En abril de 1963, fallece el papa Juan XXIII y desde junio el papado lo ocupa Pablo VI. En Mensaje se destinan espacios a recordar al primero y abordar las señales que en su trayectoria pastoral y sus primeros gestos se han observado en su sucesor. Presentamos los textos “Paulo VI” y “Pastor Bonus”, dedicados respectivamente a cada uno de ambos papas.
Apenas la radio y el cable difundieron al mundo la designación de Giovanni Battista Montini para la sede de Pedro, por todas partes comenzaron a alzarse interrogantes: ¿Qué rumbo seguiría el nuevo Papa? ¿Continuaría la línea de Juan XXIII —línea de bondad, comprensión reconciliadora y espontánea abertura al mundo entero? ¿O marcharía más bien en el surco de Pío XII iluminado por su recio talento, visión amplia de la realidad y búsqueda del alimento sólido de la Escritura y la renovación litúrgica? ¿Quizás resucitaría la fortaleza de Pío XI, sin miedo a nada ni nadie, sólo dedicada al servicio de la Iglesia?
Nuevas preguntas surgen todavía y seguirán surgiendo. Es natural que así suceda ya que la actuación de un Papa repercute en toda la Iglesia. Pero no es menos cierto que en este continuo preguntarse late el peligro de que nuestros frágiles cálculos humanos nos impidan ver lo hondo del misterio. Este se resume en una frase: Giovanni Battista Montini será en adelante Paulo VI. Para comprenderlo, hay que remontarse al momento en que Simón, hijo de Juan, pescador de Galilea, recibió un nuevo nombre: “En adelante te llamarás Cefas, que quiere decir Pedro”. El cambio de nombre señala un cambio de función. Ya no será Simón, el pescador, sino Pedro. Será la piedra, la roca, sobre la que descansa la Iglesia de Cristo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”. Jesucristo es el único cimiento de la Iglesia, la “roca espiritual” de que mana el agua viva del Espíritu y que —como antaño en la leyenda judía de la peña de agua que seguía a los israelitas en la travesía del desierto— acompaña a la Iglesia en su peregrinar por este mundo. Pero, una vez partido al Padre, Él quiso seguir apacentando y dirigiendo su grey mediante un fundamento visible: Pedro y sus sucesores.
Giovanni Battista Montini desempeña ahora la función de “roca” y de “pastor”. A través suyo nos llegan los impulsos, enseñanzas y directivas del único Pastor de nuestras almas; en él se cristaliza la solidez inconmovible de la Roca espiritual y vivificante de la Iglesia. De aquí el cambio de nombre. Ante este hecho profundo y misterioso, alcanzable sólo a la mirada de la fe, todas nuestras previsiones humanas palidecen y disminuyen en importancia. Juan XXIII habría pasado a la posteridad como un Papa sencillo y bondadoso, pero nada más, de no haber lanzado a la Iglesia a la aventura renovadora del Concilio. Pero esta aventura no entraba originalmente ni en sus propios cálculos ni en los de quienes lo eligieron. Fue una idea súbita surgida en la oración con todas las características de la voz que viene de Dios: el Pastor invisible marca rumbos a su Iglesia mediante su vicario visible. Nuestros pronósticos para el pontificado de Paulo VI han de descansar ante todo en esta visión profunda de la fe.
Giovanni Battista Montini desempeña ahora la función de “roca” y de “pastor”.
Con todo, el orden de la gracia no violenta, sino prolonga y perfecciona los dotes y las experiencias naturales. Por esto, la trayectoria del que fuera Giovanni Battista Montini es índice revelador de lo que será Paulo VI. Ya en su primer discurso el nuevo Papa aludía a la herencia espiritual de que se sentía portador: “Pío XI, con su indomable fuerza espiritual; Pío XII, que iluminó la Iglesia con la voz de la enseñanza llena de conocimiento; y, finalmente, Juan XXIII, quien dio a todo el mundo un ejemplo de su singular bondad”. La misma elección del nombre de “Paulo” nos evoca el corazón impetuoso del Apóstol de los gentiles que se da a todos para ganarlos a todos.
“¡Ha muerto el gran cristiano de nuestro tiempo!”. Estas palabras, dichas por un conocido Arzobispo anglicano, definen mejor que muchas otras lo que fue Juan XXIII. Jefe supremo de la Iglesia católica, audaz innovador, hábil diplomático, profundo conocedor de los problemas actuales, fue Juan XXIII, ante todo, un inmenso gesto de bondad. Su corazón como el de Cristo no se detuvo ante las fronteras que la pequeñez y egoísmo humanos inevitablemente trazan: razas, clases, ideologías. Amó a todos, y todos —católicos y no católicos— se sintieron amados, respetados y comprendidos por el Papa campesino. Y, por lo mismo, lloraron sinceramente su muerte. No era sólo un Papa el que moría, sino un gran amigo, un padre; y, al verlo partir, se sintieron más solos.
En la muerte de un hombre se refleja su vida; y la muerte de Juan XXIII —como hacía notar nuestro Cardenal Silva Henríquez— fue una de sus más elocuentes encíclicas. Se enfrentó a ella sin patetismo, sin miedo, con la fuerza que brota de la sencillez: “He podido seguir el curso de mi muerte, paso a paso. Ahora me encamino dulcemente hacia el fin”. No pensó en sí mismo, sino en los demás. No quiso atemperar sus dolores, sino que los ofreció por la paz del mundo, por el Concilio, por la unidad de los pueblos: “Ut omnes unum sint”.
“Yo soy la resurrección y la vida”. Sabía que para resucitar con Cristo tenía que morir con Cristo, pero esta muerte no lo alejaría de sus amados hijos y desde “arriba” seguiría velando por ellos; desde “arriba” continuaría su obra de “pacificador”. “Parto para otra patria donde se habla un sólo lenguaje: el del amor”. “Continuaremos amándonos en el cielo… Deseo partir… deseo regresar junto a mi Dios… Dejadme ahora solo con el Señor”.
Murió el lunes de Pentecostés, recién apagados los ecos de la gran fiesta de la Iglesia, y su muerte realizó una vez más el milagro de la unión de los hombres en ese Espíritu que es Amor. Por un momento se olvidaron rencores, miedos, desconfianzas y ambiciones. Grandes y pequeñas potencias, razas blancas y oscuras, hombres de lenguas diversas y de encontradas ideologías, ricos y pobres, niños y ancianos sintieron un mismo sabor a lágrimas y se unieron en una misma tristeza fruto de un mismo y esperanzado cariño. “Ut omnes unum sint”.
Nuestra revista se une a este duelo mundial. Estamos tristes y no ocultarnos nuestra tristeza, pero nuestra tristeza va acompañada de una gran esperanza. Es necesario —nos dice Cristo— que el grano de trigo muera. Si no muere queda infecundo, y es su muerte la que hace posible la espiga. Los cuatro días de agonía fecundizan así los cuatro años de pontificado de Juan XXIII. Como el “Buen Pastor”, dio su vida por sus ovejas, pero esta muerte, lejos de interrumpir la gran obra comenzada, constituye la más sólida garantía para su realización. El Papa ha muerto, pero sigue viviendo en el recuerdo y en el cariño de los hombres y, por lo mismo, su obra continúa. Hoy más que nunca debemos esperar.
Cuando se supo que el elegido para suceder a Pío XII había sido el Cardenal Angelo Giuseppe Roncalí, muchos fueron los que sintieron sorpresa y casi desilusión. Así fue como se habló —cosa que el mismo Juan XXIII comentaba con campechana ironía— de un papado de transición. No se esperaba de Juan XXIII sino que asegurase la continuidad del papado; ya vendría “otro”.
Y realmente fue una transición, pero en un sentido muy diverso, una de las grandes transiciones en la historia de la Iglesia. Juan XXIII, en efecto, ha significado un nuevo estilo, un ensanchamiento de horizontes, una superación de desconfianzas y enconos seculares. No serán seguramente sus encíclicas y discursos los que pasarán a la posteridad, pero los hombres no olvidarán jamás el luminoso y reconfortante ejemplo de su vida. Su imperecedera encíclica es precisamente la no escrita: sus cuatro años de pontificado, sus visitas a los presos, a los niños, a los enfermos; su suave y firme enfrentamiento a una curia protocolar y hieratizada; sus sencillas y renovadoras audacias; sus audiencias a anglicanos, metodistas, ortodoxos, budistas e incluso comunistas; su sencillez serena y diáfana; su perenne sonrisa de bondad. No se contentó Juan XXIII con escribir y hablar; sobre todo, quiso “mostrar” a los hombres la auténtica imagen del cristiano. Pasando por encima de convencionalismos, que generalmente separan y aíslan, demolió con su bondad sencilla y franca muchos muros defensivos y logró llegar al corazón de los pueblos. Se acercó a ellos, hizo que el Papa pasase a ser “popular”, sabiendo que acercaba así los hombres a Cristo, Esta fue su gran obra. Nos recordó lo que tan fácilmente olvidamos, que Cristo no vino al mundo primariamente a exponer un sistema de ideas o un código de buenas costumbres, sino a encarnar la Sabiduría eterna, a manifestar a los hombres la bondad, la misericordia, el perdón del Padre, a devolverles la perdida esperanza, a hacerles ver que la vida era algo maravilloso ya que la muerte estaba vencida y ellos eran hijos de Dios. Es la encarnación de Cristo la que santifica y redime, y la primaria misión del cristiano es continuar en el espacio y en el tiempo la encarnación redentora de Jesús.
Juan XXIII, en efecto, ha significado un nuevo estilo, un ensanchamiento de horizontes, una superación de desconfianzas y enconos seculares.
Desde un comienzo expuso Juan XXIII su “programa”. “El nuevo Papa —decía ya el día mismo de su coronación— tratará, en primer lugar, de realizar en sí mismo la imagen del Buen Pastor; él es la puerta del redil. Lo que ante todo nos preocupa es el oficio de pastor. Todos los otros aspectos humanos —ciencia, agilidad mental, sentido diplomático, capacidad organizadora— son un digno complemento del Pontificado pero no pueden reemplazar al buen pastor. Lo fundamental es el celo del buen pastor, que está pronto a hacer los mayores sacrificios. El buen pastor da la vida por sus ovejas”.
Lo que el mundo sobre todo necesita es bondad, nos dirá Juan XXIII en su Mensaje de Navidad de 1961. “…La bonitas Christi, Bondad de Cristo, debe constituir el antídoto contra el espíritu de contradicción y dureza, abriendo el camino a una apreciación más serena de las cosas… El hombre no es ya para el hombre un hermano, bueno, misericordioso y amable sino que ha pasado a ser un extranjero, calculador, desconfiado y egoísta… Es triste tener que deplorar el mal pero para eliminarlo no bastan los lamentos. Es el bien el que debemos querer, cumplir, exaltar. Es la bondad la que debe ser proclamada a la faz del mundo para que irradie y penetre todos los elementos de la vida individual y social”. Y dirigiéndose a los grandes del mundo les recuerda su grave responsabilidad: “Echad a un lado la idea de la violencia, temblad ante la posibilidad de provocar un encadenamiento imprevisible de hechos, de juicios, de resentimientos, que pueda desembocar en actos inconsiderados e irreparables. Se os ha dado un gran poder no para destruir sino para construir, no para dividir sino para unir, no para hacer derramar lágrimas sino para garantizar trabajo y seguridad”.
Mensajero de bondad, Juan XXIII imprimirá a su Pontificado un sello característico. No sólo sus gestos sino sus palabras y escritos reflejarán la bondad del buen pastor. Ya en su primera encíclica —“Ad Petri Cathedram” (julio de 1959)— apreciamos su estilo pastoral”. En un lenguaje sencillo, que evoca el lenguaje de la Iglesia primitiva, nos recuerda el Papa verdades fundamentales. De nada sirve afanarnos en dominar y conquistar el mundo si corremos el riesgo de aniquilarlo. Ante todo, debe el hombre tomar conciencia de su destino, de lo que él en verdad es, y esto sólo lo logrará apoyando su razón en la verdad revelada. Sólo uniéndose a Cristo logrará la humanidad unirse ella misma, y sólo esta unión en la verdad, que es al mismo tiempo gracia, podrá asegurar la paz internacional y social.
Verdades sencillas pero universales y eternas, y que los hombres, por desgracia, propensos a las complicaciones y sutilezas, fácilmente olvidan. El lenguaje de Juan XXIII tiene precisamente la simplicidad del lenguaje evangélico. No hay allí retórica y, por lo mismo, la verdad se muestra pura y cobra especial grandeza y fuerza. ¡Es tan sencillo ser cristiano —parece decirnos Juan XXIII— y qué hermoso sería el mundo si todos los hombres lo fuesen realmente!
Otro rasgo propio de esta encíclica, y que será característico de Juan XXIII, es el dirigirse no sólo al orbe católico sino a todos los cristianos y a los hombres de buena voluntad. Su corazón de pastor siente cariño y nostalgia por esas ovejas. Por lo mismo, al hablarles no destaca sus errores, no fustiga ni condena, sino que respetando sus valores las llama a la unidad. Subraya, en efecto, el Papa los valores cristianos de las comunidades separadas de Roma y pide que “una santa rivalidad de plegarias ardientes y comunes” se establezca entre todos los “que respetan a Dios… lo honran y se esfuerzan con buena voluntad en obedecer estos mandamientos”, a fin de lograr la preciada unidad.
Este tono positivo, respetuoso y delicado es común a todas las encíclicas de Juan XXIII. En “Princeps Pastorum” (noviembre de 1959) —dedicada a los problemas misionales— celebra el Papa la gran iniciativa de Benedicto XV en fomentar las vocaciones “del entonces llamado clero indígena”, y, a este propósito, añade Juan XXIII una espontánea y hermosa explicación: “sin que este apelativo haya revestido nunca algún significado de discriminación o de minoración, el cual debe ser excluido siempre del lenguaje de los Romanos Pontífices y de los documentos eclesiásticos”. Pero aun teniendo esto en cuenta prefiere él reemplazar la denominación “clero indígena” por la de “clero local o nativo”.
En esta misma encíclica insiste el Papa en la necesidad de conocer y respetar “los valores culturales locales, especialmente filosóficos y religiosos”… “Por todas partes… en donde auténticos valores de arte y de pensamiento son susceptibles de enriquecer la familia humana, la Iglesia está dispuesta a favorecer y alentar tales esfuerzos del espíritu. Ella misma, como sabéis, no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, a la que su historia se halla estrechamente ligada… La Iglesia… permanece dispuesta siempre a reconocer, más aún, a acoger y fomentar todo lo que constituye honor de la inteligencia y del corazón humano en las otras partes del mundo distintas de esta vertiente mediterránea que fue cuna providencial del cristianismo”.
Esta espontánea actitud de respeto, de comprensión y de valoración de todo lo que en el hombre hay de positivo —sea éste católico o no— da a los escritos de Juan XXIII un inconfundible carácter de abertura y de estimulante optimismo. “Es nuestra costumbre —nos dice en un sermón pronunciado en la fiesta de la Purificación de María (febrero de 1961)— prestar aguda atención no tanto a lo que procura tristeza sino a lo que estimula y alegra. No faltan, claro está, motivos de desánimo y de lamentos”, pero al lado de estas sombras está “la buena voluntad y la constante actividad de almas rectas y fervorosas —y las hay en abundancia— cuyos esfuerzos auguran un porvenir mejor para el establecimiento de esta paz que quiere ser el triunfo de la verdad y de la justicia y un entendimiento más sincero entre los pueblos”. Y esto es más “admirable” y “reconfortante”.
Muchos fueron quizás los que en un comienzo interpretaron la sencillez humilde, bondadosa y sonriente de Juan XXIII como un signo de debilidad. Pero seguramente tuvieron que reconocer su error. La sencillez y la humildad son “fuerza” del momento que no son sino amor a la verdad. “A menudo —dirá Juan XXIII a los pocos meses de su coronación (diciembre de 1958)— la humildad es silencio y la bondad puede parecer debilidad, pero en realidad es fuerza de carácter y profunda dignidad… El éxito está siempre asegurado a los humildes de corazón. El que no lo es, el que cede a la tentación de la presunción orgulloso, está destinado a vivir días amargos, a encontrarse bien pronto con las manos vacías, a pasar años de profundo abatimiento”.
No es de extrañar, por consiguiente, que Juan XXIII, sencillo, humilde y bondadoso, empezase rápidamente a asombrar al mundo con sus audaces innovaciones. Sonriente pero firme quebró el rígido protocolo vaticano, que exigía el aislamiento del Papa, y al visitar las cárceles y hospitales de Roma se hizo presente a los desvalidos del mundo entero. Al parecer “pequeños detalles” en que relucía su humor campesino —invitación al jardinero, visita al profesor amigo, escapadas a Roma sin aviso previo, salidas fuera de Roma, irónico y bondadoso menosprecio de todo lo que fuese boato y fachada—, pero la grandeza de un gesto se mide por su significación y estos “pequeños detalles” significaban nada menos que la destrucción del muro que aislaba al Papa del mundo, el acercamiento de la Iglesia a los hombres, una verdadera inyección de “ecumenismo”, de universalidad.
Recién elegido —no habían pasado tres semanas— rompe Juan XXIII una tradición de cuatro siglos y eleva el Colegio de Cardenales de 70 a 75 miembros; durante su Pontificado llegarían a ser 87 incluyendo el primer Cardenal africano, el primer japonés y el primer filipino. Manifiesta, también desde un comienzo, su intención de poner al día el Código de Derecho Canónico y de realizar un Sínodo en su diócesis de Roma. Y, sin cansarse de asombrar al mundo, decide convocar a un Concilio Ecuménico, el XXI en la Historia de la Iglesia.
El Concilio fue su gran inspiración, su gran audacia, su gran preocupación y por él ofrendó confiadamente su vida. No lo convocaba primariamente para condenar errores sino para que la Iglesia universal tomase conciencia de los revolucionarios cambios que la ciencia y la técnica han producido en el mundo actual y pudiese cumplir “sine macula et sine ruga” su perenne misión orientadora y santificadora. Al mismo tiempo el Concilio sería el gran paso para la unión de todos los cristianos y, por lo mismo, se invitó en calidad de observadores a los representantes de las diversas Iglesias separadas.
No se arredró Juan XXIII ante las dificultades, y ciertamente tuvo que vencer no pocas resistencias. Pero el Concilio se llevó a cabo y el Papa alentó la “santa libertad” de sus miembros y se alegró de haber oído “la voz de toda la Iglesia”. La muerte del Papa dejó el Concilio inconcluso pero esta misma muerte es garantía de éxito. Y estamos seguros de que el Concilio Vaticano II —el hecho más importante en la historia del siglo XX— logrará su plena realización y contribuirá no sólo a hacer el apostolado de la Iglesia más adaptado y eficaz sino también, y de un modo especial, a unir a los hombres y asegurar la paz que tanto amara Juan XXIII.
No podemos terminar estas líneas sin hacer mención de las dos grandes encíclicas del Papa: “Mater et Magistra” y “Pacem in terris”. Profundamente actuales, claras y valientes, llevan ambas el característico sello de Juan XXIII; son serenas, positivas y optimistas. Condenan la mentira, la injusticia, la violencia, pero sobre todo son un llamado a “todos los hombres de buena voluntad” a unirse en una gran cruzada y echar las bases de la verdadera paz; paz que sólo será posible cuando los hombres se reconozcan sinceramente hijos de Dios y aprendan a respetarse y a respetar, cuando busquen la verdad y la justicia por encima de sus intereses y conveniencias, cuando defiendan no sólo “su” libertad sino la de sus hermanos, cuando realmente se amen.
Juan XXIII ha muerto pero sus cuatro años de Pontificado y sus cuatro días de agonía constituyen una lección que el mundo no olvidará. Al hombre moderno, ensoberbecido, desorientado, solitario y triste, le recordó la perenne y olvidada verdad: el hombre es respetable, noble y digno, porque es nada menos que hijo de Dios. Y porque somos respetables debemos respetar a nuestros hermanos y a todas las creaturas, transformando así un mundo dividido en una gran familia, en una verdadera “concordia”, es decir, armonía de corazones y aunamiento de esfuerzos…, PAZ.
En la tumba del gran Pontífice nuestro Cardenal depositó un ramillete de copihues. Era Chile el que se hacía allí presente con su tristeza y su esperanza: la muerte del buen pastor es resurrección y vida.
* Los subtítulos en el texto «Pastor Bonus» fueron agregados por la edición actual de Mensaje.