Noviembre, 1967: «El Sínodo Pastoral de Santiago»

Por tercera vez, en su década y media de historia, Mensaje destinó toda una edición a un solo tema: el sínodo convocado por la Iglesia chilena, efectuado entre 1966 y 1968. Su objetivo central era atender a lo expresado por el Concilio Vaticano II, concluido en diciembre de 1965.

Una treintena de artículos distribuidos en ciento veinte páginas conformó la edición especial. Tras una introducción —que reproducimos a continuación y en ella se lee el contenido del Sínodo—, en el volumen aparecían textos referidos a las cuestiones consideradas más relevantes de los diálogos generados en la Iglesia chilena tras la cita en Roma de la Iglesia universal. Entre ellos, la prioridad de la evangelización, el ecumenismo como camino hacia la unidad, el diálogo judeo-cristiano, la Iglesia y los no creyentes, la acción litúrgica, las tareas del laicado, matrimonio y familia, las comunidades religiosas y organicidad pastoral, temas que en esos años eran los de mayor perfil en la renovación buscada. Entre los autores, numerosos jesuitas y religiosos de otras congregaciones, así como teólogos, académicos y laicos interesados en participar.

EL SÍNODO, BALANCE Y PERSPECTIVAS

Cuando se empezó a hablar del Sínodo, muchos preguntaron con extrañeza lo que esto podía significar. Vinieron luego meses de intensa preparación —encuestas, informes, documentos elaborados por subcomisiones y comisiones— pero todo este trabajo pasó desapercibido a la gran mayoría y era natural que así fuese. Sólo cuando se hizo inminente la convocatoria volvió el Sínodo a atraer la atención del gran público. La prensa informó objetiva pero escuetamente: desde el 9 hasta el 18 de septiembre, bajo la presidencia del Cardenal y de sus Vicarios episcopales y generales, se reunirían los 493 sinodales —98 sacerdotes, 87 religiosos, 5 seminaristas, 9 hermanos, 85 religiosas, 209 laicos— para “aplicar y traducir el Concilio a la realidad de la vida cristiana en la Diócesis de Santiago”.

No faltaron suspicacias y rumores. “Los sinodales pretenden introducir el matrimonio a prueba”. “Se quiere acabar con la educación católica”. “Nuestras tradiciones más venerables están amenazadas”. “Sacerdotes y laicos levantiscos preparan una revolución en la Iglesia”. “Ya no hay autoridad que valga”.

El Sínodo se llevó a cabo. La prensa fue dando las informaciones que recibía. No se introdujo el matrimonio a prueba, no se acabó con la educación católica, ni tampoco se mostraron indicios de la temida revolución. Las suspicacias y rumores fueron así desapareciendo.

Para los que asistieron al Sínodo —fueron unos cuatrocientos, ya que un grupo aproximado de cincuenta sinodales falta sistemática y quizás sintomáticamente a toda reunión— constituyó este una experiencia difícil de olvidar. Aprendieron a conocerse, a rezar en común, a participar realmente de una misma mesa eucarística, a plantear con franqueza sus puntos de vista pero respetando el punto de vista del otro, a buscar, con esa sinceridad que solo brota del desinterés y de la oración, la Verdad que supera todas nuestras pequeñas verdades; aprendieron lo que significa un diálogo verdaderamente cristiano donde el Espíritu de Dios, aunque invisible, se hace presente y logra que los antagonismos se enriquezcan mutuamente, que las ideas choquen sin que por esto se crispe la sonrisa o se empuñen las manos. Aprendieron que se puede discutir conversando y que la conversación hace ver que las discrepancias son menores de lo que uno se imagina y que no impiden cantar en común: aprendieron a convivir, y esto es algo que no se olvida.

Pero ¿y los otros: esos miles y miles que no asistieron al Sínodo?

Aprendieron a conocerse, a rezar en común, a participar realmente de una misma mesa eucarística, a plantear con franqueza sus puntos de vista pero respetando el punto de vista del otro, a buscar, con esa sinceridad que solo brota del desinterés y de la oración, la Verdad que supera todas nuestras pequeñas verdades.

Los suspicaces y temerosos —una minoría— habrán quedado seguramente tranquilos: el Sínodo pasó y al parecer no pasó nada. A esta minoría habría que oponer otra; la de aquellos que realmente se interesaron por lo que en el Sínodo se discutió y votó. Se acercaron a los sinodales, hicieron preguntas, pidieron documentos, constituyeron y siguen constituyendo grupos de reflexión. Minoría valiosa, indiscutiblemente valiosa, pero minoría.

Para el gran resto, sin embargo —y no olvidemos que este resto significa centenares de miles cuya mayoría son católicos—, el Sínodo no pasó de ser una “noticia” relativamente anodina, algo que no lograron entender del todo, que picó quizás su curiosidad pero que no suscitó entusiasmo ni especial interés. Para ellos, el Sínodo pasó junto con la “noticia”. Era algo lejano, extraño y de lo que no se sentían participes: “cuestión de un grupo”.

SÍNODO: TAREA DE TODOS

Si el Sínodo hubiese sido realmente “cuestión de un grupo”, no tenía razón de ser, pero no fue eso. Fue “cuestión de Iglesia” y, por lo mismo, de todos; ni siquiera de sólo los católicos; fue —y como todavía no ha terminado—, deberá seguir siendo de todos, incluso de los no católicos, incluso de los no creyentes; de todos los que sinceramente aspiran a que el hombre, lo humano del hombre, pueda realizarse en plenitud.

Vivimos tiempos de cambios rápidos y acelerados. La frase es tópica pero esto no quita que sea real y de una realidad a veces angustiante. La ciencia y la técnica avanzan a un ritmo que prácticamente impide que el hombre reflexione sobre sí mismo. Poco a poco, éste va pasando a ser sombra de las máquinas que él mismo ha ideado. Se abren horizontes insospechados pero falta la brújula, la brújula “humana”. Conquistamos los espacios, pero ¿hemos conquistado la tierra? Mientras la muerte de un guerrillero vietnamita cuesta a Estados Unidos un millón de dólares, millones de seres humanos mueren de hambre. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿A dónde nos conduce la inteligencia del hombre identificada hoy en día con la ciencia y la técnica? ¿A un paraíso o a las pesadillas soñadas por Huxley u Orwell?

“Estoy convencido —escribía hace algunos años C. G. Jung, el gran psiquiatra suizo— que el peligro más grave para la humanidad no está en la desnutrición ni en los terremotos ni en los microbios ni en el cáncer, sino en el hombre mismo. No hay, en efecto, defensa adecuada frente a las epidemias psíquicas que son infinitamente más devastadoras que cualquier catástrofe de la naturaleza”.

Gracias a la ciencia y a la técnica el hombre ha llegado a un nivel de poder que debe enorgullecernos pero sin caer en la “hybris” condenada por todos los mitos. Si este poder no se “humaniza”, el hombre puede sucumbir bajo el peso de sus propias armas.

Salvar al hombre: éste ha de ser el gran “tema de nuestros tiempos”, responder al “por qué” y al “para qué” de nuestra existencia.

Heredera y continuadora de Cristo, la Iglesia siente hoy, mejor que en otros siglos, su gran responsabilidad. Derrumbando muros de recelos y desconfianzas, ha reconocido en el Concilio su parte de culpa y se ha acercado al mundo y a los hombres en una actitud de comprensión y de desinteresado servicio. Sabe que Cristo es el Dios que, haciéndose carne, salvó al hombre y lo sigue salvando. Sabe que Cristo es y seguirá siendo la más profunda nostalgia del ser humano y que, por lo mismo, lo debe hacer presente y comprensible a la humanidad.

Muerto y resucitado, Cristo nos legó el Espíritu de Dios, que es Amor. Es este Espíritu el que vivifica su Iglesia, el que le permite continuar la obra salvadora de Jesús y discernir en las diversas encrucijadas históricas el camino que a Él conduce y por Él al Padre. El Espíritu enviado por Cristo se hace presente en todos los hombres de buena voluntad. Todos, por consiguiente, deben aportar sus secretas y misteriosas mociones y contribuir a esta gran obra de discernimiento, de encaminamiento hacia la Verdad. Todos deben ser oídos.

Esto y no otra cosa es el Sínodo diocesano: “La reunión del Obispo con sus presbíteros, religiosos y laicos para revisar, en espíritu de verdadera comunión, oración y diálogo fraternal, la vida de la Iglesia diocesana, y renovarla según las exigencias del Evangelio y de la hora presente, poniéndola cada vez más en estado de servicio al mundo”.

“Comunión, oración, diálogo fraternal”: sólo así se superan las barreras de nuestras pequeñeces y prejuicios; sólo así se hace presente el Espíritu que nos sugiere la respuesta que debemos dar hoy, el camino que tenemos que trazar, los pasos que debemos andar. No es “cuestión de un grupo” sino tarea de todos.

La primera sesión de nuestro Sínodo terminó, pero el Sínodo no ha terminado. Por lo mismo, este número especial de Mensaje consagrado al Sínodo no se limita a exponer lo que pasó, sino que se esfuerza en abrir perspectivas y convida a todos para que colaboren en este esfuerzo. No podemos limitarnos a ver el Sínodo desde lejos. De una manera u otra, todos somos sinodales, todos estamos comprometidos y responsabilizados, todos debemos aportar nuestras pequeñas luces para que se aclare la ruta que hoy lleva a Dios y, por consiguiente, al hombre. De esta gran cruzada de humanidad no podemos marginarnos y a esto nos llama el Sínodo: a hacer que los hombres sean más felices, más plenamente felices.

Este número especial de Mensaje consagrado al Sínodo no se limita a exponer lo que pasó, sino que se esfuerza en abrir perspectivas y convida a todos para que colaboren en este esfuerzo.

“Que cada uno de vosotros —escribía hace casi veinte siglos Ignacio de Antioquía a los cristianos de Efeso— forme un coro en sinfónica concordancia, recibiendo la tonalidad de Dios en la unidad; cantando como al unísono al Padre por Jesucristo, para que Él os escuche y os reconozca como miembros de su Hijo por vuestras buenas obras. Es, pues, conveniente que os mantengáis en intachable unidad, para que así participéis siempre de Dios. Dichosos vosotros por estar unidos con vuestro Obispo, como la Iglesia con Jesucristo, y como Jesucristo con el Padre, a fin de que todo concuerde armoniosamente en la unidad. Porque si tiene tanta fuerza la oración de uno o dos, cuánto mayor será la del Obispo y de la Iglesia entera…”.

NUESTRO NÚMERO ESPECIAL

La primera parte —“Introducción”— nos sitúa en la realidad de nuestra diócesis. Datos y reflexiones sobre estos datos nos permiten entrever lo que el cristianismo significa realmente en el mundo que nos circunda. A esto se añade una presentación vívida de lo que el Sínodo fue: una experiencia inolvidable de convivencia y de conversión. Se cuenta una realidad y se recogen testimonios.

La segunda parte expone los temas más generales que fueron debatidos: evangelización, liturgia, organicidad pastoral, pluralismo, Iglesia y orden temporal, instituciones eclesiásticas, ecumenismo, no-creyentes. A estos temas más genéricos se suman otros temas en los que se llegó o se pretendió llegar a conclusiones más concretas: laicado, la mujer laica y religiosa, la familia, vida religiosa, educación, medios de comunicación social, movimientos de inspiración cristiana, obras asistenciales. También en esta segunda parte se habla de lo que en el Sínodo no se habló, por lo menos en forma suficiente, y que, sin embargo, debe constituir una de sus grandes preocupaciones: el problema social y el de la cultura. En todos estos trabajos se dice lo que en el Sínodo se discutió y votó. Se comentan las modificaciones, se sintetizan las intervenciones más importantes y se sugieren vías de reflexión y de solución.

La tercera parte, finalmente, nos da una evaluación crítica de la primera sesión, nos explica la significación teológica del Sínodo y abre caminos para el futuro.

Es este futuro, este próximo futuro, lo que más importa. Como el Concilio, nuestro Sínodo es una ruta abierta, con todos los riesgos, angustias e incentivos de una ruta que hay que ir creando. De nuestros egoísmos, cobardías, perezas e indiferencias; de nuestros entusiasmos, sacrificios y constancias, depende que esta ruta —la ruta del Espíritu que Cristo envió y que conduciendo al Padre conduce al hombre— sea o no una realidad tangible y accesible para los muchos miles que sin saberlo la anhelan. Es nuestra hermosa y tremenda responsabilidad: responder en “su” nombre a los millares que preguntan; demostrar que hay una “estrella en lo alto” y que esa estrella marca rumbos de vida eterna.

Como el Concilio, nuestro Sínodo es una ruta abierta, con todos los riesgos, angustias e incentivos de una ruta que hay que ir creando.

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