Marzo-abril, 1959: La convocatoria al Concilio Vaticano II

El papa Juan XXIII apenas había cumplido tres meses como pontífice cuando, hablando ante veinte cardenales en la Basílica de San Pablo Extramuros, el 25 de enero, anunció: “¡Venerables hermanos e hijos amados! Pronunciamos ante vosotros, temblando ciertamente de conmoción, pero al mismo tiempo con humilde resolución de propósito, el nombre y la propuesta de una doble celebración: un Sínodo Diocesano para Roma y un Concilio Ecuménico para la Iglesia universal”. La sorpresiva decisión es recogida en Mensaje.

CARTA DEL CARDENAL MONTINI SOBRE EL CONCILIO ECUMÉNICO

Su Eminencia el Cardenal Montini, Arzobispo de Milán, ha enviado al clero y a los fieles de la Arquidiócesis una carta en la cual, refiriéndose al anuncio dado por el Sumo Pontífice respecto a la convocación de un Concilio Ecuménico, afirma que “nos hallamos en vísperas de un acontecimiento histórico de enorme importancia; no de odio y terror, base de la importancia terrible de las guerras; no de política terrena o de cultura profana, base de la importancia fugaz de tantas asambleas humanas; no de descubrimientos científicos ni de intereses temporales, base de la importancia dudosa de tantos hechos de nuestra evolución civil; sino de paz, de verdad de espíritu; importante para hoy como para mañana; importante para los pueblos y para todos los corazones humanos; importante para toda la Iglesia y para toda la humanidad”.

“El próximo Concilio habrá de ser el más grande que la Iglesia haya jamás celebrado a lo largo de sus veinte siglos de historia, por el número como por la variedad espiritual de sus participantes, dentro de la unidad total y pacífica de la jerarquía; será el mayor por la catolicidad de sus dimensiones que abarcan a todo el mundo geográfico civil”.

“Es nuestro deber —añade el Cardenal Montini— expresar en un grito de júbilo nuestro reconocimiento a nuestro Papa que señala la Iglesia un camino tan alto y al mundo tan fecundos pensamientos. Nos sentimos dichosos de que sea nuestro Padre y nos guíe en la soberana iniciativa de un hecho de tan vasta y profunda repercusión. El testimonio de esperanza y júbilo que brota de todos los espíritus nos ofrece la seguridad de que el Espíritu Santo empuja las velas de la mística Nave de Pedro. Y nosotros mismos, humildes ciudadanos de esta humanidad de terrestre y de esta historia fugaz, pero hijos de la Iglesia de Dios y miembros del cuerpo místico de Cristo, debemos, según el puesto que cada uno de nosotros ocupa en el orden eclesiástico, participar en el solemne acontecimiento con nuestro júbilo, con nuestro pensamiento, con nuestras esperanzas, con nuestras oraciones”.

—Milán, 29 de enero.

logo

Suscríbete a Revista Mensaje y accede a todos nuestros contenidos

Shopping cart0
Aún no agregaste productos.
Seguir viendo
0