Mayo, 1968: «Martin Luther King»

El pastor bautista líder de los movimientos por los derechos civiles —y ganador del Nobel de la Paz en 1964— es asesinado en abril de 1968. Promovía la resistencia no violenta, inspirada en gran medida en las ideas de Mahatma Gandhi. Ese fue el tema del extenso editorial de Mensaje N.° 168.

No basta llorar, lamentarse, gemir. No basta buscar al culpable, acusar y castigar. Sobra gritar a la venganza y despertar —desde el fondo de la historia y del instinto— la vieja, terrible y sombría Ley del Talión. Es demasiado fácil ensañarse contra la nación de Lincoln para denunciar en ellos una corrupción que tal vez no queramos reconocer en nosotros. Acusando a un homicida, individuo o sociedad, nos tranquilizamos como si fuéramos inocentes. Pero el pecado sigue merodeando en nuestros contornos humanos, hasta que otro de sus temibles estallidos vuelva a poner ante nuestros ojos atónitos la imagen del hombre que somos bajo los rasgos del asesino.

La muerte del inocente nos declara a todos culpables. Sócrates bebió la cicuta de las manos de su pueblo de Atenas. Pero su Apología es nuestra propia acusación. Jesús fue crucificado por el odio de algunos judíos y la acción de militares romanos. Pero su Evangelio, que no cumplimos, señala nuestra deuda, irrecusable.

La muerte del inocente nos declara a todos culpables.

En estos días ha muerto un hombre bueno. Uno que amó y luchó por el amor. Esa muerte nos recuerda y nos advierte de algo duro: que no somos capaces de aguantar entre nosotros al amor cuando éste es demasiado noble y no sabe claudicar ante los cálculos razonables.

Pero no es sólo una advertencia. Es también una esperanza. La muerte es el sello de lo absoluto. Cuando alguien la ve venir, la encara y la acepta, entonces la ramplonería y el menudo detalle de nuestras propias vidas nos avergüenzan. Cuando alguien la presenta como la secuencia inevitable de una lúcida y firme decisión de vida —la de jugarse por el amor—, entonces comprendemos de pronto que estamos en presencia de algo más grande que la aventura sin futuro, que la sensibilidad y la emoción. Cuando alguien ha muerto por afirmar que en el hombre —tan fugaz y pasajero como parece— hay algo incondicionalmente respetable y digno de amor, entonces comenzamos a entrever a lo Absoluto en toda su inconmensurable estatura. Quizás si en esa muerte se guarde el secreto de una vida, de la Vida…

***

“Si un día me encuentran tirado muerto, no quiero que tomen venganza ni siquiera con un solo acto de violencia. Les urjo a que continúen protestando con la misma dignidad y disciplina que han mostrado hasta ahora”.

Martin Luther King se expresó así en una concentración de masas en Montgomery (Alabama) en 1956.

Después de su muerte, esta frase, que sin duda muestra un alma grande, podrá ser criticada por sus contradictores, tanto moderados como extremistas. Pedir la no-violencia y llamar a la acción directa es una ilusión —dirán los primeros; si se quiere la paz hay que contentarse con una acción más lenta y moderada—. Al contrario, los extremistas acusarán a la acción directa no-violenta de quedarse a medio camino, de no ser suficientemente consecuente y eficaz. Vale la pena que examinemos estas objeciones

TENSIÓN Y NO-VIOLENCIA

“Las acciones de no violencia sólo pretenden llegar a las negociaciones: crear tal tensión que las acepten aquellas comunidades que constantemente las habían rechazado”. “Crear tensión… confieso que no me asusta la palabra. Con sinceridad he hablado y predicado contra la tensión violenta; pero hay una no violenta que es necesaria para el progreso. Tal como Sócrates la estimaba necesaria para el desarrollo de la mente, es indispensable crear en la sociedad esta tensión que ayude a los hombres a elevarse de las profundidades de los prejuicios y racismos a las alturas de la comprensión y hermandad”. “Quienes estamos ahora empeñados en estas acciones no somos los creadores de la tensión: solamente la hacemos aflorar para que se la reconozca y se la trate”.

Marchas, “sit-in”, boycotts hacían aflorar esta tensión. Un grupo de negros llegaba, por ejemplo, a un restaurant reservado a los blancos —“for members only”—. Se sentaban y pedían consumos. Estos les eran negados y se les invitaba a abandonar el local. Obedeciendo a la consigna, los negros permanecían en sus sitios. A veces se seguía la expulsión de los negros por parte de los clientes, del personal o de la misma policía.

Actos como éstos, repetidos cientos de veces por grupos cada vez más numerosos de negros, afirmaban en ellos la conciencia de un derecho que se les negaba injustamente: el de ser simplemente hombres; es decir, el hallarse unidos con los blancos en una solidaridad superior a la de la raza. Al mismo tiempo, esta conciencia se expresaba activa y dramática ante el grupo de los blancos. Se les exigía a éstos el reconocimiento. Sin esta exigencia, los blancos no hubieran llegado tal vez nunca a darse cuenta de que ser hombre era mucho más que ser blanco. Al exigirles un reconocimiento, los negros prestaban a los blancos el punto de apoyo necesario —resistente y fuerte— para que éstos se elevaran por encima de la particularidad biológica en que los encerraba la pertenencia a una raza. Mirada desde este ángulo, la tensión provocada por la acción directa no-violenta de King no consistió sólo en la afirmación de los derechos de los negros, sino en un esfuerzo para que el hombre blanco fuera más hombre. Porque quien niega a otro sus derechos por causa de su raza, se está negando a sí mismo como hombre. King luchó para suprimir esta negación. Haciéndolo, se esforzaba por darle a todos la oportunidad de acceder a la vida de la conciencia y del espíritu.

Quien niega a otro sus derechos por causa de su raza, se está negando a sí mismo como hombre.

Pero da la impresión de que a veces el hombre se resiste a ser espíritu. Así sucede cuando un grupo social es “masa”. Este grupo vive en el nivel del instinto; se conserva y perpetúa biológicamente. La convivencia es un equilibrio de fuerzas. Gracias a él se mantiene entre los individuos un débil torrente vital incapaz de desbordarse hacia afuera y de asimilar nuevos elementos sin desagregarse a sí mismo. En tales circunstancias, la conciencia que emerge de pronto desde adentro o se impone desde afuera es experimentada como una amenaza. Por esto se la quiere acallar. No disponiendo de una fuerza superior a ella, se la reduce a silencio mediante la violencia brutal.

Martin Luther King previó y constató esta violencia. ¿Habría sido más prudente que abandonara entonces sus métodos de acción directa? Así se lo aconsejaron gentes por otra parte bien intencionadas. Pero lo que éstos no veían era que abandonar la acción directa significa renunciar a la gran tarea de despertar la conciencia, es decir, la de ayudar al nacimiento de una humanidad de mayor envergadura.

¿INEFICACIA DE LA NO-VIOLENCIA?

Cuando se busca la eficacia, la objeción es otra. Llega un momento en que la insatisfacción del grupo oprimido es demasiado grande. Se hace entonces muy costoso resignarse a plazos. Se desea una acción cuyos resultados sean tangibles. Planteado en términos de lucha, el resultado que se espera es la victoria del grupo al que se pertenece. Desde este punto de vista, la no-violencia de King parece nuevamente —pero inversamente— criticable. ¿No insistía él siempre en que su movimiento buscaba “la justicia y la reconciliación, no la victoria?”.

Esta dificultad fue real durante la vida de King. Desde hace dos o tres años, el líder de la no-violencia parecía ir perdiendo popularidad, al paso que la iban ganando otros jefes, más jóvenes, más impacientes y que declaraban no retroceder ante los métodos violentos, únicos que en último término les parecían eficaces.

Pero, ¿es tan cierto que King no pretendiera ser eficaz y que su acción no consiguiera resultados apreciables?

Acción no-violenta no significaba para él dejar para el mañana o para la eternidad la obtención de las metas. King estaba urgido por el tiempo: “Francamente, debo confesar —escribía en su Carta desde la cárcel de Birmingham— que nunca he estado comprometido con un movimiento de acción directa que no haya sido estimado ‘inoportuno’ según el ‘horario’ de aquéllos que no han sufrido la enfermedad de la segregación. Por años he escuchado ‘¡espera!’, grito que resuena en los oídos de todo negro y que ha llegado a significar: ‘¡Nunca!’”. “Esperaba que los blancos moderados hubieran dejado de lado el mito del tiempo… la idea irracional de que con el simple correr del tiempo se enderezarán todos los males. En realidad, el tiempo es neutro y puede ser usado para construir o destruir. Estoy llegando a la conclusión de que la gente del mal usa del tiempo mucho más efectivamente que el pueblo del bien. Debemos usar del tiempo para crear y convencernos de que en todo momento está maduro para hacer el bien”.

Acción no violenta no significaba conformismo legalista: “Había esperado que los blancos moderados comprendieran que la ley y el orden existen con el propósito de establecer la justicia y que, cuando eso falla, se convierten en peligrosos diques para el progreso social”.

Acción no-violenta no significaba tampoco excluir toda presión y dedicarse a la sola prédica moralizante o a pedir por favor: “La historia es larga y repetida la experiencia de que los grupos privilegiados muy pocas veces renuncían voluntariamente a ellos… que los opresores nunca conceden voluntariamente la libertad; ésta debe ser exigida por los oprimidos”. Y da la razón de ello: “Los individuos como tales pueden recibir iluminación moral y cambiar de actitud; pero los grupos son mucho más inmorales que sus componentes”.

Por último, al pretender con la acción no violenta que se despertara la conciencia de la opresión de los negros, no imaginaba de ninguna manera que bastara una “conciencia infeliz” deshecha en lamentos. Él definía su método no solamente de manera negativa —“acción no-violenta”— sino positivamente como una “acción directa”. La primera de sus resonantes actuaciones fue un boycott a la empresa de transportes colectivos de Montgomery, cuya eficacia se debió en último término a haber logrado mover resortes económicos. Más aún, en estos últimos años Martin Luther King parece haber evolucionado hacia un realismo cada vez mayor. Aunque mantiene las marchas y boycotts, acentúa como más importante la tarea de la organización del pueblo, con miras a constituir “unidades de poder”, sea de tipo político (como programas de registro electoral y ligas de votantes) sea de tipo económico (como pactos colectivos y cooperativas conducentes a producir poder financiero).

Así desmitificada, la no-violencia propugnada por King excluía entonces solamente la violencia dirigida a la vida humana. Pero, ¿por qué? Esta pregunta nos lleva a plantearnos nuevamente la objeción de los “moderados”, buscando superar también, al darle respuesta, la objeción última de los “violentos”.

UNA VIOLENCIA MÁS COSTOSA

El ideal de no-violencia predicado y practicado por King pareció fracasar con su muerte. Dos conclusiones divergentes pueden ser sacadas de esta apariencia: los moderados dirán que toda acción directa, encaminada a una toma de conciencia rápida de la urgente necesidad de cambiar el estado de cosas injusto pero (aparentemente) ordenado, corre inevitablemente a la violencia: ¡alto, pues, con las proclamas revolucionarias! Los violentos, por su lado, ya han sacado la consecuencia inversa: dado que la no-violencia murió, no queda más que empuñar la pistola y matar.

El ideal de no-violencia predicado y practicado por King pareció fracasar con su muerte.

Antes de tomar partido por una de estas dos posiciones extremas, se impone plantearse al menos dos preguntas: ¿por qué la no-violencia no prende? y, ¿qué significa el “fracaso” de la no-violencia?

Que la no-violencia no prenda parece mostrarlo la disminución ya aludida de la popularidad de King en estos últimos años, como también la enorme dificultad varias veces experimentada por él mismo para contener la ira de las masas y, sobre todo, el hecho de que la violencia dormida se ha sobresaltado con furia después de la muerte del jefe no-violento. Es posible, en efecto, que la no-violencia no prenda nunca en el hombre masa, porque es un ideal tremendamente exigente y pide un coraje fuera de lo común. Tal vez el coraje de la fe.

Uno de los pasos básicos de todas las campañas de King, después de haber investigado la realidad de las injusticias y de haber procurado negociar, era el de la autopurificación de los integrantes del movimiento. Debían estos preguntarse una y otra vez: “¿Somos capaces de aceptar golpes sin devolverlos? ¿Somos capaces de aguantar la cárcel? ¿Somos capaces de presentar nuestros propios cuerpos como manera de exponer nuestro caso ante la conciencia local y nacional?”. Sólo después de haber dado este paso se podía emprender la acción directa.

Pero dar este paso es ir más allá de los principios clásicos de la defensa propia. Martin Luther King fue más allá. Después de un atentado a la bomba contra su casa a raíz de los incidentes de Montgomery en 1956, él y su mujer decidieron deshacerse del arma que poseían y rehusar el guardaespalda que se les había sugerido. ¿Qué significa esta actitud?

Defenderse es afirmar su propia vida contra la amenaza de otro. Nadie duda de la legitimidad de esta defensa, aun cuando ella tenga que llegar hasta la violenta supresión del atacante. Pero lo que sucede es que en ciertas ocasiones hay algo más que defender que la propia vida. Así lo pensó para sí Martin Luther King.

En efecto, quien ataca violentamente a alguien que sin violencia desea despertar en todos una conciencia humana más honda es precisamente uno de aquéllos que no poseen todavía esta conciencia; es uno que se afirma a sí mismo en el sólo nivel de la vida biológica o en el de los privilegios personales y de grupo; uno que se halla todavía en el plano de “haber” y no en el del “ser” profundo, el del ser con el otro, el del ser comunitario y social. Defenderse de un tal atacante es bajar a su nivel, es aferrarse a lo mismo a que él se aferra, es darle la razón en querer continuar apegado a aquello que tendría que abandonar para acceder a una humanidad más verdadera porque más universal. No defenderse es, en cambio, en este caso, reconocer que hay una realidad que trasciende la propia vida; es reconocer en la causa de una comunidad sin barreras a un incondicionado y absoluto. Cuando alguien muere sin defensa por la violencia de otro, le entrega al otro la verdad parcial y superficial de la vida de un hombre, pero se lleva consigo la Verdad Total y Última.

Dar este paso es vivir en la fe. Y vivir en la fe no requiere menos sino más coraje que defenderse violentamente. Requiere el coraje de pasar por débil y de aceptar, en efecto, la suprema debilidad de la muerte. Pero, al aceptarla, la fuerza del hombre se despliega en su suprema tensión. Porque no se contenta entonces con afirmar lo obvio de la existencia —la vida dentro de ciertos límites, los del yo individual— sino que la afirma más allá de todo límite.

Evidentemente, es difícil que prenda este ideal de la fe en el hombre-masa que somos todos nosotros. Vivimos lo más del tiempo al ras de nuestros instintos inmediatos y de corto alcance. Seguramente la historia real se hace bajo la presión de estos instintos. Pero tal vez por eso camina ella tan lentamente en la adquisición de calidad, profundidad y verdadero valor. Hemos avanzado mucho en términos de tecnología. Pero si existiera una paleontología de la vida moral que nos permitiera compararnos en este punto con el hombre primitivo, descubriríamos quizás que nos hemos quedado pasmosamente estacionarios en la manera de abordar al semejante.

Vivir en la fe no requiere menos sino más coraje que defenderse violentamente.

Sin embargo, la historia avanza también en otra dimensión que aquélla en que se alinean las fechas de guerras, destronamientos e invenciones. Ella avanza en la dimensión del espíritu. Hay hombres que descorren de pronto el velo de inmensos paneles donde se hallaba oculto el sentido de la vida. Lo que la historia debe a estos hombres se hace visible sólo muy lentamente y no llegan a verlo plenamente sino aquéllos que, recogiendo la herencia del espíritu de entre las ruinas de las épocas, llevan adelante la antorcha que permita a otros hombres una existencia más feliz sobre esta tierra. Sólo si esta dimensión del espíritu fuera una ilusión se podría hablar de fracaso en la vida de Martin Luther King.

MIRANDO HACIA EL FUTURO

Sin embargo, la acción directa no-violenta no es un método siempre y universalmente aplicable. Lo que este método supone para ser eficaz es que aquellos contra los cuales se ejerce (pues de todos modos se ejerce contra alguien, persona o grupo) desean finalmente vivir y convivir como hombres, aunque por razones de prejuicios, tradición social, cortedad de miras e intereses económicos se hallen actualmente en la condición del opresor. Es cierto que aun en estos casos —como lo hemos dicho— no queda excluida la posibilidad de una defensa violenta por parte de los intereses creados. Martin Luther King cayó como mártir, víctima de esta defensa. Y su muerte es un llamado que aun sus oponentes son capaces de entender.

Pero muy otro es el caso en que el opresor no es ya una masa de hombres menos conscientes de todas las exigencias de la vida en común, sino un hombre o grupo que ha hecho de la opresión un sistema cerrado, monolítico, poderosamente defendido y sistemática e implacablemente desplegado. Casos como éste han existido y existen. Pensamos, por ejemplo, en el régimen nazista de Hitler y, actualmente, en el Haití de Duvalier. En estos regímenes, un grupo se ha adueñado de todo el poder económico, político, policial y militar para ejercerlo no con miras a la convivencia de todos sino en provecho de unos pocos. Todo diálogo se ha vuelto imposible, porque el grupo en el poder se ha separado de la comunidad a la que debería servir. Cualquier resistencia no-violenta —que supone la posibilidad del diálogo— es aniquilada bajo el cañón del tirano. Los hechos de sangre son una rutina, y sus fautores reciben salario por su “trabajo”. En estas condiciones, el martirio, reconocido como tal por la sola comunidad de los oprimidos, no es para los déspotas sino la aniquilación de una resistencia más y un aumento de su fuerza.

¿En cuál de estos casos nos encontramos en la mayoría de los países de Latinoamérica? Si hay que creer a los que actualmente llaman tan fácilmente a la violencia, pareciera que en el segundo. Dicen ellos que es lo único eficaz y aducen como ejemplo el caso de Cuba. Pero ¿se hallan todos los países latinoamericanos en las mismas condiciones que Cuba antes de la revolución, donde el enemigo político se había excluido definitivamente de las condiciones del diálogo? Por otra parte, es cierto que muchos de los caminos no-violentos que se han ensayado para resolver los problemas del sub-desarrollo parecen quedar por debajo de algunos resultados cubanos. Pero, ¿se los ha andado con toda la resolución, la audacia, la imaginación y el vigor posibles? ¿Se han tratado de veras de imantar y organizar al pueblo en una acción de gran envergadura? ¿Se ha sido lo suficientemente firme para anular el efecto negativo de los intereses económicos de las oligarquías nacionales y extranjeras? Hay muchas formas de “violencia” que siempre serán necesarias cuando las injusticias sociales se enraízan en intereses económicos; formas de violencia que, sin tener nada que ver con un “pacifismo” a ultranza, ni con un legalismo conservador, ni con el temor a la lucha, respetan sin embargo la vida y la conciencia humana, es decir, respetan en el “enemigo” político aquello que éste puede llegar a ser, aunque no lo sea todavía. Aún no se han ensayado suficientemente estas formas de “violencia”. Mientras no se lo haga, los llamados a la violencia del paredón y de la guerrilla serán irresponsables.

Tememos que muchos de los slogans de violencia que circulan por Latinoamérica estén abusando del romanticismo de la juventud y de la buena voluntad del pueblo. Tememos que se esté distrayendo de su verdadera tarea un enorme caudal energético y creador para lanzarlo en pos de una quimera. Tememos que los líderes fáciles de la violencia carezcan de la altura moral y aun del equilibrio psicológico de un Martin Luther King. Tememos que hasta el sadismo y las variadas formas de las frustraciones neuróticas tomen el liderazgo de una acción que, entonces, se volvería caótica. Tememos que hombres incapaces de construir busquen el sentido de sus vidas en la destrucción, sin pensar que se trata sobre todo de crear para el mañana, una convivencia en que las diferencias sean asumidas en una unidad superior.

Tememos que muchos de los slogans de violencia que circulan por Latinoamérica estén abusando del romanticismo de la juventud y de la buena voluntad del pueblo.

Muchos de los que encaran la vía violenta de la guerrilla como la única posibilidad restante no lo hacen sin duda movidos por estos mezquinos y oscuros intereses. Pensamos, por ejemplo, en el idealismo y nobleza de un Camilo Torres y un “Che” Guevara. Más aun, puede ser, reiteramos, que en algunos casos haya que llegar a esta última forma de violencia porque el “enemigo” la practica también de otra manera, solapada o abiertamente, y, bajo la apariencia de un orden establecido, se niega en realidad a todo diálogo humano. Pero decidir la violencia guerrillera no puede ser asunto de corazonada. Aun cuando se difiera momentáneamente una acción que parece urgente, vale la pena tomarse el tiempo necesario para un análisis severo. Dedicarse a este análisis no es malgastar energía e idealismo creador. Pues no se trata, ante todo, de dar salida explosivamente a los sentimientos sino de aplicar mente, corazón y brazos a la tarea de construir la sociedad del futuro. Por el contrario, mucha energía se consume de manera irreparablemente inútil cuando los conflictos humanos se desencadenan en el nivel de la fuerza bruta. Y se corre, además, el gran riesgo de que las ruinas humeantes del odio tarden en ser reparadas mucho más tiempo que el que se empleó en acumularlas. Nadie que crea en el hombre podrá, pues, decidir la lucha a muerte con su hermano el hombre, sin un tremendo y sincero dolor y después de haber agotado todos los recursos de otras luchas.

Advertencia: de que la brutalidad se halla como brasas de rescoldo en el fondo de todo hombre.

Esperanza porque, aun cuando se desencadene la violencia, existirán siempre en nuestro mundo hombres capaces de reconocer en el hombre a un Absoluto y que, mediante ello, prepararán la llegada de una vida más fraternal sobre la tierra.

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