A los 92 años de edad, dejó de existir quien durante veinte años fue arzobispo de Santiago. Una de sus últimas actividades oficiales había sido su participación en el cónclave de octubre que eligió al papa Juan XXIII. Escribió sobre él, el obispo Emilio Tagle Covarrubias. A continuación, revista Mensaje expresa también su pesar.
Nunca, como al escribir estas líneas, he sentido la pobreza de la palabra para expresar lo grande y lo sublime.
Nos quedamos mudos ante lo admirable, o en una sola exclamación vaciamos nuestro interior.
Así también reaccionó Chile ante su muerte: y en el silencio, en las lágrimas y en la plegaria.
Tuve el señalado privilegio de estar junto a su eminencia en este último tiempo.
Puede conocerlo íntimamente.
El Sr. Cardenal era ante todo el hombre de Dios.
El rasgo más saliente de esa rica personalidad suya era su sentido religioso.
Vivía en las honduras del mundo sobrenatural.
Se había entregado a Dios de niño con toda la sinceridad de su alma. Lo siguió sin un renuncio a través de una vida ejemplar de casi una centuria y lo poseyó cuando nos dejó sumidos en lágrimas en esa tarde del 4 de diciembre.
Porque vivía para Dios, nunca supo de sí mismo.
Lo consumía el celo por su Gloria y de allí sacaba esa fortaleza inquebrantable de que dio muestras hasta el último día.
No conocía de negativas ni de cansancio.
Cuando se nos fue, estaba en la brecha.
Vivía en las manos de la Providencia del Padre de los Cielos, “el mejor de los padres”.
Por eso no tenía propiedades ni valores en dinero.
Era de veras pobre y humilde.
El Padre de los cielos cuidó de toda su vida.
Enfermo y débil, le dio vida prolongada, lo llenó de sabiduría y de todas las virtudes.
Realizó plenamente la misión y la perfección del Obispo: entregarse a los suyos en un holocausto de caridad pastoral.
Dio a su grey la vida que tenía en Dios.
Consumido en el amor del Corazón de Cristo, sólo quería llevar a todos al Padre.
Por eso estuvo siempre presente en medio de su pueblo.
El pueblo lo sintió suyo.
Le dio su reverencia y su respeto, pero sobre todo le correspondió con su amor.
Nos sentíamos cobijados y seguros bajo su mirada paternal.
Nos habíamos acostumbrado tanto a su presencia.
Consumido en el amor del Corazón de Cristo, sólo quería llevar a todos al Padre. Por eso estuvo siempre presente en medio de su pueblo. El pueblo lo sintió suyo.
El Sr. Cardenal era ya algo propio e infaltable de todos los chilenos.
La Patria estaba feliz y orgullosa de él.
Era la figura de Cristo en medio de todos nosotros. Por eso su partida nos ha desgarrado el alma.
Nunca ha habido, como en estos días, un dolor tan hondo y tan general.
Pero la fe y el corazón nos consuelan cuando nos dicen que continúa amándonos y velando sobre su grey.
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La revista Mensaje se adhiere llena de pesar al duelo de la Iglesia por el fallecimiento del querido pastor y hace suyas las palabras de monseñor Tagle. Como hombre de Dios, fue el profeta que atrae la voz del Altísimo y nos hace sentir su presencia entre nosotros.
El homenaje sin precedentes rendido o a todo el pueblo en su fallecimiento es la mejor prueba de cariño y veneración para quien consagró toda su vida a la causa de Dios, al amor de sus hijos, especialmente de los más pobres, y que resplandeció con las señales inconfundibles de la santidad: caridad, sencillez y humildad.
La Dirección.