El papa Juan Pablo II inauguró el encuentro del episcopado latinoamericano en Puebla. En el editorial de Mensaje se expresa que su voz «debe resonar en nuestros corazones y transformarse en orientación segura».
Rara vez un hombre recibe aclamaciones tan multitudinarias como las que recibió Juan Pablo II en México. Millones de hombres y mujeres, de todas las edades y condiciones sociales, se volcaron a las calles y caminos para ver y aclamar al Papa que venía de Roma. Venía a conocer de cerca al pueblo latinoamericano y a decir su palabra de Pastor universal.
Al pueblo lo conoció en esos infinitos rostros y manos que se estiraban, en esas muchedumbres sin precedentes que desde un día antes esperaban su paso. Él, infatigable, recorría kilómetros y kilómetros, saludando, admirándose y hablando, en México y en Puebla, en Oaxaca, Guadalajara o Monterrey. Más de 30 discursos o mensajes en que el Papa no solo habló a México, sino a América Latina —que constituye casi la mitad de la Iglesia universal— y al mundo entero. Habló a los Obispos, a los sacerdotes y a los religiosos; a los campesinos, a los obreros, a los estudiantes y al cuerpo diplomático; a las religiosas, a las religiosas de clausura, a los laicos y a las organizaciones católicas; a los niños enfermos, a las familias y a los indios; sobre la paz, el trabajo, la piedad popular y la Virgen María. Era el nuevo Papa que asumía, con decisión, la conducción de la Iglesia Católica.
El Papa mostró tener un carisma personal notable: directo y en un bien pronunciado castellano, sus ojos claros transparentaban un corazón lleno de cariño y devoción. Se lo veía cercano, atento a todo, incansablemente sonriente, besando y abrazando a los niños y a los pobres. “Me presento ante vosotros como un hermano”, dijo en Jalisco. Hablando en primera persona, recordando incluso a su tierra, aceptando con cariño cada regalo (se los llevó todos), con su sombrero de charro en ristre para protegerse del sol, yendo un día incluso a visitar de sorpresa a una familia cualquiera que vivía cerca de la Nunciatura, el Papa entró ciertamente en el corazón de esos 15 o 17 millones de personas que lo acompañaron y aclamaron.
El avión que se lo llevó dio un par de vueltas sobre la ciudad antes de alejarse, y México lo despidió desde las calles con miles de espejos enviándole sus reflejos de sol. El Papa sintió seguramente en el corazón el fervor del pueblo latinoamericano. Un fervor casi exorbitante precisamente porque se trataba de un pueblo pobre y en tantos sentidos frustrado, que al menos en el Papa veía a un hombre puro, sincero, que hablaba palabras de verdad y en quien se podía confiar.
Sus múltiples discursos, que es conveniente leer en su conjunto, mostraron con claridad sus preocupaciones, su manera de pensar y lo que él espera de la Iglesia latinoamericana.
El centro de su mensaje fue, sin duda, reafirmar con fuerza y con entusiasmo la misión propia y rica de la Iglesia: la evangelización, el anuncio explícito y gozoso de Jesucristo Salvador, Hijo de Dios. “Hemos de confesar a Cristo ante la historia y ante el mundo con convicción profunda, sentida, vivida”, y sopesaba cada palabra. “De vosotros, Pastores —dijo a los Obispos— los fieles de nuestros países esperan y reclaman ante todo una cuidadosa y celosa transmisión de la verdad sobre Jesucristo”. “No hay evangelización verdadera —citó a Pablo VI— mientras no se anuncie el nombre, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios”. De la verdad sobre Jesucristo podremos tener una sólida verdad sobre la Iglesia y sobre el hombre. A los Obispos los quiere pastores, testigos del Señor, maestros de la verdad, que ejerzan su magisterio de unidad, y no como expertos, científicos o técnicos; a los sacerdotes los quiere sacerdotes, no como dirigentes sociales o líderes políticos; a las religiosas quiere verlas como testigos vivientes del amor de Dios y les hizo notar varios “ejemplos de confusión” acerca de su misión. Con claridad y firmeza, el Santo Padre insistió en que la tarea esencial de la Iglesia es de orden primariamente espiritual: la proclamación del Evangelio de Jesucristo. Y una proclamación íntegra. No predicar un Cristo recortado, o un aspecto de la misión de la Iglesia, o una parte de la verdad sobre el hombre. Quiso terminar con las vacilaciones paralizantes de una predicación parcial del Evangelio. Pidió desechar las ideologías reduccionistas, que limitan la liberación del hombre a lo socioeconómico-político, o que reducen el Evangelio a un espiritualismo desencarnado. Hay que anunciar sin temores, en su plenitud y en su gozosa novedad, el Evangelio salvador y liberador de Jesucristo. Esta novedad del Evangelio es lo suficientemente fuerte y rica como para redimir al hombre sin tener que acudir a ideologías ajenas que pueden mixtificar el Evangelio con “relecturas” minimizantes.
El centro de su mensaje fue, sin duda, reafirmar con fuerza y con entusiasmo la misión propia y rica de la Iglesia: la evangelización, el anuncio explícito y gozoso de Jesucristo Salvador, Hijo de Dios.
Ahora bien, la predicación del Evangelio de Jesucristo, sostuvo el Papa, se expresa concretamente en la defensa y promoción de la dignidad del hombre: “aquí es donde encontramos llevados a la práctica concretamente, los temas que hemos abordado al hablar de la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre”. La misión evangelizadora de la Iglesia “tiene como parte indispensable la acción por la justicia y las tareas de promoción del hombre”. “Optar solo por el hombre”, pero siempre a la luz del Evangelio, como lo haría el propio Jesús. A los Obispos les recordó el “tema central” de su Conferencia: “al hombre, a la justicia llegaremos mediante la evangelización”.
No pudo ocultar el Papa el dolor que le causa la violación de los derechos humanos. “¡Respetad al hombre! Evangelizad… para que el Señor transforme y humanice los sistemas políticos y económicos”. En Oaxaca se mostró conmovedoramente solidario con la causa de los campesinos, “mantenidos en innoble nivel de vida y explotados duramente”. “El Papa quiere ser —les dijo— la voz de quien no puede hablar o de quien es silenciado, para ser conciencia de las conciencias, invitación a la acción”. “El mundo deprimido del campo, el trabajador que con su sudor riega también su desconsuelo, no puede esperar más a que se reconozca plena y eficazmente su dignidad”. Y pidió que se terminen los despojos y las barreras de explotación, “hechas frecuentemente de egoísmos intolerables y contra las que se estrellan sus mejores esfuerzos de promoción”. Por eso, “hay que actuar pronto y en profundidad… (emprendiendo) transformaciones audaces, profundamente innovadoras”.
“Como cristianos —dijo en el Estadio de Jalisco— estáis llamados a ser artífices de justicia y de verdadera libertad, a la vez que forjadores de caridad social”. En el Santuario de Zapopan invocó a María para obtener la gracia necesaria para el compromiso con la transformación de la sociedad. “Me duelen las injusticias del trabajo” (Guadalajara). “Se hacen necesarias innovaciones atrevidas y renovadoras para superar las graves injusticias heredadas del pasado y para vencer el desafío de las transformaciones de la humanidad” (Monterrey). “No es justo, no es humano, no es cristiano continuar con ciertas situaciones claramente injustas” (Oaxaca). “En el centro del mensaje del cual (la Iglesia) es depositaria y pregonera, ella encuentra inspiración para actuar en favor de la fraternidad, de la justicia, de la paz, contra todas las dominaciones, esclavitudes, discriminaciones, violencias, atentados a la libertad religiosa, agresiones contra el hombre y cuanto atenta a la vida” (Puebla).
Se ve en los discursos del Papa una revaloración de la enseñanza social de la Iglesia. Es urgente, les dijo a los Obispos, “sensibilizar a vuestros fieles acerca de esta doctrina social de la Iglesia”. En este tiempo en que “la riqueza creciente de unos pocos sigue paralela a la creciente miseria de las masas”, repitió en diferentes oportunidades la concepción cristiana de la propiedad: “sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social”.
Después de recordar a los cristianos su deber de preocuparse por el problema del desempleo, se refirió, entre otras cosas, a la seguridad social del trabajador, su salario, sus posibilidades de desarrollo cultural y espiritual. “Es un derecho fundamental suyo —puntualizó— crear libremente organizaciones para defender y promover sus intereses y para contribuir responsablemente al bien común”. Habló sobre los derechos y los deberes del hombre, sobre las relaciones entre las naciones y la paz internacional, que no puede establecerse sobre mecanismos impregnados de materialismo que “producen a nivel internacional ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”. Pero toda denuncia, insistió, debe ser con y por amor: “La Iglesia y el Papa os aman y os invitan a seguir la fuerza arrolladora del amor que todo puede superar y construir. Hace casi dos mil años, cuando Dios envió a su Hijo, no esperó a que los esfuerzos humanos hubieran eliminado de la mente toda clase de injusticias”.
Su transparente devoción a la Virgen fue otra nota sobresaliente en toda su actuación. “¡Salve, María!”, fue el saludo pleno y sonriente con que empezó su homilía en la misa de inauguración de la Conferencia Episcopal en la Basílica de Guadalupe. Y muchas veces le oró con fervor: “Permite, pues, que yo, Juan Pablo II, Obispo de Roma y Papa, junto con mis hermanos del Episcopado…, confiemos y ofrezcamos a Ti, sierva del Señor, todo el patrimonio del Evangelio”. Discursos enteros fueron una larga plegaria a María, la Guadalupana, a ella que es modelo “para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social…, sino que proclaman con ella que Dios es ‘vengador de los humildes’ y, si es el caso, ‘depone del trono a los soberbios’”. Su gran devoción a María le acerca más a Jesús y a los hombres.
Finalmente, junto con darle de regalo una diadema, le pidió protección para los pueblos de América y que guarde su concordia y fidelidad.
Otra tónica de sus discursos fue su respeto y admiración por las culturas autóctonas. Su cariño a “La Morenita” de Guadalupe. Su actitud en Zapopan y en Guadalajara, el respeto con que habló y abrazó a los indios de Oaxaca y Chiapas, su ida al pobrísimo barrio de Santa Cecilia, su atención a los charros en Jalisco y a los mariachis en todas partes. “Este Santuario de Zapopan y tantos otros diseminados por toda la geografía de México y América Latina, donde acuden millones de peregrinos con un profundo sentido de religiosidad, pueden y deben ser lugares privilegiados para el encuentro de una fe cada vez más purificada, que les conduzca a Cristo”. También se refirió a Nuestra Señora de la Altagracia, de la Aparecida, de Luján. Con su actitud de respeto y acercamiento, el Papa mostró en la práctica que para la evangelización de las culturas lo primero es una actitud de amor a los pueblos, como lo dijeron los Obispos en Puebla. Para conocer y discernir las modalidades propias de cada cultura no basta la vía científica, sino es necesaria esa connatural capacidad de comprensión que da el amor.
La “gran importancia” de la familia fue otro de los temas subrayados por el Papa. “Dios en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia”. Conociendo los serios problemas que enfrenta hoy la familia en la sociedad, el Papa invitó a todos a esforzarse en elaborar “una política sociofamiliar inteligente, audaz, perseverante”, recordando a las familias cristianas que “deberían tener siempre tres dimensiones: ser educadoras en la fe, formadoras de personas, promotoras del desarrollo”.
Pidió una preocupación especial por el problema de las vocaciones sacerdotales y religiosas, que no obstante un despertar esperanzador, sigue siendo un problema “grave y crónico” en Latinoamérica. “Hay que reactivar una intensa acción pastoral que, partiendo de la vocación cristiana en general, de una pastoral juvenil entusiasta, dé a la Iglesia los servidores que necesita”.
También fue evidente su particular predilección por la juventud. El Papa está y se siente muy cerca de los jóvenes: “Recibid mi saludo más cordial. Es el saludo de quien se encuentra tan a gusto entre la juventud, en la que cifra tantísimas esperanzas”.
Esta voz del Papa cariñosa, pero firme, sencilla y clara para todos, pero a la vez, profunda e inspiradora como la del propio Jesús, resonó en todo México y en América Latina con fuerza. Los Obispos la hicieron suya y mucho de ella se encuentra en los Documentos de Puebla. También debe resonar en nuestros corazones y transformarse para nosotros en orientación segura.
Mensaje
28 de febrero de 1979