Enero, 1958: El trabajo, como eje fundamental

Los derechos de los trabajadores, de manera creciente, como tema, se van ubicando en el centro de las preocupaciones sociales. La edición N° 66 de Mensaje contempla un artículo al respecto, redactado por el sacerdote Jorge Hourton —por entonces, profesor en el Seminario— y otro del abogado democratacristiano William Thayer. El primero llegó a ser un destacado obispo entre 1969 y 2003; y el segundo, un ministro (1964-1968) y senador (1990-1998) altamente vinculado a los debates laborales.

HACIA UNA TEOLOGÍA DEL TRABAJO

Autor: Jorge Hourton, profesor de Filosofía del Seminario Pontificio.

Desde hace algún tiempo los teólogos europeos están preocupados por “las realidades terrenas”. Si es cierto que la teología, como ciencia de lo revelado, ha recibido a lo largo de los siglos una sistematización bastante avanzada, no hay que pensar que está completada. No lo estará nunca. El sello de vitalidad de una ciencia está en su capacidad de progresar y, aunque, por su objeto, la teología pareciera gozar de una cierta inmutabilidad, sin embargo, por su condición histórica, por su destinación, esto es, por lo que los hombres tienen derecho a esperar de ella, debe desarrollarse en conformidad con los tiempos. Hay una verdadera investigación teológica, como hay una investigación física, que no es mera exploración histórica en el pasado. El teólogo, hoy como ayer, debe ser el “sabio”, poseer y vivir de la “sabiduría” (en el sentido bíblico). Pero si se reduce a ser un especialista de un saber particular, su ciencia no podrá tener proyecciones para los otros saberes particulares ni para la visión del mundo de los mismos cristianos. La ciencia de Dios hecho hombre, del hombre redimido, no puede contentarse con quedar en un humanismo abstracto. La historia del hombre, su situación concreta en las nuevas coyunturas en que lo coloca su evolución, deben interesar al teólogo y proporcionarle fuentes de investigaciones para una mayor inteligencia de la “edificación del cuerpo de Cristo hasta la edad de un varón perfecto”.

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Una realidad terrena cuya dramática actualidad no puede dejar de impresionar al teólogo del siglo XX es la del trabajo. Nuestro humanismo contemporáneo es, ante todo, humanismo del trabajo. No discutamos si en teoría el hombre es o no primeramente un trabajador. En realidad, la vida moderna hace de él, antes que nada, un trabajador. Necesita ganar su pan. Debe contribuir con su esfuerzo a la construcción de un “mundo mejor”. Eso es lo que tiene valor para el humanismo actual.

Más aún, el trabajo se presenta hoy como el eje fundamental de un inmenso movimiento de asociación. En torno al trabajo giran los ideales humanos por los cuales el hombre busca hoy una mejor convivencia. El trabajo se ha revelado capaz de crear una vastísima y profunda conciencia de clase, de comunidad de situación, dignidad y destino. El llamado de Lenin: “¡Proletarios del mundo, uníos!”, antes que una consigna revolucionaria, es el eco de una nueva toma de conciencia de resonancia mundial, que se efectúa naturalmente, querámoslo o no.

¿Y qué es el trabajo para la teología y la predicación católica? ¿Podría ella rechazarlo como un seudo-valor, una mistificación o un ídolo moderno? ¿O puede, volviendo a sus principios y abriendo los ojos a la realidad económico-social, fundamentarlo e integrarlo en una visión del mundo teocéntrica? Si puede esto último, tiene algo que decir al hombre trabajador de hoy. Y debiera decírselo, en vez de repetir floridos y azucarados sermones intrascendentes.

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1.– Puede decirse, ante todo, que el trabajo, lejos de ser una condenación, es la vocación sublime que Dios hizo al rey de la creación, a quien entregó el mundo no para contemplarlo sino para completarlo. El homo artifex es un instrumento inteligente y libre llamado a sumar su actividad a la del Creador. “Los ciclos cantan la gloria de Dios” y la tierra canta la gloria del hombre, el cual, respondiendo al llamado de Dios, puede hacer tantas maravillas que redundan también en gloria de Dios. Los seres del cielo cantan la gloria de Dios, simplemente siendo. Los de la tierra y la materia entera, la cantan con nuevas tonalidades al pasar por las manos activas del hombre, que las llena de intención y orienta hacia una nueva utilidad.

2.– Debe decirle, enseguida, que la penalidad del trabajo ha sido redimida, como todo el mal que introdujo el pecado. Ahora tiene un sentido de expiación y de redención. Pero no por eso el trabajador está condenado, ni debe resignarse, a alienarse en un trabajo infra-humano ni convertirse en un engranaje de la gran máquina industrial y capitalista. Aún cuando la racionalización haya parecido aplastarlo (“la materia salía ennoblecida de Ja industria mientras los hombres salían disminuidos”: Pío XI), el trabajador tiene derecho a redimirse de esa esclavitud e imponer su orden a la máquina. La disminución de horas de trabajo en beneficio de un mayor tiempo disponible para su esparcimiento y cultura aparece así como una posibilidad que un maquinismo bien dirigido puede asegurar y como una legítima aspiración cristiana, no de flojos sino de seres humanos. La experiencia actual muestra la inexactitud de la teoría de Marx, que pretendía liberar al trabajador de sus alienaciones sólo en el trabajo mismo y su remuneración científica. El hombre busca y necesita otra cosa que trabajar, so pena de desequilibrarse fatalmente. Cuando sabe que al fin de los seis días Dios descansó e hizo del cese del trabajo una institución religiosa, comprende que ese paréntesis acusa la presencia del Amo Supremo, con quien, después del trabajo, es bueno conversar.

3.– Frente al movimiento de asociación que la nueva conciencia de las masas trabajadoras ha originado, el teólogo o el predicador católico no debe fruncir las cejas. Que los hombres se unan es un bien: que sea con los vínculos naturales que el trabajo engendra, inevitable. Los sindicatos son en si mismos legítimos y constituyen verdaderos valores humanos. Los siervos del siglo XII, al estructurarse las corporaciones de oficios y al impulsarse otros trabajos fuera del agrícola (que era hasta entonces casi el único), vieron quebrarse el vínculo vertical que los unía a un señor feudal y establecerse un estrecho vínculo horizontal con sus semejantes. Sólo los miopes y los retardatarios pudieron oponerse a ello y ver allí una amenaza para el sentido religioso y cristiano. De manera semejante hoy, una nueva conciencia de asociación que acentúa los valores comunitarios, está llamada a tener en la vida religiosa cristiana una resonancia excepcional.

4.– Y frente al ateísmo o, más bien, al antiteísmo que esta nueva conciencia proletaria implica generalmente ¿qué dirá el teólogo? El ideal de la construcción de este mundo parece llevar aparejado el olvido del otro. Un film soviético presentía arteramente el contraste entre los antiguos mujiks que hacían procesiones para pedir al cielo la lluvia sobre sus campos, mientras el campesino moderno de los kolkoses construye represas y tranques. Nada impide que el mujik tenga razón y ría último y mejor, si ve el tranque inutilizado por una inundación o una sequía. El ateísmo es una falsa consecuencia del ideal de construir este mundo. “Es necesario mostrar, dice el P. Chenu, que el análisis económico no nos obliga a hacer de la religión una ideología de superestructura. Es necesario, sobre todo, hacer vano el móvil marxista del materialismo y establecer, en doctrina como en acción, que la religión no es una mera alienación de la humanidad”. Hay que mostrar que la verdadera alienación está en suponer, por un acto de fe harto menos racional que el religioso, que el cielo está vacío de Dios. Sin embargo, el cristiano debe aprovechar la lección histórica que le da la realidad, junto a él, del ateísmo militante. “Si es verdad que el ateísmo absoluto es fundamentalmente fruto y condenación del ateísmo práctico y su imagen reflejada en el espejo de la cólera divina, habrá que decir en consecuencia que el único medio de librarse del ateísmo absoluto es librarse del ateísmo práctico (del que acepta a Dios, sin vivir según esta fe). Un cristianismo decorativo no basta en adelante; el mundo necesita un cristianismo viviente. La fe debe ser una fe real, práctica, existencial. Creer en Dios debe significar vivir de tal manera que no sería posible vivir así si Dios no existiera. Para el creyente práctico, una justicia evangélica, una atención evangélica a todas las cosas humanas debe inspirar no sólo las acciones de los santos, sino las estructuras y las instituciones de la vida común, y penetrar en las profundidades de la existencia social-terrestre”1.

La religiosidad burguesa que busca principalmente “consuelos” en la religión, está desacreditada. Nuestro tiempo busca valores y razones para vivir y trabajar. El liberalismo no proponía al hombre otro objetivo que “hacer fortuna”. El marxismo persigue un enigmático paraíso en la tierra. Sólo el cristianismo puede mostrar al hombre que su trabajo es un acto religioso de comunión con el Creador, por el cual se eleva a sí mismo y hace sagrado (sacri-fica) el mundo material que Dios le ha entregado.

1 Jacques Maritain: “Razón y razones”, p. 170-171.

Sólo el cristianismo puede mostrar al hombre que su trabajo es un acto religioso de comunión con el Creador, por el cual se eleva a sí mismo y hace sagrado (sacri-fica) el mundo material que Dios le ha entregado.


PERSPECTIVAS HISTÓRICAS DEL MOVIMIENTO OBRERO

Autor: William Thayer Arteaga, abogado.

En todas las épocas de la historia, se advierte la solidaridad de los trabajadores, y, en general, de todos aquellos que ejercen actividades comunes, con miras a protegerse, auxiliarse y promover actividades de progreso gremial.

Así, en la gens, el clan, los nomos y demás formas de asociaciones o comunidades de sangre o domicilio, los intereses económicos comunes constituían elementos fundamentales de unidad. Más farde, los colegios romanos que parecen haber tenido su origen en una ley de Solón, fueron reconocidos por la ley de las Doce Tablas y reglamentados en la Constitución de Servio Tulio, que rigió hasta el año 241 A. C. y tenían una organización de inspiración corporativa, integrada por funcionarios, asociados simples y magistrados. llegando a constituir una importante organización del trabajo. Hubo colegios públicos y privados. Los primeros comprendieron las profesiones de importancia a la seguridad del Estado (boleros, panaderos, herreros, trompeteros, etc.) y los segundos, diversos oficios, como ser: banqueros, prestamistas, trabajadores del mármol, de la madera, comerciantes de vino, médicos, sastres, aguadores, borriqueros, etc.

Análogas a los colegios “Collegia” fueron las “guildas” germanas y anglosajonas, desarrolladas en el resto de la Europa, no sometida al Imperio de Roma.

Con la caída del Imperio Romano, pereció el mundo social a que éste había dado origen, pero en medio de las circunstancias de una era netamente agrícola, como fue el primer período de la Edad Media (siglo V al XI más o menos) en el cual las grandes diferencias sociales estaban marcadas por los reyes y los señores feudales, por un lado: y los vasallos, colonos o siervos, por el otro, se mantuvo latente siempre el anhelo de solidaridad entre todos aquellos a quienes unía una misma condición económica o de trabajo. Éste se concretó de manera especial en la clase intermedia entre el señor feudal y sus vasallos o siervos, o sea, entre los artesanos y comerciantes, hombres libres que. al menos económicamente, no dependían del señor y que fueron desarrollando su importancia y poderío, con miras a realizar lo que .se llamó “revolución comunal” tendiente a constituir las ciudades como entidades libres, regidas por un poder comunal y arrancadas al poder omnímodo del señor feudal.

Alrededor del siglo XII se desarrolla fuertemente la vida urbana y la actividad industrial y comercial, entendiendo la palabra industrial, en sentido de industria artesanal y doméstica y no de gran industria o industria fabril. Junto a ello prenden con fuerza las asociaciones gremiales de aquellos que ejercen actividades similares, primero con carácter de asociaciones voluntarias —a la manera de nuestros sindicatos profesionales— y. más tarde, como entidades de carácter obligatorio, monopolistas y educativas, semejantes a nuestros colegios profesionales (de Arquitectos, Abogados, etc.), a los cuales había que incorporarle para poder ejercer la respectiva profesión. Estos premios constituidos así en forma corporativa, debían organizarse llenando formalidades notariales, obteniendo su aprobación municipal, o a veces, permiso del rey, y tenían una compleja estructura interna; compuesta de aprendices, oficiales y maestros, funcionarios rentados, jueces o magistrados, etc. Los miembros de estas corporaciones solían vivir en un lagar vecino y de ahí que muchas calles de antiguas ciudades europeas conservan nombres profesionales, como ser “Plateros”, “Alfareros”, etc.

Demás está recordar que en el mundo de profunda y unida fe religiosa, los motivos de formación espiritual, de solidaridad cristiana y educación moral inspiraban fuertemente las asociaciones corporativas y muchas veces predominaban sobre los intereses puramente económicos. Ejemplo de ello constituyen las maravillosas catedrales medioevales levantadas al impulso de la fe religiosa, por generaciones de trabajadores inspirados del alto propósito de rendir a Dios el tributo de su esfuerzo en obras que expresaran grandeza, armonía, permanencia y elevación, atributos desprendidos de la perfección divina. El anonimato del trabajo individual, era. al mismo tiempo, expresión del profundo sentido de la comunidad cristiana y de la conciencia vívida de que era Dios, quien todo lo sabe, el verdadero Señor para quien se trabajaba.

La quiebra de la unidad de fe con la Reforma: la quiebra de la confianza en la Verdad objetiva, con la Revolución física, que significó el descubrimiento del sistema heliocéntrico, por Copérnico y Galileo; el desarrollo del cartesianismo, del criticismo y del idealismo filosófico, condujeron al apogeo del Individualismo político, que encontró especialmente en J. J. Rousseau, su más destacado defensor. El renacimiento, puso su acento en la Materia, el Hombre y el Tiempo, más que en el Alma, Dios y la Eternidad. Los descubrimientos geográficos (América) y los científicos (el vapor, la maquinaria industrial, etc.) exigían, por otra parte, desarrollar al máximo las iniciativas humanas, alentadas por el natural deseo de experimentar e investigar en tantos nuevos caminos.

Las corporaciones, por otra parte, despojadas de su aliento interior, de su sentido de hermandad y espiritualidad, se habían ido transformando en centros de verdadera explotación del monopolio. Los maestros y los jurados se aprovechaban del trabajo de los oficiales y aprendices; la competencia oscurecía los límites de cada actividad; la restricción en el derecho a ingresar a cada corporación y la prohibición de ejercer una actividad para aquellos que no formaban parle de la misma, importaba una limitación al derecho y a la necesidad de trabajo, que se transformaba en irritante e insoportable ante el espectáculo de venalidad y abusos que habían comercializado y desvirtuado lo que nació con el sano propósito de ennoblecer y fortalecer el trabajo profesional.

La Revolución Francesa, puede señalarse como el hecho histórico que concretó de la manera más efectiva y trascendental, la liquidación del sistema corporativo medieval, llegando, en sus propósitos de defender la libertad de trabajo, a prohibir el derecho de reunión y asociación para la defensa de los “pretendidos derechos profesionales”. El Edicto de Turgot, en 1776, abolió las Corporaciones, la Monarquía las restableció, pero la Asamblea Constituyente las suprimió por decreto de marzo de 1791, y proclamó la libertad de trabajo. Más larde, en junio del mismo año. en ley de la que fuera informante Le Chapellier, se dispuso el aniquilamiento de toda clase de corporaciones de un mismo estado y profesión, principio que de una u otra manera se difundió por toda Europa, generando la total indefensión del trabajador individual, frente a la naciente fuerza del capital asociado al poder de la maquinaria moderna.

LOS ORÍGENES DEL CAPITALISMO

Sobre este cielo histórico nació el capitalismo. Y no podía menos que acontecer así. Veamos:

1.– El trabajo, como factor de la producción, estaba debilitado por la quiebra y desprestigio de las asociaciones de trabajadores y su posterior prohibición de existencia;

2.– La invención de la maquinaria, accionada por el vapor y más tarde por la electricidad, multiplicaba la fecundidad del capital, ponía en manos de quienes podían adquirirlas, posibilidades desconocidas hasta entonces de dominio de las fuerzas de la naturaleza y, por lo mismo, de enriquecimiento;

3.– El gran descubrimiento jurídico: la Sociedad Anónima, o sea, la sociedad de capitales, permitió concentrar y aprovechar los aportes grandes o pequeños, de muchas personas en muy pocas manos y bajo una sola dirección administrativa. Nació así la gran Empresa Capitalista, que es como el corazón del régimen, única capaz de disponer de los medios económicos para afrontar la gran producción, mediante la adquisición de la costosa maquinaria de fabricación en serie. En ella trabajaba un proletariado desunido, inerme, aplastado por “su derecho a la libertad”, que le impedía asociarse, y enfrentado a una forma de producción, donde su patrón no era propiamente un hombre, una persona, sino una asociación anónima de capitales, dominada por la persona o el grupo que ocasionalmente controlara la mitad más uno de las acciones;

4.– La caída del absolutismo, había puesto en boga el Estado gendarme, cuya función era dejar plena libertad a la iniciativa individual, con lo cual no jugaban como factores del orden económico, ninguno de los fines de planeamiento, intervención o política económica estatal, que caracteriza la economía de nuestros días, miradas entonces como atentatorias contra las leyes naturales de la economía;

5.– Por último, conjugados todos los elementos hacia la máxima libertad del individuo: la mínima intervención del Estado, de la Moral, de la Religión, de las comunidades humanas; deslumbrado el hombre por el poder de las fuerzas naturales, multiplicadas en la máquina, expresión del valor práctico y utilitario de la ciencia, que sólo poseían los dueños o administradores de grandes capitales, el mundo económico encontró su filosofía adecuada: el liberalismo individualista; y la actividad económica, una meta: el lucro, la ganancia, la utilidad que permitiera formar nuevos capitales, incrementar las fuerzas productivas, dominar en la libre competencia y llegar, por su intermedio al monopolio de hecho por la ruina de los competidores. Así nació con el siglo XIX el Capitalismo, el régimen caracterizado por la división de los hombres en grupos separados; los que poseen, administran y aportan los capitales, llamados capitalistas; y los que sólo poseen y aportan su fuerza de trabajo, llamados trabajadores, y en el cual, ostensiblemente tienen el control de la vida económica, y predominan social; cultural y políticamente, aquellos otros sobre éstos.

NACIMIENTO DE LA ASOCIACIÓN SINDICAL MODERNA

Pero, el capitalismo, así iniciado, llevaba en sus entrañas mismas, debilidades intrínsecas que forzosamente impondrían o su desaparición o su transformación substancial, o, en todo caso, pugnas violentas cuyo desenlace histórico aun estamos presenciando.

La aglomeración de grandes masas en torno a las grandes fábricas, y el afianzamiento del sistema democrático liberal, que asignaba a cada hombre un voto, fueron dando progresivamente a los “más”, vale decir, a los trabajadores, un poder creciente sobre los “menos” en la esfera política. Nació el Socialismo, que propugnaba un acrecentamiento constante de las facultades del Estado. Asimismo, las masas oprimidas, impulsadas por la necesidad de asociarse, fueron constituyendo asociaciones sindicales “de hecho”, inspiradas en los ideales socialistas o revolucionarios. Por otra parle, la prohibición de asociarse no pudo resistir los embates doctrinarios e históricos, apoyados por el impulso incoercible de la naturaleza y defendido con fines de redención proletaria por León XIII y el catolicismo social (Gibbons, Latour du Pin, el Conde de Mun, etc.) y con fines revolucionarios por Marx y Engels y todas las escuelas de inspiración socialista.

El nuevo sindicalismo emergió así, influido por:

a) Una necesidad de poner término a los abusos del capitalismo liberal e individualista organizado, sobre el trabajo desorganizado;

b) Una explicable e impostergable necesidad histórica de hacer valer los derechos e importancia del Trabajo, como factor de la producción, frente a los fines y derechos del Capital;

c) Una presión por extender hacia las grandes masas, concentradas en las fábricas, la ideología socialista, que otorgaba al Estado intervención en la vida económica, y permitía al trabajo influir a través de la herramienta del sufragio hacia una elevación de sus condiciones económicas y sociales (social-democracia);

d) Un romanticismo o aún misticismo revolucionario, que esperaba con fe de la revolución social el remedio de todos los males y que se contraponía en los propios medios obreros a la socia! democracia, considerándola como debilitadora del esfuerzo revolucionario (comunismo, leninismo y demás escuelas en pugna con el socialismo democrático);

e) La orientación social católica que afirmaba los derechos del Capital, del Trabajo y de la Colectividad en el proceso de su producción económica, subordinados todos a las exigencias de la Moral, cuyas normas señalan el orden en las relaciones de los hombres, la jerarquía en los fines y el supremo destino sobrenatural, que debe facilitarse mediante una organización social que opere en Paz, fundada en la Justicia y el Amor.

El sindicalismo vino a significar un resumen y completa síntesis de todas estas tendencias, una fuerza social que multiplicó la influencia del Trabajo, como hecho sociológico y Económico y lo elevó a niveles de equilibrio frente al Capital. En forma que un mundo que se denominó “Capitalismo” por la primacía de fines, interés, fuerza e influencia del Capital sobre el Trabajo, está cada vez soportando con mayor intensidad la tensión producida por la organización del Trabajo y la extensión de los fines del Estado, en cuanto a la planificación de la Economía, fruto inevitable de la conciencia científica de ser limitados los bienes para atender las múltiples y crecientes necesidades de la población.

¿Habrá posibilidad de armonizar los fines del Capital, del Trabajo, del Estado? ¿Se impondrá la “reacción capitalista” a la “revolución” social de los trabajadores, o el “estatismo” absoluto, o se conseguirá encontrar la ecuación y jerarquización de los respectivos fines del Capital, el Trabajo y el Estado, representante de la Colectividad y el Consumo?

En esta encrucijada histórica nos encontramos. De ahí, a nuestro juicio, una buena parte de la inquietud social de nuestra hora. Esa es la raíz histórica que fundamenta la importancia creciente de la Ciencia de las Relaciones Humanas en la Industria.

¿Habrá posibilidad de armonizar los fines del Capital, del Trabajo, del Estado? ¿Se impondrá la “reacción capitalista” a la “revolución” social de los trabajadores, o el “estatismo” absoluto, o se conseguirá encontrar la ecuación y jerarquización de los respectivos fines del Capital, el Trabajo y el Estado, representante de la Colectividad y el Consumo?

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