Continúa creciendo el interés por el Concilio Vaticano II, anunciado tres años antes y con fecha de inicio en octubre. Mensaje recoge declaraciones de un cardenal canadiense y de uno francés referidas a una temática que reviste gran novedad: la participación efectiva de los laicos en él.
Ofrecemos dos extractos de declaraciones concernientes al papel del laicado católico en el próximo concilio. Ellas pertenecen al Cardenal Léger, arzobispo de Montreal, y a Mons. Veuillot, arzobispo coadjutor de París.
El Cardenal Léger, hablando en Montreal a un centenar de laicos que se habían reunido para consultarlo acerca del Concilio, trató a fondo lo que cabía esperar de tal acontecimiento y la participación que en él corresponde a los laicos.
La Iglesia, dijo, debe a la vez encarnarse en el tiempo y trascenderlo en todo instante. “Una de las razones que motivan y a veces exigen un concilio reside justamente en esta necesidad para la Iglesia de vivir al ritmo del mundo, de comprenderlo, de buscar los mejores medios de evangelizarlo haciendo suyas sus preocupaciones legítimas… Los concilios permiten también a la Iglesia hacer un examen de conciencia colectivo sobre la eficacia, las modalidades y las consecuencias de su inserción concreta en el mundo”.
El concilio no sólo permitirá a la Iglesia adaptarse al mundo moderno, sino que también tendrá como objetivo renovar la vida católica, pues la Iglesia corre sin cesar el riesgo de ciertos envejecimientos. Su alimento lo encontrará en la tradición y en la trascendencia, “pero la tradición no es la simple repetición de lo que siempre ha sido dicho y la simple conservación de los antiguos moldes de vida. Por el contrario, ella es transmisión viviente… La mejor manera de respetar la tradición es la de adaptarla a cada generación y la de enriquecerla con lo que ella tenga de mejor”.
La renovación interior de la Iglesia es una etapa hacia la unidad de los cristianos. Pues “no hay derecho para cultivar la esperanza utópica e ingenua de una reunión repentina y universal… La orientación ecuménica del concilio, explícitamente querida por el Papa, adquiere un significado concreto que, aún siendo menos espectacular que el esperado por la opinión pública, será sin embargo más profundo y más eficaz”.
Precisando más el alcance verdadero de este concilio, el Cardenal Léger prosigue: “El tema que se debatirá en el Segundo Concilio Vaticano no será solamente esta o aquella verdad, sino todo el grave problema de las relaciones entre la naturaleza y la gracia, el orden natural y el orden sobrenatural, la vida temporal y la vida eterna, en nuestro mundo moderno. Esta toma de conciencia de una responsabilidad, cuyas dimensiones son las del mundo y de la vida, no inducirá a los Padres del concilio a la tentación de retroceder a una cristiandad medieval. Pío XII ya desechó totalmente esta hipótesis”.
“Lo que debe inquietar a la opinión cristiana de hoy no son solamente los problemas que conciernen a la vida interna de la Iglesia, sino también aquellos que preocupan a la humanidad contemporánea: la paz mundial, la cooperación entre los pueblos desigualmente desarrollados, el crecimiento de la población, la libertad del hombre en el contexto político, económico y social de hoy día”.
“En la situación presente de la humanidad, el concilio asume dimensiones insospechadas. Llega a ser el concilio no sólo de los creyentes, sino de todos los hombres que creen aún en el hombre y en los valores morales que constituyen su grandeza”.
En la última parte de su discurso, el Cardenal insistió largamente en el papel de un necesario diálogo en la Iglesia: “El próximo concilio deberá hacer nacer la más viva preocupación por un diálogo eficaz entre el pueblo cristiano y la jerarquía. La Iglesia no es puramente una comunidad carismática donde se permite a cada cual elevar la voz cuando le parezca bien para proferir en la confusión todo lo que le venga a la mente. Tampoco es la Iglesia una institución autocrática en la cual los jefes, arrogándose ellos solos el derecho de la palabra, no permiten una legitima libertad de expresión y de intercambios en el nivel de los buscadores y aun de toda la comunidad eclesial. La Iglesia es una comunidad jerárquica de hombres libres donde el diálogo es un deber al igual que la obediencia”.
Justamente para favorecer este diálogo y estos cambios de opinión con su obispo, el Cardenal ha dirigido a todos los sacerdotes y a los religiosos y religiosas que lo deseasen un cuestionario con motivo del concilio. Les pedía que se expresasen con toda libertad sobre los más variados aspectos de la Iglesia. Quince días después quinientas respuestas le habían llegado.
“La Iglesia es una comunidad jerárquica de hombres libres donde el diálogo es un deber al igual que la obediencia”.
Con el mismo espíritu, dijo, he interrogado a los laicos. Sin embargo, el diálogo no debe intensificarse solamente entre la jerarquía y la comunidad, sino también en el interior del pueblo cristiano, compuesto por hombres libres de todas las tendencias (de lo cual no hay que asombrarse; pero claro que “el escándalo sobrevendría si no hubiese ningún punto posible de encuentro”). Este diálogo “debiera ser una de las consecuencias prácticas de la atmósfera creada por el próximo concilio”.
“Las nuevas condiciones de la Iglesia contemporánea y el nacimiento de una teología del laicado deberían permitir encontrar pronto un modo más preciso y más directo de participación de los laicos en el desarrollo del concilio. Entre tanto, con gran alegría y aun con orgullo puede verse al laicado manifestar tanto interés por el concilio y desear sinceramente poder proporcionarle su aporte original”.
¿Cómo pueden los laicos sentirse verdaderamente comprometidos en la preparación del concilio? A esta cuestión responde el arzobispo coadjutor de París. Mons. Veuillot, en una larga e interesante respuesta aparecida en el boletín religioso de su diócesis.
Los laicos, dice, están habituados a las responsabilidades en la acción católica o en la vida cívica. Creen espontáneamente que algo análogo debe suceder con su participación en el concilio. “Ellos están muy conformes con que allí los representen sus obispos; pero, recordando el mandato que han recibido de ellos para su acción apostólica, quisieran a veces referirles sus preocupaciones, sus deseos e incluso sus impaciencias. Podrían hasta adoptar de toda buena fe la actitud del elector, que confía en aquél que envía al parlamento con una causa que defender, una misión que cumplir. Y cuando a estos laicos se les responde que su parte en el concilio es principalmente de oración y de renovación moral y espiritual, algunos no pueden dejar de escapar un sentimiento de decepción, más aún, de frustración”.
No hay que restar valor a esta objeción, prosigue Mons. Veuillot, pues ella revela a los sacerdotes que es necesario valerse de la ocasión del concilio para explicar más profundamente a los militantes lo que es la Iglesia y el papel de los obispos.
¿Qué quiere decir para los cristianos vivir la hora histórica del concilio? Primero, estar más estrechamente unidos que nunca a su obispo. “La actitud del obispo ha de ser la de esforzarse por captar las preocupaciones de su pueblo, se podría aun decir la actividad del Espíritu Santo que trabaja en su pueblo. Está bien que vaya al concilio como portador de las esperanzas de sus cristianos, como garante de su fidelidad a la fe, como testigo de sus esfuerzos apostólicos y de sus dificultades. Esto presupone que el obispo no teme escuchar a sus fieles y recibir su testimonio. Inversamente, cada fiel consciente de su responsabilidad de miembro viviente de la Iglesia debe comprender mejor la solidaridad que lo une con todos sus hermanos en la fe a aquél que es el padre de sus almas”.
El laico, junto con experimentar más hondamente su pertenencia a la diócesis, a la Iglesia particular, debe abrirse a todas las preocupaciones de la Iglesia en el mundo. “En el momento en que se preparan las bases generales de la cristiandad, un fiel no tiene el derecho de reducir sus horizontes religiosos a los límites de su parroquia o de su centro de acción católica. No tiene derecho para estrechar su corazón en el límite de sus preocupaciones personales. Las dificultades particulares de un país o de un medio, cuando son llevadas al concilio por los obispos, adquieren de golpe sus verdaderas dimensiones”.
“El laico, junto con experimentar más hondamente su pertenencia a la diócesis, a la Iglesia particular, debe abrirse a todas las preocupaciones de la Iglesia en el mundo”.
Estas reflexiones conducen a Mons. Veuillot a precisar los deberes particulares de todo cristiano frente al concilio: antes que nada, debe informarse. Los curas párrocos deben ayudar a su gente a utilizar toda la documentación que ha aparecido sobre este tema. Luego, prepararse: no es mañana que habrá que comenzar a hacerlo. Por culpa de los cristianos y de los sacerdotes las repetidas consignas de los Papas acerca de las cuestiones sociales o la acción católica están lejos de haber alcanzado todos los medios, todas las parroquias. “Es así como las decisiones conciliares pueden permanecer largo tiempo paralizadas”. Esto, en los momentos en que el mundo avanza rápidamente y cuando es necesario caminar ligero.
Esta actitud general de disponibilidad se aplica de preferencia a la cuestión de la unidad de los cristianos. Hay en primer lugar ciertos obstáculos doctrinales. ¿Pero se ven bien los obstáculos psicológicos? “Si el concilio facilita las vías de la unión tan esperada, entonces ¿qué acogida seríamos nosotros capaces de ofrecer a nuestros hermanos separados? Tomemos como ejemplo la dificultad que encuentran ciertos neófitos del mundo obrero para encontrar su lugar en una comunidad parroquial que, social y espiritualmente, no está preparada para recibirlos. A fortiori hace falta que nuestras comunidades cristianas se preparen con anticipación a abrir sus espíritus y su corazón a nuestros hermanos a quienes varios siglos de separación han hecho extranjeros a algunas de nuestras formas familiares de vida religiosa, o a quienes pueden desconcertar algunas expresiones de la fe y de la oración católica”.