Junio, 1963: “Pacem in terris”

Considerada la obra cumbre del papa Juan XXIII, la encíclica referida a la paz en el mundo es objeto de varios artículos en Mensaje, tres meses después de su promulgación. En palabras de su editorial: “O transformamos este mundo en un mundo cristiano o pereceremos con él”.

Anunciada y esperada con expectación, la encíclica de S.S. Juan XXIII “Pacem in terris” ha tenido una resonancia sólo comparable a la lograda por “Mater et Magistra”. Representantes de grandes y pequeñas potencias, organismos internacionales, teólogos protestantes, rabinos —todos, sin excepción— la han comentado elogiosamente. Y no podemos decir que este unánime coro de alabanzas se explique simplemente por ser la primera vez que el Papa habla sobre la paz. En cinco encíclicas y en veinte discursos y mensajes ha tocado Pío XII este mismo tema, y sus predecesores, Pío XI y Benedicto XV también habían escrito sobre la paz. Más aún, si exceptuamos algunos puntos particulares, veremos que “Pacem in terris” no hace sino repetir principios tradicionales de la fe católica. Aparentemente, por tanto, nada nuevo, y sin embargo…

Han pasado casi cincuenta años, pero las palabras que Benedicto XV dirigiera al entonces cardenal Aquiles Ratti siguen impresionando. Adivinamos en ellas la amargura del Pastor que se sabe poseyendo la verdad, pero la ve aprisionada por un muro de hostilidad y de indiferencia: “Quieren condenarnos al silencio. ¡El Vicario de Jesucristo no debería invocar la paz! No lograrán sellar nuestros labios. ¡Ay del mundo si el Vicario de Cristo callase a la hora de la tempestad! La paternidad espiritual y temporal de que estamos investidos nos obliga perentoriamente a hacer un llamamiento a la paz a los hijos que desde opuestas trincheras se matan mutuamente. Somos y nos sentimos el Padre espiritual de los combatientes de uno y otro campo. ¡Nadie podrá impedir al Padre gritar a sus propios hijos: paz, paz, paz!”.

Benedicto XV no temió calificar la guerra de “crimen odioso” y de “matanza inútil”. Para él la guerra no era sino el resultado de la crisis moral de la Europa moderna, de su progresiva y profunda descristianización. Imbuidos del materialismo reinante, los hombres y los pueblos sólo codiciaban bienes temporales. La caridad cristiana estaba olvidada, la autoridad despreciada, la sociedad dividida injustamente entre poderosos y oprimidos. Eran éstas las causas que había que remediar y no lograrían hacerlo los cañones. Sólo arrancando las “semillas de odio” podría labrarse una paz justa y estable (“Ad Beatissimi” n. 5-14; “Pacem Dei” n. 1).

Benedicto XV habló, pero no fue escuchado: y la paz que sucedió a la primera guerra mundial incubó otra guerra más sanguinaria y más brutal. Una vez más, por encima del estruendo bélico, se dejó oír la voz del supremo Pastor. Durante cinco años se esforzó Pio XII por despertar a los hombres de su sueño de egoísmo y de violencia. Los pueblos se destrozaban y a la larga uno sería el vencedor, pero “¿qué garantía daba esa paz lograda por las armas? ¿Sería el porvenir mejor y más feliz?” (“Summi Pontificatus” n, 59). El aparente “orden” que en una Europa alegre y confiada había roto brutalmente la guerra, no era sino un desorden, “una perturbación general invasora de todo”, y que había “alcanzado las normas mismas de la vida moral” (“Summi Pontificatus” n. 50). Los hombres se habían “forjado un cristianismo a su gusto, un nuevo ídolo que no salva, que no se opone a las pasiones de la concupiscencia de la carne, a la codicia del oro y de la plata que deslumbran la vista, a la soberbia de la vida; una nueva religión sin alma o un alma sin religión, un disfraz del cristianismo muerto, sin el espíritu de Cristo” (“Nell’ Alba n. 6) ¿Podía la futura paz consistir sin más en una vuelta a un pasado injusto? ¿Podían mantenerse estructuras sociales y económicas, un “ambiente que, lejos de ser conforme a la naturaleza, contrasta con el orden de Dios y con el fin que Él ha señalado a los bienes terrenos”? (“Con Sempre” n. 251). ¡Las “ruinas de la guerra (eran) demasiado enormes para añadirles también las de una paz frustrada e ilusoria”! (“Nell’ Alba” n.15).

UNA CRUZADA DE RENOVACIÓN

De aquí el imperioso y urgente llamado de Pío XII a una cruzada de renovación, de transformación auténticamente cristiana: “Hoy más que nunca suena la hora de reparar, de sacudir la conciencia del mundo del grave letargo en que le han hecho caer los tóxicos de falsas ideas… No lamentos, acción es la consigna de la hora; no lamentos de lo que es y de lo que fue, sino reconstrucción de lo que surgirá y debe surgir para bien de la sociedad. Animados por un entusiasmo de cruzados, a los mejores y más selectos miembros de la cristiandad toca reunirse en el espíritu de verdad, de justicia y de amor al grito de —¡Dios lo quiere!—, dispuestos a servir, a sacrificarse… Se trata hoy… de una nueva expedición para liberar, superando el mar de los errores del día y de la época, la tierra santa espiritual, destinada a ser la base y el fundamento de normas y leyes inmutables para construcciones sociales de sólida consistencia interior” (“Con Sempre” n. 29, 31).

Pero ¿respondieron los hombres, respondieron los cristianos a este angustioso llamamiento? Con amargura hacía notar Pío XII, doce años más tarde, que la anhelada paz, que tanta sangre había costado, no pasaba de ser “una tregua vacilante al menor golpe”. “¿Qué cosa dignifica, de hecho, en el mundo de la política la paz fría, sino la mera coexistencia de pueblos diversos, sostenida por el mutuo temor y por el reciproco desengaño? Ahora bien, es claro que la mera coexistencia no merece el nombre de paz. La paz fría es solamente una calma provisoria, cuya duración está condicionada por la sensación mudable del temor, del cálculo oscilante de las fuerzas presentes, mientras que del ‘orden’ justo, que supone una serie de relaciones convergentes hacia un fin común justo y recto, no tiene nada” (“Ecce Ego” n. 5, 7).

Un “pseudo-orden”, eso y no otra cosa es lo que ha prevalecido en nuestra civilización occidental desde que ésta apostató, de hecho, de sus orígenes cristianos. El “Dios ha muerto” de Nietzsche no era sólo el grito de un iluminado sino la expresión de una época. Bien lo veía Pío XII y se esforzaba en sacudir las adormecidas conciencias de los muchos que amparados en grandes palabras —orden, cultura, libertad, paz— no hacían sino defender egoístamente sus situaciones de privilegio. Pero todo “pseudo-orden”, tarde o temprano, está destinado a derrumbarse. Fruto del egoísmo, sólo puede mantenerse por la fuerza y genera necesariamente otra fuerza que acaba por aplastarlo. Y ¿qué otra cosa significa este aplastamiento, marginado de los principios cristianos, sino guerra, ruina, masacre despiadada y estéril? ¡Trágico círculo vicioso del odio!

“…Es necesario que cada fiel, cada hombre de buena voluntad examine, con resolución digna de los momentos trascendentales de la historia humana, qué es lo que puede y debe hacer como aportación suya a la obra salvífica de Dios, en auxilio del mundo de hoy abocado a la ruina… La persistencia de un estado general que no dudamos en llamar explosivo a cada instante, y cuyo origen debe buscarse en la tibieza religiosa de tantos, en el bajo nivel moral de la vida pública y privada, en la sistemática obra de intoxicación llevada a cabo en las almas sencillas, a las que se propina el veneno después de haberles narcotizado, por decirlo así, el sentido de la verdadera libertad no puede dejar a los buenos inmóviles en el mismo surco, contemplando con los brazos cruzados un porvenir arrollador… Es todo un mundo lo que hay que REHACER DESDE SUS CIMIENTOS; lo que es preciso transformar DE SELVÁTICO EN HUMANO, de humano en divino… Millones y millones de hombres claman por un CAMBIO DE RUTA y miran a la Iglesia de Cristo como a poderoso y único timonel que, respetando la libertad humana, pueda ponerse a la cabeza de tan grande empresa… ¿Cómo podremos Nos, puestos por Dios… como luz en medio de las tinieblas, sal de la tierra, Pastor de la grey cristiana, rehusar esta misión salvadora?… No es este el momento de DISCUTIR, de buscar nuevos principios, de señalar nuevas metas y objetivos. Unos y otros, ya conocidos y determinados en su esencia, porgue han sido enseñados por Cristo, aclarados por la elaboración secular de la Iglesia y adaptados a las circunstancias de hoy por los últimos Sumos Pontífices, esperan sólo una cosa: SU REALIZACIÓN CONCRETA” (“Dal Nostro cuore” 10-11-52).

Los Papas han hablado, y su voz ha sido “vox clamantis in deserto”. Pero poco a poco los pueblos que avanzaban raudos en alas de una técnica cada vez más poderosa han ido, al parecer, tomando conciencia de su carrera hacia la muerte. La alegre y ciega confianza en un “progreso indefinido” se ha transformado en un alerta angustioso; y en el cielo, aparentemente despejado de nuestra paz actual, se perfilan las blancas nubes de las explosiones atómicas. Un alarde mal calculado de fuerza, un paso en falso, un nerviosismo… y podría ser el fin.

El hombre actual se siente amenazado y desorientado. El miedo aletea en sus pupilas y, por lo mismo, las agranda; pupilas de niños temerosos y desamparados. Traicionado por sus “dioses” busca un asidero firme. ¿Cómo lograr la anhelada paz sin inmolar la vida o la libertad? Y esto explica en parte la atención que el hombre actual presta al Sumo Pontífice. Detrás de ese rostro bondadoso de “padre” intuye 20 siglos de historia y una promesa que desafía al tiempo: la roca inconmovible de Pedro. No es el miedo, evidentemente, un acicate ideal, pero puede ser saludable. Al despertarnos de la modorra rutinaria y confiada puede hacernos ver el peligro, y en la medida que el miedo se hace afán de refugio se penetra de una velada y secreta esperanza. Y si el hombre actual oye con respeto las palabras del Papa es porque, consciente o inconscientemente, confía en él; en un mundo de arenas movedizas anhela la roca firme, la tierra que permita trazar rutas.

SIN DISTINCIÓN ENTRE CRISTIANOS Y NO CRISTIANOS

Pero hay también otra razón que nos ayuda a explicar la extraordinaria acogida que ha tenido “Pacem in terris”. Es cierto que el contenido de la encíclica, con excepción de alguno que otro punto, no es nuevo, pero sí lo es el tono, el estilo, el modo como se dicen las cosas. “Lo que primeramente ha llamado mi atención —escribe el P. Bosc en una encuesta propiciada por Informations Catholiques (n. 191 pág. 3)— es el profundo acuerdo entre la encíclica y las aspiraciones modernas. Verdaderamente tenemos la impresión de que se expresa en el lenguaje de nuestra época. Es cierto que Pío XII había dicho casi todo lo que dice Juan XXIII; sin embargo, es la primera vez que tenemos un documento de la Sede romana que emplea el vocabulario moderno de los derechos del hombre”.

La voz de Juan XXIII se ha dejado oír “urbi el orbi”; voz sin miedo, sin pesimismo, sin amargura, sin agresividad; serena y bondadosa. No se dirige exclusivamente a los cristianos sino “a todos los hombres de buena voluntad”. No acentúa la distinción entre cristianos y no cristianos, sino que a todos les recuerda su gran dignidad humana. Todos tienen sagrados e inalienables derechos. Son respetables y, por lo mismo, han de respetar a los demás. Es este respeto mutuo, fruto de la verdad y del amor, lo único capaz de fundamentar la justicia, el orden y la verdadera paz. Todos, por consiguiente, han de colaborar para que la paz florezca entre ellos y entre las naciones. Un hálito de optimismo recorre la encíclica. El Sumo Pontífice confía en la naturaleza humana, libre, creada por Dios y rescatada por la sangre de Cristo. Su dignidad natural se dobla de una suprema dignidad: la de ser hija de Dios.

Realmente los hombres de buena voluntad tendrán que sentirse comprendidos al leer “Pacem in terris”. Se reconocen allí sus anhelos de verdad, de justicia, de respetabilidad, de libertad. El hombre no es sólo un número en una inmensa cifra, no es un tablón que deriva al vaivén de resacas económicas o de intereses políticos, no es un simple “instrumento”, sino una “persona”, un ser que debe respetarse y respetar, algo grande y digno.

Realmente los hombres de buena voluntad tendrán que sentirse comprendidos al leer “Pacem in terris”.

Sólo un orden que responda a esta dignidad humana universal podrá ser “humano” y “cristiano”; y sólo en este orden podrá fundarse la verdadera paz. Pero los hombres, enredados en sus miopes egoísmos, no podrán realizar este orden si no se acercan al que es Príncipe de la Paz. “La paz ha de estar fundada sobre la verdad, construida con las normas de la justicia, vivificada e integrada por la caridad y realizada, en fin, con la libertad. Es esta una empresa tan gloriosa y excelsa que las fuerzas humanas, por más que estén animadas de la buena voluntad más laudable, no pueden por si solas llevarla a efecto. Para que la sociedad humana refleje lo más posible la semejanza del Reino de Dios es de todo punto necesario el auxilio de Cristo” (n. 64).

TRANSFORMAR EL MUNDO EN UNA VERDADERA HERMANDAD

“Noblesse oblige”: este hermoso tema parece traslucirse en “Pacem in terris”. Juan XXIII nos recuerda —en un mundo que desconoce todo respeto— nuestra nobleza y, por lo mismo, nuestra misión. Debemos luchar contra la mentira, ya sea ésta fruto del miedo, de la ambición o de la soberbia; debemos luchar contra la bajeza, contra la mezquindad, contra el adocenamiento; debemos romper los muros que dividen y aplastan a los hombres; debemos defender los débiles contra los poderosos; debemos transformar el mundo en una verdadera hermandad. Esto y no otra cosa significa ser “noble”.

“Pacem in terris” es un llamado y debemos responder a este llamado; por el bien de los demás y por nuestro propio bien. O transformamos este mundo en un mundo cristiano o pereceremos con él. No cabe otra alternativa.

Y sepamos responder con nobleza a esta encíclica del “respeto” y de la “nobleza humana”. No caigamos en la tentación de “usarla” para nuestros propios fines.

“Pacem in terris” es un llamado y debemos responder a este llamado; por el bien de los demás y por nuestro propio bien.

Es triste ver cómo hombres, empequeñecidos por sus esquemas, dejan de ver el todo y, olvidados del contexto, detienen su mirada solamente ante la frase que creen poder hacer suya. Pero ¿es esto respetar?, ¿es esto comprender y facilitar la unión?

Ver en esta encíclica una recomendación pontificia para colaborar con el comunismo, es simplemente absurdo. Sólo en la medida en que el comunismo empiece a dejar de serlo, o lo sea únicamente de nombre, cabrá la posibilidad de dialogar con él. No se puede dialogar con el que por definición no acepta sino un monólogo y que niega las premisas que hacen posible el acercamiento.

Pero también es penoso ver que algunos parecen reducir esta gran encíclica —caracterizada por su tono positivo, comprensiva y estimulante— a una simple condenación de la revolución CRISTIANA. Es cierto que el Papa no aprueba a los que “se dejan llevar de un impulso tan arrebatado que parecen recurrir a algo semejante a una revolución”. Es cierto que a esos “arrebatados” les recuerda el Papa “que todas las cosas adquieren su crecimiento por etapas sucesivas, y así, en virtud de esta ley, nada se lleva en las instituciones humanas a un mejoramiento, sino obrando desde dentro paso a paso”. De acuerdo, pero ¿se refiere el Papa a los que propician una revolución CRISTIANA? De ninguna manera. Basta leer el párrafo siguiente, en que se cita a Pío XII, para darse cuenta de que la revolución a la que se hace aquí referencia es la revolución violenta, la revolución basada en el odio y, por lo mismo, no cristiana, en otras palabras, la revolución propiciada por los marxistas.

LA URGENCIA DEL MOMENTO

Lo que hemos llamado “revolución CRISTIANA” no es sino la clara conciencia de la urgencia del momento y de la necesidad de sustituir estructuras viciadas por estructuras fundadas en principios cristianos, y esto sin acudir a la violencia, sin fomentar odios ni venganzas. Las “etapas sucesivas” y el “paso a paso” de “Pacem in terris” no significan que haya que postergar estas reformas a las Kalendas griegas. Esta interpretación seria simplemente absurda y estaría en abierta contradicción con el pensamiento pontificio. Lo que el Papa condena, y con razón, es un cambio inorgánico, un cambio impuesto desde fuera y que violente a los hombres al no adecuarse a sus reales necesidades y anhelos, un cambio precipitado e inmaduro. La revolución cristiana no pretende quemar esas necesarias etapas. Va paso a paso —sabiendo que sin preparación toda reforma está condenada al fracaso—, pero sabe que hay que ir a pasos rápidos y está dispuesta a hacerlo. Es un cambio integrado en el hombre el que nos recomienda Juan XXIII, pero no un paso timorato o cansino.

Hagamos el esfuerzo de liberarnos de nuestras pequeñas rencillas y abarquemos la encíclica en su totalidad. Comprenderemos entonces el hermoso y gran llamado que nos hace Juan XXIII, y que, aunque en otras palabras y con otro tono, no es sino el mismo y apremiante llamado de Pío XII: “Es todo un mundo lo que hay que REHACER DESDE SUS CIMIENTOS; lo que es preciso transformar de selvático en humano, de humano en divino”. Frente a esta inmensa tarea toda esgrima verbal es estéril y contraproducente. Lo importante es unir nuestros esfuerzos y transformarnos en los artífices de un mundo cristiano; y cuanto antes mejor.

* Los subtítulos fueron agregados por la edición actual.

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