En su encíclica social del 15 de mayo, el papa Juan XXIII resalta el destino universal de los bienes y la opción del orden social fundado en la justicia y en la caridad. Por primera vez, un documento vaticano de ese rango destaca el problema del campo y sugiere algunas soluciones. Es motivo del editorial de septiembre.
Desde 1915, fecha en que W. Rathejiau escribió “Hacia una crítica de nuestro tiempo”, muchas son las voces que se han alzado denunciando los graves peligros que amenazan a la civilización occidental. Se ha hablado de crisis, de decadencia, de agonía. Para algunos, el mal estriba en una falta creciente de vitalidad; nuestro mundo occidental se ha hecho muelle, blando, incapaz, por lo mismo, de esfuerzo, de sacrificio, de iniciativa. Otros detienen su atención en el gigantesco desarrollo logrado por la técnica; hablan de “tecnocracia” y temen que el hombre termine aplastado por sus propias máquinas. Muchos son los que se quejan del especialismo científico que en su necesaria y continua ramificación ha ido de hecho parcelando al hombre y pulverizando una visión “humanista” e integral. No pocos denuncian el materialismo y el utilitarismo reinantes que transforman a personas y cosas en meros objetos de uso, vaciados de toda neniad, de toda dignidad, de toda intimidad; que transforman el mundo en un mundo frío, cruzado solamente por relaciones de cálculo, de interés, de ambición personal o nacional. Se ha atribuido también gran importancia a la explosión demográfica. Ya hace años W. Sombart nos recordaba que en 1800 la población mundial era aproximadamente de 850 millones, llegando en 1900 a 1.800 millones. Y manteniéndole el actual rumbo de crecimiento sabemos que el año 2000 la población humana habrá alcanzado la fabulosa suma de 6.000 millones; crecimiento prodigioso que significará de hecho aumento de miseria y desesperación si no se encuentran a tiempo soluciones adecuadas, complejas y difíciles.
Estas voces que hablaban de crisis, de decadencia, de derrumbe, aunque numerosas, eran voces de pensadores y de especialistas; eran, por lo mismo, voces aisladas y que no lograban inquietar a la gran mayoría. Pero a partir de Ia Segunda Guerra Mundial, la mayoría ha empezado a tomar conciencia del peligro. El mundo occidental se siente rodeado de aguas turbias, amenazadoras, y siente realmente miedo. La ola roja avanza y, encarnada en la miseria y en la desesperación secular de millones y millones, pone en peligro no sólo un orden económico y social discutible, sino la existencia misma del “hambre”, su atributo más esencial: la libertad.
León XIII habló al mundo el 15 de mayo de 1891. Muchos eran los optimistas, los que sinceramente creían en un progreso ilimitado, en el triunfo del liberalismo económico. Habían acumulado grandes riquezas y el progreso de la técnica les procuraba comodidades y placeres en abundancia. Pero contrastando con el palacio de cristal de Londres se oían las conmovedoras quejas de John Ruskin, y una inmensa masa de oprimidos tascaba el freno de la desesperada impotencia. El Papa habló y su voz fue clara y valiente. “Rerum Novarum” indicó a los cristianos y a los hombres de todo el mundo el único camino posible; entre el liberalismo sin trabas y el socialismo destructor de la persona se perfiló la auténtica posición cristiana cimentada en el mutuo respeto, en la justicia y en el amor. Pero los poderosos se sentían seguros y oyeron al Papa con indiferencia o con irritación. Cuarenta años más tarde, otro gran pontífice, Pío XI, recordaba que muchos, incluso católicos, habían recibido con “recelo”, y “hasta con escándalo” la doctrina de León XIII, “para los oídos mundanos totalmente nueva”; otros “la juzgaron como un ensueño de perfección más deseable que realizable”. ¿Qué sabía el Papa de asuntos económicos? ¿Qué tenía que ver con salarios? Pío XI habló en 1931. El comunismo dominaba en Rusia y alentaba en el mundo la unión de los proletarios. Las circunstancias políticas y económicas habían cambiado, pero subsistía el mismo problema: unos pocos disfrutaban de mucho y los muchos se debatían en la miseria, en la ignorancia, en el rencor. También esta vez la voz del Papa fue recibida con recelo y molestia. No pocos patronos, incluso católicos, —lo afirma el mismo Pío XI en “Divini Redemptoris”— “prohibieron la lectura” de la encíclica “Quadregesimo anno” en “sus iglesias patronales”. En su Mensaje de Navidad de 1941, Pío XII reafirmó la posición de la Iglesia y continuó el surco trazado por León XIII, pero a su vez se quejaba —23 de septiembre de 1950— de la timidez y vacilación de “sacerdotes, religiosos y laicos católicos… ante las consecuencias gravemente desastrosas del capitalismo”. En resumen: la Iglesia ha hablado, y desde hace mucho tiempo, con claridad y valentía pero desgraciadamente el mundo, y dentro de ese mundo muchos católicos, no supieron o no quisieron escuchar esa voz.
Muchos eran los optimistas, los que sinceramente creían en un progreso ilimitado, en el triunfo del liberalismo económico.
Fiel a la tradición de sus predecesores, S. S. Juan XXIII ha publicado su encíclica social y ha querido que aparezca con fecha 15 de mayo en conmemoración de la inolvidable “Rerum Novarum”. Pero esta vez el Papa ha hablado a un mundo sumido en la angustia y su voz ha sido escuchada unánimemente con ansia y con respeto. El miedo dilata también las pupilas, aunque, generalmente con retardo, hace ver la realidad y estimula a la acción. Diarios “católicos” y no católicos que permanecieron mudos ante “Quadrasesimo anno” destacan hoy “Mater et Magistra” con profusos comentarios y grandes alabanzas. Empiezan a darse cuenta de que la situación es grave, y frente al posible derrumbe buscan firmeza en la roca inconmovible de Pedro.
Como siempre, la voz del Papa ha sido serena, y su mensaje, un mensaje de esperanza. Él sabe que para el auténtico cristiano no existe ni fracaso ni derrota; existe, sí, la hora de la prueba, del sacrificio y de la cruz, pero la cruz es redención y resurrección. Hace muchos años, el año 430 de nuestra era, un viejo obispo alentaba a sus aterrorizados fieles. Él también asistía al derrumbe de un mundo: Roma había sido saqueada y su amada Hipona estaba sitiada por los vándalos. Agustín no se hacía ilusiones, pero su fe esclarecía sus pupilas, y de las ruinas de “la ciudad terrenal” veía surgir otra ciudad, y más cercana a la “ciudad de Dios”. Sus sermones de entonces cobran hoy en día actualidad palpitante: “El mundo va a perecer… pero la Palabra de Dios no pasará. Vivimos tiempos difíciles, tiempos espantosos pero los tiempos somos nosotros. ¿No habéis sido bautizados en la esperanza?… La verdadera vida no nos la puede arrancar un vándalo… El mundo envejece, el mundo perece, el mundo va a desaparecer, pero tú, cristiano, no temas nada, pues la juventud se renovará en ti como la del águila”. Y Agustín tenía razón, ¿qué queda hoy de los vándalos sino el triste recuerdo de sus crueles y brutales violencias? Pudieron quemar y destruir iglesias, pero detrás del tiempo está la verdad perenne de Cristo y el tiempo hizo que esas piedras ennegrecidas se uniesen nuevamente para formar catedrales. Y así sucederá siempre hasta que Dios —no el hombre— ponga punto final a la Historia.
“Mater et Magistra” es un mensaje de esperanza, pero no olvidemos que la esperanza es una virtud combativa y, por lo mismo, un llamado apremiante a la acción. El comunismo no es sino el resultado lógico del liberalismo egoísta e inhumano; su fuerza radica en la rebeldía desesperada de la inmensa masa marginada de todas las conquistas de nuestra civilización y dispuesta a todo con tal de romper las cadenas de su servidumbre. El comunismo ha sabido hábilmente canalizar esa fuerza, la de la desesperación, y enarbola el estandarte de la liberación. Ofrece a las inmensas y crecientes masas desvalidas liberarlas de la miseria, del hambre y del frío, de la ignorancia, de la humillación, de la enfermedad, del dolor y del esfuerzo rutinario y servil. A los que nada tienen, ofrece el comunismo por lo menos una esperanza terrena. Pero esta fuerza del comunismo puede y debe ser una fuerza del cristianismo. Tenemos que reconocer con tristeza y vergüenza que no hemos sido dignos hijos de Cristo. Muchos han sido los católicos, los sacerdotes y prelados que han sonreído amablemente a los poderosos de la nobleza y del dinero: pocos los que han estado realmente junto a los pobres y abandonados. Pero ha llegado la hora de la decisión y Juan XXlll renueva el urgente llamado de sus predecesores. No podemos, no tenemos derecho a hablar de Cristo, mientras no combatamos la tremenda injusticia que hace de millones de hombres seres famélicos y desesperados. Somos nosotros, cristianos, los auténticamente llamados a “liberar” las masas oprimidas; los únicos que podemos hablar de “libertad”.
No podemos, no tenemos derecho a hablar de Cristo, mientras no combatamos la tremenda injusticia que hace de millones de hombres seres famélicos y desesperados.
El comunismo pretende liberar al hombre de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad y muerte prematura, pero ¿qué le ofrece? Lógica consecuencia de un mundo egoísta y materializado, el comunismo ofrece a costa del espíritu bienes puramente terrenales. Ofrece lo que el ángel rebelde ofrecía a Cristo en el monte de la tentación, y sacrifica al “hombre” como tal. Ofrece pan, techo y abrigo, confort y placer, vida larga pero a costa de valores sagrados; el hombre ha de someter su amor, su hogar y su patriotismo a la aprobación del “partido”: sobre todo, ha de renunciar a la búsqueda sincera de la verdad. Ha de resignarse a ser simplemente una tuerca en la gigantesca y despersonalizada máquina estatal: una ficha más, un robot humano.
El cristiano, el auténtico cristiano, no puede aceptar esto. Se sabe hijo de Dios y hermano de Cristo. Tiene conciencia de su responsabilidad y, por lo mismo, de su dignidad y de su maravilloso destino. No puede vender su libertad por un plato de lentejas. Sabe que el comunismo no es una solución sino un desesperado conato de solución. Sabe que el único camino es el camino de la Verdad Encarnada y que este camino no termina en “este mundo” sino que florece y fructifica en el “más allá”.
La crisis por la que atraviesa nuestra civilización occidental es primariamente una crisis de “humanidad”. El hombre, eufórico de liberación, creyó ser más hombre mientras más ataduras cortaba, pero al desvincularse de Dios se “deshumanizó” y se condenó a la dictadura de la mayoría y de la violencia. Apoyado en la “ciencia” y en la “técnica” aprendió a dominar la materia, pero se hizo esclavo del confort, del placer y de los que “mandan”. Hoy en día no sabe simplemente hacia qué estrella mirar.
“Mater et Magistra” habla de liberación, pero, sobre todo, de “libertad”. No basta, en efecto, romper cadenas; aunque ciertamente es urgente y necesario hacerlo, se precisa, ante todo, tener un camino, y estrellas que alumbren ese camino. Juan XXIII, consciente de la real crisis del mundo moderno, sitúa al hombre en su verdadera perspectiva y le devuelve su imagen enturbiada por más de cuatro siglos de ingenuo racionalismo; le recuerda que es hijo de Dios, que esa es su grandeza y su responsabilidad; todos los problemas actuales dependen en su solución de la solución del problema básico: que el hombre sepa lo que significa y comporta ser “hombre”.
Con razón, comentando esta encíclica, hace hincapié el P. J. Villain, en su “carácter humano” y la llama la “encíclica del HUMANISMO social cristiano”. Hablando de la persona humana, el S. Pontífice no olvida jamás su carácter de creatura de Dios ni su destinación sobrenatural. Y al fin de su encíclica nos recuerda que “somos los miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, que es su Iglesia”. “Invitamos —agrega— a todos nuestros hijos, pertenecientes tanto al clero como al laicado, a que sean profundamente conscientes de tanta dignidad y grandeza por el hecho de estar injertados en Cristo como los sarmientos en la vid… y, por lo mismo, llamados a vivir de la misma vida de Cristo”.
Para S. S. Juan XXIII es el HOMBRE quien está al centro de la vida económica, y la economía debe estar a su servicio. Lo repite numerosas veces, pero contentémonos con algunas citas: “Los seres humanos son y deben ser fundamento, sujetos y metas de todas las instituciones en que se manifiesta la vida social”. “Asegurar el desarrollo personal de los miembros de la comunidad… tal es el verdadero fin de la economía nacional”, sin olvidar, por supuesto, que cada uno de estos miembros debe “ser considerado según su naturaleza intrínsecamente social y sobre el plan providencial de su elevación al orden sobrenatural”.
Comprendemos así que el S. Pontífice no vacile en declarar “injusto” todo sistema económico —aun el que logre producir bienes en abundancia y repartirlos equitativamente— si va a “comprometer la dignidad humana de sus colaboradores, embotar sistemáticamente su sentido de responsabilidad, obstaculizar la expresión de su iniciativa personal”.
Es la persona humana el eje de “Mater et Magistra” y en ella se centran todas sus soluciones. El hombre es hijo de Dios y Dios es el Padre común de todos los hombres. Los hombres son hermanos y son hermanos también los pueblos: deben, por consiguiente, respetarse, amarse y ayudarse. Pero este amor ha de ser sincero y eficaz. El comunismo ofrece “liberación” a las masas oprimidas y su fuerza es la desesperación y el odio; jamás podrá ofrecer esperanza y amor. El cristiano, en cambio, íntimamente unido a Cristo, ha de dar a esas mismas masas la “liberación” que el comunismo tan costosamente les vende pero además y, ante todo, ha de darles esperanza y amor: ha de encarnar ante ellas la “verdad” que oscuramente anhelan, e iluminando su horizonte, trazar el camino de la auténtica libertad: porque libertad no significa primariamente decir “no” a la injusticia, al error, a la mezquindad sino, sobre todo, poder decir “sí” a la justicia, a la bondad, a la belleza, a la verdad. Sólo ante un horizonte de valores trascendentes cobra sentido la auténtica libertad humana.
El comunismo ofrece “liberación” a las masas oprimidas y su fuerza es la desesperación y el odio; jamás podrá ofrecer esperanza y amor.
Y terminamos recordando la apremiante frase de Pío XII: “Ha pasado el tiempo de las discusiones y ha llegado la hora de la acción”. Vivimos quizás la hora postrera, pero para el cristiano cada hora es una campanada de esperanza. Y es esta esperanza la que ha de lanzarnos a la lucha: lucha en pro de la justicia, de la verdad y del amor. A la bandera roja del comunismo opongamos la cruz, pero crucifiquemos primero nuestros egoísmos, nuestras hipocresías, nuestras mentiras, cobardías y ambiciones; seamos, por fin, sinceramente cristianos.
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