La motivación del padre Alberto Hurtado por promover la conciencia social de los cristianos de su tiempo se reflejó desde temprano en Mensaje. Uno de los primeros artículos en perfilar esa temática en la revista fue escrito por el jesuita Agustín Klaas, destacando el ejemplo de las preocupaciones concretas que había tenido san Ignacio, motivado por su fe.
Un estudio siquiera superficial de la “Monumenta histórica” revela que el servicio social constituye un elemento de primer orden en la espiritualidad de san Ignacio de Loyola.
Ya mucho tiempo antes de la fundación de la Orden, Ignacio demostraba una sensibilidad social muy definida y trabajaba activamente en obras sociales. Durante casi 20 años, en el período que siguió a su conversión espiritual, servía a los destituidos en sus pocilgas y frecuentaba los mismos hospitales llenos de enfermos. Visitaba los pobres y sin respeto humano vivía con ellos, vestía como ellos, mendigaba alimentos, ropas y medicinas para ellos, y al morir los sepultaba; y con frecuencia les entregaba las limosnas que había recibido para sufragar sus propias necesidades. En Barcelona, donde permaneció largo tiempo, improvisó una cocina para pobres, en la que se atendía diariamente un considerable número de personas; hizo todo lo posible por contrarrestar la prostitución en la ciudad; visitó a los enfermos y prisioneros tratando de mejorar su triste suerte con los exiguos medios de que disponía.
Ya mucho tiempo antes de la fundación de la Orden, Ignacio demostraba una sensibilidad social muy definida y trabajaba activamente en obras sociales.
En realidad, gran parte de su labor social, aunque no toda, fue hecha al azar. En Azpeitia, ubicada en su provincia natal de Guipúzcoa, obedeciendo al pedido urgente del alcalde y del Ayuntamiento, Ignacio redactó, para el cuidado de los pobres, un Código Permanente de Ordenanzas, cuya sabiduría ha sido estudiada y apreciada por muchos expertos posteriores. Durante estos largos años, enseñaba el catecismo a los niños, dirigía espiritualmente a los adultos, reconciliaba a los enemigos y predicaba los ejercicios espirituales; no obstante su obra predilecta era el cuidado material de los más abandonados. Igualmente, sus primeros compañeros sobresalieron en el servicio social.
En abril de 1541, san Ignacio fue elegido General de su Orden. Junto con la ardua tarea de perfeccionar la organización de ella, y además de su labor en pro de la Iglesia y el Papa en particular, es admirable el gran número de obras sociales realizadas por él en la Ciudad Santa. Esbocemos brevemente lo que nos pueda interesar acerca de su labor en Roma.
La prostitución constituía un grave mal social en el Roma en los tiempos de san Ignacio, y había que instalar lugares de refugio para aquellas que deseaban sinceramente arrepentirse y llevar una vida nueva. El convento Magdalena, fundado para prostitutas reformadas que deseaban tomar hábito, era totalmente inadecuado y no estaba en condiciones de atender a las casadas. A estas Ignacio hasta entonces las había ubicado en los hogares de […] caballeros de la nobleza se dedicaron a la obra con energía y empuje.
Con el fin de asegurar la estabilidad del proyecto social, se fundó la llamada Confraternidad de la Gracia, que llegó a tener unos 170 socios, entre ellos distinguidas personalidades eclesiásticas y laicas, y por patrono el cardenal Carpi. Esta confraternidad se encargaba de procurar la mantención material de la Casa de Santa Marta, mientras Ignacio y sus compañeros se preocupaban de las necesidades espirituales de las habitantes.
Cuando alguien dijo Ignacio que esta obra suya en favor de las prostitutas era una labor sin esperanza de éxito, él contestó con palabras que son estímulo para todos aquellos empeñados en empresas semejantes: “El hecho de haber rescatado a una sola de ellas de una sola noche de pecado ya sería recompensa suficiente de mis fatigas”.
La verdad es que tuvo un éxito más que regular en esta obra, porque consta que, en muy pocos años, más de un centenar de pecadoras se habían convertido a una vida mejor en la Casa de Santa Marta.
Otra obra social emprendida por Ignacio fue un hogar para niñas cuya virtud estaba constantemente expuesta, sea por la pobreza, sea porque, siendo hijas de mujeres públicas, respiraba en un ambiente de inmoralidad en sus hogares. Para este fin el papa donó un viejo convento de Santa Catalina dei Funari a Ignacio para que pudiese atender a estas desafortunadas. En este hogar las niñas podían encontrar amparo y protección, y ganarse el sustento en forma legal y honesta. Si deseaban casarse se les daba una dote suficiente. Las querían hacerse religiosas podían quedarse, pero, a partir de entonces separadas de las demás. Para estas el Papa […] mujeres romanas las que hacían cuanto estaba su parte para reeducarlas. Más ahora resolvió fundar un lugar especial para ellas, donde pudieran vivir y trabajar hasta que se reconcilian con sus esposos, o quedarse, si así lo resolviesen, perseverando en todo caso en su nueva vida moral. Sin embargo, no limitaba la admisión a las casadas; las solteras también podían permanecer hasta que se casaran o abrazaran el estado religioso. Con un centenar de monedas de oro, obtenidas por la venta de antigüedades descubiertas frente a la iglesia de santa María de la Strada, bajo la plaza, fundó la Casa de Santa Marta. Muy pronto ciertos cardenales se interesaron por el asunto, también el Papa contribuyó con fondos y recomendó la institución de una bula especial. Por su parte, damas y caballeros contribuyeron con […]y supervivencia de este nuevo […] y se firmó un reglamento.
Ignacio fundó además los orfanatos en Roma, uno para niños y otro para niñas. Él mismo solía recoger de los caminos rincones a los niños abandonados, sea por muerte de sus padres o por haber sido expulsado de sus hogares. A estos huérfanos se les proporcionaba instrucción religiosa, educación elemental y algún oficio manual.
Con el fin de socorrer a convertidos y catecúmenos judíos o mahometanos, a los que sus propios conciudadanos habían enajenado los bienes y a los que perseguían por su conversión al catolicismo, Ignacio los acogió primero en su propia casa, esto en condiciones que brindaban muy pocas comodidades, y los mantenía con fondos propios. Más tarde les pudo proporcionar una habitación separada, para lo cual el papa Julio III donó un fondo permanente. Ignacio también persuadió al santo padre de que promulgará una ley prohibiendo la expropiación de propiedades pertenecientes a judíos convertidos a la verdadera fe.
Ignacio no se interesó solamente por la salud espiritual de los prisioneros de las cárceles locales, sino que les pagó las multas que debían para recobrar su libertad. Hizo además esfuerzos decididos para redimir cautivos en poder de los mahometanos. Impulsó eficazmente a hombres acaudalados y prominentes a que se organizaran y reunieran dinero para este fin.
Ignacio se distinguió por el cuidado y solicitud con que atendía a los enfermos, no sólo de su propia orden, pero también a los que ocupaban los hospitales públicos. Puede decirse que Ignacio frecuentó durante toda su vida los hospitales, los cuales estaban lejos de ostentar las condiciones de limpieza, higiene y organización actuales. En sus viajes solía alojarse en los hospitales e inducía a sus discípulos a hacer otro tanto. A los padres Lainez y Salmerón, que asistían al concilio tridentino en calidad de teólogos, les impartió instrucciones de visitar los hospitales para alivio de los enfermos.
Siempre recibía con alegría la noticia de la fundación de un nuevo hospital; e instituyó, como prueba oficial para los novicios y neo sacerdotes de la compañía, el trabajo en los hospitales.
En 1538 Roma fue azotada por una gran hambruna. Ignacio alojó de 300 a 400 hambrientos en su propia casa y aseguró su subsistencia recolectando fondos de personas en mejores condiciones. Su buen ejemplo y persuasión elocuente indujo finalmente a que algunos ciudadanos principales amparan a unos 3.000 pobres durante la crisis. Más tarde, en 1551 se preocupó que familias numerosas de Messina y otras partes de Sicilia, afectadas por la escasez, recibieran una ayuda sustancial de parte de miembros de su orden.
Muy bien se sabe que san Ignacio tuvo predilección especial por los pobres y la pobreza. Durante toda su vida se preocupó por el bienestar de ellos, como ya lo hemos notado. En Roma se fijó especialmente en que los pobres que acudieron a la puerta recibieron un trato amable y generoso “mientras hubiera un maravedí en casa”. Afirmaba que Cristo mismo debía ser visto en los pobres y que siempre debería dársele ese alimento y vestidos. Especialmente se preocupaba de aquellos indigentes que habían conocido tiempos y circunstancias mejores y que ahora sentían vergüenza para pedir limosna. A ello solía dar algún empleo o trabajo, para que la limosna se pareciera al pago de un jornal, o bien pretendía simplemente que la limosna era un préstamo, debiendo reembolsarlo en un futuro lejano e indefinido.
También sabemos cuál fue su interés en proporcionar posibilidades de educación a estudiantes pobres. En Sicilia fomentó la fundación de un organismo llamado el “Consejo de caridad”. Era especie de oficina central formada por sacerdotes, religiosos y laicos, incluyendo a algún empleado del gobierno. Su objetivo era emprender obras de asistencia social y de caridad entre los pobres. Los miembros recolectaban y distribuían fondos, proporcionaba un consejo legal en procesos judiciales, construían o preparaban casas y en fin, atendían aún sin número de otras obras de la misma índole.
Tales oficinas centrales se establecieron en diferentes lugares de Sicilia y parecen haber funcionado con todo éxito.
Como ayuda especial para los pobres, san Ignacio apoyó la instalación de casas de empeño. Estas se organizaron por grupos mixtos de sacerdotes, religiosas y laicos, bajo control del gobierno, y fueron numerosas en Sicilia. Una carta del padre Polanco al padre Jerome Domenech arroja una luz muy interesante sobre un aspecto menos conocido de la personalidad de san Ignacio:
“…la casa de préstamos (monte della Pietá) trabaja muy bien; pero la expresión ‘los pobres vergonzantes’ no agrada nuestro padre (San Ignacio), puesto que ellos no necesitan avergonzarse de ser pobres y de necesitar ayuda. Mejor sería decir ‘los necesitados’ o algo similar…” (5 dic. 1554).
La obra más notable de servicio social iniciada por san Ignacio en Roma para el socorro del pobre fue la Sociedad de los doce Apóstoles, Organización que sería perfeccionada más tarde por el Lainez y que finalmente recibiría la aprobación papal. Comenzó humildemente durante los sermones de la iglesia de Santa María della Strada; san Ignacio y sus compañeros solicitaron ayuda para los pobres. Y como san Ignacio no quería recibir y distribuir personalmente el sinnúmero de donaciones con quien fue correspondido el llamado de ayuda, organizó con este fin un grupo de laicos responsables cuya reunión había de efectuarse bisemanalmente en la residencia de los jesuitas. Como aumentaba su número y en lugar se hiciera estrecho para sus reuniones, se trasladaron al vecino monasterio anexo a la Iglesia de los Doce Apóstoles. De ahí el nombre y los patronos de la nueva sociedad, cuya dirección siguió siempre a cargo de Ignacio y sus compañeros.
La Sociedad de los doce Apóstoles está formada por trece hombres escogidos, uno para cada una de las trece secciones en que se había dividido la ciudad de Roma. Cada uno de los trece tenía dos asistentes Quiero acompañado de su visita de caridad en el respectivo distrito. Además, había otros socios que prestaban ayuda varia a los pobres y se encargaban de las procesiones eucarísticas en la Iglesia de los doce Apóstoles.
Beneficiándose con las obras de caridad de esta sociedad aquellos pobres que tuvieran demasiada vergüenza para pedir, los que tuvieran serias dificultades familiares y los indigentes de las clases sociales superiores a quienes la mendicidad estaba prohibida por la ley. Como primera medida, estos pobres recibían dos visitas de investigación de parte de hombres experimentados y comprensivos; una vez calificado cada caso, recibían la visita bimensual de miembros activos y prudentes de la sociedad, quiénes los asistían ya con dinero ya de algún otro modo. Los enfermos pobres que no podían costear su estadía en el hospital eran visitados dos veces por semana con el fin de atender no sólo a las necesidades espirituales sino también a las corporales con dinero y remedios. No cabe duda de que esta organización fue un precursor interesante de las Conferencias de san Vicente de Paul.
San Ignacio también se interesó activamente por otros proyectos sociales de importancia más bien momentáneamente que apenas se señalaban en los documentos. Mientras se ocupaba en los trabajos sociales emprendidos en Roma, apoyaba otras similares en otras partes del mundo donde estaban sus compañeros, especialmente en Sicilia, en la que gozaban de la cooperación magnífica del gobierno. También incluyó la postulado social en las constituciones y reglas de la orden, como, por ejemplo, la peregrinación de los novicios mendicantes, algo completa mente conforme con su principio de “ir a los pobres”.
En la bula de canonización Rationi congruit (6 agosto 1623), el papa Urbano VIII resume la obra social de san Ignacio como sigue: “Incansablemente sirvió a los pobres en los hospitales. Distribuyó limosnas que él mismo había pedido diligentemente de personas piadosas. Desde el comienzo de su conversión dedicó el mayor cuidado y esfuerzo a la instrucción de los niños e ignorantes en la doctrina cristiana. Empezó después a visitar y ayudar a los prisioneros, obra en la que perseveró celosamente. Fundó misiones en toda parte del mundo, construyó residencias colegios e iglesias. En la ciudad de Roma, además de colegios para el estudio del latín y de la gramática, y en las cuales la enseñanza era gratis, fundó el Colegio (o Universidad) Germánico, hogares para huérfanos y catecúmenos como también los conventos de Santa Marta y Santa Catalina y otras obras pías. Reconcilió enemigos, dirigió espiritualmente, escribió los ejercicios espirituales y promovió la frecuente recepción de los sacramentos. Perdonó a los que le herían y rogó por sus enemigos. Todo esto demuestra cuánto amor el prójimo por amor a Dios”.
¿Tenía san Ignacio un método en su apostolado social? En cuanto yo puedo juzgarlo era éste su procedimiento favorito: primero iniciaba una obra que correspondía a una urgente necesidad social de sus días y le daba personalmente un fuerte impulso inicial. Una vez firmemente establecida, formaba una sociedad de personas, frecuentemente laicos (lo que hoy se llamaría una cofradía o propiamente A.C.) que asumiera la responsabilidad de la obra y la desarrollara ulteriormente. De aquí en adelante san Ignacio atendía las necesidades espirituales y servía tan solo de consejero en los asuntos temporales del proyecto. De esta manera impedía, por un lado, que la orden se viera obstaculizada por una multitud de trabajos externos y, por otro, aseguraba esto es un espíritu dinámico por medio del estímulo personal y ayuda espiritual.
Finalmente habría que agregar que las obras sociales de san Ignacio no eran proyectos esporádicos, sino que, por lo general, sobrevivieron durante muchos años aún después de su muerte. Sus compañeros y discípulos imitaron el ejemplo que él les había dado en el apostolado social; ellos realizaron y promovieron las reformas y empresas sociales por él iniciadas; y también iniciaron y desarrollaron otras, con lo cual gradualmente contribuyeron a formar una notable tradición de apostolado social.
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