Mayo, 1962: «La encrucijada»

Bajo la firma de José Gorbea, el Comentario Nacional es dedicado a “la encrucijada de grandes decisiones” que, en lo político, enfrentaba el país. El texto alude a lo que representan los partidos de mayor importancia —Democracia Cristiana, Partido Socialista y el Frap, principalmente— y los desafíos políticos del momento.

Chile está en uno de esos momentos en que una comunidad nacional debe afrontar una encrucijada de grandes decisiones y redefinirse a sí misma para un período histórico importante.

Este es un hecho que no puede ignorarse, aún por los que se niegan a entenderlo. No hay manera de evitarlo, ni existen “trucos” que puedan superarlo.

Chile es parte de América Latina, del Hemisferio Occidental, del Occidente y de un mundo en que está el África, y el Asia, un mundo en que todos los hombres y todas las comunidades nacionales viven el mismo drama.

El impacto permanente del proceso científico tecnológico-industrial y del crecimiento demográfico es tan intenso y acelerado, que la necesidad de profundos reajustes en la vida económica, social y política es un imperativo universal.

Y este proceso vertiginoso es tan complejo y general, afecta de tal modo todas las formas de la vida de todos los hombres (salud, habitación, trabajo, familia, educación, ciudadanía, cultura, religión), que no existe ninguna manera de dominarlo en la libertad, si no es mediante la iniciativa y participación principal y responsable de todo el pueblo en todas las decisiones y en todos los bienes de la vida social.

Terminó el tiempo de los Príncipes visionarios y creadores que podían asumir en sus personas las decisiones y el destino de una comunidad. Terminó el tiempo de las minorías ilustradas capaces de representar lo mejor de una nación, para dirigirla y engrandecerla. Hoy la autoridad no tiene más alternativas que ser despótica, en un grado creciente, o ser popular, también en un grado creciente.

O la comunidad llega a tener una conciencia y una responsabilidad continua y general de su propia dirección, o tiene que entregarse a cualquier tipo de despotismo estatista.

El que la Francia de De Gaulle haya tenido dos referéndums o plebiscitos decisivos en menos de cuatro años no es un fenómeno solamente francés. Ni los Estados Unidos, el país más rico y poderoso de la tierra, al elegir Presidente cada cuatro años y tener elecciones decisivas cada dos, representa un fenómeno sólo norteamericano. Tampoco es solamente inglés el valor que tienen, en estos días, en Inglaterra, las elecciones complementarias en que el pueblo parece estar demostrando, con creciente claridad, una nueva tendencia y planteando, probablemente, la necesidad de una próxima disolución del Parlamento y de elecciones generales.

O la comunidad llega a tener una conciencia y una responsabilidad continua y general de su propia dirección, o tiene que entregarse a cualquier tipo de despotismo estatista.

Todo esto no es más que la realidad del esfuerzo por vivir la democracia en libertad, que es un diálogo permanente, dramático, decisivo y respetuoso entre la totalidad del pueblo y la autoridad. Y no es un diálogo formal y académico, sino un dialogo vivo sobre cuestiones de vida o muerte.

Por otra parte, el mundo socialista y la misma Cuba que tanto nos alarma no son un capricho, como no son un capricho las dictaduras más o menos militares y los despotismos oligárquicos de Latino América, del Medio Oriente y del Sud Este de Asia. Son la otra alternativa. Superficialmente, podemos confundirnos con el neutralismo nacionalista de algunas dictaduras y con el “anticomunismo” de ciertos regímenes despóticos. Pero, en realidad, forman parte de la alternativa antilibertaria tiránica en la cual el marxismo-leninismo predomina hoy, con la fuerza abrumadora de su eficacia en los métodos de la dictadura y del totalitarismo estatal.

NUESTRA ENCRUCIJADA

Chile no escapa a esta necesidad histórica universal. Debe redefinir su democracia y buscar el modo de hacerla más popular y general, o bien, resignarse al camino del despotismo estatal revolucionario o clasista y aún militar. Nada puede salvarlo o evitarle este imperativo: ni las combinaciones políticas internas ni la ayuda exterior. Nada puede reemplazar a su propia decisión y experiencia.

Aún antes que las reformas, el desarrollo económico y la planificación; más aún, como fundamento de estos cambios estructurales indispensables, el país debe decidir sobre la naturaleza y la dirección de su régimen político, para hacerse realmente capaz de realizarlos con coherencia.

Se ha hecho claro, en las últimas semanas, que la ayuda norteamericana de emergencia y la Alianza para el Progreso, o el crédito y la ayuda de Europa, no tendrán para nosotros el valor de librarnos de nuestro propio esfuerzo y de nuestra propia responsabilidad en el plano económico y en el social y el político. Incluso se ha hecho claro que esa cooperación internacional no vendrá en forma suficiente, sino en la medida en que el país adopte sus grandes e inevitables decisiones.

Además, el naufragio final de las concepciones económicas en que basó su política el Ministro Vergara asigna a la situación actual un clima de angustiosa urgencia.

Esto se ha reflejado ya en nuestra política. El Frap ha proclamado ya su voluntad de conquistar el poder y de dirigir a Chile bajo el signo de la revolución socialista. Los partidos de la Derecha no aparecen con voluntad de reconquistar el poder. Y el propio partido mayoritario, el Partido Radical, se ha orientado más a buscar una alianza general contra el Frap, con la Derecha y la Democracia Cristiana, que a plantear una concepción de régimen político, social y económico de Chile en nombre de la cual se deba conquistar el poder.

El plan liberal de una lista única antifrapista de candidatos presidenciales, sin compromisos políticos, excepto el anticomunismo, de la cual sería elegido el candidato con más alta mayoría individual, revela extrema alarma frente al posible avance del Frap.

Por su parte, el Partido Demócratacristiano ha adoptado la decisión quizá más trascendente y más cargada de consecuencias de esa colectividad para el próximo futuro político de Chile. La línea definida en la Junta Nacional del P.D.C. del domingo 25 de marzo contiene tres elementos que deben ser considerados en toda su gravedad:

LA DECISIÓN DEMÓCRATACRISTIANA

1°.— Una candidatura presidencial demócratacristiana para 1964; esto es, plantea independencia frente a la campaña de 1964;
2°.— Un programa de “ruptura” y “substitución” del actual régimen económico-social, como objetivo de la conquista del poder;
3°.— El rechazo de toda combinación defensiva antifrapista o anticomunista.

En los últimos tres años, el Partido Demócrata Cristiano ha venido definiendo en forma cada vez más amplia e integral su incompatibilidad no sólo ideológica, sino también económica, sociológica y política con el régimen vigente en Chile.

La posición de “ruptura y substitución” ha sido así definida en forma negativa, hasta ahora. Es cierto que la definición básica del P.D.C. exige el régimen de derecho, la libertad política y la consulta popular directa y amplia; pero no hay duda de que esta posición coloca al Partido en la urgencia y en la responsabilidad de definir positivamente el significado de la “ruptura”, así como los rasgos esenciales del nuevo régimen que ha de substituir al actual.

LAS ALTERNATIVAS

De este modo, las alternativas de despotismo y democracia se están jugando simultáneamente en todos los sectores de las estructuras políticas de Chile.

En la actual combinación de Gobierno y en las formas de poder social que ellas representan, se manifiesta en el diálogo interno entre la tendencia hacia una política defensiva y aún represiva frente a la extrema izquierda y la tendencia a reformas sociales y económicas suficientemente amplias como para superar la amenaza de la revolución izquierdista.

En la Democracia Cristiana se manifiesta en la adopción de la posición de “ruptura y substitución” del régimen económico, social y político de Chile, dentro de la cual deben ser redefinidas cuestiones tan vitales como la continuidad esencial del régimen de derecho; la libertad política y económica en el período de ruptura y transición hacia la substitución, y el papel del Estado, tanto en ese período, como en el nuevo régimen.

En el Frap, se manifiesta a través de un complejo conjunto de cuestiones que van desde una revolución legal y pacífica, con admisión de otros sectores políticos, incluso a una colaboración constructiva (y aún gubernativa), hasta la revolución marxista clásica.

Quizá nunca el electorado chileno se había visto más claramente en la posibilidad y en la responsabilidad, no sólo de elegir entre estas tres posiciones, sino de imponer dentro de ellas, la dirección de la libertad y de la democracia.

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