Ese hito histórico y su impacto en el desarrollo económico, social y político de la nación asiática, promovido por Mao Tse Tung, es examinado extensamente por un jesuita francés. Se trata de un detallado relato histórico y de un análisis de su proyección en el ámbito internacional*.
La “revolución cultural” china no ha aparecido repentinamente en la vida de las poblaciones de la República Popular China, aunque las cosas parezcan haber tomado súbitamente su curso actual. A partir de septiembre de 1962, es decir, de la décima sesión plenaria del Comité Central nacido del 3er. Congreso del Partido Comunista Chino, “la lucha por el desarrollo de la ideología proletaria y la eliminación de la ideología burguesa en el frente cultural ha seguido desarrollándose”, escribía el editorialista del Diario del Ejército de Liberación, el 18 de abril de 1966.
Sin embargo, resulta difícil al observador extranjero valorar la “revolución cultural” dentro del movimiento que pretende transformar la sociedad china en una sociedad comunista. ¿Cómo se ha desarrollado? ¿En qué consiste? ¿Por qué se ha desencadenado? Estas son las preguntas que afloran en los labios del extranjero y quién sabe si también en la del chino que no tiene acceso a las deliberaciones de los organismos superiores y dirigentes de la China Popular.
Antes de tratar de explicitar un poco las interrogantes que suscita la “revolución cultural”, no deja de ser útil recordar algunos acontecimientos que la han precedido o acompañado.
La destalinización en la Unión Soviética, llevada a cabo en 1956 según un procedimiento que había desagradado a los dirigentes del Partido Comunista Chino, provocó la campaña liberal de las “cien flores” que tuvo por corolario un endurecimiento de la línea general en 1957 y 1958, y fue seguida en 1958 por el lanzamiento del “gran salto hacia adelante” y por las comunas populares (1959). A fines de 1958, Mao Tse-tung anunciaba que no pediría la renovación de su mandato como presidente de la República. Continuaría simplemente como presidente del Partido.
Entre 1960 y 1962, sobrevienen los años malos y las cosechas son anormalmente escasas en el preciso momento en que cesa la ayuda económica y técnica soviética (julio de 1960), lo que produce desastrosos efectos en el desarrollo de la industria china. Durante todo este período, el partido lanza consignas de prudencia y moderación, y más adelante se acusará a los intelectuales de haberse aprovechado de esta situación.
Pero, desde el verano de 1962, el Comité Central del Partido prepara una operación destinada a rectificar la línea proseguida, a desencadenar nuevamente la lucha de clases. Y el mismo Mao declara que existe el peligro de retornar al capitalismo y que conviene intensificar la lucha de clases en el seno del régimen socialista chino para expurgar del Partido las secuelas de la ideología burguesa y los partidarios de ésta que se han infiltrado en sus filas.
En el censo de 1965, mientras mejora la situación económica, la campaña de educación socialista se intensifica. Mao Tse-tung interviene a través de un documento fechado el 9 de mayo y considerado en adelante como el texto fundamental de la revolución cultural (“Nota en los siete documentos bien redactados de la provincia de Chekiang sobre la participación de los cuadros dirigentes en el trabajo físico”). El año 1964 es un período de depuración en los medios literarios y artísticos, mientras se presenta al Ejército como modelo en todo el país. Se trata de evitar el “revisionismo”. En diciembre, el primer ministro Chu En-Lai habla delante de la Asamblea Nacional de las “tareas de la revolución cultural”, tomando esta expresión de Lenin. No se trata “de ninguna manera de liquidar la lucha de clases, de practicar la conciliación de las clases, ni de conservar la burguesía y el capitalismo”. La depuración alcanza ya a las personas altamente situadas en el campo cultural. Pero los comienzos de 1965 parecen marcar una pausa, sin duda debido a la extensión de la guerra en Vietnam.
No se trata “de ninguna manera de liquidar la lucha de clases, de practicar la conciliación de las clases, ni de conservar la burguesía y el capitalismo”.
En septiembre de 1965, Mao Tse-tung pide al Comité Central intensificar la “crítica de la ideología reaccionaria”. Pero parece haber encontrado resistencias en el seno del Comité. El 5 de septiembre, Lin Piao —convertido en jefe del ejército en 1959 y luego en primer vice-primer ministro a principios de 1965— publica un largo artículo para el 20° aniversario del fin de la guerra contra el Japón. Este artículo, junto con ser una advertencia a los Estados Unidos, destaca uno de los aspectos del pensamiento de Mao. “La revolución de la nueva democracia tiene como futuro el socialismo y no el capitalismo. La teoría del camarada Mao Tse-tung sobre la revolución de la nueva democracia engloba a la vez la teoría marxista-leninista de las etapas de la revolución y la teoría marxista-leninista de la revolución ininterrumpida. El camarada Mao Tse-tung ha establecido con acierto una diferencia entre las dos etapas de la revolución, la de la revolución nacional y democrática y la de la revolución socialista, pero a la vez las ha unido estrechamente”. La China popular se encuentra en la primera etapa que exige “largas y repetidas luchas” y que “no puede ni debe ser dirigida más que por el proletariado y por un partido auténticamente revolucionario e imbuido del marxismo-leninismo, con exclusión de cualquier otra clase y cualquier otro partido”, si se quiere que esta etapa desemboque en la revolución socialista.
Mientras Mao tuvo probablemente que retirarse a Shangai en noviembre, luego de haber perdido tal vez el control de Pekín, la lucha se desarrolla a través de la publicación de críticas sobre el arte teatral y la literatura en el Diario del Pueblo y de la difusión intensiva por el Ejército del slogan de Lin Piao: “Primero la política”. Luego, el 10 de abril de 1966, el Diario del Pueblo revela la existencia de una “línea negra antipartidista” y los dirigentes del Partido en Pekín empiezan a ser atacados directamente. El 18 de abril el Diario del Ejército lanza la expresión “revolución cultural”, socialista primero, y luego proletaria. A fines de mayo y principios de junio, con ayuda del ejército, se destituye de sus funciones al grupo de dirigentes de Pekín, se da vacaciones a los colegiales y estudiantes a fin de que participen en la revolución cultural. Se desata una lucha subterránea entre los partidarios de Mao y sus adversarios, reagrupados alrededor de Liu Shao-chi, presidente de la República, la que termina con la victoria de Mao en la reunión secreta del Comité Central del Partido, efectuada en Pekín del 1º al 12 de agosto. El 8 de agosto se publica una decisión del Comité Central, relativa a la revolución cultural, que fija sus grandes orientaciones. Esta decisión pone como objetivo a la revolución cultural “el combatir y aplastar a aquellos que detentan los puestos directivos pero que se han comprometido con el capitalismo, criticar a las autoridades académicas reaccionarias de la burguesía, criticar la ideología de la burguesía y de todas las otras clases explotadoras, y reformar el sistema de enseñanza, la literatura, el arte y todas las otras ramas de la superestructura que no correspondan a la base económica socialista —todo esto, para contribuir a la consolidación y al desarrollo del sistema socialista—”.
De esta operación se encargan los Guardias Rojos —cuyos grupos se constituyen espontáneamente (?) alrededor del 18-20 de agosto— y también las masas proletarias. “El resultado de la gran revolución cultural actual, proclama la decisión del 8 de agosto, dependerá de la audacia de la dirección del Partido en movilizar o no las masas sin reserva”. Los grandes meetings de Guardias Rojos jalonan la evolución de la revolución cultural en el curso de los meses siguientes, al mismo tiempo que se desarrollan campañas de denuncias por medio de afiches, de depuraciones en las provincias y que una resistencia, calificada de “furiosa” por el Diario del Pueblo del 6 de octubre, opone los maoístas a los antimaoistas. Las autoridades centrales parecen incapaces de dirigir el movimiento que han desatado. Liu Shao-chi es denunciado abiertamente y Peng-Chen, ex alcalde de Pekín, es arrestado.
Sin embargo, el Comité central ordena extender la revolución cultural a las fábricas el 10 de diciembre, y a los campos, el 25 de diciembre, en tanto que los Guardias Rojos piden la disolución de la directiva de los sindicatos.
La extensión de la revolución cultural viene acompañada de graves disturbios: los obreros abandonan sus fábricas, ya sea para ir a Pekín o para oponerse a los Guardias Rojos. Los campesinos se valen de los desórdenes para distribuir las reservas de las comunas, para apropiarse de los bienes colectivos. Unos y otros se ven alentados por la oposición que contraataca a principios de enero de 1967. Serios disturbios estallan en numerosas provincias: en Nankin, Shangai, Cantón y en el Sinkiang. Los comités del Partido parecen oponerse a las depuraciones exigidas por las “masas”.
Finalmente, alrededor del 21 de enero, Mao ordena a Lin Piao movilizar el ejército para apoyar a los “rebeldes revolucionarios”, es decir, sus partidarios. A fines de enero y principios de febrero, el problema que se plantea es el de saber si la revolución cultural se extenderá a las masas campesinas.
Esta breve cronología muestra la complejidad de la revolución cultural que, de campaña de rectificación del pensamiento y depuración de los “capitalistas” infiltrados en el Partido, parece transformarse en una lucha más o menos general por el poder entre los maoistas y sus opositores.
La revolución cultural no ha sido un fenómeno esporádico y fue abiertamente deseada y preparada desde hace largo tiempo por los dirigentes del Partido Comunista Chino agrupados alrededor de Mao; pero, al irse desarrollando, ha traído consigo ciertos ingredientes que tal vez no habían sido previstos en un comienzo.
¿Se podrá decir que es esencial y fundamentalmente una grandiosa tentativa para rectificar el pensamiento de las masas chinas y darles la cohesión que permitirá proseguir la revolución iniciada hace ya varias décadas?
Muchos elementos de los discursos pronunciados, de los artículos de diarios y de los slogans lanzados parecen confirmar esta hipótesis.
Es, ante todo, la inquietud de los dirigentes frente a un resurgimiento en las masas de ideas del pasado, antirrevolucionarias, gracias a un arte y a una literatura a menudo inspirados por este pasado y por el occidente, e incapaces de crear tipos nuevos. Esto es lo que destaca el editorial del Diario del Ejército de Liberación con fecha 18 de abril de 1966, cuando comenta: “Debemos pues… participar en la gran revolución socialista en el frente cultural, eliminar esta linea negra” (antipartidista y antisocialista). Es preciso terminar con todo lo que significa “veneración ciega” hacia el pasado literario y artístico de los años 1930, todo lo que se ha reproducido de los críticos literarios burgueses, aún progresistas, tales como los autores rusos del siglo XIX, Bielinski, Tchernycheski (autor de la novela “¿Qué hacer?”, cuyo título sin embargo fue retomado por Lenin para uno de sus opúsculos más importantes). Sus ideas “no eran marxistas sino burguesas”.
¿Se podrá decir que es esencial y fundamentalmente una grandiosa tentativa para rectificar el pensamiento de las masas chinas y darles la cohesión que permitirá proseguir la revolución iniciada hace ya varias décadas?
Tales ideas, que en nada corresponden a la situación de la China de hoy, podrían servir a los extranjeros —capitalistas u otros— para socavar la obra de la revolución china, hacerla girar hacia el “revisionismo” al que los comunistas chinos acusan a los soviéticos de haberse entregado definitivamente.
Pero no basta esta eliminación. “En la revolución cultural socialista es preciso destruir y construir”, prosigue el mismo editorial. Existe una obra positiva por hacer: enseñar a las masas a lograr un “pensamiento justo” a través de la práctica social, es decir: la lucha por la producción, la lucha de clases y la experimentación científica, como lo recomendó Mao en mayo de 1963 en un texto titulado “¿De dónde provienen las ideas justas?”, del cual el librito rojo “Citas del Presidente Mao Tse-tung” ha retomado ciertos fragmentos.
Este pequeño libro rojo, que sin duda fuera inicialmente redactado para los soldados del Ejército de Liberación, es a la vez arma política y símbolo de la revolución cultural en manos de los “rebeldes revolucionarios” maoístas. Fuera de 12 citaciones de 1963 y 1964, todos los textos son extractos de obras de Mao Tse-tung anteriores a 1959. El hecho de esta discontinuidad temporal en la elección de las citaciones podría muy bien plantear un problema: ¿qué ha dicho y hecho Mao durante estos cinco años?
El pensamiento de Mao es presentado en la mayoría de los editoriales consagrados a la revolución cultural como “la cumbre del marxismo-leninismo de nuestra época, como la más alta y viva expresión del marxismo-leninismo de nuestro tiempo” (Bandera Roja, N° 8, 1966). En otras partes se dice que “ningún genio maligno podrá sustraerse finalmente a la luz del pensamiento de Mao Tse-tung, a la luz del Partido” (Remnin Ribao, 24-6-1966).
¡Hay que remontarse a los últimos años de la vida de Stalin, “el corifeo de la ciencia” como lo apodaban los aduladores hacia 1949-1952, para reencontrar tanto bombo dado a los conceptos de un líder que quiere inspirarse en Marx y Lenin!
¿Diremos que la revolución cultural es una manifestación de las contradicciones que subsisten en toda sociedad en vías de pasar del régimen “capitalista” al “socialista”?
Entre las obras de Mao —a las que explícitamente se remiten los editoriales que hacen de su pensamiento la actual cumbre del marxismo-leninismo—, además de “La Democracia nueva” (1940) y “Las Intervenciones en las charlas sobre la literatura y el arte” en Yenan (1942), existen dos que están ligadas a los problemas de la solución a las contradicciones del régimen socialista: “De la justa solución a las contradicciones en el seno del pueblo” (1957) y “Discursos a la Conferencia Nacional sobre el trabajo de propaganda del Partido Comunista Chino” (1957). Se las cita abundantemente en el “librito rojo”. Las cuatro tratan de la ideología, de la literatura y de la cultura en período revolucionario.
El Diario del Ejército de Liberación (4 de mayo de 1966) recuerda también que los conceptos políticos e ideológicos de las clases derrocadas por la revolución siguen ejerciendo una notable influencia durante mucho tiempo: “El problema de saber quién triunfará dista mucho de estar solucionado en el campo de la ideología. Debemos conceder la mayor atención a la repercusión que la superestructura ejerce sobre la base económica como también a la lucha de clases en el campo de la ideología. Si la revolución socialista no gana en este campo, su triunfo en los frentes económico y político no puede consolidarse”. De ahí la necesidad de dirigir la lucha hacia el plano cultural. “Si el proletariado no ocupa los puestos culturales, la burguesía se encargará de hacerlo”, escribe el editorialista del Diario del Ejército de Liberación, el 18 de abril de 1966. Más aún, “la revolución socialista en el solo campo económico (propiedad de los medios de producción) no es suficiente en sí y no puede, por otra parte, ser consolidada de una vez por todas. Debe haber una revolución socialista y total en el campo político e ideológico. La suerte de la lucha entre el socialismo y el capitalismo sólo podrá decidirse al cabo de un larguísimo período” (Diario del Ejército de Liberación, 4 de mayo de 1966).
¿Diremos que la revolución cultural es una manifestación de las contradicciones que subsisten en toda sociedad en vías de pasar del régimen “capitalista” al “socialista”?
La revolución cultural es, pues, la lucha de clases en el interior de la China popular a nivel de la ideología y la cultura: opone el “pueblo”, las masas, a los “enemigos del pueblo” que “son hostiles a la edificación socialista”. Pone a plena luz una de las “contradicciones antagónicas” que subsisten después del derrocamiento del poder de la burguesía en China.
En 1957, al tratar sobre “la justa solución de las contradicciones en el seno del pueblo”, Mao Tse-tung estimaba que las contradicciones entre la clase obrera y la burguesía nacional (que acepta la transformación socialista), por antagónicas que sean, pueden transformarse en contradicciones no antagónicas, pueden resolverse de un modo pacífico”. Pero agregaba en seguida que, si no se practica una política correcta, o si la burguesía no acepta el socialismo, “las contradicciones entre la clase obrera y la burguesia nacional pueden transformarse en contradicciones entre nosotros y nuestros enemigos”.
¿Debemos pensar que Mao Tse-tung y sus partidarios, al asimilar la revolución cultural a una lucha de clases en el plano de la ideología y la cultura, están convencidos de que ya no se puede esperar un retorno a la contradicción no antagónica en este campo? O bien la teoría de la contradicción no antagónica, más taoista que marxista por lo demás, ¿no era acaso sino una concesión verbal a la época? O tal vez, guardadas todas proporciones, ¿es preciso asimilar la revolución cultural china a las purgas stalinianas de los años 1936-1938, en la medida en que ambas atacan a miembros del partido, acusados o de burgueses o de estar en connivencia con elementos extranjeros —en ambos casos, miembros del partido opuestos a la línea general—?
Pero, habiendo asistido en las últimas semanas a la lucha desatada entre “rebeldes revolucionarios” maoistas y antimaoistas ¿podemos decir que la revolución cultural es la expresión de la lucha por el poder en la China Popular?
Algunas reflexiones de los editorialistas parecen inclinarse en este sentido. “La lucha entre el proletariado y la burguesía en el frente ideológico es, en último término, una lucha por el poder”, escribía el Remnin Ribao del 1º de junio de 1966. ¿No le dan la razón los recientes acontecimientos de enero de 1967? El llamado al Ejército de Liberación para acabar con los anti-maoístas parece indicarlo.
¿Quiénes son estos anti-maoístas acusados de tomar el camino del capitalismo? Si se dejan de lado los excesos a que se entregan los “rebeldes revolucionarios” y sus opositores, parece que se podrían caracterizar como sigue los dos grupos opuestos.
Los anti-maoístas, a quienes se reprocha de “orientar la lucha política seria por las vías del economicismo”, parecen preocupados ante todo de la producción y de su aumento poniendo en marcha “estimulantes materiales” tales como el aumento de los salarios con efecto retroactivo. Se han opuesto a la línea general de la revolución cultural suscitando huelgas en los servicios urbanos de electricidad, agua y transporte, en los puertos (por ejemplo, en Shangai a principios de enero). Esto es al menos lo que refieren los comunicados de los “rebeldes revolucionarios” maoístas. Si creemos a estos últimos, quiere decir que los defensores del “economicismo” ya han entrado por el camino del revisionismo kruschevniano, estigmatizado desde hace varios años por la prensa comunista china y por el “librito rojo”.
Por su parte, los partidarios de Mao, los “rebeldes revolucionarios”, están animados por la voluntad de preservar a la sociedad china actual de la rutina y de la burocracia desarrollando el igualitarismo, el sentido y el respeto hacia las masas y el sentido de la audacia. Quieren mantener y desarrollar la pureza revolucionaria del Partido y de la sociedad china apartando de ellos todo lo que pudiera detenerla: rechazo de los antiguos valores y obras, ruptura con la ética tradicional de Confucio, rechazo a los estimulos materiales para intensificar la productividad del trabajo. A pesar de sus recientes éxitos, la economía china no puede permitirse el empleo de este método que sabe demasiado a “capitalismo”. La nueva sociedad china se construirá a través de la austeridad y del estímulo del ardor político.
Esto era lo que subrayaba, desde el 1º de junio de 1966, el editorial del Remnin Ribao. “La revolución cultural proletaria pretende destruir por completo el pensamiento, la cultura, los hábitos y costumbres antiguos que fueran utilizados por las clases explotadoras a través de milenios para envenenar al pueblo, y crear y desarrollar entre las numerosas masas populares un pensamiento, una cultura, hábitos y costumbres totalmente nuevos”. La revolución cultural se esfuerza por modelar o remodelar la vida de cada cual y espera lograrlo rápidamente “si movilizamos plenamente a las masas y aplicamos una línea de masa”. Es verosímil, en efecto, que a pesar de todas las campañas anteriores de adoctrinamiento, la totalidad de los chinos no haya adherido todavía a los conceptos de Mao Tse-tung y que se producen no pocos malentendidos. Esto es lo que demuestra, a su manera, el modo en que han reaccionado muchos campesinos y aún obreros en numerosas provincias, frente a los Guardias Rojos y a la revolución cultural.
Al término de estas breves notas, la revolución cultural en curso no aparece como un fenómeno ligado a la guerra del Vietnam y a la presencia de los americanos en Asia —aunque estos dos acontecimientos le podrían dar un carácter de mayor urgencia—. Tampoco se inscribe únicamente en el marco de la disputa chino-soviética que comenzó subterráneamente hacia 1958 y públicamente en 1960 —aunque pretenda preservar la revolución china del “revisionismo a lo Khruschev”, como lo señala el “librito rojo” de Citaciones del Presidente Mao Tse-tung—.
La revolución cultural en curso no aparece como un fenómeno ligado a la guerra del Vietnam y a la presencia de los americanos en Asia —aunque estos dos acontecimientos le podrián dar un carácter de mayor urgencia—.
Seguramente la revolución cultural tampoco va dirigida contra los “capitalistas” chinos (en el sentido preciso de la palabra). Parece más bien referirse al Partido mismo o más exactamente a una fracción de sus miembros (altos o medianos dirigentes y otros). Es una contradicción que ha llegado a ser “antagónica” entre éstos y las masas que han recibido mandato (particularmente los jóvenes, reunidos en los destacamentos de los Guardias Rojos) para depurar el Partido de los opositores a la linea trazada por Mao Tse-tung. En este llamado a las masas es donde reside su originalidad en relación a otras campañas de rectificación y depuración. ¿Se terminará en una “desburocratización” de la sociedad revolucionaria china? Aún es prematuro para decirlo, ya que el haber lanzado una campaña de tal amplitud y violencia no deja de tener grandes riesgos para el futuro. Y nadie sabe cómo y por qué medios se volverá a constituir la sociedad china cuando la fase actual de la revolución cultural haya perdido su dinamismo.
La revolución cultural es una de las etapas de la construcción de una sociedad comunista igualitaria. La Decisión del 8 de agosto de 1966 hace alusión a esto cuando declara: “Es necesario aplicar un sistema de elección general, semejante al de la Comuna de París, para elegir a los miembros de los grupos y de los comités de la revolución cultural y a los representantes ante los Congresos de la revolución cultural”.
A causa de su audacia en “movilizar plenamente a las masas” y desatar sus energías, los “rebeldes revolucionarios” han visto que la campaña de destrucción de los antiguos conceptos, aún existentes, para implantar el reinado del “pensamiento de Mao Tse-tung” se ha transformado en una lucha política por el poder —al menos, en los niveles superiores del Partido y en algunas provincias— y ha traído consigo una seria desorganización de la economía y una ola de nacionalismo (o de xenofobia) frente al extranjero, ya sea ruso o francés.
¿Se podrá apaciguar fácilmente a estos antiguos “demonios” de la sociedad china, ahora que han sido desatados en una población largo tiempo despojada y humillada por los señores de la guerra locales o extranjeros y a la que se ha asignado una misión mundial: difundir “el pensamiento de Mao Tse-tung”?
Henri Chambre S.J. escribe desde L’Action Populaire, París.