Las expectativas de Mensaje ante el Concilio Vaticano II, que se iniciaría ese mes, fueron sintetizadas en el editorial de la revista: un “diálogo auténtico, humilde, fraternal, trascendente, tal ha de ser el “diálogo en la Iglesia”.
Han pasado ya casi cuatro años desde que nuestro actual Pontífice hiciera pública su decisión de convocar un nuevo Concilio ecuménico. El futuro ha pasado a ser presente y un acompasado y alegre repicar de campanas nos recordará el 11 de octubre la realización de esta inspirada iniciativa de Juan XXIII.
Muchos verán quizás en el próximo Concilio solamente la “noticia llamativa”: tres mil Obispos de todo el mundo —pueblos, razas, lenguas diversas— congregados junto al trono de Pedro en un grandioso marco. Pero no olvidemos que un Concilio ecuménico es algo más que el monótono cumplimiento de una rutina. Tampoco puede reducirse a un acto académico, por solemne que éste sea. Un Concilio ecuménico responde siempre a una hora de crisis, a un angustioso llamado del mundo. La Iglesia necesita de vez en cuando reunirse y tomar asi el pulso a los tiempos en que vive; necesita hacer ligeros cambios de timón y adaptarse al Espíritu que la impulsa, ese Viento sagrado que es al mismo tiempo luz y fuego.
El Espíritu Santo, en efecto, no es monopolio del Sumo Pontífice; ni siquiera de la totalidad de los Obispos. Tanto el Papa como los Obispos gozan de una asistencia especial del Espíritu, pero éste penetra y anima toda la Iglesia; y —conviene recordarlo siempre— la Iglesia está constituida también por los fieles. Niños, mujeres, obreros, empleados, profesores, industriales, políticos, gobernantes, artistas ¡todos somos Iglesia!
En sus definiciones “ex Cathedra” el Papa goza de infalibilidad. No puede, por consiguiente, equivocarse, ya que en estas circunstancias habla como visible cabeza del Cuerpo místico de Cristo y participa de la infalibilidad de la Iglesia. Pero esta peculiar asistencia del Espíritu Santo no lo exime del trabajo de documentarse, de estudiar, de escuchar otras opiniones, de reflexionar y orar. La asistencia del Espíritu evita el error, pero no asegura que la fórmula adoptada sea la más precisa, que la medida propuesta sea la más adecuada. La historia de la Iglesia nos muestra cómo fórmulas verdaderas pero unilaterales y ambiguas, propuestas por Romanos Pontífices, fueron, no contradichas, pero sí contrapesadas y precisadas por otros. De aquí el deber que tiene el Papa de “dialogar” con sus Obispos, de oír lo que “el Espíritu dice a las Iglesias”.
Esta es la razón de ser de todo Concilio Ecuménico. Pero lo que hemos dicho de la infalibilidad del Papa vale también de la infalibilidad conciliar. No caer en el error no significa necesariamente adoptar la mejor y más adecuada medida, formular la verdad más completa y del mejor modo posible. Jamás un Concilio ha contradicho a otro, pero sí ha matizado y precisado algunas de sus formulaciones.
Hemos dicho que la razón de ser del Concilio es reunirse la Iglesia para oír la voz del Espíritu enderezando sus pasos por el camino que Él perennemente indica y que no es otro que el camino de Cristo. Es toda la Iglesia la que ha de estar realmente representada ya que el Espíritu Santo no ilumina solamente al Papa y a los Obispos, sino también a los fieles.
De aquí que el Papa deba mantenerse en “diálogo” con sus Obispos. De aquí también la necesidad de que los Obispos se mantengan en diálogo con sus fieles. Todo Concilio es una gran esperanza y, por lo mismo, una grave responsabilidad. Jamás podrá ser un fracaso, pero sí puede ser una esperanza frustrada, un éxito disminuido. Mientras más “diálogo” haya, más representativo será el Concilio. Será más Iglesia y realizará plenamente la esperanza que lo hizo nacer.
Hay en la Iglesia un sano progresismo como hay también un sano integrismo. Serán sanos mientras tengan clara conciencia de sus límites y se respeten el uno al otro complementando sus puntos de vistas.
De lo dicho fluye espontáneamente una conclusión. Frente a este magno acontecimiento no podemos contentarnos can ser pasivos y curiosos espectadores. Si somos cristianos debemos darnos cuenta de que el Concilio es “nuestro” Concilio. No se discute allí algo ocioso, sino que se busca un camino, “el camino” por el que debemos “nosotros” marchar. Tenemos, por consiguiente, la grave obligación de unirnos espiritualmente a nuestros Obispos. Debemos orar, y orar porque este profundo “diálogo” se realice en plenitud.
Hay en la Iglesia un sano progresismo como hay también un sano integrismo. Serán sanos mientras tengan clara conciencia de sus límites y se respeten el uno al otro complementando sus puntos de vistas.
Pero esto no basta. Es necesario que tomemos conciencia de nuestra responsabilidad. Es necesario que a raíz de este acontecimiento reflexionemos acerca de lo que significa “diálogo en la Iglesia”.
Siempre ha habido y habrá en la Iglesia de Cristo diversidad de sentires y pareceres. Evidentemente esta diversidad de opiniones no puede recaer sobre la verdad revelada y definida por la Iglesia ya sea mediante su Magisterio ordinario o extra-ordinario. Sabemos que Cristo une en la persona del Verbo su naturaleza divina y su naturaleza humana. Sabemos que María es realmente madre de Dios e inmaculada. Sabemos que Cristo está realmente presente en la Eucaristía. Sobre todas estas verdades y sobre otras muchas no cabe simplemente, discusión. Y esto no significa “intolerancia”, cerrazón de espíritu, servilismo, sino simplemente “Fe”: aceptación de la “Palabra” del que no puede equivocarse ni puede engañarnos.
Pero queda un inmenso margen abierto acerca del cual la discusión no sólo es legítima sino conveniente y necesaria. Y esta discusión sincera, afanada por la verdad, es precisamente “diálogo”.
Siendo la Iglesia la continuadora de Cristo, su Cuerpo místico, ha de ser como Él, la que une extremos a primera vista inconciliables: tiempo y eternidad, contingencia y absoluto, muerte y vida, tierra y cielo.
No es de extrañar, por consiguiente, que la vida de la Iglesia sea necesariamente tensión y conflicto. Por un lado, es histórica, ligada a un pasado bien preciso: el colegio apostólico; es, por lo mismo, institución visible y terrenal. Por otro lado, es trascendencia, futuro, “Jerusalén celestial”, espiritual e invisible. Es de “este mundo” y “del otro”. Es santa pero sus hijos son pecadores. Es materia —agua, sal, óleo, gesto y palabra— pero al mismo tiempo es “gracia” —espíritu que vivifica y da sentido a esa materia—. Es masa y levadura, carne y Espíritu.
Esta estructura antinómica y paradojal de la Iglesia explica y hace necesario el que haya en ella diversas corrientes de pensamiento. Podríamos hablar de “partidos” y, adecuándonos al vocabulario de nuestro tiempo, de “derecha” e “izquierda”. Pero notemos que estas corrientes de pensamientos, aunque a primera vista opuestas, tienen una función integradora; han de contrapesarse y complementarse recíprocamente. Sólo en “diálogo” realizan su misión. Si se aíslan y hermetizan —ya sea la izquierda o la derecha— dejan de ser “Iglesia” y pasan a ser abierta o encubiertamente “herejías”, cuñas que cruelmente vulneran la unidad del Cuerpo de Cristo.
Hay en la Iglesia un sano progresismo como hay también un sano integrismo. Serán sanos mientras tengan clara conciencia de sus límites y se respeten el uno al otro complementando sus puntos de vistas. Pero si el diálogo se rompe, en su lugar tendremos “jansenismo”, “pietismo”, “tradicionalismo”, “modernismo”, etc. No ya puntos de vista diferentes respecto a la misma verdad, sino verdades truncadas, exorbitadas y, por lo mismo, errores. El progresista se afanará en adaptarse a las circunstancias y prescindirá fácilmente de tradiciones y costumbres. Corre el peligro de transformar el cristianismo en una religión subjetiva e informe, de compromisos dogmáticos, sin cuerpo, sin sentido de autoridad. El integrista, en cambio, echa firmes raíces en el pasado y defenderá la tradición contra la marejada del tiempo. Corre el peligro de transformarse en un legalismo sin alma, en un ritualismo esclerotizado e infecundo, olvidando que Cristo es la Palabra perennemente viva y por lo mismo siempre presente. Peligro de irenismo, de secularización, por un lado, peligro de momificación, de fariseísmo, por el otro. Dos polos complementarios y destinados a fecundarse mutuamente, pero bajo la condición de mantenerse “en diálogo”, unidos y no enconadamente separados.
Hoy más que nunca se hace necesario vivir el diálogo cristiano, ya que pertenecemos a un mundo en que el auténtico diálogo ha sido reemplazado por un hipócrita intercambio de frases tópicas y sin sentido humano. Ionesco es un símbolo de nuestro tiempo.
En primer lugar, el diálogo ha de ser auténtico; dos monólogos jamás lograrán hacer un diálogo. Dialogar significa exponer un punto de vista y prestar atención al otro punto de vista. Sólo dialoga el que sabe escuchar, el que se afana por comprender, el que ama más la verdad que tener “él” la razón, el que está dispuesto a ser enriquecido por otro, el que reconoce sus límites. No basta entrecruzar palabras como los espadachines entrechocan sus aceros. No se dialoga para “ganar” sino para “buscar”. Toda actitud prejuiciada e imperialista, ya sea por vanidad, por timidez o por soberbia, hace imposible el verdadero diálogo. Sólo puede dialogar el que está dispuesto a perder.
De aquí que el diálogo suponga humildad. No nos referimos a la humildad de garabato, al sonoro y llamativo “mea culpa”, sino a la humildad cristiana. Ser humilde significa simplemente reconocerse hombre y, por lo mismo, incompleto, limitado, necesitado de apoyo. No tenemos necesariamente que partir de la base de que “yo” tengo la razón y de que el “otro” está equivocado. La humildad nos enseña a aventurar francamente nuestros pareceres, pero sabiendo que podemos estar equivocados. Por lo mismo, conviene oír el parecer de otros y ver si ellos tienen mejores razones que nosotros.
Pero esta humildad sólo será posible si se basa en el amor. En primer lugar, amor a los demás. Este amor sincero al prójimo, al “hermano”, incluye necesariamente una actitud de respeto. Aunque yo sea “progresista” respeto a mi hermano “integrista” y, por lo mismo, respeto su opinión, es decir, la “oigo” y me “esfuerzo en comprenderla”.
En segundo lugar, amor a la “verdad”. Sólo es capaz de dialogar el que es capaz de amar algo que está fuera de “sí mismo”. Quien no ama, no busca, y “dialogar” significa buscar. El egoísta está condenado a un eterno y estéril soliloquio. Únicamente el que haya logrado traspasar la barrera del “yo” y anhele un “tú” que lo complemente será capaz de sacrificar comodidades y aplausos seductores lanzándose al desierto en pos de una estrella. Buscar la verdad no es empresa fácil; supone esfuerzo, perseverancia, desinterés, más de alguna vez, heroísmo. Solamente el amor, el auténtico amor, puede hacer posible todo esto. Sólo por amor se puede renunciar al placer, a la fama, al poder, al prestigio y seguir en la oscuridad y en el silencio la verdad buscada. Sólo por amor se puede emigrar de sí mismo.
Diálogo auténtico, humilde, fraternal, trascendente, tal ha de ser el “diálogo en la Iglesia”. Diálogo de hermanos entre sí y de fieles con sus jerarcas; horizontal y vertical, igual que la cruz de Cristo, Palabra de Dios encarnada, supremo testimonio de verdad y de amor.
Mensaje