La dedicación íntegra de Mensaje de diciembre de 1962 a la “Revolución en América Latina” generó numerosas reacciones, incluyendo numerosas cartas al director con críticas por esa publicación. En marzo de 1963 la revista dedica espacio, entonces, a explicar cómo la suya no es una postura ideológica, sino de resguardo de valores cristianos.
Era inevitable que nuestro número de diciembre suscitase polémica. Frente a problemas complejos y “vitales”, de los que no somos solamente espectadores sino protagonistas, era difícil contar con un consenso unánime. Esperábamos, por consiguiente, la polémica y confiábamos en la posibilidad de un diálogo enriquecedor. Pero, hablando con franqueza, la polémica nos desilusionó. Todo se redujo prácticamente a discutir sobre el uso de la palabra “revolución”. ¿Era el término apropiado? ¿No hubiese sido preferible hablar de evolución o de reformas? La palabra “revolución” tiene un pedigree sospechoso, escandaliza. ¿Por qué no decir consagración o restauración?
No creemos que valga la pena continuar una querella de diccionarios. Tampoco nos interesan los bizantinismos. Es muy cierto que hablamos de “revolución” —y si alguno se ha escandalizado lo lamentamos por él; también podría escandalizarse por más de una frase evangélica— pero al parecer más de alguno ha olvidado que hablamos de revolución CRISTIANA. Y en este caso lo “cristiano” no es un simple adjetivo, un adorno más o menos superfluo, sino un espíritu que anima, vivifica y transforma.
Cristianismo significa Cristo, significa Iglesia, significa tradición apostólica, significa dogma y moral. Lo sabemos muy bien. Suponer, por consiguiente, que propiciamos una revolución que ahogue la libertad individual, que conculque los derechos del hombre, que acabe con la propiedad y con la familia, que emparedone la justicia, que amordace la conciencia etc., es, lisa y llanamente, absurdo. Al leer las críticas dirigidas contra el número de diciembre nos ha asaltado más de alguna vez la duda: ¿Han leído realmente sus autores el número que atacan? Porque si lo han leído la conclusión se impone y es más lamentable: quiere decir que no han entendido nada.
Evidentemente rechazamos toda revolución marxista. Evidentemente rechazamos la revolución en el sentido muy preciso que da a este término S. S. Pío XII: revolución violenta e injusta. Evidentemente reconocemos que hay un orden establecido por Dios y que debemos respetar ese orden. Pero ¿para qué seguir con esta lista de evidencias?
Sabemos —Cristo lo ha dicho— que no sólo de pan vive el hombre y, por lo mismo, que los problemas económicos no son los únicos ni los más importantes. Sabemos que esta tierra no es nuestra morada definitiva, sino un camino hacia el Reino. Sabemos que la falla más profunda de nuestro tiempo no estriba en malas recetas económicas y políticas sino en falta de espíritu cristiano. Debemos “convertir” a los hombres y a los pueblos y sólo unidos a Cristo podremos realumbrar en ellos la fe, la esperanza y la auténtica caridad.
Pero ¿qué otra cosa significa “revolución cristiana”? Si somos sinceramente cristianos, si Cristo orienta nuestras vidas, tenemos necesariamente que luchar contra la mentira, contra la injusticia, contra la falta de caridad. Si lo que habitualmente se llama orden social, político, jurídico y económico es, en lenguaje cristiano, un “desorden”, tenemos la obligación de luchar contra ese pseudo-orden y de “restaurar” el orden verdadero, el de Cristo. Ahora bien, a esta innegable y necesaria restauración hemos dado el nombre de “revolución cristiana”. ¿Que la palabra no gusta? Hablemos entonces de restauración, pero de verdadera, de auténtica restauración: cambiar un “orden” injusto por un orden cristiano, integralmente cristiano.
No podemos transformar esta tierra en la meta suprema de nuestras aspiraciones. Somos hijos de Dios y para nosotros el tiempo no es sino la escala que conduce a la eternidad. Pero el Reino de Dios, no lo olvidemos, empieza aquí en la tierra. Cristo plantó su tienda entre nosotros y nuestra misión es continuar en la historia la encarnación redentora de Cristo. El cristiano no es un peregrino fantasma que se evade del mundo, sino sal, levadura, antorcha. No se trata, por consiguiente, de esperar pasiva y resignadamente el “fin de los tiempos”, sino debemos cristianizar el mundo en que vivimos, debemos transformarlo. Ahora bien, ¿cuál es el mensaje de Cristo? El mismo lo redujo a una sola palabra: amor. Amor a Dios, amor a los hombres hijos de Dios.
Y estos dos amores son inseparables. No se puede amar a Dios si no se ama a los hombres, y el amor que Dios exige no es un amor abstracto y filosófico a la “humanidad” sino amor concreto, al “prójimo”, es decir, a ese “hermano” que está junto a mí, que lleva tal nombre, que reacciona de tal manera, que me es simpático o antipático.
Todo hombre es un templo de Dios, y aunque sea un templo desierto, es un redimido por la sangre de Cristo y Cristo golpea a su puerta y confía en que nuestro amor lo hará entrar. Y es este amor el que obliga al cristiano a acercarse a los hombres en un espontáneo gesto de ayuda.
No sólo de pan vive el hombre. Cristo es el pan que desciende del cielo, el pan que es vida eterna. Es absurdo pretender saciar esa inmensa sed de absoluto que arde en todo corazón humano sin esa agua viva que es Cristo. Pero Cristo sanó enfermos, alimentó muchedumbres, confortó a los desamparados. No basta el pan material, pero es necesario dar también este pan al que no lo tiene, y Cristo nos dio un claro ejemplo. Y cuando se refiere al último juicio se refiere a cosas bien concretas: “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a verme”. Pasar indiferente junto al que tiene hambre o frío, vivir despreocupado de la miseria y del dolor ajeno no ha sido ni será jamás actitud propia de un cristiano; sería simplemente rechazar a Cristo presente, por su amor, en ese hermano. Claro está que los que asi obran podrán llamarse “cristianos” e incluso pronunciar hermosas palabras y defender “sagrados” valores, pero —como bien lo dice San Pablo— no serán sino hueco tañido de campana, falsarios y nada más.
No sólo de pan vive el hombre, pero el que teniendo pan no da al que no tiene no merece llamarse cristiano. “El que tuviere bienes de este mundo, y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas ¿cómo mora en él la caridad de Dios?… No amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad” (S. Juan Ep. I. 3, 17) “Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve. Y nosotros tenemos de Él este precepto, que quien ama a Dios ame también a su hermano” (S. Juan Ep. I. 4, 20).
Ahora bien, frente a la miseria cada día creciente en el mundo ¿qué debemos hacer? ¿Podemos cruzarnos de brazos y filosofar sobre la inevitable diferenciación de clases o limitarnos a recordar “bienaventurados los pobres de espíritu” sin agregar, por supuesto, la imprecación de San Lucas o de Santiago: “¡Ay de vosotros ricos!”? ¿Podemos sinceramente defender que lo que solemos llamar orden es un orden cristiano, es decir, un orden fundado en un auténtico amor? ¿Por qué este temor reverencial a cambiar estructuras que hacen posible que millones y millones de hombres no posean más que su miseria y su desesperación? No se trata de echar iodo por la borda y destruir por destruir. Evidentemente debemos conservar todo lo que merezca ser conservado, pero ¿por qué este instintivo horror a la frase: “cambio de estructuras”? ¿Están nuestras leyes inspiradas en el evangelio? ¿Es la empresa moderna una acabada muestra de comunidad cristiana? ¿Responde el sistema que ha imperado en nuestros campos a lo que dice Cristo a través de su Iglesia?
En su Mensaje de Navidad (1942) afirma S. S. Pío XII que “la Iglesia no puede dejar de ver que el obrero, en su esfuerzo por mejorar su condición, se estrella con un sistema social, que, lejos de conformarse a la naturaleza, se opone al orden establecido por Dios y al fin que Él ha asignado a los bienes de la tierra”. Pero entonces ¿cuál ha de ser la actitud del cristiano? ¿Defender ese sistema social simplemente porque existe y ha existido? ¿No es más “cristiano” revolucionar ese sistema in justo y restaurar así el orden querido por Dios? ¿Y no sería éste un cambio de estructura?
Basta haber leído suficientemente a S. S. Pío XII para darse cuenta de la incongruencia que significa presentarlo como condenando la revolución “cristiana”. Las reformas que él propone —y con urgencia— son profundas y radicales. Explícitamente se refiere a cambios de estructuras. “Ni es únicamente el estado social de los obreros y de las obreras el que requiere retoques y reformas, sino que es toda la estructura de la sociedad, en su integridad y complejidad, la que necesita ser enderezada y mejorada, estando como está profundamente trastornada en su conjunto” —“ma tutta l’intera e complessa struttura della società ha bisogno di raddrizzamenti e di miglioramenti, profondamente scossa com’è nella sua compagine” (Alocución a los trabajadores italianos, 13 de junio de 1943).
Es pueril discutir por una palabra. No es el envase sino el contenido lo que importa. Llámese “revolución”, “consagración” o “restauración” cristiana, lo importante es tomar conciencia de que respiramos una atmósfera no cristiana y de que debemos hacer presente a Cristo, sin retoques, en el mundo de hoy. Hay miseria, hay injusticia y aunque el egoísmo o la pereza mental llame a esto “orden” para el cristiano es desorden y debe luchar por suprimirlo la antes posible.
Los Papas han hablado, han hablado los Obispos del mundo entero y nuestros Obispos nos han hecho un imperioso llamado. “La miseria, la ignorancia, el desamparo y la desesperación están ante los ojos de todos”, aunque hay, naturalmente, “quienes pueden pasar al lado del dolor sin verlo”. Lo importante es que nuestros ojos se abran no por el temor sino por el amor. No es la hora de la discusión sino de la acción. Debemos deponer rencillas particulares y banderismos infantiles y unirnos en la gran cruzada cristiana. Manteniendo lo que hay que mantener debemos tener el coraje de reformar lo mucho que hay que reformar, y esto sin tardanza. Caritas urget nos!
La empresa evidentemente no es fácil, pero el cristiano es hijo de la esperanza y la esperanza apoya nuestra debilidad en la diestra bondadosa y omnipotente de Dios. No debemos tener miedo. “En la caridad no hay temor, pues la caridad perfecta echa fuera el temor” (S. Juan Ep, I. 4, J8). Debemos respetar el pasado, pero no encerrarnos en él. El pasado sólo vive y tiene sentido cuando se asoma al presente y marca rutas para el futuro. Transformar el pasado en refugio es condenarnos a ser estatuas de sal. El cristiano no mira hacia atrás sino adelante. No teme reformar ya que su misión es precisamente hacer fermentar la masa, dar a las cosas su verdadera “forma”, su forma cristiana.
Desde el Renacimiento a nuestros días la visión cristiana ha ido siendo reemplazada por una visión racionalista, individualista y materialista. El marxismo no es sino hijo del liberalismo. Pretender llamar cristiana a nuestra sociedad moderna es desconocer el auténtico cristianismo. Debemos romper ídolos y restablecer a Dios en el corazón del mundo. Pero sólo lo lograremos si lo restablecemos en nuestro propio corazón. Esta ha de ser nuestra gran revolución, la única legítima, la única posible, y si su palabra nos disgusta hablemos de restauración, pero sincera, veraz, sin disfraces. Que la defensa de nuestros intereses no nos impida ver la verdad. Restauración, sí, pero rápida, decidida, valiente; restauración de verdad.
Pretender llamar cristiana a nuestra sociedad moderna es desconocer el auténtico cristianismo. Debemos romper ídolos y restablecer a Dios en el corazón del mundo.