Noviembre, 1958: Un nuevo Papa

El fallecimiento de Pío XII en octubre de 1958 y su reemplazo por Juan XXIII a comienzos de noviembre significaron un fuerte redireccionamiento para la Iglesia católica. Ambos momentos merecieron editoriales en Mensaje.

Un breve editorial sobre el nuevo Pontífice, ubicado en la primera página de su edición N° 74, y enseguida uno más extenso, recordando al Papa recientemente fallecido, fueron los primeros textos con que esta revista se refirió a ese hecho histórico.

S.S. JUAN XXIII

“Os anuncio una gran alegría: ¡Tenemos Papa!”. Estas palabras rituales resonaron una vez más, el 28 de octubre último, desde lo alto de la gran basílica romana. Y una vez más, por todos los ámbitos del orbe, respondió el coro de los aleluyas con que la Iglesia entera celebraba el contar de nuevo con un Padre Común aquí en el mundo.

Había muerto Pío XII. Ahora aparecía Juan XXIII. Pero ambos, como todos los anteriores y como todos los que aún vendrán, son siempre uno mismo: el Vicario de Cristo sobre la Tierra. Más allá de la persona humana de cada uno, por encima de sus cualidades y virtudes —eminentes en el actual, como los demás Papas del presente siglo—, hay ante todo en el Sumo Pontífice la suprema dignidad del cargo apostólico, la importancia única de su misión de Pastor universal, los poderes de tal que se le comunican, la asistencia divina que le da acierto y eficacia para actuar.

Esto, que todos los católicos creemos, ha debido servir de aliento al mismo que fue elegido para tan abrumadora responsabilidad. Cuando, ahí mismo en el Cónclave, se le dirigió la pregunta ritual: “¿Aceptáis la elección, canónicamente hecha, de vuestra persona, para Sumo Pontífice?”, habrá debido recordar, antes de atreverse a hacerlo, la conmovedora exhortación que los anteriores Vicarios de Cristo le han dejado: “A quien sea elegido como heredero y Sucesor Nuestro, le rogamos que no se niegue a aceptar este cargo, atemorizado por lo difícil que es; sino que se someta humildemente al designio de la Divina Voluntad. Porque Dios, que impone el peso, lo sostendrá con Su Mano, para que pueda llevarlo; pues El, que es el autor de tal cargo, le ayudará a servirlo; y, para que no sucumba bajo la magnitud de esa gracia, le dará fuerza El mismo que le confirió tal dignidad”.

Confiado en esa divina protección, el Emmo. Cardenal José Angel Roncalli aceptó. Junto con hacerlo, quedó constituido Supremo Jerarca de la Iglesia entera.

Quien hasta entonces era, en el Sacro Colegio de los Cardenales, uno entre tantos, pasó a recibir el homenaje que todos ellos, uno a uno, le fueron rindiendo como a Vicario de Cristo.

Comenzaba a ser, con toda exactitud y realidad, “el centro de la verdad y de la unidad católicas”, “el padre común de todo el pueblo cristiano”, a quien compete “la solicitud de todas las Iglesias” y “la plenitud de la suprema potestad jurisdiccional sobre toda la Iglesia, en lo tocante a la fe y a las costumbres, a la disciplina y al gobierno de la misma en todo el mundo, con autoridad ordinaria e inmediata sobre todas y cada una de las Iglesias, y sobre todos y cada uno de los pastores y fieles” de la grey de Cristo.

Comenzaba a ser, con toda exactitud y realidad, “el centro de la verdad y de la unidad católicas”, “el padre común de todo el pueblo cristiano”, a quien compete “la solicitud de todas las Iglesias”.

Apenas recibida esta alegre nueva, “MENSAJE” se apresura a presentar su filial homenaje de su misión, respeto y fidelidad al actual sumo pontífice S. S. Juan XXIII, y a reiterar ante su venerada persona la adhesión de siempre a la Cátedra de Pedro y a todas sus directivas.

PÍO XXII

Al entregar a la imprenta este número de la revista, hemos recibido la dolorosa noticia de la muerte de su santidad Pío XII. En medio de la emoción del primer momento, sólo podemos ahora recordar, en una impresión general, borrosa por las lágrimas, algunos rasgos fundamentales del gran pontífice, cuyos 19 años de gobierno equivalen a períodos enteros de la historia de la iglesia y del mundo.

“En este tiempo tan turbado en que vivimos, hace falta que el nuevo papa sea un héroe y un santo”, decía, apenas muerto Pío XI, su eminencia el cardenal Verdier, hablando del futuro pontífice, aún desconocido. Cuando el cónclave, reunido el 2 de marzo de 1939, eligió, ese mismo primer día, al Emmo. Cardenal Eugenio Pacelli, todos los que lo habían conocido como cardenal secretario de estado no pudieron sino alegrarse pensando que el anhelo del arzobispo de París se había cumplido.

Ahora, terminado ya su largo y fecundo pontificado, después de haber admirado a S.S. Pío XII —a través de todos estos años tan llenos de acontecimientos trascendentales, de sufrimientos, temores y esperanzas— y de haberlo visto siempre presente, como maestro, como jefe y como padre de la iglesia y de todos los hombres, aquella primera impresión que produjo su elección ha llegado a ser una certeza universalmente compartida, comprobada por los hechos patentes y constantes.

***

Se ha dicho que había como dos Pío XII: el “Pastor angélico” y el Jefe de la cristiandad: el que aparecía en la “Sedia gestatoria”, bendiciendo las muchedumbres, o que prosternado se recogía en oración; y el que en su escritorio estudiaba y preparaba sus planes de acción y dirigía al mundo entero sus “mensajes”. En realidad, uno y otro aspecto se completan mutuamente para constituir el perfecto Sumo Pontífice.

Juntamente realizaba en sí la perfección del “hombre de Dios”, del “hombre de su tiempo” y la del “hombre”, así sin agregados, pero que es “guía” y “padre”.

Hombre de Dios, lo era en su doctrina profundamente teológica, en sus enfoques de todos los problemas “sub specie aeternitates”, en su piedad sincera, honda y transparente, en su espíritu de fe irradiante, segura y gozosa, en su apostolado amplio, comprensivo y conquistador. La formación profundamente sobrenatural recibida en el hogar y perfeccionada por las gracias de su sacerdocio, dio a Pío XII esa actitud de recogimiento silencioso, de tranquila unión con Dios, que impresionaba desde el primer momento a cuantos se le acercaban. Ahí estaba la fuente profunda de todas las actividades desplegadas por él, y hasta la verdadera explicación de la increíble resistencia, el juvenil vigor y las inesperadas recuperaciones de su organismo débil y enfermizo.

Juntamente realizaba en sí la perfección del “hombre de Dios”, del “hombre de su tiempo” y la del “hombre”, así sin agregados, pero que es “guía” y “padre”.

Hombre de su tiempo, estaba al tanto de cuanto se agita y vive en el mundo de hoy, comprendiendo hasta los últimos y más especiales progresos científicos —con sus ventajas y sus peligros para la humanidad—, y hasta se adelantaba a los problemas de cada nueva etapa, y animaba y sostenía —y defendía— a los estudiosos, en todos los campos de la investigación.

Hombre, lleno de valor y decisión, era capaz de ver la realidad tal como es, de afrontar los problemas, de mantener, impávido, lo inmutable, y de cambiar a tiempo lo transitorio que ya se hacía inútil o nocivo. Y hombre completo, vibrante con todo lo que presenta algún interés humano para alguien, se ponía igualmente a tono al hablar con eclesiásticos que con seglares, con científicos que con niños, con los recién casados que con religiosos, con los artistas que con los industriales, sin que “nada humano le fuera extraño”.

***

Dentro de sus primeros años de sacerdote, y sobre todo durante la Primera Guerra Mundial y en los años que la siguieron, el entonces monseñor E. Pacelli tuvo a su cargo misiones importantísimas y difíciles que le confió la Santa Sede, especialmente para aliviar a los prisioneros de guerra y a las poblaciones ocupadas. Durante los últimos diez años del pontificado de Pío XI, hubo de intervenir constantemente, como secretario del estado en la obra de ese gran Papa, cuyo ideal de “la Paz de Cristo en el reino de Cristo” debió enfrentar tantas oposiciones desencadenadas por doctrinas de odio y predominio. Fue confidente experimentado en el orden diplomático, el apóstol de la iglesia, de la pureza de su doctrina y la libertad de su acción, el legado que llevaba a distintas naciones y continentes una presencia rejuvenecida del pontificado y un consolador influjo sobrenatural.

Elegido Sumo Pontífice, desde su primer mensaje, al día siguiente de su elección, el 3 de marzo de 1939, presenta al mundo su anhelo de paz y su invitación a buscarla por los únicos caminos que llevan a ella: “Paz, que es el don más sublime de Dios, que sobrepasa a todo sentimiento, que nadie puede dejar de anhelar, y que es fruto de la justicia y de la caridad”. Su escudo pontificio llevará la simbólica paloma y rama de olivo, y tendrá por lema esa insustituible relación: “Opus iustitive pax: la paz, obra de la justicia”.

Durante la Segunda Guerra Mundial comenzó la serie de sus incomparables mensajes de Navidad, tan valerosos, tan nítidos y tan doctrinales y constructivos, para fijar las condiciones de la verdadera paz, interna y externa, de las naciones. Pero eso es solo una parte mínima dentro de la prodigiosa variedad de temas que ha tratado, magistralmente, todos los días, durante estos diecinueve años, bajo las más diversas formas —encíclicas solemnes, mensajes radiofónicos y hasta televisados e innumerables discursos, alocuciones y cartas—. Evoca siempre los problemas de actualidad: problemas doctrinales o pastorales; sociales, jurídicos y cívicos, médicos, económicos, agrícolas, industriales, científicos, artísticos, históricos, o domésticos y familiares. A los sabios como a los humildes, a los patrones y a los obreros, a los esposos y a los novios, a los padres y a los niños, a los religiosos, a los universitarios, a los apóstoles seglares, a todos los estados, a todas las profesiones, y a innumerables peregrinos en audiencias indiferenciadas, a todos les habla, a cada uno en su idioma con elocuencia y unción, sin artificios de estilo, con fuerza y dulzura.

Cualquier tema que toque, lo hace con plena información “al día”, y todo lo aclara con la luz del Evangelio y de la tradición. Da respuesta a todas las cuestiones que se plantean, y no deja sin directivas al rebaño confiado a su solicitud. Denuncia valientemente las amenazas, sobre todo las del comunismo, de la paganización y de todo materialismo. Advierte a los cristianos de los peligros que acechan en opuestas direcciones —en la audacia como en la inercia—, y les recuerda incansablemente, con palabras que en cualquier otro serían calificadas de excesivas, la preocupación social de la Iglesia y las responsabilidades, sociales y apostólicas.

***

“Gobernamos bajo los embates de la tempestad, soportando los golpes furiosos del huracán”, decía una vez Pío XII al Sacro Colegio Cardenalicio. Pero no se dejó abatir por las dificultades y persecuciones que se multiplicaban, sobre todo detrás de la Cortina de Hierro y hasta los extremos del Asia. Cuántas veces tiene ocasión, alienta con inmensa caridad a los miembros de “la Iglesia del silencio” y defiende públicamente a sus fieles y pastores falsamente acusados. Atento a todas las necesidades de la Iglesia, se preocupa especialmente de los peligros interiores de orden doctrinal o pastoral que pueden amenazar su vida, de la escasez del clero que aflige a ciertas regiones, de la insuficiente defensa de los derechos de los pobres y obreros, que los aleja de la Iglesia y los entrega fácilmente a falsos pastores. Nuestra América Latina ha sido así objeto especial de su paterna solicitud, e igualmente otras cristiandades que recién afloran han hallado en Pío XII vigilante ayuda y, más aún, comprensión y confianza hasta recibir jerarquía indígena e incluso representación propia en el más alto Senado de la Iglesia.

Como Pastor Universal, ha enriquecido espiritualmente a nuestro tiempo, no solo con sus enseñanzas y exhortaciones, o presentando admirables modelos de vida cristiana —cerca de un centenar de canonizaciones y beatificaciones—, o promoviendo años jubilares y marianos, o definiendo alentadores y queridos dogmas como el de la Asunción de María Santísima, sino también facilitando la vida sacramental de los cristianos, al adaptar tan oportunamente la legislación litúrgica a las exigencias de la época actual. Suavizó las leyes del ayuno eucarístico, autorizó las misas vespertinas, facilitó el rezo inteligente del breviario y reformó la liturgia de Semana Santa, devolviéndole una exacta correspondencia con las horas y el significado de los misterios que conmemora. Son cambios que parecían requerir cada uno de ellos un pontificado aparte y espaciarse a través del siglo, y lo ha hecho todo un solo Papa, asediado por otros gravísimos problemas, pero valeroso y decidido más que los audaces, en modo de su pleno respeto por los valores tradicionales auténticos. Lo mismo podría decirse de su actitud renovadora en materia de estudios escriturísticos, o ante discutidos puntos teológicos, o en la organización diferenciada de los estados de perfección y de las formas de apostolado seglar.

Es imposible encerrar en estas cortas líneas, aún sin entrar en detalles, todas las riquezas de este pontificado, tan abundantes y tan variadas. Ni hace falta. El mundo entero ha comprendido, en un grado que podríamos calificar de inigualado, la grandeza del Sumo Pontífice que acaba de morir, y lo doloroso de haberlo perdido. Los testimonios, a cuál más conmovedor, han surgido concordemente en todas partes y de todos los labios.

Quien había abrazado en su amor a todos, aún a los más distantes de la iglesia, como hijos suyos, ha encontrado al morir, hasta donde no se sospechaba, la aflicción que causa la pérdida de un padre.

Dios quiera que esa sinceridad en hacerle justicia, traiga a todos, según el mensaje mismo de Pío XII, su fruto propio que es la paz.

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