La primera edición de este año de revista Mensaje (N° 96) contiene por primera vez una evaluación del año anterior, firmada por Darío Rojas bajo el título “Panorama noticiario del año 1960”. La insatisfacción ante la mala calidad de la política, las carencias sociales y los dramáticos efectos del terremoto figuraron entre los temas abordados.
Un año ha concluido. Dos mil millones de almas hemos escrito doce meses de historia contemporánea y, sobre las bases de la interdependencia de los pueblos lograda por medio de una especie de comunidad noticiosa universal, hemos llegado a ser algo actores de no menos que una docena de hechos principales en nuestro país y testigos de un constante acontecer internacional.
Las informaciones de 1959 tuvieron una tónica destacada: el esfuerzo gubernativo por lograr una reforma económica fundamental. Alrededor de ese eje giraron las esferas política, gremial y el mundo del trabajo en general. Las informaciones del año que acaba de terminar tuvieron dos tónicas: doce meses de espera de un reajuste que no llegó y un cataclismo desatado en sólo un minuto y que destruyó diez provincias de la zona central-sur, desequilibrando peligrosamente la balanza económica nacional. Todos hemos girado en torno a ambos ejes, desde el escolar que llevó a su colegio sus trapos fuera de uso y los juguetes más queridos para alegrar a los niños del sur, hasta los abuelos que, en cónclave de jubilados, estudian revés y derecho de la legislación que los favorece y las providencias futuras que puedan mejorar su condición. Todos vivimos haciéndonos dos preguntas: ¿a cuánto irá a llegar el reajuste?, ¿qué puedo hacer yo por el sur?
Ha pasado un año y, estudiando la actividad nacional que es objeto de interés normativo, se advierte un hecho destacado por encima de todos los demás: hay crisis de dirigentes en todas las esferas chilenas. Hay crisis de dirigentes en la política y en el gremialismo; hay crisis de líderes creadores y conductores en el deporte, en la vida societaria en general (instituciones agrupadoras de profesionales, mancomunidades de artes y letras, etc.), en el ejercicio de los derechos sindicales cuando se trata de una acción masiva, en la vivencia política en particular. Hemos sido testigos de la forma en que la Central Única de Trabajadores, para citar un caso concreto, ha sufrido reveses muy serios porque no tuvo el equipo de dirigentes adecuados (algunos los llaman expertos, otros los creen técnicos, otros los califican de dirigentes visionarios). Hemos visto cómo la actividad de las colectividades políticas, salvo excepciones muy escasas, está inspirada en la conquista electoral, en el proselitismo y no aprovecha sus fuerzas en un plano más alto y de mayor provecho para la nación entera.
Crisis de dirigentes es el hecho sociológico más caracterizado del último año. ¿Habrá que buscar responsables? No. Es mejor no intentarlo, porque todos tenemos una responsabilidad no cumplida en ese conjunto: los padres de la generación que hoy debe aportar dirigentes, los educadores que siguieron aplicando el sistema que fue un éxito para otras circunstancias, nosotros mismos que no nos hemos superado en la medida que es exigible cuando se trata de adquirir una calidad y categoría nacionales para la convivencia internacional.
Algunos educadores han dicho que hay una especie de abulia en infancia, adolescencia y juventud y que ella se proyecta a la transición activa —juventud, madurez— y se transforma en inercia más allá de la sexta década de vida. Es un juicio exagerado, pero no podemos descartarlo si tenemos responsabilidades a que hacer frente personalmente o hacer exigible a terceros.
Un proceso de decantación política se ha desarrollado en el año último. Comenzó en las elecciones municipales en abril y se continuó en la reforma electoral posterior, estimándose cumplida la primera etapa en la renovación del Congreso Nacional que se efectuará el primer domingo de marzo venidero.
Chile es un país de régimen multipartidario. Es una herencia latina algo inconfortable, pero no por eso deja de ser grata. Pero hubo un tiempo en que la multiplicidad fue atentatoria al ejercicio libre y ordenado de nuestra democracia: en 1953, inmediatamente después de la renovación parlamentaria de marzo de ese año, hubo 29 grupos políticos que aspiraban a ser el “mayor depositario de la voluntad popular”. Muchos pensaron que era una babel moderna. Otros creyeron que se trataba de un proceso de ebullición indispensable, Después del cual se podría tener un conjunto de elementos depurados y decantados, mientras que lo superficial se transformaba en vapor o en “volutas de humo”.
Así fue. La elección parlamentaria de 1957 redujo esos 29 grupos políticos a 22 y la campaña presidencial de 1958, si bien no produjo una nueva decantación, permitió al menos que se establecieran las amarras indispensables para futuros entendimientos. La elección municipal de 1960 redujo los partidos a sólo 18 y la reforma electoral aprobada por el Congreso, con oposiciones apasionadas de unos y elogios vehementes de otros, tuvo la virtud de continuar el proceso y de limitar a 12 el número anterior. Después de marzo de 1961, es probable que los partidos políticos queden realmente condensados en ocho, esperándose para otro tiempo el proceso final que dejará nuestro vivir político en manos de seis colectividades que capitalizarán toda la opinión pública nacional: dos de la derecha, dos de izquierda y dos catalizadores de centro. No será esta una panacea, ni una pomada milagrosa, sino la fórmula mejor lograda para la época en que nos toca vivir.
“¿De cuánto irá a ser el reajuste?” fue una pregunta hecha entre enero y noviembre, 334 días del año planteando el mismo tema, sin que nadie pueda tener una respuesta adecuada.
Los trabajadores —usando este término como común para empleados y obreros sin excepción— sabían que el costo de la vida había subido un 38,6 por ciento durante los doce meses de 1959 y que en el primer trimestre de 1960 había algún reajuste para compensar esa alza. El Presidente de la República expuso su posición en un manifiesto radial en marzo, señalando que —de acuerdo con su propósito de alcanzar estabilidad y de no gravar sólo a los que viven de sueldos y salarios— él recomendaba un reajuste del diez por ciento como mínimo, con lo que se volvía a aplicar el sistema del libre entendimiento entre capital y trabajo para la fijación de remuneraciones. Entretanto el costo de la vida siguió subiendo, a un ritmo muchísimo menor, es cierto.
En la antevíspera del terremoto de mayo, el Presidente volvió a insistir en sus puntos de vista que repitió en varias ocasiones hasta el mismo noviembre.
Frente a la posición presidencial, clara y definida, se colocó la oposición. Ella era partidaria de un reajuste del 38,6 por ciento, pues creyó que no podía echarse sobre los trabajadores el peso total de la rectificación económica y que buena parte de la responsabilidad debiera recaer sobre el capital, ya que en los años de inflación fueron los que más mejoraron su condición y apuntaron mejores niveles de ganancia. Y entre ambas posiciones estuvo un partido que hizo causa común con ambas posiciones y que estancó todo pronunciamiento parlamentario.
Los gremios, por su parte, tomaron sitio junto a la oposición y se aferraron a una actitud totalmente obstinada, del mismo modo como lo hicieron los sectores marxistas y cristianos del antigobiernismo. En esas condiciones, el gobierno también se mostró obstinado y no cejó ni un milésimo. En esto estaban, cuando ocurrieron los terremotos de Concepción y Valdivia (21 y 22 de mayo) y los maremotos de Valdivia y Ancud (22 y 23 de marzo) y un tercio del país quedó dañado en sólo unos cuantos segundos de cada uno de esos días.
Restablecida la calma, aunque no la normalidad, el debate continuó. No hubo cambios en las posiciones. Todos los partidos políticos se definieron claramente: liberales y conservadores, leales y decididos partidarios del 10 por ciento presidencial, porque apoyaban política y parlamentariamente la gestión del Jefe de Estado; socialistas, comunistas, demócrata cristianos y democráticos-nacionales estimaron que el reajuste debía ser exactamente igual al alza del costo de la vida; radicales aprobaron una resolución de su autoridad máxima en la que se pronunció por la actitud opositora del 38,6 por ciento, pero sus parlamentarios jamás dieron quórum para que el congreso nacional se pronunciara por un reajuste de tal proporción, a la espera de las conversaciones que sus dirigentes pudieran tener con los personeros de gobierno.
En esto estaban cuando el Presidente Alessandri mandó su proyecto de ley de reajuste general del 10% para el año 1960. La oposición lo rechazó, los partidos gobiernistas lo aceptaron y el radicalismo se inclinó por el 38,6 por ciento lo que obligó al Jefe de Estado a retirar su moción. ¿Qué había pasado? Lo inexplicable: ahora que el 38,6 por ciento significaba destruir toda esperanza, se producía un apoyo fervoroso que significó, al fin de la historia, que todo fracasó.
Y llegamos al epílogo. Los radicales propusieron una bonificación del 15 por ciento para 1960 que se transformará en reajuste a partir del enero actual. Esto es menos que el 10 por ciento, porque significa perder los beneficios previsionales ya que la bonificación no paga imposiciones; es menos que el 10 por ciento, porque se pierde el reajuste que pudo haber para 1961 y significa que los trabajadores, que han experimentado mermas en el poder adquisitivo del dinero estimadas en un 45 por ciento en los años 59 y 60, serán compensados en un 15 por ciento (en un tercio) de tal depreciación.
La pregunta no tuvo respuesta. Un reajuste del 15 por ciento para los años 1960 y 1961 es un sacrificio serio de los trabajadores para una causa justa, como es la de la rectificación económica emprendida por el Presidente Alessandri: pero representa el sacrificio de sólo un sector, mientras que hay otro que no tiene tanta exigencia, “que no debe ponerle el hombro a tanto peso”, como diríamos valiéndonos de una expresión popular.
Frente a esos hechos hay otros que no son menos reales y que fueron acontecimientos importantes de 1960:
1) La estabilización se ha conseguido inicialmente, pero sobre la base de precios controlados y policialmente vigilados. Inicialmente, porque las alzas siguen, aunque con ritmo menor, y porque los encarecimientos son a veces invisibles: arriendos, luz, agua, teléfono, espectáculos, productos vegetales que dicen ser de alzas estacionales pero que no han bajado en las últimas dos primaveras ni en los dos veranos (el de 1960 y el que ahora estamos viviendo).
2) La educación del comerciante para la estabilización está tremendamente lejos de ser obtenida. Los carniceros, los panaderos y los comerciantes en general dan la pauta mejor y cada lector puede verificar esta apreciación en los negocios de su barrio y en encuestas tomadas en diversas épocas del año.
3) La firme decisión presidencial de lograrla a cualquier costa, hace pensar en que los precios controlados reaparecerán tantas veces cuantas sea necesario hacerlo. También hace prever que los gastos fiscales estarán contenidos a gran presión, pese a que hay trabajadores fiscales y semifiscales que no entienden de líneas para el futuro y tienen su mirada puesta en la línea presente nada más.
Los sismos probaron el temple chileno.
Una tragedia que ocasionó dos mil muertes, de las cuales sólo se tuvo comprobación de unas 1.500, no pudo abatir el espíritu de nuestro pueblo. Y al apuntar “nuestro pueblo”, nos referimos a Chile y a su gente y no a un sector determinado de la población. No hubo postraciones psicológicas ni depresión, ni abulia, ni abatimiento. En los círculos directivos, tanto de gobierno como de diversas instituciones privadas, hubo una extrema meticulosidad en la distribución de las ayudas de tal modo que no hubiera posibilidad de acusar a nadie de ladrón; y la meticulosidad fue muy efectiva para los distribuidores, pero muy perjudicial para los damnificados que sufrieron muchas penurias en un invierno que, gracias a Dios, no fue riguroso.
Varios hechos nos muestran que, producida la tragedia, el pueblo chileno salió inmediatamente a la calle a trabajar en todo lo que era indispensable. Veamos uno: los obreros de ENDESA se dirigieron a pie, por iniciativa propia y por sus propios medios, de Concepción a Talcahuano para ver qué podían hacer por evitar la paralización de Huachipato y otro tanto hicieron al mismo tiempo y sin ponerse de acuerdo previamente trabajadores de las plantas de Abanico y guarda hilos de la ruta de alta tensión. ¿Por qué? Y ellos nos contestaron una chilenada muy común en todos nosotros: “…porque sí pus’señor…”. Y “porque sí” salvaron la planta de Huachipato que sin energía eléctrica habría quedado íntegramente inutilizada y con una pérdida superior a los 250 mil millones de pesos.
Varios hechos nos muestran que, producida la tragedia, el pueblo chileno salió inmediatamente a la calle a trabajar en todo lo que era indispensable.
No hubo depresión. Los vecinos de Valdivia, con varios meses de tensión causada por la inminencia del desagüe del Riñihue, siguieron disciplinadamente el plan de acción de la autoridad militar y lo hicieron con entusiasmo y entereza. Pasadas todas las emergencias, cuando seguía temblando y cuando la ayuda llegaba desde el norte en forma de hilito muy imperceptible, el sureño juntó sus palos y sus techos y empezó a ingeniar su vivienda de emergencia. Ahora espera, con el mismo temple, que vuelva a haber trabajo y que la normalidad se restablezca.
Noventa y tres temblores de importancia hubo en las diez provincias dañadas entre el 21 de mayo y el 1° de diciembre, última fecha de nuestro cotejo informativo. Nadie se amilanó por ese récord tremendo. Antes bien, una conciencia de un futuro de sacrificio y de superación ha prendido en dos millones quinientos mil chilenos que supieron cómo se mueve la tierra sin parar durante quince días y cómo se traga el mar a pueblos enteros como Queule, Corral, Puerto Saavedra y muchas caletas chilotas.
Así fue, a grandes rasgos, el año 1960. Dios nos ha enviado una gran calamidad y ella nos servirá para reavivar las virtudes de nuestro pueblo y limpiar a Chile del moho que cierto tipo de modernismo le creó.
6 de diciembre de 1960.
Así fue, a grandes rasgos, el año 1960. Dios nos ha enviado una gran calamidad y ella nos servirá para reavivar las virtudes de nuestro pueblo.