos escojan por sí mismos y con cuidado los sujetos que deban ser dedicados a este apostolado. En seguida convendrá formarlos, pues el paso por el seminario no los habrá armado directamente para este trabajo: formación “adaptada y sólida”, dice la Declaración, de orden intelectual y de orden espiritual.

Se adivina las dificultades de una formación que en el plano intelectual, por ejemplo, deberá incluir estudios serios sobre los problemas sociales y económicos, sobre la doctrina social de la Iglesia y el marxismo, el sindicalismo, y sobre tantos otros problemas que aún no tenemos espacio para enumerar. Lo mejor será, sin duda, fundar una escuela donde los futuros sacerdotes obreros de todas las diócesis de Francia se reúnan cada año durante cierto tiempo y donde vuelvan a templarse, de tiempo en tiempo, los sacerdotes obreros en acción. ¿Y por qué el Instituto católico de París, que posee ya un Instituto de Estudios Sociales, cuyo alumno fue el abate Godin, no patrocinaría esta nueva fundación, dándole garantía de ortodoxia y de una gran amplitud de espíritu?

Esta escuela continuaría al mismo tiempo la formación espiritual de sus alumnos. Los sacerdotes obreros, más que todos los otros sacerdotes, han de ser hombres de oración y de abnegación, profundamente apegados a su sacerdocio. Hombres, llenos a la vez de iniciativa y de espíritu de obediencia.

La Declaración pide a estos sacerdotes, una vez formados y entrados en la vida activa, y este punto es capital, que no vivan solos. Parece indispensable que deben habitar dos o tres juntos, para animarse, sostenerse y aconsejarse mutuamente en las horas difíciles y éstas son legión en sus vidas. Pero la Declaración va más lejos. En un pasaje que pedirá una explicación precisa exige que todos estos sacerdotes “pertenezcan a una comunidad de sacerdotes o a una parroquia, prestando cierta ayuda a la vida parroquial”.

Los sacerdotes obreros, más que todos los otros sacerdotes, han de ser hombres de oración y de abnegación, profundamente apegados a su sacerdocio. Hombres, llenos a la vez de iniciativa y de espíritu de obediencia.

¿Qué hay que entender exactamente por esta palabra “pertenezcan”? El porvenir nos lo dirá. En todo caso, el fin perseguido es claro: por medio de contactos con otros sacerdotes, con otros apostolados, se quiere evitar que los sacerdotes obreros se conviertan poco a poco en prisioneros del medio en que viven, hasta el punto de apartarse de las actividades y preocupaciones del resto de la Iglesia. Que no sean hombrea de una clase, sino únicamente hombres de la Iglesia, que, aunque evangelizando el medio a ellos confiado, no cesen de interesarse en lo que interesa a la Iglesia y que deseen apasionadamente el reino de Cristo sobre todas las naciones y sobre todas las clases.

El Cardenal Suhard vio el peligro para los sacerdotes obreros de aislarse del conjunto de la Iglesia, hasta el punto de no encontrarse bien con los otros sacerdotes. El temía que en su diócesis se formasen poco a poco dos cleros que se ignorarían y hasta se opondrían: el clero parroquial y el misionero, formado ante todo por l0s sacerdotes obreros. Por eso habla concebido el proyecto de hacer evolucionar poco a poco las parroquias de suburbio y arrabal hacia estructuras misioneras. Así se podría restablecer lentamente el contacto con los sacerdotes obreros, quienes, cuando se ofreciera la ocasión, conducirían las masas obreras vueltas a la Iglesia hacia una parroquia renovada, en la cual ellos se sentirían como en su casa. No podemos olvidar esas largas conversaciones en el curso de las cuales el Cardenal nos desarrolló sus ideas, conversaciones que deberían conducir a la experiencia que desde hace cinco años se realiza en Notre-Dame de la Gare.

En el límite y en la prolongación del pensamiento del Cardenal, ¿no podría concebirse la parroquia del mañana (evidentemente en las grandes ciudades) como un territorio cuya evangelización estaría confiada a un grupo de sacerdotes muy diverso? A su cabeza un cura responsable del conjunto. Alrededor de él y disponiendo todos de la autonomía necesaria, grupos de sacerdote aplicados, unos al servicio parroquial, otros a la Acción Católica o a la acción del barrio, otros en fin a la evangelización de los medios paganizados, y entre estos últimos se encontrarían los sacerdotes obreros. Todos estos sacerdotes, unidos en una comunidad, bajo la autoridad de un cura ampliamente comprensivo, se verían frecuentemente y se ayudarían en sus diversos trabajos.

Utopía, dirán. A lo mejor, pero ¿no sucede algo parecido, precisamente en Notre-Dame de la Gare? Los sacerdotes obreros viven en la parroquia y tienen siempre cubierto puesto en la mesa de la comunidad. Toman parte en las reuniones del equipo parroquial y no se avergüenzan de ejecutar, en la medida de sus posibilidades, los servicios que se les pide, como decir la misa el domingo en la Iglesia o predicar en el púlpito.

Además una experiencia del mismo tipo se ha ensayado en París con los vicarios obreros, sacerdotes que pertenecen canónicamente al clero de una parroquia, a la cual entregan el domingo toda su actividad y en la semana llevan una vida auténticamente obrera. Sabemos que aún en Paris estos sacerdotes ejercen una profunda influencia espiritual sobre todo un barrio.

Las diversas directivas que acabamos de enumerar, aunque piden delicados planteamientos, no nos parece que ofrecen dificultades graves en el plano teórico. Sucede muy distintamente con la última condición que nos queda por examinar. La Declaración pide que los sacerdotes obreros “no se entreguen al trabajo manual sino durante un tiempo limitado, con el fin de salvaguardar la facilidad para responder a todas las exigencias de su estado sacerdotal”.

¿Es necesario concluir de esta frase que el trabajo habitual de siete a ocho horas de duración diarias no deba permitirse a un sacerdote obrero? Esta interpretación entrañaría inconvenientes serios. Implicaría la imposibilidad para los sacerdotes obreros de trabajar en fábrica y según nuestra opinión, es importante por muchas razones, que los sacerdotes puedan penetrar en las grandes empresas. Pero por el contrario, quizás se juzgará que este pasaje de la Declaración puede conciliarse con un trabajo normal de obrero, con la condición de que el sacerdote disponga enteramente de su sábado y de su domingo. A lo mejor también, si falta tiempo para la lectura o el breviario de cada día, existirá la posibilidad de fijar un mínimum de tiempo para dedicarlo cada día, a la vida espiritual (en primer lugar a la celebración de la Misa), pudiéndose exigir retiros periódicos (de 48 horas todos los meses, por ejemplo).

Permítasenos concluir con una palabra de confianza. Gracias al trabajo de la Acción Católica obrera y más próximamente a los sacerdotes obreros, luces de esperanzas se encienden sobre la clase obrera. Hoy día, por medio de la Declaración de los tres Cardenales de Lille, de Lyon y de París, la Iglesia manifiesta su deseo de ver entrar resueltamente a un cierto número de sus mejores sacerdotes, por el camino abierto hace diez años por el abate Godin. El camino es a lo mejor menos amplio que al principio, el torrente está más encauzado, pero la dirección es más segura. Desde el cielo el abate Godin pide a sus hijos que se conformen lealmente con el pensamiento de la Iglesia y se alegra al ver que nuevos sacerdotes van a prepararse con la perspectiva de abordar con toda la eficacia deseable, este apostolado de las masas paganizadas cuya obsesión sentían.

Creemos que este apostolado, santificado por un verdadero espíritu de sacrificio, será fecundo.

Más que nunca, es la hora de los sacerdotes obreros.

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