Marzo-abril, 1962: «Chile tiene nuevamente un Cardenal»

Tras el nombramiento del cardenal Raúl Silva Henríquez, revista Mensaje comenta en su editorial: “El joven abogado que renuncia a su carrera para abrazar el sacerdocio en la sociedad salesiana por estar más cerca de los desposeídos, nos garantiza su sentido de justicia social”.

Chile no era menos católico cuando no tenía Cardenal. Tampoco ha crecido su nivel cristiano por el solo hacho de que el Arzobispo de Santiago haya sido elevado a tan alta dignidad. Sin embargo, este nombramiento no deja de tener sus repercusiones de índole espiritual y contribuir al fortalecimiento de la Iglesia. Al afirmar esto no pensamos en el prestigio humano que, a través del poseedor del título, redunda en el grupo a que pertenece. Pensamos más bien en el aumento de motivaciones de orden psicológico que dispondrán mejor a nuestro pueblo para percibir su integración en el Cuerpo Místico de Cristo y para incorporarlo a su corriente vital, intensificando su presencia consciente en sus más graves problemas y decisiones.

El modo de operar de Dios no consiste en apagar o descartar la naturaleza, sino en elevarla y trascenderla, respetando todos sus impulsos, explicitando todas las potencialidades que Él sembró en ella. Así obró Dios en la creación del mundo. Así también realizó la redención, trazando su gesto de reconciliación con los hombres dentro de una figura de hombre, hablando nuestro lenguaje para hacernos comprensible el Don que sobrepasa nuestras capacidades naturales. Así también se desarrolla su Cuerpo Místico, dependiendo de los factores concretos de la historia.

Dentro de esta perspectiva, tener un cardenal chileno significa contar con un recurso humano que hará más palpable nuestra pertenencia a la Iglesia, que nos acercará más a su cabeza visible y que nos hará seguir con mayor preocupación sus problemas. Cada vez que la Iglesia necesite el parecer o el voto del Cardenal Silva Henríquez para resolver sus más importantes situaciones, partirá acompañado por la expectación de todos los católicos chilenos, que tendrán sus ojos puestos en él. Así contaremos con un nuevo factor para participar con mayor conciencia en la vida de Cristo Místico. El Cardenal Silva Henríquez adquiere para nosotros un nuevo valor de símbolo: esto es, de algo concreto que nos acerca y familiariza una realidad distinta y distante. Esta es la mayor aspiración de un hombre: transformar sus valores en instrumento de la edificación del Reino de Dios, hacer de la realidad humana un signo de otra realidad superior ¿No fue esto lo que sucedió con la designación del primer Cardenal chileno, Monseñor José María Caro? ¿No es esto lo que está sucediendo con Monseñor Silva Henríquez?

En nuestra escala de valores, nada puede compararse a la transformación interna en Cristo, accesible a todo cristiano. Allí está la verdadera grandeza, la que aparecerá el día en que se descorran todos los velos. Pero mientras tanto, debemos reconocer su valor social y efectos educativos a las designaciones oficiales de quienes se consagran a servir a la Iglesia y a la sociedad civil.

Por otra parte, no podemos ocultar la satisfacción de sabernos tan bien representados. Dios es providente y ha ido formando a Monseñor Silva Henríquez para servirlo en las actuales circunstancias. El joven abogado que renuncia a su carrera para abrazar el sacerdocio en la Sociedad Salesiana por estar más cerca de los desposeídos, nos garantiza su sentido de justicia social. Su participación en labores docentes, particularmente en la organización de la enseñanza, nos habla de su conocimiento en uno de los campos más importantes de la Iglesia. Su trabajo en Caritas lo ha hecho comprender las dimensiones de la miseria y de la obra asistencial católica. Su activa participación en estos tres frentes: el de la justicia social, el educacional y el asistencial ha revelado sus dotes de organizador, de jefe y de pastor. El regocijo de su nombramiento fue general, porque es general el reconocimiento de sus cualidades.

No podemos ocultar la satisfacción de sabernos tan bien representados. Dios es providente y ha ido formando a Monseñor Silva Henríquez para servirlo en las actuales circunstancias.

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