Junio, 1962: «Acotaciones al Mundial»

A un mes de iniciarse la Copa Mundial de la FIFA, el editorial de Mensaje señala: “Nos sentimos halagados y secretamente esperanzados. ¿No podríamos de ‘sede’ del campeonato pasar a ser campeones?”. La parte central del texto pregunta “qué es el deporte”, vinculando ese tema a la salud y la espiritualidad.

Desde hace más de un año se nos viene hablando del Campeonato Mundial de Fútbol, y como los meses pasan, resulta que Chile se enfrenta ahora al gran evento. Indiscutiblemente es el tema de actualidad, y todos los chilenos nos sentimos halagados y secretamente esperanzados. ¿No podríamos de “sede” del Campeonato pasar a ser campeones? Los entendidos opinan y discuten, pero todos, sabiamente instruidos por la prensa, nos sentimos entendidos y, por lo mismo, con derecho a aventurar pronósticos y acuñar ensueños. En todo caso, vencedores o vencidos, somos “sede, del Mundial” y esta frase se cubre de mágica aureola. Nos sabemos centro de atención de cinco continentes, y periódicos de diversas lenguas y latitudes hablan, quizás por primera vez, de “Chile”. Somos “sede del Mundial” y, por lo mismo, hemos construido estadios, hemos ensanchado calles, hemos embellecido parques y jardines. Quizás no era lo más necesario, pero hemos querido acicalar nuestra pobre faz “sub-desarrollada” para que luzca ante los curiosos ojos de los turistas. Y en el Parlamento se han discutido y aprobado proyectos, y los Ministerios han sacudido su modorra burocrática, y sesudos Decanos universitarios han dictaminado sobre el fútbol y han tenido que adaptar las vacaciones de sus Facultades. ¿No es esto obra de una varita mágica? Imaginémonos que en lugar de ser “sede del Mundial” hubiésemos sido sede de un Congreso de Filosofía o de Ciencias Físicas y Matemáticas. ¿Resultado? Un anémico eco de la prensa; no tendríamos estadios, ni calles anchas, ni jardines hermoseados. Así, a la satisfacción de constatar lo mucho que se ha hecho se une una cierta desazón: ¿Tendremos que esperar un próximo “Mundial” para acabar de mejorar nuestras ciudades? ¿No tenemos otros motivos capaces de impulsamos eficazmente a la acción?

¿QUÉ ES EL DEPORTE?

Pero el objeto de estas líneas no consiste en bordar arpegios sobre el “Mundial” sino en detenernos un momento y meditar sobre lo que esto significa. Somos sede de un Campeonato Mundial de fútbol, es decir, lugar de encuentro de una justa deportiva. Equipos de diversas naciones vienen aquí a disputarse el triunfo en un legítimo torneo. Esto es deporte. Pero ¿qué es el deporte? Sobre este punto quisiéramos meditar, y convidar a nuestros lectores a una serena y objetiva reflexión.

De todos los tiempos el hombre ha cultivado el deporte. A diferencia del trabajo, generalmente obligado e impuesto por las circunstancias, el deporte es espontáneo y libre. Brota de ese afán profundamente humano de alcanzar metas lejanas, de rebasar límites. La palabra deporte tiene decidoras resonancias etimológicas: puerto, peligro, pericia. El alma humana —siempre hambrienta de infinito— bulle ardorosa en el pequeño y frágil cuerpo que la encierra. El hombre se traza una meta y se afana en pos de ella. El espíritu se hace pupila aguda, oído alerta, músculo tenso; la meta es su victoria, su superación. No importa tanto el premio. Lo importante es haber luchado hasta el fin, haber superado tos obstáculos, haber enfrentado el peligro, haberse probado capaz de resistir, de dominar, de vencer. Ver, por consiguiente, en el deporte una mera expresión y ostentación de fuerza física es un craso error. No es tampoco el deporte un apoltronado descanso o un placentero juego. Los animales juegan y descansan, pero no hacen deporte. El deporte es algo propio del hombre. Es fuerza física, sí, pero en un sentido más amplio: fortaleza. Sin la mente que guía y adiestra el músculo, sin la voluntad, tensa como un arco, que hace posible superar la fatiga, el dolor, el miedo, sin el afán de dominar, sin el anhelo de soñadas victorias, el deporte no existiría.

ARISTOCRACIA DEL DEPORTE

Píndaro, el poeta que inmortalizó en sus maravillosos versos a los vencedores de los juegos helénicos, veía en la victoria alcanzada la manifestación de una “virtud” —de una auténtica “arete”— que emparentaba a los vencedores con los dioses. Era esta herencia aristocrática, esta tradición de nobleza y poder, la que hacía al vencedor sobresalir en la justa. “La gloria —escribe en el tercer canto ñemeo— sólo tiene su pleno valor cuando es innata. Quién sólo posee lo que ha aprendido, es hombre oscuro e indeciso. Jamás avanza con pie certero”. Para Píndaro, por consiguiente, no era primariamente la fuerza física, ni siquiera la destreza adquirida en el entrenamiento lo que explicaba el triunfo en la lid deportiva, sino un destello del Olimpo; en él revelaba el hombre su estirpe heroica y divina. “Sólo más tarde —escribe a este propósito W. Jaeger— fue vencida por el atletismo profesional aquella raza de luchadores de alto rango formada en el esfuerzo perseverante y en una tradición inquebrantable, y sólo entonces hallaron un eco tardío, pero persistente, las lamentaciones de Jenófanes sobre la sobreestimación de la fuerza corporal bruta y ajena al espíritu. En el momento en que el espíritu se consideró como algo opuesto o aun enemigo del cuerpo, el ideal de la antigua agonística fue degradado sin esperanza de salvación y perdió su lugar predominante en la vida griega”.

ESPIRITUALIZAR EL CUERPO

No es de extrañar, por tanto, que S. Pablo vea en el deporte un adecuado símbolo de ese anhelo de perfección que es la vida humana, de esa búsqueda sorda e incesante de la “Meta” definitiva. “¿No sabéis —escribe en su epístola a los Corintios— que los que corren en el estadio, todos corren, pero uno soto alcanza el premio? Corred, pues, de modo que lo alcancéis. Y quien se prepara para la lucha, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptible; más nosotros para alcanzar una incorruptible. Así yo también corro en el estadio, pero no a la aventura: practico el pugilato, pero no como quien azota el aire; trato duramente mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que después de haber incitado a los otros, sucumba yo en la lucha”. Y en realidad la figura del gran apóstol se nos presenta como un esforzado atleta, sufrido y tenaz, persiguiendo incansablemente esa meta que su fe le hacía entrever: Cristo resucitado y triunfante. Asi, viendo acercarse su fin, nos dirá con esa gran franqueza de los santos: “He librado un buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de justicia que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez”.

En el deporte el alma acerca a sí el cuerpo, lo penetra de inteligencia, de decidido propósito, de ideal y lo incita a superarse cada vez más. El cuerpo quisiera abandonarse, ceder, pero los músculos agotados obedecen al imperativo de la voluntad: ¡Seguir! ¡Hay que alcanzar la meta! Y alcanzada ésta, se vislumbra siempre otra más lejana. ¡Todavía más rápido, más lejos, más arriba. Siempre un futuro, siempre un más allá. ¿Y no es ésta la realidad de la vida? El perenne esfuerzo del alma, de esa semilla de inmortalidad, por espiritualizar el cuerpo, su fiel compañero, por redimirlo de su condición material y corruptible, por arrastrarlo hacia ese “arriba” luminoso e imperecedero, por injertarlo en el cuerpo glorificado de Cristo.

En el deporte el alma acerca a sí el cuerpo, lo penetra de inteligencia, de decidido propósito, de ideal y lo incita a superarse cada vez más.

No es ciertamente la filosofía pagana la que ha dignificado el cuerpo humano. Para los grandes filósofos griegos la materia y la carne era algo negativo. El sabio debía liberarse de ese manto despreciable y corruptible, hacer que el alma volase rauda de su mezquina prisión. El cristiano, en cambio, sabe que “Dios se hizo carne” y que a través de ella nos mereció la Gloria y la Vida. El cuerpo no es prisión sino fiel compañero, es “templo del Espíritu”, y su destino no es podrirse en la tierra sino resucitar gloriosamente y para siempre. Por lo mismo, fiel mensajera de Cristo, la Iglesia ha respetado siempre el cuerpo humano. La temperancia, la fortaleza, la castidad, el pudor, la disciplina son virtudes que se refieren al cuerpo y que lo defienden de aquellos que creyendo liberarlo lo envilecen. Toda la ascética cristiana, a diferencia de la ascética griega o hindú, es esencialmente positiva; no es enconada y vengativa destrucción del cuerpo sino defensa de su destino eterno; no es aniquilamiento sino vivificación, “resurrección”.

LA IGLESIA Y EL DEPORTE

De aquí que la actitud de la Iglesia frente al cultivo del cuerpo haya sido siempre positiva y que haya mirado en el deporte, en el verdadero deporte, una legitima y recomendable práctica. Recordemos, a este propósito, las hermosas palabras de Pío XII dirigidas, el 20 de mayo de 1945, a grupos deportistas italianos: “El deporte, practicado con moderación y a conciencia, fortifica el cuerpo, lo mantiene sano, fresco, dispuesto. Pero para realizar esta obra educadora, debe el cuerpo someterse a una disciplina rigurosa, a menudo dura, que lo domina y lo mantiene en una verdadera servidumbre: acostumbramiento a la fatiga, resistencia al dolor, hábitos de severa continencia y temperancia, todas éstas, condiciones indispensables para lograr la victoria. El deporte es un eficaz antídoto contra la molicie y la vida fácil, suscita el sentido del orden, forma para el examen y el dominio de sí mismo, para el desprecio del peligro, sin bravuconería ni pusilanimidad… El deporte sobrepasa la simple robustez física alcanzando fuerza y grandeza moral… El país que ha sido cuna del “sport” ha sido también el país de origen del proverbial “fair play”, sinónimo de cortesía y de caballeresca emulación. Es ésta una actitud que eleva los espíritus por encima de mezquindades, de fraudes y de intrigas sugeridas por una vanidad turbulenta y vengativa; actitud que los preserva de un nacionalismo estrecho e intransigente. El deporte es una escuela de lealtad, de coraje, de resistencia, de resolución, de fraternidad universal: todas éstas, virtudes naturales, pero que aseguran a las virtudes-sobrenaturales un fundamento sólido preparando a sostener sin quebranto el peso de las más pesadas responsabilidades”, Y evocando la figura de Pío XI, entusiasta alpinista, pasando una noche entera de pie, a 4.600 metros de altura, sobre un saliente rocoso del monte Rosa, prosigue: “Fatigar sanamente el cuerpo para descansar el espíritu y prepararlo a nuevos trabajos, afinar los sentidos para dar a las potencias intelectuales más acuidad de penetración, ejercitar los miembros y habituarse al esfuerzo para templar el carácter y adquirir una voluntad resistente y elástica como el acero: tal es la idea que el sacerdote alpinista se había hecho del deporte”.

ABUSOS

Pero al mismo tiempo que la Iglesia alaba la práctica del deporte, precave de sus abusos. El deporte, en efecto, no es fin sino medio. Su meta es la educación armoniosa y equilibrada de todo el hombre. En el deporte ha de encontrar éste no un impedimento sino una ayuda para poder cumplir pronta, eficaz y alegremente sus deberes familiares y sociales. Abusar del deporte es prostituirlo; es la estridencia que rompe la armonía; es el cuerpo mal guiado por un alma ciega, egoísta u orgullosa. “Por una inversión lamentable del orden natural, —continúa Pió XII— ciertos jóvenes, apasionados por las reuniones y manifestaciones deportivas, no encuentran interés sino allí. Consagran toda su actividad a entrenarse para las competencias y todo su ideal lo ponen en la conquista de un campeonato. Pero no prestan sino una atención distraída y hastiada a las importunas exigencias del estudio o de la profesión. Su mismo hogar pasa a ser para ellos una posada donde descansan al pasar, corno extraños”.

Estas palabras del gran pontífice nos obligan a meditar. Vivimos en una época en que los valores del espíritu están opacados, si no muertos, en vastas multitudes. La palabra “deporte” ha perdido su resonancia heroica y caballeresca y se ha transformado en emulación suicida, en afán de lucro, en evasión, en arma política. ¿Es deporte ultimar rabiosamente a un rival ya vencido e incapaz de defenderse, golpeándolo hasta la muerte? ¿Es deporte dejar una estela de sangre y de duelo en un viraje loco? ¿Es deporte dejarse “comprar” y “vender” como valiosa mercancía? ¿Es deporte esforzarme “yo”, a costa de todo mi equipo, en lograr un “goal” porque me han ofrecido dinero? ¿Es deporte exponer mi vida para conseguir un aplauso de una muchedumbre apoltronada y que quiere ver sangre? El deporte ha pasado a ser “profesión” y “espectáculo”. Puede esto ser lícito, pero encierra, innegablemente, graves peligros. El público “masa” pierde fácilmente, todo sentido de ideal y se abandona a reacciones “primitivas”. Se enardece, .se apasiona, se indigna. No ve el esfuerzo, la coordinación, la destreza, la gracia, sino simplemente al que gana y al que pierde. Si vence el contrario se siente burlado, y vuelca así su despecho en frase soez, en agresiva insolencia. El “fair play” queda olvidado. No importan los medios, lo único que interesa es ganar; tanto más cuanto ese ganar significa apuesta y dinero. Pero ¿es esto deporte? ¿Es deporte pifiar, escupir e insultar al contrincante? ¿Es deporte cebarse en el vencido? Todo esto no es, evidentemente, sino una burda caricatura del deporte. Es lo que queda del cuerpo cuando se te ha arrancado el alma. Es bajeza, sordidez, incultura, nada más. Llamar a esto deporte es lo mismo que denominar “amor” a lo que pasa en un burdel.

* * *

Bajo nuestro azul cielo chileno se está llevando a cubo una importante lid deportiva. Esta ha sido la razón de nuestra “editorial”. Confiamos en que nuestros deportistas, en los verdes céspedes de sus estadios, darán una lección de disciplina, de solidaridad, de esfuerzo, de caballerosidad. Confiamos también en que nuestro público, en su “mayoría chileno”, comprenderá que, está presenciando una justa deportiva y sabrá premiar con un generoso aplauso la victoria dé los “mejores”. Esto es deporte: esforzarse en vencer legítimamente y premiar al legitimo vencedor. Desde la lejanía de veinticinco siglos resuenan todavía los dóricos ritmos de Píndaro: “Camina dulce canción desde Egina, y en todos los navíos y barquichuelas anuncia que Piteas, el poderoso hijo de Lampión, ha conquistado en Nemea la corona del pancracio”.

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