Junio y julio, 1960: El terremoto más grande de la historia

Con una magnitud de 9,5 grados, el terremoto del 20 de mayo que tuvo su epicentro en Valdivia y generó un devastador tsunami, causó miles de muertes, dejó a dos millones de personas sin sus casas y representó pérdidas materiales difícilmente cuantificables. En dos editoriales, Mensaje buscó insuflar esperanza. El primero, aludiendo a la entonces recién vivida fiesta de la Resurrección de Semana Santa (“Muerte y resurrección”, junio); el segundo, se pregunta por el sentido que puede tener para un creyente una catástrofe como la vivida (“Tragedia y esperanza”, julio).

MUERTE Y RESURRECCIÓN (EDITORIAL JUNIO 1960)

El desolado espectáculo de Chile destruido por los sismos y por el mar, y los “aleluya” de la liturgia cristiana por la Resurrección de Cristo parecen dos temas incompatibles. Se pensaría que Cristo resucita para esfumarse de la realidad humana; y mientras los hombres son mordidos, aplastados y muertos por el dolor, Él, el Resucitado, se fuga de en medio de los hombres para desentenderse del dolor y de la muerte. La Inmortalidad del Resucitado parecería un gesto sarcástico sobre los pobres condenados al matadero y al tormento. Mientras los hombres se revuelven en el barro y en la sangre, se abrigan con escombros o mueren embutidos por el mar, Él se eleva envuelto en etérea y refulgente nube, nimbado de Gloria feliz, al Inmortal seguro… Parecería que la resurrección ha puesto punto final a la Encarnación; que Aquel crucificado de la hora tercia, Aquel agonizante y luego cadáver de la hora nona, hastiado de su propio sacrificio, hubiera cambiado el curso de su destino humanitario en favor suyo, y hastiado de la vida humana, se hubiera despojado de su propia carne para volver, cansado de tan dura experiencia, a su verdadero y prístino ser divino. Parecería que entre el dolor humano, la tragedia, el espanto, la muerte y Él, ya no hubiera diálogo posible. Se ha ido Aquel consuelo de viudas desoladas, pecadores odiables, ciegos y paralíticos de nacimiento: se ha ido Aquel que supo inclinarse sobre todas las miserias humanas cambiando con su tacto el espasmo del dolor en alegría de vivir, se ha ido, y nos ha dejado […].

Él Resucitado vive entre nosotros. Vive en los perseguidos, en los moribundos, en los tristes, en los sufrientes del mundo y de nuestra Patria. Nuestro dolor es su dolor. Él vive ahora en el desamparo de las casas destruidas, en los miembros adheridos de los huerfanitos, en las lágrimas de las viudas y de los viudos, y su carne, en cuyas llagas resucitadas Tomás metió sus dedos. Está mezclada con los miembros retorcidos de los sepultados bajos los escombros, y de los cadáveres flotantes en el mar. Él sufre con nosotros. La Resurrección perpetúa su dolor, lo solidariza con el dolor de todos los hombres, lo extiende hasta una dimensión que trasciende la de su persona para identificarlo con el dolor de cada hombre que pisa en este mundo y en este Chile: “Estuve enfermo, sufriente, sediento, desnudo, sin techo… y me socorrísteis”.

Nuestro dolor es su dolor. Él vive ahora en el desamparo de las casas destruidas, en los miembros adheridos de los huerfanitos, en las lágrimas de las viudas y de los viudos, y su carne.

Y como sufre nosotros, trabaja en nosotros, con nosotros. Los ojos cristianos son ojos de Cristo: las manos, los pies del cristiano, son pies y manos de Cristo: el corazón cristiano es un pedazo del Corazón de Cristo. Nosotros somos su providencia. Él llega hasta los hombres por medio de los hombres. Somos nosotros los que llevamos a Cristo: “Venid, benditos de mi Padre, porque estuve enfermo y me visitásteis”. No es este el momento de la resignación. La resignación es una actitud pasiva, casi fatalista. Es el momento de la reconstrucción. Cristo resucitado no es la imagen de la resignación, mano sobre mano y ojos llorosos. Por el contrario, es la fuente de la vitalidad, de la acción, es el origen de todos los retoños, es el principio de todo lo que respira, es la savia de todos los brotes, es la salud de todas las enfermedades, es el desafío a la misma muerte, la esperanza de todas las cosechas, el cimiento de todas las construcciones.

No hay tiempo para llorar. Los minutos son demasiado preciosos. Es preciso consolar, aunque sea con los ojos todavía húmedos. Es preciso reconstruir, aunque sea con miembros lisiados. La hora ha sonado, en forma tal vez demasiado violenta, y a un precio demasiado caro, en que Chile debe unirse en la obra común. Ni basta la unión sentimental del primer momento, como hermosamente se ha hecho por todas partes y tan espontáneamente. La resurrección es el signo y es la consigna de una vitalidad que no decae con el tiempo. La catástrofe ha cambiado la fisonomía del país y su huella será sentir por largos, largos años. Lo que el sufrimiento común ha unido, no lo puede unir la rutina. El sentimiento, la impresión de primera hora pasarán Y las viejas pasiones, superadas ahora, volverán a rebotar. No, no podemos permitir que el máximo fruto de la unión de todos, obtenida al precio exorbitante de la muerte y de la desolación de media patria, se fume con el sentimiento. El Resucitado vivo en nosotros acciona nuestras manos, empuja nuestros pasos, caldea en nuestras venas, nos impulsa impaciente a la obra común perseverante hasta el fin.

TRAGEDIA Y ESPERANZA (EDITORIAL JULIO 1960)

Chile está de duelo. Un espasmo gigantesco de la Tierra, un avance enloquecido del mar, y lo que era la prosperidad y orden se transformó en una masa caótica de escombros. Unos cuantos minutos bastaron para destruir el esfuerzo de muchas generaciones. Desaparecieron puertos, se borraron caminos, se hundieron puentes. Ciudades y aldeas se desplomaron como castillos de naipes. Las montañas se realizaron y avalanchas inmensas cayeron sobre los valles y cambiaron el curso de los ríos. ¡Trágica visión del apocalipsis! Un mundo sin cimientos, desquiciado, vomitando lava y humo, desgarrado en grietas profundas, arrastrando al hombre en su convulsa ruina.

Y no se trata de una pesadilla dantesca sino de una brutal realidad, y ahí está el saldo: millares de muertos, provincias desvastadas, hogares deshechos, mentes trastornadas, pérdidas que se calcula en seiscientos millones de dólares, lluvia, frío, barro, hambre, dolor, enfermedad y, sobre todo, angustia, pánico.

El que no cree, aprieta sus puños, impotente y maldice esa naturaleza ciega y fría. Ella no siente, no sufre. Para ella el hombre es una cosa más, un grano despreciable de arena en la playa sin fin del cosmos. Pero el hombre no acepta ser una mera cosa. El hombre, sí, sufre, y el hombre no quiere sufrir; anhela seguridad, felicidad. Pero ¿cómo liberarlo si el hombre no es finalmente sino eso: un poco de materia? El incrédulo maldice, maldice ese mundo sin sentido, sin base, sin finalidad, y en su desesperación tiene que reconocer que, dentro de un universo absurdo, el hombre, con sus anhelos y sufrimientos, es el más grande y trágico de los absurdos: el absurdo que se ha hecho pupila para contemplarse a sí mismo.

El creyente, en cambio, no maldice. Sabe que el mundo no es una elegía disparada al azar, un eterno sin sentido, un indescifrable enigma. El mundo es obra de Dios, de una Inteligencia Suprema, de una Voluntad Omnipotente e infinitamente Buena. El mundo, por consiguiente, es reflejo de esa Inteligencia, eco de esa Bondad, diseño de ese acabado Artista. La naturaleza no avanza torpe y casualmente a través de los siglos sino sigue una trayectoria trazada, no es caos sino ley, no es mala sino buena. Dios crea el mundo, Dios lo conserva, Dios lo dirige. La Razón Eterna penetra su obra, le da sentido y fin. El universo se consolida, tiene un “por qué” y un “para qué”. Todo rezuma verdad, todo símbolo. La naturaleza ciega y muda se hace voz y luz en la mente del hombre, canta las maravillas del Creador y muestra el camino a que Él conduce.

Pero ¿y entonces? ¿Cómo conciliar esa bondad infinita con las catástrofes que enlutan la historia, con nuestra catástrofe? La naturaleza —afirma el creyente— sigue un camino trazado, cumple la libertad divina. ¿Quiere decir por tanto que Dios quiso esta dolorosa y cruenta desvastación? Esta inmensa ruina que es el sur de Chile, ¿ha sido obra directa de Dios? Y si Él lo quiso, ¿por qué? Como un cuchillo, desgarra este “por qué” la fe de no pocos, y la herida abierta destila duda.

¿Quiere decir por tanto que Dios quiso esta dolorosa y cruenta desvastación? Esta inmensa ruina que es el sur de Chile, ¿ha sido obra directa de Dios?

¿Se trata acaso de un castigo? ¿Quizás la Bondad Divina se transformó en cólera y su justicia se abatió fulgurante sobre las injusticias de los hombres? ¡No! La Justicia de Dios no castiga al inocente, y no podemos decir que todos eran culpables. ¡Cuántos niños, cuánta gente humilde y buena fueron duramente golpeados! Dios es amor, y encarnado en Cristo se manifiesta al mundo como un inmenso gesto de misericordia. No es radio destructor sino humano que bendice y que sana, que alivia el sufrimiento y que conforta. Ama su trigo y por no sacrificar una espiga deja crecer la cizaña esperando el momento propicio de arrancarla sin perjudicar la buena semilla. Dios espera hasta el último instante, su justicia no es la inquieta y afanada justicia humana, está por encima del tiempo, por encima de toda limitación, “más allá”.

Pero si no es un castigo ¿qué es entonces? ¿No es esta desgracia nacional fruto de su voluntad? ¿Puede acaso la naturaleza desviarse de su ruta, transgredir su ley, desobedecer esa voz que la constituye?

El problema del “mal”, del sufrimiento de la muerte, del pecado —del mal “físico” y del mal “moral”— es un problema que ha inquietado al hombre de todos los tiempos. En sus incomparables “Confesiones” nos habla san Agustín de sus dudas juveniles y nos indica al mismo tiempo el camino de la solución. Siendo Dios Orden, Armonía, Bondad, Infinita, No puede propiamente “querer” el mal. El mal es negación del bien, desorden estridencia. Pero, sin embargo, el mal está allí, nos rodea, nos acecha, nos amenaza; está dentro de nosotros mismos, nos arrastra a la muerte y nos solicita a la mezquindad y al crimen. El mal es la guerra que devasta los pueblos, el hambre, la peste, el frío; es el odio que separa a los hombres, el egoísmo, la ambición, la crueldad. Si Dios no quiere el mal, ¿cómo puede este existir? ¿Acaso junto a un Dios de bondad existe un Dios maligno que se deleite en el llanto de los hombres, que incita al pecado? ¡No! Sólo existe un Dios y él es la fuente suprema de toda realidad. Pero, y aunque parezca paradójico, el mal no tiene realidad en sí mismo. No es algo positivo, no afirma nada; simplemente, “niega”. Es la negación del bien, la negación del ser, es esencialmente privación; es, en frase de los filósofos, un “per accidens”, un efecto no pretendido, un mensajero de la nada.

No nos detendremos aquí especialmente en el mal moral, que en el pecado. No es éste el problema que se nos plantea primariamente frente a la desgracia humana. El pecado fruto de la libertad del hombre. La voluntad de este tiende al bien, a todo bien, en cuanto reflejo del supremo Bien —y no hay en esto propiamente desorden— pero consciente de un Bien Absoluto que, en las actuales condiciones, no arrastra necesariamente, puede el hombre de subir su llamado profundo y preferir un bien relativo y caduco; puede decir “no” a Dios aunque esto signifique para él su infelicidad y su ruina. Es el hombre quien dice “no” y es él, por consiguiente, que es responsable. No podemos imputar a Dios ese mal uso de su libertad; Dios respeta la libertad del hombre sin la cual el hombre pasaría a ser mero autómata, incapaz realmente de amar, de decir libremente “sí”. No es Dios quien rechaza al hombre sino el hombre quien abandona a Dios; no es Dios propiamente el castiga; el pecado lleva así su propio castigo, es alejamiento del ser es semilla de mentira, de odio, de muerte eterna.

Se entiende, por lo tanto, la afirmación: “Dios no quiere el mal moral, no quiere el pecado»; se entiende porque el hombre es libre y desvía su voluntad del recto sendero. Pero ¿y el mal físico? La naturaleza no es libre, no es responsable. ¿No recae en este caso la responsabilidad en la mano omnipotente que la gobierna? La Tierra que se abre, los males que destruyen, la enfermedad que diezma los pueblos, el dolor de los cuerpos crispados, ¿quién los quiere?

Dios crea el mundo llama a su creación. La naturaleza como tal es buena pero, no lo olvidemos, es algo contingente, salido de la nada, caduco, frágil, un bien necesariamente imperfecto, relativo. Es esta relatividad esencial de la naturaleza la que explica el mal físico; la nada la penetra, la limita, la acecha; la nada, es decir, el “sin sentido”. El mal físico no es sino fruto de la nada que impregna a todo ser contingente. De ahí que parecen Agustín el mal propiamente no es realidad, “no es”. En este sentido no es querido por Dios sino simplemente permitido. Allí se desprende una piedra de la ladera y rueda al valle. No hay aquí “mal”. La piedra cumple su ley, la ley que Dios le ha impuesto. Allá en el valle duerme confiado un animal. También cumple su ley. Ni la piedra busca el animal ni el animal busca la piedra. Pero ahí está el encuentro “no buscado”, allí está el “mal”, la sangre, el dolor, la muerte. Dios ha querido que la piedra caiga y que el animal duerma; no hay aquí “mal”. Pero del fortuito encuentro de dos leyes buenas brota el “per accidens” del “mal”, la nada asoma a la superficie del ser y lo corroe.

Pero ¿por qué Dios permite el mal? ¿No podría acaso impedirlo?

Dios escribe recto con líneas torcidas. Incluso el “mal”, ese aparente absurdo, puede penetrarse de sentido y de finalidad cuando el hombre lo mira con ojos de fe. ¿Qué más absurdo, a simple vista, que la cruz? ¡Un Dios vencido, un Dios muerto! Y sin embargo esa cruz es nuestra Gloria más preciada, esa derrota es la roca inconmovible de nuestra esperanza, esa muerte es la semilla de la vida definitiva. El dolor —ha escrito el maestro Eckhart— es el corcel que más velozmente lleva a la plenitud. El mal físico que en forma de sufrimiento y desgarro se hace conciencia en el hombre, junto con golpearlo, es cierto, le hace ver la fragilidad, la contingencia de su ser humano. En el dolor aprende el hombre que su vivir es al mismo tiempo un morir; se siente suspendido en un abismo de nada y, angustiado, extiende sus manos y siente las manos invisibles del Padre que lo liberan y lo aseguran. La vida humana no tiene en sí su razón de ser, su fundamento, sino en Dios. El dolor nos hace palpar nuestra caducidad y nos une a Cristo dolorido pero al mismo tiempo triunfante. Al hacernos sentir el dolor un profundo desgarro nos hace ver y aceptar nuestra condición de seres efímeros, nos hace apoyarnos en el que Es y así contribuye a nuestra plena realización. Porque eso es el hombre, un ser llamado por Dios y cuya misión radical consiste en ser respuesta libre y total a ese llamado.

Chile está de duelo y los escombros se humedecieron con sangre y llanto; hay mucha destrucción, mucha miseria. Pero no es el momento para el creyente de dudar sino, por el contrario, de ondear su fe y de reafirmar su esperanza. Las grietas y los escombros de ese Sur desvastado son al mismo tiempo un trágico símbolo: eso es “este mundo”, un mundo sin fundamento estable, sin seguridad, un mundo cuya esencia es “pasar”. Sólo en Dios, sólo en Cristo, podemos realmente “esperar”. Y Él no nos abandona. Él está con nosotros. La esperanza enciende un nuevo coraje, no es pusilánime sino emprendedora. Y así Cristo nos llama un trabajo de reconstrucción y de superación. El hombre que no cree podrá luchar pero desesperado y, a la larga, la desesperación paraliza todo el esfuerzo. El creyente, en cambio, sabe que su esfuerzo es siempre fecundo. “Yo estoy con vosotros”. Se trata por consiguiente de reedificar ahora la ciudad humana, símbolo y pórtico de la ciudad celeste de seguir viendo en ruta hacia la vida.

De los escombros puede surgir no sólo nuevo y próspero sur, sino un Chile más puro y más grande. De nosotros depende que ese inmenso dolor sea fecundo.

El primer impacto remeció profundamente a todos los chilenos. Se olvidaron rencillas políticas, rivalidades pequeñas, desconfianzas. Todos se unieron al hermoso gesto de hermandad, el “para mí” quedó relegado. Pero, a medida que pasa el tiempo, a medida que el desastre se hunde en el “pasado”, a medida que la vida cotidiana nos sumerge en su rutina, se corre el peligro de “olvidar”. Nuevamente aflora el egoísmo, la pequeñez, la envidia, la cadena de solidaridad se afloja, los eslabones ceden, la unidad se triza.

Pero no tenemos derecho a “olvidar”. La catástrofe ha pasado pero ahí están sus terribles huellas. Es necesario, hoy más que nunca, la unión desinteresada de esfuerzos. El trabajo de reconstrucción duradera muchos años, quizás generaciones. No podemos eludir nuestra colaboración. No basta el gesto de un momento, de unos pocos días. Ese gesto ha de mantenerse y transformarse en una actitud duradera. Sólo así reconstruiremos Chile, sólo así el dolor de tanta gente habrá dado humano fruto; las ruinas dejarán de ser lápidas y serán lo que deben ser cimientos de un Chile mejor.

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