Las tensiones políticas, en el primer editorial de ese año: “Miremos el nuevo año con realismo, pero con esperanza. Y esforcémonos por superar todo lo negativo que el año que se fue nos deja como lastre”. Critica la violencia verbal y defiende la posibilidad de discrepar “sin encasillamientos simplistas”.
Todo año que se aleja deja siempre una sombra de duda, una interrogante: ¿qué nos traerá el nuevo año? Para los niños esta interrogante no existe. Su vida es esencialmente futuro y el futuro un horizonte de inimaginadas promesas. ¡Bendita edad, donde la realidad está impregnada de ilusión, donde el futuro oculta siempre una varita mágica!
No somos niños. Nuestro querer se limita a lo factible y nos obliga a ser realistas: a buscar los medios más viables y efectivos para los objetivos y metas programadas. Pero ser hombre maduro no significa matar al niño que duerme en nosotros. Debemos ser realistas pero no dejarnos hundir en derrotismos paralizantes. Debemos alimentar siempre nuestra esperanza y saber que lo que para los apocados y temerosos es imposible, es posible para los hombres y pueblos que se juegan enteros por superar los grandes desafíos que la vida y la historia inevitablemente les presenta.
Miremos, por consiguiente, el nuevo año con realismo pero con esperanza. Y esforcémonos por superar todo lo negativo que el año que se fue nos deja como lastre.
Si le preguntamos a un extranjero que pasea su curiosidad por los rincones santiaguinos —y a todas horas—, “¿es Santiago una ciudad tranquila?”, nos responderá sin vacilación: “¡Evidentemente! Más tranquila que Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Quito, Bogotá, Asunción, La Paz, Caracas, etc.”. Pero si la misma pregunta se la dirigimos a un sector grande de santiaguinos nos dirán: “Estamos al borde de un volcán”. Y si leemos cierta prensa internacional nos encontraremos con sorpresa que se habla de Santiago como de una ciudad convulsionada, donde la tensión ambiental puede estallar de un momento a otro, tiñéndola de sangre.
Este hecho curioso nos debe hacer reflexionar. Hay una desproporción enorme entre lo que acontece —algaradas estudiantiles (¿cuándo no las ha habido?), manifestaciones disueltas con relativa dureza pero sin muertos— y la estimación subjetiva que se da a esos hechos: “¡Hay peligro de que asalten el barrio alto!”; “¡Inminente golpe facista!”; “¡Peligro de guerra civil!”.
Sinceramente creemos que este sentimiento de pánico que amarga la vida de muchos santiaguinos no responde a la realidad que vivimos. Alguien —no sabemos quién—, pero “alguien” está artificialmente inflando un clima de temor que sólo favorece a los “extremismos”. Estos extremismos de derecha y de izquierda existen y efectivamente buscan el camino de la violencia. Pero espontáneamente este camino, en las actuales circunstancias, es rechazado por la inmensa mayoría de los chilenos. Debemos, por tanto, ser cuerdos y cada uno, en la esfera de su influencia, desinflar este ambiente de temor que se está creando y que día a día crece.
Pero sería engañoso de nuestra parte negar todo tipo de violencia. Existe, desde hace tiempo, una extraordinaria violencia verbal. Y obviamente esta violencia verbal contribuye a crear e inflar un clima de temor. Hay una desproporción enorme entre la violencia verbal y la violencia real, pero la primera indiscutiblemente existe y contribuye a sembrar la semilla de la violencia real; por lo menos, a hacerla temer.
Cierta prensa de Derecha y cierta prensa de Izquierda —Tribuna, Sepa, Clarín, Puro Chile, por no citar sino los principales ejemplos— se esmeran en campañas alarmistas, subrayan que no están dispuestas a aceptar más los hechos, hacen llamados a “dominar” la calle, difaman con soltura e injurian soezmente. Todo esto, lógicamente, enardece los ánimos, radicaliza las posiciones, hace imposible todo diálogo, dificulta seriamente un gobierno y una oposición serenos y constructivos.
Existe, desde hace tiempo, una extraordinaria violencia verbal. Y obviamente esta violencia verbal contribuye a crear e inflar un clima de temor.
Libertad de prensa no puede significar libertinaje. La frase es gastada pero no menos real. No se puede admitir que cierta prensa, sea de derecha o de izquierda, fomente el odio, haga un constante llamado al enfrentamiento sangriento —porque evidentemente el enfrentamiento entre dos mitades del país no será un torneo floral—, distorsione caricaturescamente la realidad, calumnie e injurie impunemente. Esto no es democracia sino corrosión de la democracia. Debe urgirse la ley que prohibe estos desmanes y si es ineficiente debe, lo antes posible, crearse una ley que impida estos nefastos abusos que trizan la convivencia nacional, que siembran enconos, que dificultan seriamente la labor constructiva a la que deben abocarse el gobierno y todos los chilenos que realmente amen su patria por encima de sus intereses egoístas.
Este clima de temor y de sospechas, y esta violencia verbal ponzoñosa, hacen que hoy en grandes sectores no se pueda discutir, no se pueda conversar serenamente sobre temas relacionados con la política. Toda discrepancia se absolutiza hasta el absurdo y así se encasilla inmediatamente al contrincante en el casillero del facismo o del comunismo. ¡Como si no hubiera términos medios!
Lo que pasa es que la pasión —alimentada por temores, odios, resentimientos, defensa cerrada de intereses, rencores— hace imposible la serenidad, la objetividad mínima sin la cual todo diálogo, toda discusión positiva, es imposible. Nadie hace un esfuerzo mínimo por ver las cosas tal como realmente son —y desgraciadamente no sólo la prensa extremista y sectaria sino también la que se autodenomina prensa seria no ayudan a esto— sino que ven las cosas a través de sus miedos, intereses afectados, rencores, noticias o rumores (“confidenciales”) alarmistas.
Esta falta de objetividad es grave ya que impide la “discrepancia” constructiva. Ahora bien, tenemos que convencernos de que ninguno de nosotros posee el monopolio de la verdad, la verdad total. En el mejor de los casos poseemos una verdad parcial. Debemos, por tanto, abrirnos a otros puntos de vista para enriquecernos y también enriquecer. Pero si imposibilitamos el diálogo, imposibilitamos el mutuo enriquecimiento. Y en el terreno de la política el que sufre la consecuencia es el país ya que en vez de ser dirigido por verdades más ricas sigue un rumbo de verdades parciales. El camino lógicamente se estrecha, rigidiza, dificulta.
Pasamos por un momento en que nadie, ni personas ni grupos políticos aceptan críticas. Se presupone que la crítica es malintencionada, falsa, comunista o facista. Pero un país donde la crítica, la crítica sana, objetiva, bien intencionada, enriquecedora, no existe, está condenado a caer en fanatismos, sectarismos, extremismos. Todos estos adjetivos significan, en el fondo, lo mismo: caer en la caricatura, eliminar los matices, absolutizar una parcela de verdad, ir hacia el simplista dilema del TODO o NADA.
Esto es tremendamente peligroso. Se impone, por tanto, que hagamos un serio, humano, cristiano, patriótico, examen de conciencia y decidamos esforzarnos efectivamente en buscar la serenidad, la objetividad. Y notemos que ésta no se logra fácilmente. Nuestras “proyecciones” están siempre listas para surgir de nuestro consciente aletargado, de nuestro preconsciente o inconsciente y transformar la realidad en “imagen subjetiva”; es decir lo objetivo en subjetividad. Debemos, por consiguiente, hacer obra de higiene mental. Partir de la base de que inevitablemente proyectamos y, por lo mismo, lo que consideramos objetivo está teñido de una gran dosis de subjetividad. Esta firme conciencia de saber que fácilmente nos podemos equivocar nos obligará a ser más cautos en nuestras afirmaciones, menos dogmáticos, y a abrirnos a otros puntos de vista. Mientras de más puntos de vista sea enfocada la realidad, más rica es la perspectiva, más objetiva y plenamente se muestra la verdad. Pero esto presupone obviamente respeto por el punto de vista ajeno, abertura al diálogo, pluralismo, sanamente entendido. Es decir, no pluralismo de verdades (la verdad bien “situada” siempre es única) sino de puntos de vista, de buscadores de verdad.
Ya es moda en cierta prensa tildar a toda la oposición como “facista”. ¿Imitación de Fidel Castro cuando habló en el Estadio Nacional? Es posible, aunque creemos que Fidel Castro al hablar de facistas se refirió a los irreductibles anti-revolucionarios (se entiende revolucionarios partidarios del socialismo), a los partidarios del golpe y del régimen totalitario de derecha. Pero reconocemos que su expresión fue bastante vaga.
Todos sabemos o debemos saber lo que es facismo o nazismo. Son regímenes totalitarios, extremadamente nacionalistas e imperialistas (pensemos en Hitler, Mussolini) que por una hábil propaganda imponen a las grandes masas una ideología, que más que el bien del pueblo buscan el poder del Estado, y que subordinan a sus afanes expansionistas la gran industria privada. Llamar facista a la gran mayoría de la Democracia Cristiana, es simplemente ridículo. Incluso nos parece injusto incluir a todos los miembros del Partido Nacional en el casillero facista. No negamos, sin embargo, que exista facismo en Chile. Evidentemente lo existe y “Patria y Libertad” —no tanto en sus declaraciones pero sí en sus brigadas— es un claro exponente. No sabemos cuál es su fuerza, pero la tiene; están armados, entrenados y constituyen un serio peligro, ya que lo que buscan es el “enfrentamiento”.
Por otro lado, la oposición tiende a culpar de todos los males al Partido Comunista, y esto también es apasionamiento injustificado. No aprobamos lo que el comunismo marxista leninista ha hecho en otros países. Pero aquí las circunstancias son muy diversas; los comunistas reconocen esta diversidad desde hace años, coyunturalmente han preconizado la vía legal y pacífica, el pluripartidismo dentro del gobierno (donde están muy lejos de ser mayoría), la existencia de partidos de oposición. De hecho, precisamente porque son fríos, calculadores, disciplinados, representan en la Unidad Popular el partido más consistente y más dispuesto a respetar “coyunturalmente” las circunstancias históricas y concretas del país, aunque en sus bases hayan pecado seriamente de sectarismo. Espontáneamente diríamos que son los más hábiles, políticamente hablando, —por lo menos en su jerarquía oficial— y, por lo mismo, los más cuerdos.
Sin embargo se insiste machaconamente en reducir la Unidad Popular al comunismo como si no existiesen otros partidos. Basta leer la prensa de derecha, no sólo la extremista, sino la “seria” —vgr. “El Mercurio”— para ver cómo de todo se inculpa al comunismo. Y lo mismo se encuentra en cierta prensa internacional. El verdadero “peligro”, el “gran” peligro, el “único” peligro en Chile es el comunismo.
En Linares se acaba de hacer una declaración respecto a la reforma agraria en que claramente se cae en la estrategia mirista. Pero, lógicamente, se inculpa de esto a los comunistas que por prensa, radio y televisión manifiestan su claro desacuerdo con dicha declaración.
Una cantidad respetable de mujeres del barrio alto y, con ellas algunas de clase media y popular, se creen en la obligación de hacer una manifestación contra el desabastecimiento, tropelías en la Universidad, tomas de fundos en el sur, etc. En lugar de dejarlas desfilar tranquilamente y limitarse más bien a ridiculizar el símbolo que habían adoptado —“las ollas vacías”— ciertamente la inmensa mayoría de las manifestantes tenían sus refrigeradores bien provistos —diversos grupos del MIR deciden torpemente hacer una contramanifestación. Decimos “torpemente”, ya que del punto de vista político nos parece un sinsentido. De una manifestación que podía haber sido fácilmente minimizada, hicieron, debido a la contramanifestación, algo profundamente serio. Hubo piedras, “Patria y Libertad”, también los maridos, hijos y novios de las mujeres salieron en su defensa. Carabineros se vio obligado a intervenir y lanzó bombas lacrimógenas a ambos lados. Las mujeres se transformaron nacional e internacionalmente en “víctimas”; en Chile no había libertad de manifestación ni de expresión, etc. ¡Profundo error político debido a los miristas! “Patria y Libertad” pudo justificar su deseado ataque: asaltó la sede del Partido Radical, la sede de las juventudes comunistas, devastó la casa del ministro de salud. Para atajar los desmanes del extremismo de derecha y los eventuales contra-ataques del extremismo de izquierda, el gobierno tuvo que acudir al Ejército, instaurar estado de emergencia y toque de queda.
Pero ¿a quién se inculpó inmediatamente? No a los miristas que eran los únicos responsables junto con “Patria y Libertad” de todo este desorden, sino a la Brigada Ramona Parra que según declaraciones de los propios miristas y de testigos presenciales nada tuvo que ver en este asunto y sólo en la noche se dirigió a Providencia para evitar males mayores por parte del descriterio mirista y del extremismo facista. No pretendemos aquí transformar a los brigadistas de Ramona Parra en angelitos inocentes. No sólo pintan muros sino que también portan palos, cadenas, armas y las usan (recordemos la retoma de Ingeniería). Pero ¿por qué echarles a ellos toda la culpa? Porque ellos son comunistas y hay que fabricar el mito de que el comunismo en Chile quiere exactamente lo mismo que quiso en Rusia, Hungría, Polonia, etc. Es decir, apoderarse de todo el poder, absorber a todos los otros partidos, acabar con las elecciones y la prensa libre, establecer la dictadura del proletariado, es decir, “del Partido”, esclavizarnos a Rusia, acabar con la religión, etc. Y la consecuencia es lógica: como el comunismo es el que “domina” en el gobierno (a pesar de ser minoría), el gobierno quiere todo eso y por lo mismo nos encaminamos a un abismo donde naufragará nuestra democracia, legalidad, libertad, alma nacional, etc.
¡Evitemos todos estos encasillamientos y simplismos absurdos! Ni toda la oposición es facista ni todo el gobierno es comunista.
Pero ciertamente existen extremismos tanto de Derecha como de Izquierda y son sumamente peligrosos ya que ambos buscan la violencia real, no sólo verbal, el enfrentamiento que necesariamente sería sangriento.
Están el MIR, MCR, FER por la izquierda y las brigadas de “Patria y Libertad” por la derecha. Ya de por sí es grave que existan. Comprendemos que no es fácil acabar de una plumada con ellos —el ideal sería suprimirlos—pero, por lo menos, el gobierno debería ser drástico e impedir duramente sus manifestaciones y sus desmanes.
Pero lo que nos parece más grave es que este clima de pánico artificialmente fomentado (sintomáticamente lo encontramos sobre todo en el barrio alto), de falta de objetividad, de pasión motivada, entre otras cosas, por la violencia verbal, por la calumnia, la injuria, desplaza o tiende a desplazar hacia los extremismos a grupos políticos importantes que de por sí no lo son. Sinceramente creemos que la gran mayoría de la Democracia Cristiana no es extremista, tampoco lo es un sector importante del Partido Nacional, no lo es el comunismo oficial, ni el radicalismo, ni grandes sectores del MAPU, de la Izquierda Cristiana, y del socialismo.
Pero todos estos factores que hemos ido analizando van llevando de hecho a sectores no extremistas de la oposición y del gobierno a posiciones cada vez más duras y radicalizadas.
El presidente de la Democracia Cristiana, Senador Fuentealba, dijo muchas verdades en su discurso en el Estadio Nacional, pero cayó en el inevitable ataque al Partido Comunista, como si éste fuera el culpable de todos los males, y anunció solemnemente la resolución de su partido de acusar constitucionalmente al Ministro del Interior. Creemos que esta acusación no se justifica si nos atenemos al espíritu de la Constitución. En todo caso, nos parece un gran error político y una manifestación del endurecimiento de la Democracia Cristiana. ¿Por qué este endurecimiento? Porque han sufrido en carne propia el sectarismo de la parte contraria (el propio Presidente de la República ha dicho, repetidas veces, que hay que evitar el sectarismo; también lo dijo Fidel Castro), porque han sido calumniados, soezmente injuriados por la prensa. Y los políticos son también humanos. Desgraciadamente la Democracia Cristiana se ha endurecido (explicable, comprensible pero también desgraciadamente) y con la intención (conscientemente honesta pero teñida de temores que nos parecen más subjetivos que objetivos) de defender la “Democracia”, se va aliando cada vez más a un Partido Nacional, que nunca ha querido reales cambios estructurales en Chile, dando la impresión a vastos sectores de “derechización progresiva”. Y no olvidemos que en el extremo de la Derecha espera “Patria y Libertad” el momento oportuno para actuar.
Lo mismo acontece en el sector de la Unidad Popular. La acusación contra el Rector Boeninger, Rector de la más grande y prestigiada Universidad del país, por haber penetrado en la intimidad del Ministerio del Interior, acompañado de sus partidarios y seguramente entre exclamaciones y con la agitación propia del momento, nos parece desproporcionada y un error político garrafal. ¿Qué pasa si el Rector es condenado y no apela? Irá a la cárcel. Pero ¿no es absurdo meter en la cárcel a un Rector de la más grande Universidad del país porque a lo mejor empujó a un carabinero? Todas estas medidas son radicales, signos de endurecimiento, y contribuyen a endurecer a los demás. También nos parece erróneo el acuerdo de Linares donde sectores de la UP (con excepción, por lo menos “oficial”, del Partido Comunista y del Partido Radical) cayeron en la estrategia extremista del mirismo.
Estamos en un verdadero círculo vicioso pero hay que romperlo antes que sea demasiado tarde. La Democracia Cristiana empezó apoyando al Dr. Salvador Allende e hizo posible que fuese Presidente, previa la exigencia de garantías constitucionales que el Presidente Allende aprobó. Empieza un indiscutible sectarismo por parte de partidos de gobierno, incluidos los comunistas, en las poblaciones, en el campo, en las instituciones públicas. La Unidad Popular rechaza la colaboración que le ofrece repetidamente la Democracia Cristiana. Esta se va endureciendo y, lógicamente, inclinándose a la derecha. Prueba de esto es la gran pérdida de influencia de Tomic en su propio partido. Frente a una oposición cada vez más dura e intransigente, el Gobierno a su vez endurece su posición, etc., etc. Y así como detrás de la derecha están las brigadas de “Patria y Libertad”, detrás de la izquierda está el MIR, también infantilmente deseando el “enfrentamiento”.
Nos podrán objetar que todo nuestro análisis es exclusivamente psicológico. Esto en parte es cierto. Decimos en parte, ya que estamos seguros que en toda esta extremización de posiciones influyen seriamente factores estructurales, sobre todo, de tipo económico. Es evidente que importantes sectores de la derecha defienden sus intereses económicos frente a la socialización que el país mayoritariamente (Allende – Tomic) esperaba y quería. Indudablemente los intereses económicos norteamericanos también están en juego y no dejarán fácilmente que se les prive de sus prebendas. Aunque no podamos probarlo, no dudamos que en Chile actúan agentes de la CIA como actuaron en Brasil, en Bolivia, etc. Las declaraciones de la prensa internacional de importantes voceros son significativas: “Los días de Allende están contados”, etc. Lo mismo se dice recientemente en un artículo de Combat. También no deja de ser curioso que hubo marcha de las ollas vacías en La Habana, al comienzo del régimen de Fidel Castro, hubo la famosa marcha de los rosarios que influyó seriamente en la caída de Goulart; hubo marchas de mujeres contra Perón. Puede que todo esto no pase de ser coincidencia, puede que responda a una intención determinada. Pero esto último no lo podemos probar.
No dudamos que en la radicalización de la derecha influyen seriamente estos factores, pero creemos que este análisis es incompleto si no tomamos en cuenta el aspecto psicológico. Sinceramente creemos que la Democracia Cristiana en su mayoría no está defendiendo grandes intereses económicos sino que está radicalizándose debido al rechazo y al sectarismo de los partidos de izquierda. Y lógicamente los partidos de izquierda a su vez se radicalizan frente a una oposición cada vez más dura y cerrada.
Pero esto es grave. No somos ni queremos ser alarmistas. Pero todo esto puede conducir a un enfrentamiento armado sangriento y obligar a que el Ejército intervenga y asuma el poder. Y ¿quién nos asegurará que el Ejército, viendo la pasión de los “civiles”, su desprestigio político, esté dispuesto a entregar el poder a corto plazo? Puede que esto se lo imaginen gente de izquierda, de la Democracia Cristiana y de la Derecha extrema, pero ¿pueden estar tan seguros?
Nos parece que es deber moral, político y ciudadano, tanto del gobierno como de la Democracia Cristiana (ambos quieren mayoritaria y sinceramente cambios estructurales que vayan en servicio de todo el pueblo) que no caigan en la trampa que les tienden los extremismos; que recapaciten, tengan la grandeza de superar rencores y hagan posible un diálogo, que por ahora está roto, y que significa el único camino para el engrandecimiento de Chile.
Quisiéramos finalmente referirnos a un punto que nos parece de gran importancia.
El año que pasó, en líneas generales, fue un año de prosperidad. A pesar de la inflación aumentaron efectivamente los ingresos en vastos sectores populares. Esto se tradujo en un aumento de consumo que permitió aprovechar la capacidad ociosa de muchas industrias, y aumentar así la producción. Pero el año que viene el aumento de la producción será ciertamente menor. Es poco probable que el cobre rinda más (la renuncia del gerente general y del gerente de operaciones de Chuqui confirman, al parecer, la opinión de muchos: el sectarismo político ha entrabado seriamente la marcha de nuestra mayor mina). Habría que actuar firmemente contra el sectarismo y hacer prevalecer el criterio técnico sobre el político. Esto es de básica importancia. Pero los frutos de estas medidas, en el caso que se tomen, no serán inmediatos. Por otra parte ya no existe capacidad industrial ociosa. El gobierno deberá, por consiguiente, restringir el consumo a lo estrictamente necesario para la vida de los chilenos y para la marcha de nuestras industrias. Lo que ahorremos en consumo, serán divisas que nos permitan invertir más, ya que sin inversión productiva el país se estanca y el sub-desarrollo aumenta.
El mismo Presidente nos ha dicho que se avecinan “horas duras”. Ahora bien, debemos afrontar estas horas duras con patriotismo y no caer en la fácil tentación de sacar de ellas dividendos políticos: “¡Fracaso del gobierno!”. “¡Nosotros les daríamos más!”.
Si ha habido error, nos parece que estuvo más bien al comienzo. Al pretender mantener y fomentar un consumo de sociedad capitalista en un régimen que se encamina al socialismo.
Un socialismo no se construye sin sacrificios. No caigamos en los apasionamientos y endurecimientos que hemos denunciado. Convenzámonos todos que sólo podremos producir más en el futuro si ahorramos en el presente. No caigamos en la crítica demagógica o de puro interés personal. Pensemos en Chile, en nuestra Patria. De nosotros depende hacerla grande y realmente independiente, soberana, libre. Esto exige de TODOS (porque evidentemente no puede haber privilegiados en la restricción del consumo) un sacrificio. No nos rebelemos, desechemos el chisme político, aceptemos el sacrificio con sentido patriótico, con entereza y alegría.
1° de enero de 1972
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