Marzo, 1974: «¿Rectificando una línea?»

Algunas críticas por la postura de la revista en ese tiempo fueron recogidas en un editorial, cuyo contenido refleja la gran complejidad del momento político. El texto defiende la postura de Mensaje ante el gobierno de la UP, formulando un breve recuento de este.

Hemos recibido una carta, que publicamos en este mismo número, en la que se nos pide reconozcamos nuestros errores y nuestro cambio de línea a partir del 11 de septiembre. Gustosamente lo haríamos, pero la carta no alude a ningún error concreto. Al parecer, nos acusa de haber justificado la violencia del pueblo contra la violencia institucionalizada. Pero jamás hemos defendido la violencia como medio de llegar al poder.

En diciembre de 1962, publicamos una edición especial sobre la “Revolución en América Latina”. En ese número defendimos la necesidad de una revolución; pero por revolución entendíamos un cambio rápido, global y profundo de las estructuras imperantes. Expresamente dijimos que la revolución no tenía por qué ser violenta y que debíamos luchar porque no fuera así. En el mismo número aparecía un artículo dedicado a la violencia que exponía la doctrina cristiana. Para que se justifique, la violencia tiene que dirigirse contra un régimen ilegítimo; tiranía, por ejemplo. La violencia tiene que usarse como último recurso y de ella han de seguirse menos males que los que se siguen de ese régimen. Finalmente, ha de haber esperanza de éxito.

Pero —repetimos— esto es doctrina oficial de la Iglesia desde los tiempos de Vitoria y poco tiene que ver con la violencia de los tupamaros y miristas que condenamos más de alguna vez en nuestras editoriales.

Criticamos, pues, la violencia armada, pero criticamos también la injusticia que sofoca a la mayoría de los pueblos de América Latina y que, en frase del episcopado latinoamericano en Medellín, es verdadera “violencia institucionalizada”. Contra esta violencia instalada y sutil, propia de los regímenes capitalistas, propugnábamos una revolución no violenta pero efectiva.

Por aquel entonces nos limitábamos a condenar los abusos del capitalismo, abusos que en realidad parecen ser intrínsecos al sistema mismo. No hablábamos de socialismo, ya que la Iglesia insistía en el derecho natural de la propiedad privada de los bienes de producción. Pero el Concilio Vaticano II no habló más del derecho natural a la propiedad privada de los bienes de producción y prescribió para todos los trabajadores la necesidad de ejercer un cierto poder sobre las decisiones de la empresa. Esto era compatible con un sistema no capitalista, un sistema que bien se podría llamar socialista de participación, aunque no marxista. Así, lo que empezamos a defender en 1968 no era el socialismo marxista, centralista y burocrático, sino por el contrario, un sistema no capitalista, verdaderamente democrático; un sistema en que la propiedad de los grandes bienes de producción estuviese en manos de todos los trabajadores —manuales, técnicos, intelectuales, artísticos—, quienes debidamente organizados y mediante un sistema de adecuada representación participarían en las grandes decisiones de la empresa a nivel empresarial y de la nación a nivel nacional. Este sistema exigiría una verdadera participación, no como el socialismo marxista en que el poder lo detentan y administran solamente los jerarcas del partido único.

Criticamos, pues, la violencia armada, pero criticamos también la injusticia que sofoca a la mayoría de los pueblos de América Latina y que, en frase del episcopado latinoamericano en Medellín, es verdadera “violencia institucionalizada”.

En este sentido escribíamos en octubre de 1968, “dada la gravitación de las potencias y estructuras capitalistas en la economía de nuestros países, no creemos que podamos salir de nuestro subdesarrollo imitando sus recetas sino por otros caminos no capitalistas, que habría que idear y abrir, y que sin ser colectivismo totalitarista, significasen de hecho el desarrollo orgánico de nuestras economías, adaptado a las circunstancias latinoamericanas y la efectiva participación de todos los trabajadores en la vida económica, social, cultural y política de la nación”.

En 1970 triunfó Allende y habló de la “vía chilena” al socialismo. Esta vía chilena prometía pluralismo, respeto a la ley y a la Constitución, vía pacífica.

Empezamos pues, apoyando a Allende, como presidente de la república, confiados en su democracia y su pluralismo. Pero desde un comienzo denunciamos el peligro que significaban los extremismos violentistas tanto de izquierda (MIR, Altamirano y un sector importante del partido socialista) como de derecha (Patria y Libertad). En numerosos editoriales insistimos en que la única salida política para la UP era abrirse a la DC y constituir así una amplia base unida por un mismo propósito: construir en Chile un régimen no capitalista. Pero por no romper con sus partidarios violentistas, Allende mantuvo alejada a la DC y la forzó prácticamente a una oposición cada vez más implacable. Pero era absurdo e imposible pretender construir un socialismo democrático sin la DC, un tercio aproximadamente del electorado chileno.

Pronto empezaron a advertirse los vicios del gobierno allendista. Todos ellos fueron criticados una y otra vez en las páginas de Mensaje (ver los editoriales de los N.° 206, 208, 210, 212, 214 de 1972 y 216, 219, 220, 221 de 1973).

Gobernando por medio de resquicios legales, Allende se vio finalmente enfrentado al poder legislativo y al judicial. No se podía seguir así. La confianza se había roto totalmente entre el gobierno y la oposición. No había diálogo posible. La solución que propiciamos entonces de modo insistente en nuestros editoriales fue llamar a los militares y darles verdadero poder. Estos podrían haber actuado como puente entre el gobierno y la oposición. Pero si bien Allende llamó a los militares, no les dio verdadero poder. Entretanto, Allende jugaba un doble juego. Por un lado, insistía en que su vía al socialismo era una vía legal; por otro lado, importaba armas. Esto obviamente tuvo que alarmar necesariamente a los militares y finalmente vino el pronunciamiento.

Esta fue la posición de Mensaje. Nunca fue nuestra revista filo-marxista. Si en un comienzo miramos con simpatía el régimen propiciado por Allende fue porque prometía una mayor justicia para el pueblo y la quiebra de los monopolios dentro de la legalidad. Creímos y seguimos creyendo en la posibilidad de un régimen no-capitalista sin la inhumanidad de los socialismos marxistas soviético y chino; ni totalitario ni dictatorial. En este régimen no sería el “partido” el detentor único del poder sino la masa de trabajadores, de modo que todo trabajador participe en algún grado en las grandes decisiones que tomen las empresas y el país en su conjunto.

¿Era posible un socialismo verdaderamente “a la chilena” y al mismo tiempo marxista-leninista?

Sinceramente creemos que el marxismo todavía sigue siendo demasiado inspirado en el dogmatismo soviético como para permitir una expresión verdadera y auténticamente chilena.

En todo caso, el gobierno de Allende malbarató una hermosa tarea histórica: la de realizar en Chile un régimen verdaderamente no capitalista. Pero, como decíamos hace poco, si bien falló el socialismo “marxista” y “concreto” de Allende, la idea de un régimen no capitalista no ha fracasado. Queda todavía como meta y tarea histórica para las próximas y futuras generaciones. Un régimen en el que no haya explotados, marginados, parias sino en el que todos se realicen y participen activamente en las grandes decisiones y tomen así conciencia de ser verdaderos artesanos de la historia.

Mensaje

logo

Suscríbete a Revista Mensaje y accede a todos nuestros contenidos

Shopping cart0
Aún no agregaste productos.
Seguir viendo
0