Octubre, 1962: “Rusia, Cuba, Estados Unidos y América Latina”

La instalación de misiles rusos en Cuba generó una de las crisis internacionales más rudas de la segunda mitad del siglo XX, temiéndose un enfrentamiento bélico con un impacto inimaginable. Esa amenaza, además del puzle geopolítico latinoamericano, fue materia del análisis de Alejandro Magnet.

En el mes de julio pasado comenzó a intensificarse el movimiento de barcos entre los puertos soviéticos y Cuba. Por lo menos cinco buques de pasajeros y once de carga llegaron en julio a Cuba desde la URSS. En el mes siguiente ese tráfico prosiguió y hasta aumentó.

Los barcos eran descargados en recintos portuarios cerrados y, preferentemente, de noche. Cosa insólita, el número de pasajeros era excepcionalmente elevado. Hasta mediados de agosto, a juzgar por los barcos arribados, podían haber llegado unos 4.000 pasajeros soviéticos a Cuba. Los cubanos que han seguido llegando a Miami completaban los informes obtenidos por la observación constante de las aguas internacionales en torno a la isla. La prensa norteamericana comenzó a dar la alarma.

El 22 de agosto, en una de sus habituales conferencias de prensa, el Presidente Kennedy fue interrogado acerca de ese fenómeno. Contestó que era efectivo el aumento de los embarques de hombres y material ruso a Cuba, pero que no había informaciones sobre la presencia de fuerzas rusas de combate en la isla.

Antes de una semana, la agencia Tass anunciaba en Moscú que este año la URSS duplicará sus envíos a Cuba y que cientos de miles de toneladas de toda clase de productos y equipo habían sido ya embarcados. Luego, el 2 de septiembre, la misma agencia oficial hizo saber que se había llegado a un acuerdo entre la URSS y Cuba por el cual aquel país enviaría a este todo el armamento necesario para permitirle hacer frente a “las amenazas imperialistas”.

En el hecho, ese armamento se hallaba ya, por lo menos en parte, en territorio cubano y en Estados Unidos el problema cubano había saltado casi permanentemente a la primera plana de la actualidad. Durante el mes de septiembre la tensión creada por la llegada de armas soviéticas “a noventa millas de nuestras costas” se mantuvo.

El semanario “Time” (que no podría ser acusado de minimizar la presencia rusa en Cuba) habla de 4.000 soviéticos en la isla, llegados desde julio a mediados de septiembre. Según la misma revista se trata no de soldados, sino de técnicos encargados de montar una cadena de puestos de radar en torno a la isla y de instalar bases para cohetes y de adiestrar luego a los cubanos para manejarlos. Además, se instalarían puestos para seguir la trayectoria de los proyectiles que se disparen desde el cercano Cabo Cañaveral y de los cohetes que lancen los rusos desde el Asia Central. Por su lado, Kennedy declaró a los periodistas que, según sus informaciones, no había en Cuba sino unos 1.500 soviéticos a los que se pudiera llamar de “carácter militar”, aunque no son propiamente soldados.

Habría, además, unos 90 aviones Mig de caza, pero 70 de ellos de modelos anticuados y sólo 20 de los primeros supersónicos (los MIG-19). Hay evidencia también de que han llegado lanchas torpederas (hasta una decena) y es posible que se haya gestionado la adquisición de seis destructores rusos.

Tanto Fidel Castro como los rusos han insistido en que este armamento y la artillería también enviada, es puramente defensivo. El Presidente Kennedy ha afirmado lo mismo a sus compatriotas pero no por eso la situación se ha calmado.

¿Y LOS COHETES?

Es evidente que todas las armas enumeradas no tienen ningún valor ofensivo.

El problema es el de los cohetes. Con proyectiles de mediano alcance, Castro podría bombardear la Florida, incluyendo Cabo Cañaveral y, peor aún, dominar rutas marítimas vitales en el Caribe: el estrecho de la Florida, el de Barlovento, entre Cuba y Haití, el de Jamaica entre esta isla y Haití, y aún barrer parte del golfo de México y del mar Caribe en los accesos al canal de Panamá y la ruta de los petroleros que salen de Venezuela.

Más aún, con cohetes de largo alcance, desde Cuba, se cubre todo el continente americano, comenzando por Estados Unidos. Y si esos cohetes tienen bombas nucleares…

Estas visiones terroríficas no resisten, sin embargo, el menor análisis, al menos consideradas como posibilidad inmediata.

Desde luego, no hay indicio ninguno de que hasta el momento los rusos hayan desembarcado en Cuba cohetes ofensivos (de tierra a tierra) de mediano y, menos aún, de largo alcance. La prensa y las agencias norteamericanas han destacado, y con bástante razón, que Khruschev no tiene mucha confianza en un hombre tan impulsivo e inestable como Fidel Castro. Este se proclama marxistaleninista y se jacta de su alianza con el poderoso gobierno moscovita, pero en ningún momento se ha proclamado comunista sujeto a la disciplina internacional del Partido. ¿A semejante líder le iba a entregar Khruschev los medios de desencadenar un conflicto que podría ser mundial y que, casi inevitablemente, lo sería en caso de dispararse desde Cuba una bomba nuclear? ¿Qué puede ganar Rusia con ello?

CUBA, BASE POLÍTICA

Hay que partir de un hecho fundamental: que Cuba es infinitamente más útil a Rusia como base política que como base militar. Por lo tanto, los rusos no transformarán a Cuba en base militar con capacidad ofensiva contra Estados Unidos. Puede darse por seguro que en este caso los norteamericanos intervendrían militarmente y la isla desaparecería como base militar —y política— del comunismo en América. Rusia no va a arriesgar una guerra total por convertir a Cuba en una posición que no necesita. Paradójicamente, la misma seguridad dada por Khruschev el 11 de septiembre en el sentido de que una agresión norteamericana a Cuba desencadenaría una guerra total, confirma lo dicho y significa una fanfarronada con fines de propaganda. La declaración se produjo después que Kennedy había dicho públicamente por lo menos dos veces que no consideraba el armamento cubano como peligroso y que, mientras mantuviera su carácter defensivo, Estados Unidos no actuaría contra Cuba militarmente. Después de haberse comprometido a defender a Cuba, incluso con armas nucleares, Khruschev no va a crear en Cuba las condiciones para que necesariamente se produzca el ataque norteamericano… la respuesta rusa y la guerra total.

Esta situación no cambia si se considera la posibilidad de que las armas ofensivas en Cuba no se hallen bajo el control de Fidel Castro sino bajo el de las fuerzas rusas allí destacadas. Tal situación sería semejante a la que hay, por ejemplo, en Alemania o Gran Bretaña, donde son los norteamericanos los únicos que pueden apretar el botón rojo que haría partir los cohetes con bombas nucleares. A los responsables de la seguridad norteamericana les da lo mismo que las bases ofensivas en Cuba las controle Fidel o Nikita; lo que para ellos es inadmisible es que se encuentren allí.

Por otro lado, puede creerse que, por loco que sea Fidel Castro, no lo es tanto como para exponerse innecesariamente convirtiendo a Cuba en el blanco número 1 de una guerra nuclear. ¿A cambio de qué ventaja inmediata podría asumir ese riesgo? La respuesta podría ser que Fidel Castro ya no tiene libertad para elegir y negociar con los rusos. Pero, aún aceptando eso —lo que dista de estar probado—, se vuelve a la cuestión primera. Cuba es infinitamente más útil a Rusia como base política que como base militar ofensiva que no necesitan. Y al hablar de base política no se puede mirar a Cuba solamente como una especie de escaparate desde el cual la URSS quiere mostrar cómo un país latinoamericano puede desafiar a Estados Unidos y, a la vez, superar su subdesarrollo en cortos años. Cuba es también un peón sobre el tablero mundial en que las dos superpotencias libran la partida de la guerra fría.

A los responsables de la seguridad norteamericana les da lo mismo que las bases ofensivas en Cuba las controle Fidel o Nikita; lo que para ellos es inadmisible es que se encuentren allí.

DESDE EL ÁNGULO RUSO

Dicen que la mejor —sino la única— manera de llegar a una victoria o a un arreglo en un conflicto, es colocándose en el lugar del adversario para ver las cosas (y verse uno mismo) como éste las ve. ¿Sería posible echar una ojeada a Cuba desde el ángulo ruso?

Desde el estallido de la guerra fría, Estados Unidos ha estado tejiendo y remendando pacientemente una cadena de alianzas militares en torno a la Unión Soviética y China. Se ha aliado con toda clase de gobiernos, “democráticos” o no, y (siempre desde el punto de vista comunista) ha apoyado en todos los países donde han establecido sus bases a los regímenes reaccionarios que le garantizan su permanencia. Desde Noruega hasta Corea del Sur, en torno a la masa continental comunista hay una cadena de bases aéreas y navales, donde regularmente desembarcan tropas y armas norteamericanas. Mientras más cerca están esas bases del corazón del poderío soviético, más preciadas son por los norteamericanos y más temidas por los rusos. Sin embargo, hay una especie de límite tácito. Cuando los húngaros, por ejemplo, se sublevaron en 1956 y pidieron ayuda a Occidente, los norteamericanos no se movieron y los húngaros fueron aplastados.

Cuando los comunistas quieren seguir creciendo como la mancha de aceite, como quisieron hacerlo en Grecia hace quince años o, actualmente, en Vietnam del Sur, los norteamericanos se hacen presente con armamentos y material y ayuda económica.

Por otra parte, el que se coloque en el punto de vista de Fidel Castro puede comprender que éste tema una invasión. En la Reunión de Punta del Este, cuando se les expulsó de la O.E.A., los cubanos sostuvieron que ése no era más que un paso para una nueva agresión armada, más a fondo y “legalizada” que la de abril de 1961. Fuera de la O.E.A., Cuba queda también al margen del sistema de seguridad colectiva establecido por el Tratado de Asistencia Recíproca de Río de Janeiro, en virtud del cual la agresión contra uno de los países miembros se considera automáticamente una agresión contra todos los demás. Si el “gato escaldado huye del agua fría”, ¿por qué no han de pensar los cubanos que se prepara una nueva invasión? ¿No hay 300 mil exilados cubanos que la piden y están dispuestos a participar en ella? ¿No hay prensa en Estados Unidos y países del Caribe que la pide? ¿No hay gobiernos como los de Guatemala y Nicaragua que se muestran dispuestos a apoyarla, incluso encubiertamente? ¿No hicieron algo semejante Fidel Castro y los comunistas en otras partes del mundo; no lo harían ahora si pudieran?

Quiérase o no, y le guste o no aI pueblo y al gobierno de Estados Unidos y los demás de América, es evidente que Cuba ha pasado a ser un peón en el tablero de la Guerra Fría. Lo que se quiso evitar con el llamado más o menos romántico acordado en la Séptima Reunión de Consulta de Cancilleres en San José, hace dos años, y ya no se buscó evitar en la Reunión de Punta del Este, a comienzos de 1962, se ha hecho evidente.

POLÍTICA INTERNA

Lo ocurrido con este aspecto particular del caso cubano puede servir para mostrar cómo funciona el “bipartidismo” de la política exterior norteamericana y qué distancia puede haber entre el gobierno (al menos el actual) y una gran parte de la opinión pública.

El senador republicano Capehart llegó a pedir abierta y específicamente que Estados Unidos invadiera Cuba de inmediato, en tanto que otros senadores —republicanos también—, como los señores Keating y Thurmond, han dado informaciones sobre el poderío militar instalado por los rusos en la isla mucho más alarmantes que las consideradas por el gobierno. Los republicanos llegaron a pedir que el Congreso otorgara facultades especiales al Presidente Kennedy para que éste pudiera actuar de inmediato, incluso empleando la fuerza, al producirse una emergencia en la situación frente a Cuba, lo que era una manera de acusar, eventualmente, a Kennedy de no usar la fuerza que se ponía a su disposición.

No hay duda ninguna de que los republicanos —y también algunos demócratas sureños— han estado especulando políticamente con la frustración latente en la mayoría, quizás, de la masa norteamericana, por la impotencia del país para solucionar el problema cubano, es decir, para eliminar una presencia comunista a las puertas mismas de Estados Unidos. Kennedy sufrió un rudo golpe con el fracaso de la invasión de abril de 1961. Su gobierno y los demócratas en general han sido acusados de “blandos” frente a los comunistas y de indecisos frente a Cuba. La “crisis cubana” ha pasado a constituir un excelente caballo de batalla —el mejor de todos, tal vez— para los republicanos en la campaña electoral que culminará el 4 de noviembre con la renovación de toda la Cámara de Representantes y la mitad del Senado. Ningún “tema” puede tener más fácil eco que el de la “acción enérgica” contra Cuba.

El Ejecutivo ha tenido que batirse a la defensiva. A la bravata de los rusos en el sentido de que un ataque a Cuba significaría la guerra total, Kennedy respondió, en conferencia de prensa, asegurando que si el armamentismo comunista en Cuba constituyera “en cualquier forma un peligro o una interferencia para nuestra seguridad, o si Cuba intentara exportar sus propósitos agresivos por la fuerza o la amenaza de emplearla contra cualquiera nación de este hemisferio, o se convirtiera en una base militar de la Unión Soviética con poder ofensivo, entonces este país haría cuanto debe hacer para proteger su propia seguridad y la de sus aliados”.

Esta declaración y la que, por su parte, hizo el Secretario de Estado Rusk ante las Comisiones de Relaciones Exteriores y Servicios Armados de la Cámara de Representantes, significan que el gobierno, sin perjuicio de mantenerse vigilante, no actuará militarmente contra Cuba si no se produce una de estas tres posibilidades:

— Que el armamento puesto por los rusos en Cuba signifique por su poder ofensivo una amenaza para la seguridad norteamericana;

— Que Cuba emplee la fuerza contra un país latinoamericano o recurra a la amenaza;

— Que Cuba ataque a Estados Unidos.

Entre tanto, y sobre la base de que el armamento llegado a Cuba es meramente defensivo, Kennedy se abstiene de actuar y hasta ha declarado que no emprenderá ninguna acción militar. Sólo se ha extremado la vigilancia en torno a Cuba y se ha llamado a 150.000 reservistas, aunque esta medida ha sido dictada mayormente por la crisis de Berlín. De acuerdo con la táctica electoral obvia, semejante política ha sido calificada de blanda e indecisa.

CONFERENCIA INFORMAL

El Secretario de Estado, Dean Rusk, invitó a sus colegas de la O.E.A. a reunirse informalmente en Nueva York aprovechando que prácticamente todos ellos habrán de concurrir al actual período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Dos semanas antes de la reunión, dos países habían anunciado que no enviarían sus representantes a esa reunión: Perú, que ha acusado a la reunión de ser una trampa porque en ella se habría de tratar el problema del reconocimiento de gobiernos surgidos de golpes militares; y Bolivia, que había decidido suspender su participación en la O.E.A. como protesta por la inacción de ésta frente al conflicto con Chile por el aprovechamiento de las aguas del Lauca por este país.

El solo hecho de que frente a un problema como el de las armas rusas en Cuba, tan alarmantemente presentado por un sector norteamericano, el gobierno de Washington no haya querido pedir la convocatoria de una formal Reunión de Consulta, resulta significativo. De una reunión informal, al margen del funcionamiento regular de la O.E.A., no pueden salir resoluciones formales y hasta serias, como las que algunos han estado pidiendo. El gobierno de Washington no desea pedir a sus aliados de la O.E.A. medidas como el bloqueo naval u otras semejantes, que serían absolutamente improcedentes desde todo punto de vista. Pero, por otro lado, parece claro que, antes de las elecciones de noviembre, el gobierno de Kennedy tiene que mostrar algo a la opinión pública de su país.

logo

Suscríbete a Revista Mensaje y accede a todos nuestros contenidos

Shopping cart0
Aún no agregaste productos.
Seguir viendo
0