Octubre, 1952: “Apremiantes reformas sociales”

Como una manera de recordar las expectativas del padre Alberto Hurtado acerca de las tareas sociales en el país, revista Mensaje publicó, poco después del fallecimiento de este, un escrito suyo sobre cómo reformar estructuras bajo una concepción cristiana.

Hace 150 años nació un nuevo régimen económico originado por el descubrimiento de la máquina y por el nacimiento del capitalismo, bajo la inspiración de un liberalismo materialista. Desde entonces se ha multiplicado en todos los países, y es fatal, el número de los que se llaman “asalariados”, de esos obreros que permanecerán asalariados toda su vida, que cada mañana abandonarán a su mujer, a sus hijos, para irse lejos. Millones de hombres se alejan cada día de su hogar, con frecuencia una pocilga, para irse día y noche, aún el domingo, a un trabajo que tendrá sobre su vida personal, sobre su vida familiar y social, repercusiones inevitables. Son millones los que así se han precipitado en el mundo de la industria. ¡Casi la mitad del género humano, mil millones de hombres, está o estará dentro de poco sometido al régimen de trabajo asalariado!

Estos asalariados necesariamente se pondrá en problemas como estos: ¿qué significa mi trabajo? ¿Cuáles son mis relaciones con la dirección anónima de la empresa? ¿Es la ley de la oferta y la demanda la que fija mis medios de vida? ¿Es una fatalidad inevitable que no haya de ser abandonado a la cesantía, a la la invalidez, que yo y mis hijos no tengamos ninguna seguridad para el mañana? ¿Cuál es mi sitio en la sociedad? ¿Somos parias, excomulgados de la vida, de la comunidad nacional?

El problema central no es la existencia del socialismo o del comunismo: es la existencia de este régimen de trabajo que influencia a millones y millones de seres, en su vida física, intelectual o moral.

Predicamos a los esposos: tener hijos, pero en realidad deben ser heroicos para tenerlos. Hay un problema de moral social que es más grave que el problema de moral individual: la vida debe estar organizada en tal forma que los niños pueden llegar; debe haber habitaciones, salarios, higiene, seguridad social tal que los niños puedan llegar.

DESORDEN DE ESTRUCTURAS

Un desorden profundo existe en las estructuras mismas de la sociedad. Cada cierto número de años, una crisis hace estragos. Recordamos la enorme crisis de los años 1930 y siguientes con millones de cesantes en todos los grandes países. Las fábricas cierran sus puertas. Las casas de comercio se ven obligadas a liquidar… Momentos  preciosos para el comunismo, favorecido por la miseria y el descontento.

Las empresas económicas no están fundadas para el bien común. Las empresas de tipo familiar casi no existen. Un río de oro en manos de un financista hace brotar una fábrica gigante. Lástima que los campos se despueblen, y que aun otras empresas tengan que fracasar…

Este mundo está construido bajo el signo del dinero. El dinero tiene todos los derechos y sus poseedores son los poderosos. Las grandes empresas económicas no retroceden delante de nada, ni ante la compra de las conciencias, ni ante el dolor humano. Las familias que antes tenían estabilidad en el campo, han sido atraídas hacia las ciudades, y son devoradas más y más por la industria.

La propiedad ha sido el primer dios para muchos. El más intangible de los derechos; no la propiedad en sentido cristiano, sino la propiedad absoluta, la del derecho romano. Su causa ha sido elevada a causa religiosa. Como dice Bernanos: “Cuando se toca la propiedad, se responde con metralla; cuando se toca la justicia, se responde con conceptos filosóficos, y hay quienes se escandalizan de que algunos puedan atreverse a usar tales conceptos”.

El Estado toma un sitio preponderante. Tanto él como la sociedad anónima son patrones sin entrañas: son grandes instituciones despersonalizadas frente a las cuales el obrero es una cifra, cuyos problemas personales no cuentan, cuya individualidad no es tomada en consideración. El Patrón es un consejo inaccesible que no ve, ni palpa, sino que oye relaciones generales de balances: entradas, gastos, aumento de maquinarias, industrialización progresiva.

Las grandes preocupaciones del productor no miran al bien común, sino al suyo propio: producir, producir lo más posible, despertar el apetito de comprar sus productos, sean o no los primeros en importancia: abaratar su costo de producción, ganar lo más posible. Es la economía del interés, economía del lucro, al cual todo se sacrifica.

Al clasificar así el régimen de trabajo no miro determinada industria, ni siquiera determinado país, ni tampoco considero el capitalismo como régimen teórico, sino el capitalismo como históricamente se ha desarrollado en los dos últimos siglos.

REFORMA DE ESTRUCTURAS

Este reforma es uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo. Mientras la vida, su contextura misma, no sea moral, toda reforma está condenada al fracaso.

a) Una sociedad que no hace un sitio a la familia es inmoral. Predicamos a los esposos: tener hijos, pero en realidad deben ser heroicos para tenerlos. Hay un problema de moral social que es más grave que el problema de moral individual: la vida debe estar organizada en tal forma que los niños pueden llegar; debe haber habitaciones, salarios, higiene, seguridad social tal que los niños puedan llegar. Más que a los esposos, hay que predicar a los legisladores, a las instituciones: HACED SITIO A UNA FAMILIA QUE PUEDA VIVIR SEGÚN EL PLAN DE DIOS… de lo contrario, todos nuestros esfuerzos están condenados al fracaso, como lo vemos constantemente. Y creo que en esto no hemos insistido bastante ni los moralistas, ni los sacerdotes: buscamos soluciones individuales a problemas que son sociales; como buscamos soluciones nacionales a problemas que son internacionales.

b) UNA SOCIEDAD QUE NO RESPETA AL DÉBIL CONTRA EL FUERTE, al trabajador contra el especulador, quien no puede reajustarse constantemente para repartir las utilidades y el trabajo entre todos, no permite al hombre corriente una vida moral. TAL SOCIEDAD ESTÁ EN PECADO MORTAL. No basta llamar a algunos amigos de buena voluntad para ponerlos en vías de solucionar algunos problemas: HAY QUE CAMBIAR LOS CUADROS SOCIALES.

Podemos multiplicarnos cuanto queramos, pero no podemos dar abasto a tanta obra de caridad como se necesita. No tenemos bastante pan para los pobres, ni bastantes vestidos para los cesantes, ni bastante tiempo para todas las diligencias que hay que hacer. Nuestra misericordia NO BASTA, PORQUE ESTE MUNDO ESTÁ BASADO SOBRE LA INJUSTICIA. Nos damos cuenta poco a poco de que los cuadros de nuestra vida social deben ser rehechos, que nuestra sociedad materialista no tiene vigor, que las conciencias van perdiendo el sentido del deber.

Podemos multiplicarnos cuanto queramos, pero no podemos dar abasto a tanta obra de caridad como se necesita.

No podemos aceptar una sociedad en que todo esfuerzo de generosidad, de abnegación, tenga que ir dirigido a socorrer a seres miserables. Dándole a la sociedad una estructura adaptada al hombre, a sus dimensiones reales, la miseria será menos frecuente.

Como decía Víctor Hugo en el parlamento francés: “Somos de los que pensamos que el dolor no puede ser echado del mundo, pero la miseria sí. ENCARGARSE DE PENSAR, ORGANIZAR UNA SOCIEDAD EN QUE LA MISERIA HAYA SIDO ELIMINADA es la mayor obra de misericordia que pueda pensarse”.

En la parábola del Samaritano, el Señor alaba al que tomó a su cargo el herido y vendó sus llagas. ¿Qué habría dicho Jesús del que hubiera realizado un orden de justicia tal que el pobre caminante no hubiese sido herido, un orden en que la justicia reine, que haga innecesarias esas prestaciones de caridad, que los más —como en el caso de la parábola— no realizan, dejando los débiles a solas con su dolor?

LAS REFORMAS PROPUESTAS

Puede enfrentar el problema de la reforma de estructuras. Tres soluciones inapropiadas especialmente han sido propuestas.

1) La marxista: un ideal generoso en la base: nivelar las desigualdades humanas. Pero ¿cómo dividir entre los hombres, en igualdad, todos los bienes cuando éstos no son oro ni papel? ¿Cómo dar a uno un pedazo de tierra y al otro su equivalente en oro? Y, aunque esta repartición fuese posible, ¿no aparecería nuevamente la desigualdad y sería necesario recomenzar de continuo?

Por eso nadie piensa en tal repartición y se habla de entregar la propiedad de los medios de producción al Estado, prácticamente al partido. Este detendría toda la propiedad, toda la gestión, toda la responsabilidad.

Rechazamos el comunismo, no porque pida demasiado sino porque en el fondo ofrece demasiado poco, y a un precio excesivo: ¿qué ofrece? ¡Una nivelación mayor! ¿Tiene como garantizarla? ¿A qué precio?: el de la exclusión de Dios, la degradación progresiva del hombre en el personalismo de la naturaleza material y en el anonimado de la totalidad; el de la victoria de lo inhumano y el de la consagración de todas las fuerzas de división (Rideau, Sed. Comuniste et Réflex. Chret.).

Si este sistema llegar a triunfar —lo que no sucederá— la humanidad habría retrocedido mil años pero, advirtámoslo bien, no vamos a impedir su auge con protestas, con gritos de escándalo, con puras medidas represivas, sino con un sistema mejor pensado que realmente eleve al hombre, satisfaga sus aspiraciones de justicia, de vida humana, de dignidad, su conciencia —en muchos, quizás inconsciente— de que son de la familia de Dios. Mientras esto no llegue, serán ellos los que representarán el anhelo de justicia popular; su triunfo sería el juicio de la pobreza de nuestra fe, de la debilidad de nuestra caridad. Como decía un ardiente marxista, hombre sincero: “Si yo fuera espiritualista, yo diría que nuestra misión es despertarlos a ustedes, los cristianos”.

2) La fuerza de un poder nacional

Si con estas palabras se quiere entender el control omnímodo del Estado, obtendremos tal vez éxitos aparentes, de corta duración, y el precio también de la libertad, de la democracia, del crecimiento, de personalidades espontáneas y responsables.

Si queremos decir que al progreso católico bajo la versión del dinero hay que poner un progreso racional, dirigido por una autoridad real, eficiente, que oriente la vida y actividades del país al bien común, no podemos menos de aplaudir y desear tal fuerza en un poder nacional, uno de los elementos básicos de la solución cristiana. Más aún, no podemos menos de desear ardientemente una autoridad suprema sobre las naciones que estabilice en justicia y caridad los intercambios entre las naciones, para que todo hombre pueda vivir, pues la familia humana no muere en las fronteras de un país.

Autoridad, sí, la reclamamos; pero no arbitrariedad, sino servicio del gobernante al bien común. La noción cristiana de autoridad es la de servir y amar, y por eso nuestro jefe supremo el Servus servorum, su principal derecho es el de amar más y servir más plenamente.

3) La libre actuación del capital

Sí, son importantes los derechos del capital; pero el lucro, la utilidad, debe ceder al bien común, la producción al consumo. El capital tiene sus derechos, pero mayores los tiene el hombre y su familia: este es el primer principio de toda sociología humana. Para favorecer esta vida humana, para aumentar la seguridad y la alegría, para dar libertad al trabajador, para permitirle una educación, una cultura, el dinero vendrá en su apoyo. El capital tiene un sitio, pero después del trabajador, de todos los trabajadores, los que trabajan con la inteligencia o con las manos. Pero no tiene derecho a entrometerse libremente a perturbar el juego de las instituciones.

El crédito, como se comienza a comprender, es un arma de dos filos: puede servir para construir, o para destruir, arruinando por una superproducción la vida normal de un país.

Que en ningún caso el dinero prescinda de las necesidades humanas y de la seguridad social de los trabajadores. El dinero no tiene la primacía sobre el hombre. La banca no está sobre la empresa. Las empresas y sus jefes deben estar bajo el control de la profesión organizada para mirar por el bien común. Estas limitaciones son necesarias para que el capital ocupe su sitio para que el crédito sirva para el bien y no para el mal. La economía tiene sus derechos, pero no para la sola utilidad del capital, sino para el bien de la comunidad.

LA CONCEPCIÓN CRISTIANA

Ella tiene en cuenta los puntos de vista justos de los grandes movimientos contemporáneos que acabamos de señalar pero los completa, excluyendo todo unilateralismo y los supera dándoles un espíritu y un alma.

La solución cristiana tiende a suprimir lo que el Card. Suhard llamaba “el escándalo de la condición proletaria”, esto es el estado de inseguridad, de incertidumbre en que vive el que nada tiene que respalde humanamente su porvenir.

Para desear este cambio tiene un motivo más poderoso, inmensamente más fuerte que los marxistas, nacionalistas y cualesquiera otra tendencia, pues nosotros sabemos que cada trabajador, cada molesta obrerita tiene derechos inviolables, basados en los de Dios mismo del cual son imagen. Ahora bien, estos seres, imágenes y templos de Dios, están, dice Pío XI, “reducidos al angustiosa miseria y se esfuerzan en vano por salir de ella”. De la fábrica, dice el mismo Papa, “la materia inerte sale ennoblecida, mientras los hombres en ella se corrompen y degradan”. Por eso urge una desproletarización total del trabajador: interna y externa, personal y familiar, material y espiritual.

Refiriéndome en primer lugar a la reforma de estructuras que es indispensable para asegurar los otros aspectos de la liberación proletaria, podemos con seguridad afirmar algo que ningún católico puede escandalizarse de oír, pues no se atemorizó de decirlo el gran Pío XI en Quadr. Anno: “Las riquezas multiplicadas tan abundantemente en nuestra época están mal repartidas e injustamente aplicadas a las distintas clases”.

Y nuestro pontífice en 1947 (7 Sept.) añadía: “Para los católicos, hay un camino claro en la solución del problema social. Aquello a lo que podéis y debéis tender es a una más justa distribución de las riquezas. Esto es y permanece un punto central de la doctrina católica en materia social. La iglesia se opone a la acumulación de estos bienes en las manos de unos pocos extrarricos mientras vastos sectores del pueblo están condenados a un pauperismo indigno de seres humanos. Una más justa distribución de las riquezas es, pues un alto fin social, digno de nuestros esfuerzos”.

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