Octubre, 1963: «Reformas revolucionarias en América Latina»

Tras el éxito e impacto de la edición sobre la “Revolución”, la revista presenta otro número especial —también voluminoso (210 páginas)—, dedicado a precisar las reformas de estructuras que debieran impulsarse para realizar la “reforma cristiana”.

CONTENIDO DE UN NÚMERO ESPECIAL

Con ese título en portada, la edición N.° 123 de Mensaje estuvo íntegramente destinada a observar los cambios y reformas que estaban en curso en Chile en esos años, o bien impulsándose. Una veintena de artículos de muy destacados autores abordaban las distintas áreas de esas reformas: entre estas, la reforma social (Roger Vekemans S.J.), la del régimen político (Francisco A. Pinto), la administrativa (Edgardo Boeninger), la fiscal (Sergio Molina), la de seguridad social (Luis Orlandini), la agraria (Jacques Chonchol) y la de educación (Gabriel Betancur). Junto a estos textos, otros trataban de la integración económica (Carlos Massad y Rodolfo Hoffman), la estructura democrática de la planificación (Ernesto Schiffelbein), el Estado y las reformas revolucionarias (Ismael Bustos), la religión y el desarrollo (Mario Zañartu S.J.) y la reforma y el ethos cultural (Roger Vekemans S.J.).

Eran precedidos por un texto de Alejandro Magnet titulado “Génesis de una situación prerrevolucionaria” y de otro de José Medina Echavarría titulado “Teoría del cambio de estructuras”.

Todos estos se encuentran accesibles para nuestros suscriptores en “Archivo histórico” en nuestra página web.

REFORMAS REVOLUCIONARIAS EN AMÉRICA LATINA

En diciembre del año pasado publicaba “Mensaje” un número especial titulado: “Revolución en América Latina”. El número levantó cierta polvareda, aunque nosotros —créasenos o no— sólo pretendíamos llamar la atención sobre hechos evidentes y dar orientaciones generales. Veíamos, y seguimos viendo, a una masa CADA VEZ MÁS CRECIENTE de latinoamericanos tomar conciencia de SU MISERIA, de su fuerza, y de la injusticia de lo que con el nombre de “orden” político, jurídico, social y económico se les obliga a aceptar. Y, evidentemente, esa inmensa mayoría no está dispuesta a aceptar más y exige un cambio radical y rápido. “La revolución está en marcha” —escribíamos—. Y nos pareció que la actitud más propia del cristiano no era cerrar los ojos a lo evidente sino enfrentarse con valentía a los hechos y buscar el modo de “cristianizar” la inevitable revolución.

Quizás pecamos de ingenuidad. Para nosotros la palabra “cristianizar” significaba realmente mucho. No la entendíamos como un simple adorno retórico sino como algo substancial, como levadura suficientemente poderosa para transformar cualquier masa. Cristianizar la revolución en marcha significaba para nosotros despojarla de violencia injusta, de resentimientos, de odios y egoísmos; significaba no suprimir la libertad y los derechos del hombre sino, por el contrario, hacer que esa libertad y esos derechos no fuesen monopolio de una pequeña minoría sino se extendiesen a TODOS los latinoamericanos.

No usamos la palabra “revolución” para “épater le bourgeois”, para paladear nuestra “audacia”, para transigir con la moda o para conquistar simpatías marxistas. La usamos —y la seguiremos usando— porque nos parece la palabra más apropiada.

Nos han acusado de propiciar la revolución a sangre y fuego, la destrucción de todo lo que existe, la violación del orden instituido por Dios, la implantación del caos, la negación de todo pasado y de toda tradición. Al parecer, consideraron “accidental” lo que para nosotros era “esencial”: el carácter CRISTIANO de la revolución.

Un cristiano es hijo de la esperanza; y la esperanza es una virtud que enseña a luchar con alegría y a desafiar aún lo que humanamente aparece imposible.

¿Qué otra palabra podríamos haber usado? ¿Evolución? Pero la palabra evolución sugiere un cambio indeliberado, gradual y lento, y lo que necesitamos es precisamente un cambio consciente y rápido. En cierto sentido, la evolución es un lujo que pueden permitirse los países “desarrollados” y las clases poderosas, pero ¿qué sentido tiene para la inmensa mayoría?

Tampoco fallaron otras sugerencias: “consagración”, “restauración”. Pero lo cierto es que una verdadera ‘revolución” se está gestando en América Latina motivada por una tremenda injusticia. El pueblo, y con razón, no cree en “evoluciones” ni en “consagraciones” vagas. Pide y exige un cambio radical, integral, rápido. No llamar a esto “revolución” nos parece simplemente ceguera.

Por eso hablamos de revolución, pero de revolución “cristiana”. Y lo hicimos confiados —apoyados en la esperanza— de que el cristianismo es suficientemente poderoso y capaz de orientar y fecundar cualquier revolución.

Somos menos pesimistas y menos derrotistas que muchos otros; pero no nos pesa y no creemos tener que arrepentimos de esto.

Tenemos plena conciencia de que una “revolución” se impone y esperamos con no menos plenitud que esta revolución sea auténticamente cristiana; que respetará, por consiguiente, todo lo que nuestras culturas y tradiciones tienen de positivo, pero que no se contentará con “pseudo-órdenes” sino que se esforzará lealmente en acabar con falsedades, hipocresías e injusticias.

Se nos ha acusado de ignorar los valores religiosos y sobrenaturales y de insistir exclusivamente en los valores materiales: reformas sociales, económicas, políticas. A los que nos acusan les recordamos simplemente unos cuantos trozos evangélicos. “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a verme” (Mt. 25, 35). “El que tuviere bienes de este mundo, y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo morará en ella caridad de Dios? No amemos de palabra ni de lengua sino de obra y verdad” (I. Jo., 3,17). “Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve… Y nosotros tenemos de Él este precepto, que quien ama a Dios ame también a sus hermanos” (I. Jo., 420).

Cristo nos da claro ejemplo. “No solo de pan vive el hombre” —dirá al demonio en el desierto— pero no vacila en multiplicar los panes para alimentar a una muchedumbre hambrienta.

EL REINO DE DIOS EMPIEZA EN LA TIERRA

Luchar por la justicia aquí en la tierra no es ignorar o minimizar la destinación sobrenatural del hombre, su divina filiación. No podemos transformar esta tierra en la meta suprema de nuestras aspiraciones. Somos hijos de Dios y para nosotros el tiempo no es sino escala que conduce a una eternidad. Pero el Reino de Dios —no lo olvidemos— empieza aquí en la tierra. Cristo plantó su tienda entre nosotros (Jo. 1,14) y nuestra misión es continuar en la historia la encarnación redentora de Cristo. El cristiano no es un peregrino fantasma —eterno nostálgico de futuros paradisíacos o de pasadas grandezas— sino “hombre del presente”, sal, levadura, antorcha. No podemos, por tanto, esperar pasivamente “el fin de los tiempos” sino que tenemos que cristianizar el mundo en que vivimos y del que somos responsables; tenemos que transformarlo, fecundarlo, y si es necesario hacer estallar los viejos odres.

Se nos ha acusado de ir contra las enseñanzas pontificias, y se han citado textos de Pío XII y de Juan XXIII. Es muy cierto que Pío XII condena la “revolución”, pero no es menos cierto que siempre se refiere a la revolución que de hecho se ha producido en la historia, es decir, a la revolución injustamente violenta, impregnada de odio, de venganza y egoísmos. Pero el mismo Pío XII no vacila en denunciar “sistemas” imperantes y en propiciar urgentes “cambios de estructuras” —es decir, en nuestra terminología, cambios “revolucionarios”—. Bástenos como confirmación citar algunos textos:

“La Iglesia no puede dejar de ver que el obrero, en su esfuerzo por mejorar su condición, se estrella con un sistema social que, lejos de conformarse a la naturaleza, se opone al orden establecido por Dios y al fin que Él ha asignado a los bienes de la tierra” (Mensaje de Navidad, 1942).

El mismo Pío XII no vacila en denunciar “sistemas” imperantes y en propiciar urgentes “cambios de estructuras”.

“Ni es únicamente el estado social de los obreros y de las obreras el que requiere retoques y reformas, sino que es toda la estructura de la sociedad, en su integridad y complejidad, la que necesita ser enderezada y mejorada, estando como está profundamente trastornada en su conjunto” (Alocución a los trabajadores italianos, 13 de junio de 1943).

Pero las palabras de Pío XII van más allá. No se contenta con una elegante y acompasada evolución, sino que exige un cambio “radical”, “fundamental”:

“Es todo un mundo lo que hay que rehacer desde sus cimientos; lo que es preciso transformar de selvático en humano, de humano en divino. Millones y millones de hombres claman por un cambio de ruta y miran a la Iglesia de Cristo como al poderoso y único timonel que, respetando la libertad humana, pueda ponerse a la cabeza de tan grande empresa. No es éste el momento de discutir, de buscar nuevos principios y de señalar nuevas metas y objetivos. Unos y otros esperan sólo una cosa: su realización concreta” (Dal Nostro Cuore, 10 de febrero de 1952).

Si hacemos una breve exégesis, nos encontramos con a) rechazo de bizantinismos románticos o interesados (“no es éste el momento de discutir”); b) cambio radical (“rehacer desde sus cimientos”); c) cambio integral (“todo un mundo”); d) urgencia (“esperan sólo una cosa: su realización concreta”). ¿No es esto lo que llamamos revolución cristiana?

Y a la luz de Pío XII nos parece simplemente pueril tratar de buscar en la maravillosa “Pacem in terris” de Juan XXIII la condenación de la “revolución cristiana”. Es cierto que el Papa no aprueba a los que, aunque de “gran corazón”, “encontrándose frente a situaciones poco o nada conformes con los dictados de la justicia, e impulsados por el deseo de renovarlo todo, se dejan llevar de un ímpetu de proporciones cuasirrevolucionarias”. A estos “impulsivos” les recuerda el Papa “que todas las cosas adquieren su crecimiento por etapas sucesivas, y así, en virtud de esta ley, en las instituciones humanas nada se lleva a un mejoramiento sino obrando desde dentro, paso a paso”.

Pero ¿se refiere el Papa a los que propician una revolución “cristiana”? De ninguna manera. Basta leer el párrafo siguiente, en que se cita a Pío XII, para darse cuenta de que la revolución a la que alude es la revolución injustamente violenta, fundada en el odio y, por lo mismo, no cristiana. Las “etapas sucesivas” y el “paso a paso” de la Encíclica no significa que haya que postergar las reformas. Aunque muchos así lo anhelen, esta interpretación sería simplemente absurda y estaría en contradicción con el pensamiento pontificio. Lo que el Papa condena, y con razón, es un cambio inorgánico, un cambio impuesto desde fuera y que violente a los hombres al no adecuarse a sus reales necesidades y aspiraciones, un cambio precipitado e inmaduro. La revolución cristiana no pretende quemar esas necesarias etapas. Va “paso a paso” —sabiendo que sin preparación toda reforma está condenada al fracaso— pero sabe que hay que ir a pasos rápidos y está dispuesta a hacerlo. Es un cambio integrado en el hombre el que nos recomienda Juan XXIII, pero no un paso timorato o cansino.

Se nos ha acusado de denunciar defectos y de no aportar soluciones. “¡Es tan fácil proponer cambios de estructuras y otras lindezas! pero ¿qué cambios?, ¿cómo realizarlos?”.

Este número especial de “Mensaje” es precisamente la respuesta a esta objeción, por lo demás demasiado fácil.

“CONCRETIZAR” EL CAMPO DE LA DOCTRINA

En nuestro número de diciembre sólo pretendíamos presentar un diagnóstico de la realidad latinoamericana y bosquejar orientaciones. Pero ahora —en gran parte, obligados por una lógica de continuidad, aunque también estimulados por criticas desafiantes— apuntamos hacia soluciones concretas. Si en el número de diciembre nos limitábamos a dar normas frente a la revolución en marcha, queremos indicar ahora cuáles han de ser los contenidos y las formas de la “revolución cristiana”.

Y de antemano queremos desvirtuar posibles objeciones. Así como se nos atacó en nuestro número pasado por defender un reformismo “abstracto”, se nos atacará ahora, muy probablemente, por adentrarnos en lo “concreto”. Y no faltarán quienes digan que estamos haciendo “política”.

Si en el número de diciembre nos limitábamos a dar normas frente a la revolución en marcha, queremos indicar ahora cuáles han de ser los contenidos y las formas de la “revolución cristiana”.

Pero nuestros contradictores se equivocan. Y se equivocan por la sencilla razón de que nunca han pensado mucho sobre doctrina y política.

En el número pasado nos limitamos estrictamente al terreno de los hechos y al terreno de la doctrina. Ahora —eso no lo negamos— dejamos el campo de la pura doctrina, pero sin descender al campo político.

Sin matices el mundo sería fofo y monótono. La pasión es enemiga de los matices, pero la inteligencia a la larga se impone sobre la pasión.

Ahora bien, es necesario entender que se puede “concretizar” el campo de la doctrina sin necesidad de caer en el terreno de la política contingente.

Hacer “política” —no nos referimos ahora a la “alta política” sino a la política partidista— significa, en primer lugar, una estrategia para captar el poder y, en segundo lugar —supuesto que se detenga el poder—, un juicio y una decisión acerca de las metas viables y acerca de los medios eficaces para el logro de esas metas.

Algunos artículos de este número se limitan a proyectar la doctrina en el campo de los hechos, pero otros —dando un paso más— muestran “modelos” de reformas estructurales. Y eso no significa hacer política, ya que no indicamos —y no nos toca a nosotros hacerlo— las últimas soluciones concretas que exige su aplicación.

Y si todavía nos acusan de “abstracción”, querrá decir que nos acusan de no hacer política contingente y ¡bendito sea!

PROPICIAR REFORMAS DE ESTRUCTURAS

Siendo este número la continuación del número de diciembre —“Revolución en América Latina”— nos ha parecido conveniente limitarnos al terreno de lo socio-económico y socio-político. De ninguna manera pretendemos reducir el “desarrollo humano integral” a estos dos aspectos. Sería absurdo y anticristiano. Fundamental para la vida de los pueblos son y serán siempre esos ideales que trascienden las urgencias puramente materiales: ideales de belleza, de verdad, de amor, de plenitud. Una sociedad sin estos ideales sería una sociedad estéril, paralítica y destinada a la muerte.

Propiciar reformas de estructuras sociales, políticas y económicas no es, por consiguiente, reducir las reformas exclusivamente a estos campos. Pero no podemos en este número abordar el tema “desarrollo humano integral”. El tema es tan amplio, complejo e importante que merece ser tratado de un modo directo y en otro número especial.

Nos limitamos a los aspectos sociales, políticos y económicos porque son los que están más inmediatamente ligados al hecho de la “revolución en marcha”, y porque son también prerrequisitos o condiciones de todo auténtico “desarrollo humano”.

Un pueblo “subdesarrollado” que pretenda justificar a su subdesarrollo invocando la grandeza y altura de sus ideales culturales, es un pueblo que se evade de la realidad y que traiciona su misión histórica.

De ninguna manera debe sacrificar sus ideales, pero debe luchar con todas sus fuerzas por superar su subdesarrollo social, político y económico; debe luchar por que TODOS sus ciudadanos PUEDAN alcanzar un standard de vida aceptable, y logren así —liberados de injusticias, de amarguras y desesperaciones— dar salida a sus anhelos más profundos y trascendentes y realizarse en plenitud.

Por lo mismo, no debemos separar los dos planos. Es cierto que el desarrollo socio-económico no agota el concepto de desarrollo humano integral, pero no es menos cierto que un auténtico desarrollo humano supone el desarrollo socio-económico.

En efecto, si un pueblo es social, política y económicamente subdesarrollado, es porque no vive suficientemente ciertos valores positivos —rigor científico, eficiencia tecnológica, sentido de responsabilidad, etc.— sin los cuales todo desarrollo económico es simplemente imposible. Pero un pueblo que no ha encarnado esos valores “humanos” no tiene derecho a llamarse “humanamente” desarrollado. Debemos respetar y amar los “ideales”, pero esos ideales han de ser metas encarnadas en la vida y no simplemente “ensueños” compensatorios.

EL USO DE LA PALABRA “REVOLUCIÓN”

Y terminamos este Editorial recordando lo que —aunque inútilmente, al parecer— recordamos en el número especial de diciembre. “Tenemos clara conciencia de abordar un tema difícil y delicado. Por lo mismo, nos hemos esforzado por presentarlo en forma suficientemente completa, pero de ninguna manera pretendemos agotar la materia. Necesariamente quedarán aspectos no tratados o tratados someramente. No olvidemos que no se trata de un libro sino de una revista. Confiamos en que en números próximos otros artículos vendrán a llenar los inevitables huecos y a responder a los posibles interrogantes que queden abiertos”. Pero ¡por favor! que no gastemos tinta, papel e ingenio en discutir sobre si conviene o no conviene el uso de la dichosa palabra “revolución”.

* Los subtítulos fueron agregados por la edición actual de Mensaje.

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