El asombro y la admiración ante las primeras misiones de astronautas rusos y estadounidenses en órbita terrestre —Yuri Gagarin, Guerman Titov, John Glenn— se revela en un texto situado en las primeras páginas de esa edición de la revista.
Desde todos los tiempos, el hombre se ha esforzado por ensanchar sus límites. ¿Qué otra cosa, en efecto, es la historia humana sino la historia de una incansable búsqueda, de un afanado peregrinar en pos de nuevos y más dilatados horizontes? Al ritmo de los siglos, ignotas tierras se abrieron a la pisada humana; los mares revelaron sus secretos y el hombre, cada vez más poderoso, empezó a realizar su viejo ensueño: dominar el espacio.
Lo que antaño fuera fantasía, hoy es realidad. Gagarin, Titov, Glenn no son personajes de una novela de Julio Verne sino historia vívida y palpitante, una hermosa página de nuestro siglo XX. Hasta hace muy poco sus nombres eran desconocidos, pero seguirán resonando en el futuro, ya que han iniciado un nuevo y apasionante capítulo: el de la conquista del cosmos.
Negar a las hazañas de los astronautas rusos y americanos su debida importancia nos parece injustificable miopía, pero tampoco debemos permitir que la admiración y el entusiasmo, por muy naturales y legítimos que sean, ofusquen nuestra mente y aletarguen nuestro sentido crítico. Frente a todo hecho —y con mayor razón si se trata de un hecho de trascendencia— el hombre tiene la obligación de reflexionar.
El 12 de abril, inesperada y desafiante, salió a luz la “gran noticia” rusa: Yuri Gagarin había sido puesto en órbita alrededor de la tierra y, a varios centenares de kilómetros de distancia, la había sobrevolado en 1 hora 48 min. Nada se supo de los preparativos. Sólo se anunció el hecho cuando ya estaba consumado y coronado por el éxito, y, por supuesto, haciéndose hincapié en las ventajas de la técnica soviética y del régimen marxista. ¿Había habido antes otros ensayos menos exitosos? ¿Había habido quizás víctimas? A estas y otras preguntas sólo contestaron el silencio de la cortina de hierro y los inevitables e inseguros rumores de los periodistas. A los pocos meses, también en forma sorpresiva, se supo que Gherman Titov había dado 17 vueltas alrededor de la tierra. ¡Nuevo éxito, nuevo “triunfo” ruso en el tapete de la política internacional!
A los astronautas rusos ha seguido esta vez uno americano: John H. Glenn. Su vuelo estaba programado para diciembre, pero debido al mal tiempo se fue postergando una y otra vez hasta que logró realizarse el 20 de febrero. Casi 5 horas estuvo Glenn en el espacio y sus tres vueltas fueron seguidas por un mundo expectante. A las 14.43 la aventura había terminado y de todos los rincones llovían las felicitaciones. He aquí espontánea una pregunta. Comparadas con las 11 vueltas de Titov, las 3 de Glenn no parecen señalar especial progreso. ¿Por qué entonces tanto entusiasmo y tanto júbilo? ¿Por tratarse de un astronauta americano? No creemos que sea ésta la principal razón. Innegable es el mérito de los rusos, indiscutible su hazaña, pero los vuelos de Gagarín y Titov llevaban el inconfundible sello soviético: impenetrable silencio, propaganda ideológica, arrogancia y sorda amenaza. El vuelo de John Glenn, en cambio, ha sido de otro estilo. No había habido misterio ninguno, no se ha pretendido sorprender a nadie. No se buscaba el “éxito” por encima de todo, silenciando cualquier posible fracaso, sino que honrada y valientemente se corría, a vista y presencia del mundo, el riesgo de la derrota. En una palabra, fue la hazaña de un hombre libre y de un país que no acepta cortinas de hierro por muchas ventajas políticas que puedan éstas significarle. Pero hay algo más. Algunos científicos soviéticos hicieron irónica referencia a las diez postergaciones del vuelo espacial de Glenn. EE.UU., en efecto, postergó la partida de su astronauta cada vez que se enfrentó a una posibilidad evitable de fracaso. Rusia, en cambio, no titubeó un momento y los vuelos de Gagarin y de Titov se hicieron sin postergaciones de ninguna especie. Innegable diferencia, pero ¿qué indica? Para EE.UU. el fracaso significaba primariamente poner en grave peligro la vida de un hombre. Ahora bien, para todo país libre la vida humana tiene un valor sagrado y ha de hacerse todo lo posible por defenderla. EE.UU. sabía que cada postergación restaba “brillo” al experimento, pero ¿puede compararse un brillo externo y efímero con la vida de un hombre? Las 10 postergaciones del vuelo de Glenn son una confirmación más del sentido humano de los países libres. Se procedió con escrupulosa cautela porque estaba en juego la vida de un hombre y porque la vida humana es inmensamente respetable. No es el hombre un instrumento que se pueda exponer o sacrificar en aras del progreso técnico sino, a la inversa, es la técnica la que ha de estar subordinada al hombre. La ironía de los científicos soviéticos es reveladora. Rusia, en efecto, no vacila ni vacilará nunca en semejantes circunstancias y la razón es sencilla. Para el comunismo no tiene la vida humana sentido en sí misma, sino en la medida en que sirve a la realización de la ideología marxista. Es lógico, por consiguiente, exponer y sacrificar cualquier vida, si este sacrificio es útil para la finalidad del “Partido”. ¿Qué importaba que Gagarín hubiese muerto? El fracaso habría quedado sepultado en el silencio y otras “fichas” estaban a mano para reemplazarlo.
Todo esto explica el júbilo del mundo libre ante la hazaña del astronauta americano, y su nave “Friendschip” (Amistad) es todo un símbolo. Desde la altura pudo Glenn, en una sola mirada, abarcar países y continentes diversos y, al sobrevolar la tierra en hora y media, tuvo ocasión de comprobar lo relativo de las distancias que separan, la artificialidad de las fronteras y la gran realidad de la familia humana. Pudo apreciar claramente que lo que da sentido al vuelo cósmico no es el orgulloso afán de conquistar el cielo ni el miedoso deseo de evadirse de la tierra, sino la posibilidad de contemplarla en conjunto, unitaria, “ecuménicamente”, y tomar así conciencia de la gran tarea humana: hacer que los hombres se unan en la hermosa faena de realizar la felicidad de todos.
Icaro se acercó atrevidamente al sol y, quemadas sus alas, se precipitó en la tierra. Los hombres quisieron un día levantar una torre que llegase al cielo pero la confusión de lenguas, los egoísmos y nacionalismos, redujeron la torre de Babel a un simple y caótico muñón. El hombre anhela horizontes infinitos, es hijo del Absoluto, pero quiera o no quiera va arrastrando la sombra de sus límites. No es el hombre el monarca del cielo sino Dios, y a Dios no se llega en un orgulloso gesto de desafío o de conquista sino con la mente y con el corazón abiertos, en busca de Verdad y de Amor.
Grande es la hazaña realizada por los astronautas de nuestra época, pero, si sucumbimos a la tentación del orgullo, veremos pronto quemarse nuestras alas de cera. Somos hijos del cielo y nuestra misión es misión de alturas, pero sólo lograremos nuestro objetivo en alas de la Fe y del Amor. Cristo también, finalizada su misión terrena, ascendió a los cielos pero no dejó que sus discípulos se quedasen allí estáticos mirando hacia arriba sino que les hizo tomar conciencia de su tarea: conquistar primero la tierra. “El cielo es nuestra aventura —ha escrito el P. Buharle— pero la tierra es nuestra tarea”. El progreso técnico no puede significar una liberación de límites sino una responsabilidad más. Nuestra época se llamará quizás la época cósmica pero sólo será “humana” si logra superar divisiones y enconos, si logra unir más a los hombres, si afianza más en ellos la conciencia de “hermandad”. Y sólo será esto posible si en la lejana inmensidad del cosmos brilla para todos la estrella enviada por Dios para orientar a los hombres en el camino de la felicidad: “Oriens ex alto”.
Grande es la hazaña realizada por los astronautas de nuestra época, pero, si sucumbimos a la tentación del orgullo, veremos pronto quemarse nuestras alas de cera.