En la intensa contienda entre Salvador Allende, Jorge Alessandri y Radomiro Tomic hubo expresiones de irracionalidad, según evaluó Mensaje: “Resulta a veces difícil contradecir a quienes anuncian que nuestro sistema democrático de elecciones no es sino una farsa”.
Durante este año 1970, la gran masa del pueblo de Chile dedicará parte de su tiempo a elegir un nuevo Presidente, unos pocos dedicarán casi todo su tiempo a ese mismo propósito.
Es, quizás, que para los pocos significa mucho y para los muchos poco.
Planteadas ya las tres alternativas para 1970, ¿qué comunicación efectiva es posible entre estos dos grupos? ¿Cuáles son los canales de comunicación de que disponen? ¿Cómo los usan? ¿Qué se pretende lograr a través de ellos?
Antes de entrar a analizar los canales de comunicación y su uso en un período de elecciones, es preciso que determinemos si este proceso se dirige a un hombre políticamente racional. De manera muy simple podemos caracterizar al hombre racional como aquél que está permanentemente abierto a nueva información, no importando si esa información le es favorable o desfavorable. Esto significa que estaremos en presencia de un hombre que de manera activa, por iniciativa personal, buscará la manera de informarse adecuada y ampliamente sobre los sucesos más importantes del momento. No será una búsqueda orientada hacia la confirmación de los propios prejuicios, sino abierta y honesta. Pero esto no es todo, ni es suficiente. El hombre políticamente racional deberá luego procesar esta información, resistiendo todas las presiones que tienden a minimizar las inconsistencias que ella pueda plantearle. Deberá, por lo tanto, ser capaz de percibir y tolerar inconsistencias en su búsqueda permanente por mayor y mejor información. Luego este ciudadano emitirá su opinión “independiente” y permanecerá atento a otras opiniones sobre el mismo hecho.
Son numerosos los estudios que demuestran que este hombre, racional e independiente políticamente, no existe como regla general ni en grado absoluto. No aquí en Chile, ni en ninguna otra sociedad política. Es un mito y, como tal, puede en ocasiones ser demagógicamente utilizado.
La imposibilidad de encontrar este hombre políticamente racional comienza en nuestra sociedad con la desigualdad ante los medios de información con que este se estrella, por razones económicas y culturales, por la poca objetividad, en general, en los medios escritos para comunicación masiva.
Sin embargo, el proceso de formación de opiniones políticas sigue normalmente un camino diferente del que hemos reseñado para el hombre políticamente racional. La gran mayoría de las “opiniones” políticas se originan en meras referencias sociales, el padre respecto del hijo, el sindicado respecto del sindicato, el contador respecto del gerente, etc., etc. Así se genera toda una dinámica que concluye con etiquetas favorables o desfavorables, con “opiniones” a favor o en contra, sin que exista una información adecuada que permita una opinión independiente. En la gran mayoría encontramos, entonces, más que opiniones superficiales “tendencias afectivas”. Estas tendencias afectivas son mantenidas a través de una información siempre parcial, que tiende a reafirmarlas, donde la información contradictoria es suprimida e ignorada. Normalmente la fuerza ignorada de estas tendencias efectivas yace en el subconsciente desde la época de la niñez y consiste fundamentalmente en el aflorar de valores fundamentales que en esa época se transmitieron a través de los padres. Un conjunto de tendencias afectivas de esta naturaleza, pueden llegar a ser presentadas como toda una ideología, para lo cual un determinado grupo se arroga la representación exclusiva de valores que pertenecen a todos por igual.
De manera clara, entonces, nos encontramos con que frente a una elección democrática la mayoría de los ciudadanos tiende a marcar sus preferencias de una manera “no racional”. Sin duda, los dirigentes de las diferentes candidaturas tienen ante sí dos posibilidades bien diferentes; la primera, fomentar la irracional apatía del ciudadano mayoritario, en la seguridad que es mucho más fácil manipular y transformar en objetos a miles de “tendencias afectivas” que dialogar seriamente con “opiniones”. La segunda alternativa que se presenta es usar el proceso eleccionario para intentar que el ciudadano realice una evaluación auténtica de su sociedad política y de la responsabilidad de “Sujeto” que a él le cabe en la elección de representantes para la conducción política del Estado. Las dos posiciones son muy distintas. La una puede producir altos dividendos en términos de poder para un grupo determinado, la otra un avance positivo hacia una democracia mejor.
Volvamos entonces a ver de qué medios disponen los pocos para comunicarse con sus muchos y qué tipo de comunicación es la que buscan.
Una primera forma tradicional en nuestra democracia y práctica usual en toda democracia está constituida por la organización de concentraciones masivas, en que el candidato se dirige personalmente a la concurrencia.
Este tipo de actos es usual a todas las candidaturas. El clima que rodea a estas concentraciones tiene para todos igual carácter.
En primer lugar, se trata de reunir a los ya partidarios de una determinada candidatura en una determinada región del país. Se prepara la reunión de tal manera, mediante la propaganda, discursos preliminares, rumores de última hora, etc., que se va creando un suspenso y un ambiente sicológico que permite en definitiva que cuando el candidato habla, exista la mayor irracionalidad posible en el auditorio. Se obtendrá así una identificación fácil y simple entre el ciudadano y el candidato. Luego, el candidato traspasará en su discurso los argumentos que le son más favorables, contribuyendo de esta manera a reforzar la adhesión de sus ya simpatizantes. Comunicará luego los argumentos que le parecen más fuertes e impactantes en contra de sus oponentes, entregando así a sus adherentes armas de fácil uso, en caso de que otros ciudadanos intenten modificar su decisión. Finalmente, estas concentraciones sirven para proyectar una imagen de triunfo, que pretende dar seguridad a los simpatizantes de la candidatura.
Debemos concluir que, si bien este tipo de actos es necesario durante un proceso electoral, está claramente orientado a una manipulación fácil del elector y en nada contribuye a su racionalidad.
Una segunda manera de comunicarse con los electores se encuentra en los medios de comunicación masiva, radio, revistas, diarios, televisión. Estos medios no son todos iguales, ni tienen tampoco igual significación. Existe para todos ellos, sin embargo, un proceso que en líneas generales es común y que emerge de la “no racionalidad” ya mencionada en el elector. Una vez que el ciudadano ha orientado sus “Tendencias afectivas”, evitará por todos los medios posibles que ellas entren en conflicto, para lo cual prestará una atención selectiva a los mensajes que se transmitan a través de los medios de comunicación masivos. Es decir, leerá aquellos argumentos que tiendan a confirmar su preferencia e ignorará aquellos que la cuestionen. Cambiará el televisor cuando no se encuentre en él el candidato de su preferencia, e igual cosa hará con la radio.
Aparte de esta similitud, marcada por el comportamiento ciudadano mayoritario, existen importantes diferencias entre estos medios de comunicación.
En las páginas de los diarios, el candidato aparece fotografiado en sus mejores momentos, en la radio sólo se le escucha su voz, mientras en la televisión debe aparecer tal cual es, salvo los aciertos o desaciertos de maquillaje común para todos.
Al analizar el uso que se realiza de estos medios de comunicación nos limitaremos a enfocar aquello que parece será el tema central en la pugna por intentar la racionalidad ciudadana o simplemente manipular su “no racionalidad”.
De diversas maneras, podríamos clasificar los hechos políticos que necesariamente buscan la irracionalidad y aquellos otros que buscan su racionalidad. Una vez más sólo tomaremos una clasificación que parece obvia dentro de nuestra actual campaña presidencial.
Dentro de la categoría de los llamados “peligros sociales” incluiremos aquellos tópicos que de una manera perfectamente conocida, tienden a producir reacciones irracionales que impiden una adecuada y democrática información.
En esta categoría se encuentra la explotación del comunismo como un peligro social que atenta contra valores por todos compartidos incluso —paradojalmente— por los militantes de ese propio partido. La religión es otro factor que tiende a despertar la irracionalidad. La violencia constituye otro peligro social, que puede ser explotada magníficamente para producir una sensación de caos que permite el uso fácil de un ciudadano aún más irracional, el que artificialmente se enfrenta a una situación que no logra comprender pero que atenta —le dicen— contra ciertos valores muy personales. Los hechos centrados sobre la persona de los candidatos o determinados grupos sociales también tienden a despertar irracionalidad en el elector. En fin, en este mismo sentido, se podrían señalar varios hechos políticos que son similares.
Por otra parte, el intento de transmitir programas concretos de futura acción política, de objetivizar los problemas que enfrenta la democracia chilena, de intentar seria y serenamente la búsqueda de causas y soluciones a problemas como la miseria, la violencia, y cualquier otro que sea de preocupación general, constituye intentos políticos que invitan a la racionalidad, a la participación, al análisis complejo y consciente de situaciones que son comunes a muchos países del mundo.
Es difícil, por otra parte, que estos dos tipos de hechos políticos se encuentren de manera pura y aislada en alguna de las candidaturas. Generalmente, encontraremos una mezcla de ambos tipos de acción, aun cuando en determinados momentos u órganos informativos prime claramente una de las posiciones. Podemos también predecir que, a medida que se acerque el día de la elección, habrá un mayor número de conductas y mensajes tendientes a producir respuestas irracionales, por cuanto la manipulación será así más económica. Por otra parte, es claro que el candidato que aparezca como el presunto ganador de la elección será el más interesado en incrementar la irracionalidad.
Hoy las encuestas de opinión aparecen encabezadas por Alessandri, y naturalmente la mejor forma de mantener esa situación para sus partidarios es sellar esas actitudes afectivas en la irracionalidad. Corresponderá a los partidarios de Allende y Tomic luchar por tener la oportunidad de ser escuchados seriamente por ciudadanos que podrían inclinar el resultado a su favor.
Hay dos órganos de prensa que caracterizan perfectamente un intento por producir un clima de irracionalidad completa. Uno es el Clarín, y el otro, El Mercurio. Hay por cierto diferencias de estilo y contenido entre ambos, en parte porque se dirigen a públicos distintos, en parte porque están al servicio de intereses distintos.
Dentro de las categorías que señaláramos con anterioridad, el diario Clarín explota directamente el ataque a personas y grupos. Tradicionalmente ha explotado la violencia y el sexo, y ello obedece claramente a razones comerciales. En sus ataques personales y a grupos, usa un lenguaje directo, quizás el que más se identifica con la personalidad del chileno.
El Mercurio es diferente, es más sutil, más hipócrita. Sabe silenciar la noticia cuando ello es prudente para sus intereses, sabe recortar el cable, sabe parcializar y desfigurar las opiniones de aquellos que no cuentan con su confianza. Sabe también ofender a personas y grupos sin ofender al lector. Tradicionalmente junto a la Derecha, es el principal propagador de una imagen de violencia y caos y hace aparecer amenazados valores a todos comunes. En la actual campaña presidencial, El Mercurio, siempre opuesto a la crónica roja, le da cabida hoy en sus primeras páginas; siempre opuesto al sensacionalismo, hoy compite seriamente con otros. El Mercurio está ciertamente vendiendo el producto que en esta elección le corresponde vender y preparando además clima propicio para supletoriamente actuar, si su producto no puede ser vendido.
Tras las páginas de diarios comprometidos, el candidato real se aleja del elector, es desfigurado y lo que de él se vende es una imagen. Precisamente quienes trabajan en ese periodismo son quienes más conocen la “mercadería” que el público desea. En ese sentido interpretarán y orientarán todas las acciones del candidato que postulan. Ello lo pueden hacer sencillamente usando al candidato, con el que previamente existe identidad de intereses. La prensa chilena, como cualquiera lo puede observar con un mínimo de dedicación, no se caracteriza por su objetividad política, ni aún en la información de hechos políticos.
Para Chile, sin embargo, esta elección presenta un hecho nuevo, una posibilidad de comunicación directa que puede contribuir a disminuir el grado de irracionalidad política, si es eso lo que se desea. Por primera vez en una elección presidencial es posible contar con una red nacional de televisión.
Ya lo dijimos, la televisión obliga al candidato a presentarse tal cual es y de una manera serena. No existe allí el clima sicológico de las concentraciones partidistas, por lo que no es prudente jugar livianamente a la irracionalidad. Cuanto más, el candidato que se presenta en televisión, podrá contar con la complicidad de un periodista partidario que lo introduzca como si se tratara de un desodorante o que le permita eludir respuestas, abandonando su tarea periodística por la posibilidad de un “futuro mejor”.
Queremos señalar, sin embargo, que el Canal Nacional de Televisión ha puesto a disposición de los candidatos un medio de comunicación que potencialmente es una herramienta real para encauzar la campaña hacia un enfrentamiento más racional y democrático. Dirigido por un periodista de indiscutible capacidad y conocimiento de la política chilena, da las más amplias garantías que cualquier postulación pudiese desear. Las preguntas a los candidatos son además formuladas directamente por los sectores interesados. Allí el candidato seria y responsablemente se enfrenta al elector. Queda, sin embargo, un pero que es preciso señalar. Conforme a los procesos de selección irracional que señaláramos, es cierto que la gran mayoría de los televidentes que observen un determinado candidato, serán sus propios partidarios. Muchos, por evitar un posible conflicto, cambiarán de canal o sencillamente apagarán su televisor. Un deseo serio de los tres candidatos de presentarse como alternativas racionales para la conducción futura del proceso político chileno, los obligaría a llegar conjuntamente a la televisión. Asegurarán así un público pluralista que se vería obligado al menos a pensar. Existiendo la red nacional de televisión, los candidatos tienen el deber de contribuir a un perfeccionamiento de la comunicación entre futuro representante y representado. A intentar aumentar el grado de racionalidad en su decisión. Hoy tienen una herramienta para ello. Los hombres públicos son juzgados principalmente por sus acciones públicas. Si se sostiene que el proceso de comunicación pública es espectáculo indigno a la calidad del candidato, sólo se está tratando demagógicamente un derecho del elector.
El panorama general no es, por cierto, alentador y resulta a veces difícil contradecir a quienes anuncian que nuestro sistema democrático de elecciones no es sino una farsa. Este mundo simple de los pocos continuará siendo cada vez más simple, mientras más logren aumentar la irracionalidad en el proceso electoral y complejo de los muchos, y terminará por lograr que los pocos sean aún menos y sigamos quizás el camino tortuoso de algunos países hermanos. Que los muchos surjan e intenten una nueva democracia parece aún lejano. Por ello pareciera que ciertos grupos juegan fácilmente con lo que dicen defender, y no temen a la primera posibilidad.
El panorama general no es, por cierto, alentador y resulta a veces difícil contradecir a quienes anuncian que nuestro sistema democrático de elecciones no es sino una farsa.