El atentado en Washington que causó la muerte al excanciller Orlando Letelier y a Ronni Moffit es abordado en el editorial de la edición N.° 274. “¿Sabrán los chilenos reaccionar ante la verdad, cualquiera que ella sea?”, se pregunta.
El 21 de septiembre de 1976 fue asesinado en Washington D.C. el ex Canciller Orlando Letelier, junto con la ciudadana norteamericana Ronni Moffit. Un año y medio después comenzaron las acusaciones judiciales. El 27 de febrero de 1978 llegó un exhorto de la justicia norteamericana dirigido a la chilena para que ésta interrogara a dos personas que habían viajado a USA en agosto 1976 con pasaportes de Chile. El 9 de marzo el General Pinochet declaró que “este Gobierno nada ha tenido que ver con el crimen del señor Letelier”. Las dos personas resultaron ser el ciudadano norteamericano Michael Townley y el capitán Armando Fernández Larios, ambos funcionarios de la DINA. El 1º de abril ellos contestaron las preguntas del exhorto ante la Jueza Juana González. El 8 de abril el General Pinochet expulsó del país a Townley, porque, según dijo, le habían presentado una lista de delitos que daba “para 120 años de cárcel”. El 11 de septiembre el General Pinochet afirmó en su Mensaje al país que el Gobierno había adoptado todas las medidas para colaborar al esclarecimiento del “condenable asesinato”, agregando que “así procede un gobernante cuando su conciencia está limpia y su conducta no tiene nada que esconder”. El 21 de septiembre la Corte Suprema recibió las peticiones de extradición del General Manuel Contreras, del Coronel Pedro Espinoza y del Capitán Armando Fernández Larios. Venían acompañadas de voluminosas pruebas. El Presidente de la Corte Suprema, Israel Bórquez, resolvió sorpresivamente que el proceso tendrá carácter de sumario secreto en su primera parte.
El “caso Letelier” es un hecho complejo. Es también un caso nuevo tanto en la historia chilena como en la historia de los Estados Unidos. Para los norteamericanos es grave que un acto de terrorismo político perpetrado en la capital, que es visitada a diario por personalidades de todo el mundo, quede impune. A los chilenos nos confronta con una serie de problemas nuevos. Para nuestro ejército es nuevo que haya personal suyo acusado de cometer delitos en el extranjero y en un país con el cual no estamos en guerra. Para el Gobierno es muy grave. Para muchos es nuevo descubrir que una acción que algunos justifican en nombre de la Seguridad Nacional produce inseguridad nacional e internacional. Hay problemas nuevos del orden político, del orden jurídico, del orden social y del orden moral. Aquí queremos hacernos cargo sólo de algunos aspectos morales involucrados en el “caso Letelier”.
Hasta la fecha no se conocen las pruebas, el sumario es secreto y no hay fallo del magistrado. Hay acusados, pero no inculpados. Recién cuando haya transcurrido todo el proceso de la justicia se podrá saber si los acusados son inocentes o culpables. La mayor parte de las reflexiones morales que aquí se proponen valen en cualquiera de los dos casos: como juicio de valor sobre las acciones que se hayan cometido o como criterio que guíe para que no se cometan en el futuro. Precisamente por tratarse de realidades nuevas no hay todavía suficiente claridad en la conciencia pública. Por eso una orientación es válida en las dos eventualidades.
Queremos abordar tres temas que pueden ser enunciados en forma de tres preguntas:
¿Es lícito en algunos casos, en nombre de la Seguridad Nacional dar muerte a una persona a quien se considera enemigo de Chile?
¿Cómo se maneja la conciencia, sobre todo la conciencia pública, en estas materias?
¿Qué pensar de algunas responsabilidades de diferentes actores?
Lo que aquí ofrecemos es primariamente algunas líneas de orientación para la conciencia de los cristianos. Pero hay muchos que en este momento, sin compartir la fe cristiana, hacen suyos algunos valores de ésta, sobre todo en lo que toca al juicio sobre la vida social.
Pese a que el General Pinochet lo ha calificado de “condenable asesinato” hay gente que no tiene las ideas tan claras. En ciertos ambientes, incluso entre gente que va a misa, hay personas que piensan que habría estado bien eliminarlo “porque era un peligro para Chile”. La justificación a veces es tan simple como ésta: “tenía que morir un cierto número de chilenos para que los demás pudiéramos vivir en paz”. O bien: “o los matábamos a ellos o nos mataban a nosotros y nos matábamos entre todos”. La razón invocada es la defensa propia frente a un injusto agresor. Otras veces las razones son más sofisticadas. Se dirá que el país es víctima de una agresión permanente del marxismo-leninismo y que esta agresión toma la forma de la guerra total: se da adentro y fuera del país, y se libra en todos los terrenos: político, económico, ideológico, etc. Esta concepción ampliada de la guerra lleva consigo una concepción ampliada del enemigo. Letelier, por su gran influencia en los EE.UU., donde había vivido antes como funcionario del BID y como Embajador de Chile, era un enemigo peligroso del Gobierno de Chile y por eso había que eliminarlo.
Sobre la concepción de la guerra total, de la guerra subversiva y contra-subversiva, sobre el modo como éstas son vistas en algunas doctrinas de Seguridad Nacional, hemos hablado en múltiples ocasiones en nuestra revista. También hemos expuesto el pensamiento de la Iglesia sobre la guerra, en sus diversas modalidades contemporáneas. Varios Episcopados latinoamericanos se han pronunciado sobre los aspectos éticos de la Seguridad Nacional y es probable que la Conferencia de Puebla diga algo significativo al respecto. Pero eso seremos breves en este punto. Propondremos sólo dos reflexiones: una general y otra particular.
Hay una raíz común a las diversas concepciones modernas de la guerra total: la persona no es un valor último, sino subordinado a otra cosa. Esa otra cosa se llama con los nombres más diversos y opuestos: la raza, la clase, la superación de las clases en el comunismo, la eficiencia, el mercado de competencia perfecta, la Seguridad Nacional, etc. En todo caso no es la persona concreta. Para el cristiano, en cambio, la persona es el valor supremo en este mundo y su dignidad le viene de que es imagen de Dios, el cual es esencialmente comunión de personas (Gaudium et Spes, nn. 12, 24). Esto nos da el paradigma para pensar las relaciones de la persona a la sociedad: ésta es el ámbito de la intercomunión y de la plena realización, no de la absorción (Gaudium et Spes, nn. 23-27). De aquí se siguen consecuencias importantes para el uso de la fuerza. Es ésta una realidad ambivalente: sirve para promover la vida humana y para destruirla. Y sirve para promover o destruir lo que en la vida se considera lo más importante: se promueve la persona en comunión societaria o por el contrario un tipo de sociedad al cual se sacrifican las personas. El pensamiento cristiano es netamente restrictivista en el uso de la fuerza en contra de la persona: en defensa propia, en guerra justa, con condiciones muy precisas, etc. Y la razón es porque la persona posee la eminente dignidad de ser imagen de Dios y se hace confianza entonces en la capacidad de la razón y del amor para resolver los conflictos. A la fuerza se acude en situaciones extremas, cuando a la razón y al amor se les han dado todas sus chances y han fallado. Muy distinto es el juicio cuando lo que vale en último término es “el nacionalismo”, “el socialismo”, etc., entendidos como absolutos, y la persona sólo en cuanto contribuye a la realización de esos fines. La tendencia al uso de la fuerza contra la persona es entonces expansivista. Lo importante es llegar a la meta y lo antes posible. La muerte de las personas, por hambre o por una bomba, se lamentará ciertamente, pero será puesta a cuenta de los “costos sociales” de un proceso o a “error de cálculo” o a “exceso de mandos medios”. Pero no será vista como una pérdida irreparable, como la de los padres, del cónyuge o de los hijos, frente a la cual uno agota todos los medios para salvarlos.
La doctrina cristiana es más exigente de lo que uno se figura a primera vista, porque vale para todos los casos. Es igualmente ilícito matar cuando la muerte favorece el proyecto político preferido por uno que cuando lo desfavorece. Así, por ejemplo, era ilícito asesinar a Aldo Moro por razones de política italiana. También es condenable que los Tupamaros asesinaran a Dan Mitrione cuando el gobierno uruguayo se negó a cumplir las condiciones puestas por éstos para su liberación. Y no era razón suficiente que hubiera asesorado en las torturas a la policía uruguaya, según se dijo (Mensaje, n. 193, octubre, 1970).
En el caso de Letelier algunos han justificado su muerte diciendo que era “un enemigo de Chile”. Pero revela poco respeto por la vida el contentarse con una razón tan sumaria. Toda conciencia humana honesta exige que fueran contestadas con mucha claridad al menos las siguientes preguntas: ¿cuál es el delito que ha cometido? ¿Cuáles, las penas que le corresponden? ¿Cuáles las pruebas? ¿Quién juzga legítimamente de ellas y quién ejecuta la sentencia? Todo hombre tiene derecho a su vida mientras no se pruebe con evidencia lo contrario. Como esto no ocurrió, su muerte fue un asesinato.
Para que se vea adónde conduce la mentalidad “extensivista” de la guerra total, sigamos con las preguntas. El representante norteamericano ante el BID tiene derecho a veto sobre ciertos créditos. Si lo ejerciera contra el Gobierno o algunos particulares chilenos, ¿sería un “enemigo de Chile” y sería lícito darle muerte? ¿Y si algunos senadores o altos dirigentes laborales de USA llevaran a cabo acciones consideradas como “enemigas”? ¿Y si Solyenitsin hablara sobre la violación de los derechos humanos en nuestra patria y su palabra tuviera gran influjo? Las preguntas podrían continuar indefinidamente. Ellas muestran que cuando uno concibe la situación en que se encuentra nuestro país como la de una guerra total y se concede “facilidades” con la vida de las personas, lo que se consigue no es la Seguridad Nacional, sino la inseguridad máxima, porque esta concepción puede llevar a justificar atentados en cualquier parte de la tierra.
Pero, preguntará el lector, siendo tan claro el juicio objetivo sobre la inmoralidad de la acción en cuestión, ¿cómo algunos no lo ven? Lo que pasa es que el hombre tiene la temible capacidad de no ver si no quiere ver. Tal como en el orden jurídico, también la conciencia tiene sus “resquicios”.
La conciencia —tanto la individual como la colectiva— pueden engañarse. Pero el engaño no es inevitable. Existen mecanismos correctivos y para que el engaño opere es preciso que la conciencia no quiera o no pueda usarlos. Lo anómalo de la situación actual de la conciencia nacional es que estaba acostumbrada a funcionar en democracia. En ese régimen existían los correctivos, en el actual no existen y muchos desean mantenerla en una minoría de edad “hasta que sea capaz de juzgar por sí misma”, no se sabe cuándo. En Chile había un amplio pluralismo en la prensa, radio y televisión. La posición del gobierno de turno tenía una cierta ventaja en los medios de comunicación; pero había en general un sano equilibrio. Muchos, es cierto, eran prisioneros voluntarios de su radio, de su diario o de su canal de televisión favoritos. Pero el que quería escuchar otra opinión tenía la posibilidad de hacerlo. Hoy esa posibilidad ha sido casi eliminada de la televisión y de la prensa diaria, y sobrevive en uno que otro informativo radial y en unas pocas revistas. Una y otra vez la televisión pasa las imágenes del caos de agosto de 1973 para que las capas medias y el pueblo en general no olviden y sientan el temor de lo que sería “volver a lo de antes”. Lo curioso es que no se les recuerda que en medio del caos subsistió hasta el final el programa “A esta hora se improvisa” y que en él podía discutirse con toda libertad el acontecer nacional, pese a que el debate era desfavorable al Gobierno. Sería bueno invitar a los mismos actores de dicho programa a discutir el caso Letelier cuando se conozcan las pruebas y el fallo de la justicia. Tenemos confianza en que todavía hay suficientes chilenos que no han aceptado la minoría de edad que se quiere imponerles. Si esa conciencia no halla los caminos abiertos para formarse un juicio ilustrado, tarde o temprano buscará y encontrará otros. Pero esto es conjetura de futuro. Veamos cómo dentro del cuadro actual están operando los mecanismos de la conciencia nacional. Creemos percibir tres actitudes diferentes que en parte se recubren: la conciencia ignora, la conciencia se engaña, la conciencia afronta.
Podemos dejar de lado a una gran masa ciudadana que ignora. Ya sea que viva en el campo, o en pueblitos lejanos o en los cinturones de las grandes ciudades, por diversas razones está al margen de la vida nacional. En tales circunstancias es normal que el caso Letelier no le plantee ningún problema. Puede haber oído hablar de él, vagamente, y el hecho está registrado en algún rincón de la conciencia. Pero ésta se encuentra desbordada por la dura tarea de sobrevivir o es incapaz de ir vitalmente más allá de las dimensiones de la aldea. En este caso la ignorancia es normal y natural. La mencionamos aquí porque destaca, por contraste, el carácter anormal de otra ignorancia. Nos referimos a la de aquellas personas cultas, que tienen un amplio horizonte y un espíritu crítico. Con ellas se puede conversar de la poesía francesa, de la revolución tecnotrónica, de la espiritualidad hindú, etc. Pero no de Letelier. Cuando se llega al tema, con toda gracia social se esconden como el molusco en su valva. Es una ignorancia activa, fruto de un miedo cerval. Temen que el Gobierno pudiera encontrarse implicado y que por culpa de este “desafortunado incidente” se fuera a perder “lo mucho que se ha ganado” en estos cinco años. El General Pinochet ha proclamado su inocencia; por ahora hay sólo acusados, no se conocen las pruebas, ni hay sentencia; los acusados bien podrían resultar inocentes. Esto debería bastarles. Pero de hecho no les basta. Prefieren no hablar del tema, prefieren no informarse y si alguna vez se acerca al centro de la conciencia es rechazado con fuerza hacia la periferia. ¿Por qué? Por temor, no a una verdad actual, sino a una verdad posible que pudiera eventualmente poner en peligro otras cosas que valoran más.
El mecanismo de la negación es el más primitivo y a la larga el más ineficaz. Así se ve en el enfermo que teme un mal grave: primero niega los síntomas, luego rehusa ir al médico, luego no acepta el diagnóstico de éste. Por fin el enfermo se derrumba y quiere que lo ayuden a enfrentar su verdad. Pero ya es demasiado tarde.
El mecanismo de la negación no sólo es ineficaz sino que a menudo se vuelve en contra. Así le ha sucedido, por ejemplo, a personas honestas que negaban la existencia de la DINA, de las torturas y de los desaparecidos. Primero negaron los hechos; cuando se les presentaron testigos, descalificaron a éstos; pero finalmente se han visto confrontados con testimonios demasiado evidentes y entonces los que les aseguraban que nada de eso existía, han perdido a sus ojos credibilidad.
Pero no siempre se da el paso de la conciencia ignorante a la conciencia honrada. Puede suceder que la conciencia que quiso negar, al fallarle esa línea de defensa, quiera que la engañen.
La conciencia individual puede engañarse sola, aunque a menudo le ayuda tener un consejero. Uno busca al consejero que le diga lo que ya ha decidido creer. Pero necesita que el juicio venga de afuera, así salva ante sí mismo la imagen de objetividad. Algo análogo sucede con la conciencia nacional. Pero hay una diferencia: para el funcionamiento de ciertos mecanismos no es sólo útil, sino indispensable la existencia de otra conciencia que juegue el papel de engañadora.
Hay mecanismos indirectos y directos. Los primeros no tocan propiamente el tema, sino más bien impiden que éste aflore. Uno de ellos y muy poderoso, es el miedo. Ya mencionamos la táctica de pasar periódicamente documentales de agosto de 1973. El mensaje implícito es éste: “no conviene escarbar mucho este asunto, porque podría destaparse algo desagradable y eso, tal vez, nos llevara de vuelta a lo de antes, a agosto del 73”.
Otro mecanismo es el desplazamiento de la capacidad de solidaridad hacia objetivos puntuales, desviándola de los objetivos globales. La gente honesta, y particularmente los cristianos, necesita preocuparse de los demás y no sólo de sus intereses personales y familiares. Ahí pueden venir en su ayuda los medios de comunicación y presentarles una campaña de ayuda al lisiado, al anciano, etc. Estos son objetivos nobles y hay que aplaudir su promoción. Lo que no hay que aplaudir es que acallen o sustituyan la preocupación por los problemas globales. El “caso Letelier” no es sólo un asunto de la Justicia; es también un asunto de Chile y distraer a los chilenos de afrontarlo sería una forma de engañar a la conciencia nacional. Por eso, cuando el proceso llegue a la opinión pública esperamos que tenga la acogida que le corresponde en los medios de comunicación.
Entre los mecanismos directos, el primero que podemos mencionar, es la confusión: un día se atribuye el asesinato de Letelier a la KGB y se lo vincula al “suicidio” de Beatriz Allende; otro día se lo atribuye a la CIA y se trata de implicar al Embajador norteamericano; luego se anuncian pruebas decisivas “que por el momento no es posible revelar”, etc., etc. El objetivo es simple: hacer que el hecho se convierta en selva impenetrable, como nuestros bosques de coigües en el Sur. La persona se enreda en la multitud de senderos que desembocan los unos en los otros. “¿Qué quiere Ud. que haga? Esto es muy complicado, si ni siquiera los especialistas se ponen de acuerdo”. El objetivo se ha cumplido: la verdad no puede aparecer y la conciencia se queda paralizada.
Un segundo mecanismo consiste en hacerse la víctima. Ejemplo sería un razonamiento de este tipo: “Tuvimos que defendernos porque Letelier iba a crear un gobierno en exilio e iba a destruirnos”.
Un tercer mecanismo es la división en blanco y negro: uno ve en los suyos sólo el bien y en los otros sólo el mal. Además el mal lo proyecta afuera: son los “malos chilenos”, que no tienen derecho a vivir en Chile, porque Chile es sólo de los “buenos chilenos”. Lo único que se presume y se espera de los “malos chilenos” es la agresión.
Señalemos finalmente el mecanismo de la racionalización. Uno acepta, en teoría el orden ético, pero se dispensa de él en la práctica, “porque todos los países hacen lo mismo y ésta es la única manera de funcionar”.
Estos diferentes mecanismos a menudo se refuerzan mutuamente. Además la mayoría de ellos requiere un manejo muy sofisticado de los medios de comunicación. Pero eso hemos hablado de otra conciencia engañadora, que sabe lo que quiere y que lo busca técnicamente.
Para que estos mecanismos surtan su efecto hace falta un requisito esencial: la complicidad de la conciencia engañada. Se necesita que ésta desee ser engañada. ¿Y por qué puede desearlo? Porque la verdad le resulta intolerable, porque no está dispuesta a pagar el precio para alcanzarla y asumir las consecuencias de ella. Lo contrario es lo que hace la conciencia que afronta.
Esta conciencia no se otorga “facilidades”; es una conciencia que hace preguntas y estas preguntas son como el alfiler que pincha el globo del engaño. Veamos qué sucede con algunos de los mecanismos señalados cuando la conciencia acepta hacerse preguntas. Tratemos de objetivar el miedo. ¿Es tan cierto que la verdad sobre Letelier significaría volver al “caos” del 73? Primero que todo no se sabe cuál es esa verdad y, si no se sabe, ¿cómo se pueden prever con tal claridad las consecuencias? Además, ¿a quién le conviene que uno tenga miedo?, ¿quién sale ganando con ello?
Lo mismo podemos hacer con la confusión. ¿Hay confusión? Pidamos foros esclarecedores. Este país tiene hábito de foros y de haber llegado a la verdad en muchas cosas. ¿Por qué no intentarlo ahora en que la verdad importa tanto?
Por último, el argumento de que “todos lo hacen” apenas resiste un examen serio. ¿Lo aceptarían muchos cristianos, y mucha gente honrada no cristiana, como criterio para su vida personal? Pero esto tampoco vale en la vida nacional ni en la internacional. Abandonar el principio ético en la vida nacional es proclamar la ley del más fuerte y renunciar a toda institucionalidad. Si “nosotros” podemos usar la fuerza al margen de la moral, ¿por qué no “ellos”? Curiosa manera de combatir el marxismo que consiste en decirles: “En lo único que los aventajamos es en que somos más brutos que Uds.”. Pero también en la vida internacional es nefasto renunciar a la moral y resignarse a la ley de la fuerza. Chile no está precisamente entre los más fuertes. Nuestra fuerza frente a Argentina es sobre todo la fuerza del derecho y nuestra fuerza frente a los países industriales es la fuerza de la opinión pública mundial, la fuerza de la conciencia.
Nos hemos extendido sobre el tema de la conciencia nacional, porque ésta ha sido manipulada y confundida. Es preciso ayudarla a aclararse. Pero ver con claridad no es una meta en sí, sino el requisito para asumir las propias responsabilidades. Queremos terminar con una consideración general y con algunas preguntas al respecto.
Los hombres a largo plazo y en las cosas básicas viven de la verdad. Cuando la mentira se instala en la médula de nuestra conducta, se puede seguir viviendo biológicamente, pero la vida deja simplemente de ser humana. Esto, que es patente en el amor y en general en las relaciones entre las personas, es también válido para las naciones. La verdad es fundamental para la vida humana, pero lo es de un modo especial para los cristianos. Ella es uno de los temas centrales del Evangelio de Jesús: “Y el juicio consiste en ésto: en que la luz ha venido al mundo y los hombres han amado más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. En efecto, el que obra el mal odia la luz y no se acerca a la luz, de miedo a que sus obras sean develadas; pero el que hace la verdad viene a la luz para que aparezca a la luz del día que sus obras son hechas en Dios” (Juan III, 19-21).
¿Cómo afrontar el caso de Letelier? Por ahora está en el ámbito de la Justicia. Pero vendrá un momento en que se pueda conocer la verdad y entonces pueden eventualmente haber responsabilidades sobre todo para el Gobierno, pero también para los medios de comunicación social y para la sociedad entera. Apuntaremos aquí algunas preguntas.
Supongamos que se probara la participación de la DINA. Tratándose de un organismo jerárquico y de una acción de envergadura, habría que probar que llegó sólo a ciertos niveles. ¿A cuáles? Si no se tratase ya de responsabilidad legal, ¿hasta qué niveles del Gobierno llega la responsabilidad política? Y en todo caso, ¿con qué grado de credibilidad y con qué imagen pública queda un Gobierno en el manejo de las relaciones internacionales y frente a sus propios ciudadanos? La nueva negación de toda responsabilidad en los hechos, ¿podría satisfacer una recta conciencia nacional? ¿Cuáles serían las consecuencias morales para la conciencia nacional?
Los medios de comunicación social tienen también bastante responsabilidad propia. No dependen exclusivamente del Gobierno. También les cabe parte en la responsabilidad a los grupos económicos que auspician los programas, y a los distintos sectores de opinión que tienen algún influjo en ellos. Los medios de comunicación pueden fallar por acción o por omisión: por la mentira burda que engendre la confusión, por la complicidad de un silencio discreto o de una noticia importante que se hace pasar inadvertida, por la timidez en exigir declaraciones, etc.
Por último, está la responsabilidad de la sociedad entera, pero sobre todo de los que en ella tienen autoridad moral y capacidad de hacerse oír. Lo peor que puede sucederle a una sociedad no es que en ella se cometan faltas graves, sino que no haya capacidad de indignación y de sentir vergüenza. O bien de que la indignación y la vergüenza sean meramente destructoras y no haya también en ella capacidad de reconciliación y de perdón creador. Si esto llegara a suceder sería señal de que la conciencia servil o la conciencia resentida han contaminado el alma misma de la sociedad chilena. ¿Sabrán los chilenos reaccionar ante la verdad, cualquiera que ella sea, con entereza y a la vez con magnanimidad? ¿Sabrán comprender que es esta una responsabilidad que no pueden delegar? Cualquiera que sea la actitud del Gobierno y de los medios de comunicación, cada uno tiene una responsabilidad intransferible. Lo que deseamos es que cada uno asuma la suya y actúe en consecuencia.
Lo peor que puede sucederle a una sociedad no es que en ella se cometan faltas graves, sino que no haya capacidad de indignación y de sentir vergüenza.
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