Enero-febrero, 1973: «16 uruguayos: salvados por su esperanza»

Un diálogo con algunos de los ocupantes del avión que en octubre de 1972 cayó en la cordillera los Andes —traía a un equipo de rugby a Chile—, sirve a Ignacio Pérez Walker para redactar un artículo sobre la fortaleza interior que les ayudó a sobrevivir en sus setenta días en medio de la nieve.

—“Hay en esta odisea un mensaje muy grande de esperanza, pero nosotros hemos sido sólo el vehículo de ese mensaje; su autor es Dios”—.

Era un sábado a las dos de la tarde. Estábamos sentados en la terraza del Hotel Sheraton con tres de los sobrevivientes del avión uruguayo y oíamos cómo revivían con palabras tan cargadas de fe su mensaje de setenta y dos días. “Los primeros tres días fueron difíciles, el ánimo lo teníamos en el suelo… de pronto, cuando ya empezábamos a tener esperanzas porque habíamos logrado armar una radio y oír noticias, supimos al octavo día que la búsqueda del avión había sido abandonada. Fue un momento terrible. Nuestro ánimo cayó al suelo con más fuerza. Sin embargo, al cabo de algunos días fue renaciendo en el grupo una nueva fe”. No se dejaron derrotar y empezaron a trabajar para vencer las necesidades de esa nueva vida tan difícil de soportar. “Comenzamos a reconstruir nuestras esperanzas. Las angustias de muchos y la desesperación de algunos se empezaban a superar… y vino el alud”.

No habían cumplido un mes del accidente y el alud se llevaba a diez compañeros más. Junto a eso se destruían muchos arreglos y la vida materialmente se les dificultaba. Sin embargo, por tercera vez afirmaban su confianza: “Nuevamente brotó la fe en nosotros; superamos parcialmente (solo 16) el alud y nos pusimos a trabajar. La creencia de que nos salvábamos se solidificó cada día más, y fue así como al cabo de todo este tiempo —setenta y dos días— estamos nuevamente en este mundo al cual hemos aprendido tanto a querer”.

Oírlos no bastaba. Las palabras describían algo que no explicaban; pero ellos, sin palabras, con gestos, con la paz que los rodeaba, con una mirada diáfana, comunicaban una explicación que nosotros éramos solo relativamente capaces de recibir.

Habían superado más de dos meses de hambre, de frío, de angustias, de muertes, de malas noticias, de alud, de nieves eternas; con enfermedades, quebraduras, infecciones, soledad y fe. Era esto último lo que transmitían: su fe y confianza en Dios. Confianza que testimoniaban y entregaban a quienes los oíamos, como una fuerza interior y común de ellos, pero que no lograban explicar con palabras ni nosotros entender con razón. Es cierto que la fe es una experiencia humana y obra de la gracia divina. Pero una fe que había superado tantas vallas se había forjado en una experiencia demasiado lejana de lo “normal” para quienes conversábamos con ellos.

Solo conociéndolos más, compartiendo con ellos una Navidad de abrazos y gratitud, oyendo sus hazañas narradas por ellos mismos o sus familiares, solo así comprendimos lo que en un principio no entendíamos: cómo la solidaridad, la soledad y la cercanía de la muerte eran capaces de generar una fe como la de ellos.

LA SOLIDARIDAD

—“Nos hemos hecho hermanos hasta que la muerte nos separe”. La solidaridad entre ellos fue de dos tipos: física y espiritual.

La ayuda física hizo que hoy día más de alguno esté vivo. Nos contaban que la noche del alud, por ejemplo, fue una noche en vela; algunos trabajaban en rescatar a los que ya a esa hora estaban muertos y otros hacían masajes en los cuerpos helados de quienes apenas sobrevivían y gracias a ello se recuperaron. El frío de algunos hacía a sus compañeros darles aliento con la boca encima de la piel. Cuando notaban que alguno estaba físicamente muy débil, todos cedían parte de su ración de comida para sobrealimentarlo y lo reemplazaban en su trabajo. Cuando las noches el frío agravaban la enfermedad de algunos, los otros quince se ofrecían a permanecer despiertos y vigilantes, o bien a acurrucarse al lado del desvalido para darle el calor necesario para contrarrestar la brutalidad del frío. El lema era: “Repartir las fuerzas de todos en razón a las necesidades de cada uno”.

Son muchos, en este sentido, los hechos vividos por cada uno y el grupo. Es inmensurable la gratitud de unos con otros. La solidaridad aumentaba día a día.

Al final eligieron a tres de ellos para que fueran en busca de auxilio. Habían caminado dos días y Vicentini confesó que no podía seguir un día más, dado su estado físico. Les dijo a los otros dos que no se preocuparan de él, que trataría de encontrar el camino de vuelta y llegar al avión; pero que si no lo lograba no importaba: “lo importante es el grupo”. Al final llegó de regreso al avión. Siguieron los otros dos. Al noveno día, Canessa confiesa su agotamiento total; le dice a Parrado que siga solo: “Lo importante es el grupo y no uno de ellos”.

Nando Parrado lo apuntala con el hombro y caminan así el último día. No lo deja solo. Al atardecer, llegan a una quebrada donde pasa un río y se dan cuenta de que ya no pueden seguir: era la primera barrera imposible de sobrepasar. El fin estaba ahí. Miran al frente y ven al arriero.

Siguieron los otros dos. Al noveno día, Canessa confiesa su agotamiento total; le dice a Parrado que siga solo: “Lo importante es el grupo y no uno de ellos”.

Tuvieron en fracción de segundos o minutos la frustración de una esperanza y la realización de ella.

Pero la solidaridad tuvo también una segunda expresión: la espiritual.

—“Todos tuvimos malos momentos. Cuando la angustia invadía el ánimo de alguno, inmediatamente había dos o tres a su lado para conversarle y comunicarle nuestra fe común. Teníamos tres o cuatro frases que nos repetíamos unos a otros todo el día: “Dios no nos abandonará nunca”. “Si nos llama a la muerte, es por algo”…

Cuando uno estaba triste, los demás le cantaban. “El canto era como una oración. Con él, la confianza sucedía a la angustia y la alegría a la tristeza”.

Lo curioso es que sicológicamente el tiempo más difícil fueron las primeras semanas. “El último mes ninguno dudaba de que nos íbamos a salvar. Le habíamos perdido el miedo a la muerte, pero no creíamos que llegaría. Pensábamos que la Navidad la pasaríamos en familia”.

LA SOLEDAD

La solidaridad fue un “nosotros” intenso debido a que los “yo” que conformaban ese nosotros eran profundos. Y los yo se hicieron profundos, gracias a que crecieron en la soledad.

“En la inmensidad de esas montañas y esos cielos donde el silencio azota el alma, nos preguntábamos una y otra vez quiénes éramos y para qué vivíamos”. Una soledad que al principio era una cárcel de la cual no podían escapar y a la cual no quisieron eludir. Y por eso, porque tocaron fondo —“porque sufrimos y supimos ofrecer nuestro dolor”— el dolor se transformó en esperanza, adquirió un sentido.

Muchos contaban de distintas maneras que ese silencio cósmico les había permitido conversar con Dios como nunca antes.

Fue un encuentro en que la pedagogía de Dios principió con el dolor y la muerte, y terminó con la esperanza y la vida. “Fue un proceso en que las angustias y los mayores sufrimientos los vivimos al principio y lentamente se fueron transformando en esperanzas”. Describían esa soledad como algo doloroso, pero necesario.

LA CERCANÍA DE LA MUERTE

Es difícil pensar que el sentirse cerca de la muerte no les haya influido para nada. Vieron morir a sus amigos, observaron con qué facilidad un fenómeno de la montaña les llevaba a diez de sus compañeros; y esperaron días, semanas y meses sin nunca escuchar una noticia alentadora. Uno perdió a su madre y hermana.

Impresionaban la paz y tranquilidad con que hablaban de todo, incluso de la muerte. Con un inmenso respeto y tristeza, conversaban sobre sus amigos caídos, pero no por eso con menos serenidad. Todos se sintieron en algún momento vecinos a la muerte y en ese momento supieron luchar y tomar conciencia de su verdadera dimensión. “Era cuando veíamos a nuestros hermanos muertos o cuando el silencio nos estremecía el pensamiento que nosotros íbamos tomando conciencia de lo real que era la muerte, como real es la vida. Pero, al mismo tiempo, íbamos aprendiendo cómo el significado de la muerte es tan positivo como el de la vida”.

La muerte, al igual que a la soledad —esas dos realidades que estuvieron tan unidas en cada uno de ellos—, no la eludieron. Las supieron afrontar y superar. “Si Dios nos quiere llevar, que se haga su voluntad”. Pero, a la vez, al encontrarse cerca de ella, habían aprendido a ver lo maravilloso que era la vida. Cómo la habían antes desaprovechado o no entendido y ahora esperaban vivirla vitalmente.

EL REENCUENTRO CON LA VIDA

Desde la muerte habían logrado conocer la vida y desde la vida conocer a Dios. La fe y las ganas de vivir los había hecho tener esa experiencia en que lo humano afloró en su pureza más radical.

Cuando volvieron recibieron del mundo entero la gratitud y congratulación del mensaje transmitido: un mensaje de esperanza para todos.

Sin embargo, cuando leyeron la morbosidad de algunos diarios chilenos, lloraron. No lloraron en los setenta y dos días vividos en la cordillera ni tampoco en el reencuentro con la vida y los suyos. Detrás de estos sufrimientos y alegrías, había algo positivo. Detrás de ese periodismo, algo negativo.

La vivencia de ellos fue distinta. Profundizaron el misterio de nuestra incorporación a Cristo al unir en una misma vivencia la unión de ellos, la comunión con los compañeros muertos y la intimidad con Dios.

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