El triunfo de Eduardo Frei Montalva en la elección presidencial de septiembre es examinado acuciosamente, política y electoralmente, en el Comentario Nacional y luego observada desde una óptica internacional, aludiendo a la “Revolución en Libertad” en el continente latinoamericano.
El triunfo arrollador de Eduardo Frei fue una sorpresa para muchos, si bien en las semanas que precedieron inmediatamente a la elección se afirmó en el “freísmo” una especie de conciencia anticipada de la victoria. Ese sentimiento parece haber sido compartido, incluso, por algunos sectores allendistas y puede haber contribuido al volcamiento final de votos en favor del candidato demócrata cristiano.
En todo caso, es evidente que, prácticamente, nadie quiso dejar de participar en la elección y de tal manera se registró una votación sin precedentes en el país. Sobre 2.915.000 inscritos votaron 2.548.000 ciudadanos. La abstención, del 12,9%, es apenas inferior en unas décimas a la observada en la elección presidencial de 1938, cuando el cuerpo electoral era muy reducido. En las provincias altamente urbanizadas, como Santiago y Valparaíso, la votación válida alcanzó al 91,7% y al 89,3%, respectivamente, del electorado inscrito. En Estados Unidos la ardorosa lucha entre Nixon y Kennedy, en 1960, no llevó a las urnas más que a un 62% de los ciudadanos norteamericanos…
Las mujeres mostraron más interés que los hombres por sufragar. Sobre un total de 1.333.000 mujeres inscritas, sólo se abstuvo el 11,2%, en tanto que la abstención de los varones fue del 13,9%.
Las mujeres decidieron la arrolladora victoria de Frei. Es cierto que éste tuvo 67.000 votos de ventaja sobre Allende en los registros de varones, pero fueron 744.000 mujeres las que inclinaron incontrastablemente la balanza en favor de Frei. Si las mujeres hubiesen votado por éste en la misma proporción que los hombres, Frei no habría obtenido sino 1.261.000 votos (contra 1.139.000 de Allende) y habría visto su elección supeditada a la decisión del Congreso Pleno.
Las mujeres decidieron la arrolladora victoria de Frei. Es cierto que éste tuvo 67.000 votos de ventaja sobre Allende en los registros de varones, pero fueron 744.000 mujeres las que inclinaron incontrastablemente la balanza en favor de Frei.
Allende contaba o aparentaba contar con una abrumadora ventaja en las comunas populares de los grandes centros urbanos (Santiago, Valparaíso y Concepción) para compensar con creces el triunfo que Frei obtendría en los distritos “acomodados” de esas ciudades. Podía calcular, además, que sendas victorias en las cuatro provincias del norte, tradicionalmente “izquierdistas” y con más de 260.000 votos en total, le permitirían contrabalancear la previsible ventaja de Frei en las provincias agrícolas del sur.
Esos cálculos resultaron fallidos. En las tres provincias mineras del norte, el candidato del FRAP no obtuvo ni 4.000 votos de ventaja total, y en Concepción y Arauco, donde se hallan los núcleos mineros del carbón, la victoria allendista no significó sino 13.862 sufragios de ganancia. Eran victorias minúsculas que se perdieron como gotas en el mar de votos que dieron a Frei las provincias de Santiago y Valparaíso, donde se halla el 51% del electorado actual del país. El candidato demócrata cristiano obtuvo el 60,5% de los votos en Santiago y el 59% en Valparaíso. En estas dos provincias, que representan, como se acaba de señalar, el 51% del electorado actual, Frei obtuvo casi el 56% de sus 1.418.000 votos.
Esto no hubiera sido posible de no haber logrado Frei dos cosas que parecían hasta ahora imposibles a cualquier candidato o movimiento político: obtener un triunfo abrumador en las comunas “ricas” de la capital y, a la vez, derrotar a un candidato marxista en las comunas que forman el cinturón de miseria que ciñe a la capital. En la comuna de Santiago, Frei dobló los votos de Allente, en la de Las Condes, los triplicó, y en la de Providencia casi los quintuplicó. Pero, simultáneamente, en las comunas de San Miguel, La Cisterna, La Granja, Conchalí, Quinta Normal, Barrancas y Renca, Frei ganó a Allende por un total de 33.467 votos. De esta manera, en las comunas que el FRAP había declarado “Territorios Allendistas”, el candidato de la Democracia Cristiana obtenía el 53.8% de los sufragios (proporción levemente inferior a su promedio nacional) y Allende, el 43.6%.
También en estas comunas el aporte femenino fue decisivo para Frei. En San Miguel, por ejemplo. Allende obtuvo 3.246 votos de varones más que su contendor, pero éste lo derrotó con una ventaja de casi 9.000 sufragios femeninos.
Al día siguiente de la elección, “El Siglo” declaró en primera página: “Se impuso la máquina del miedo y la mentira”. El mismo diario, órgano del Partido Comunista, inició también una campaña para producir la impresión de que se habían cometido innúmeros fraudes electorales. Cuatro días después, en el Senado de la República, el ex-secretario general del PC, don Carlos Contreras Labarca, adelantó la que sería posición oficial de su partido y del FRAP: “Se utilizaron —dijo— desde la violencia hasta la falsedad y la infamia a fin de crear una imagen falsa de nosotros y provocar, de este modo, una verdadera psicosis del miedo, desencadenando el pánico y el irracionalismo entre las capas más atrasadas de la población y los sectores más inexpertos en la lucha política”.
Idéntica explicación —la del terror psicológico provocado por una gigantesca publicidad financiada por los reaccionarios chilenos y el imperialismo norteamericano— es la que dio poco después la Comisión Política del Partido Comunista al triunfo de Frei. “Se mintió con verdadera fruición —dice el informe de esa Comisión— para denigrar a la Unión Soviética, el primer país socialista del mundo, y a Cuba, el primer país socialista de América”.
Toda esta argumentación lleva lógicamente a una inevitable conclusión: el Presidente de Chile por los próximos seis años no es el representante legitimo del pueblo, sino el gobernante impuesto a través de una publicidad aterrorizante por la intervención norteamericana, aliada a la oligarquía criolla, y designado en elecciones viciadas.
De allí también otra conclusión práctica: el Presidente Eduardo Frei, que sigue siendo “el nuevo rostro de la derecha”, no podrá actuar sino como instrumento del imperialismo y los intereses oligárquicos. Podrá utilizar —advirtió el senador Ampuero—, como lo ha hecho hasta ahora, medidas más efectistas que eficaces para dar fe de su sensibilidad social. Con ello sólo agregará el escarnio al engaño. Entonces, los trabajadores aprenderán a distinguir entre los hechiceros y los revolucionarios; tales trucos lograrán demorar el día de la gran justicia pero nunca cancelarlo para siempre”.
Con tales premisas, la actitud del FRAP estaba decidida y se resolvió formalmente en una reunión que sus dirigentes celebraron los días 9 y 10 de septiembre. Según la declaración publicada, “el FRAP ha adoptado la resolución irrevocable de realizar una política de oposición al gobierno del señor Frei, convencido de que éste (¿el señor Frei?…) por su composición social y sus vínculos con el capitalismo extranjero y la oligarquía financiera, servirá en lo esencial los intereses de la clase dominante y no los del pueblo chileno”.
Al mismo tiempo, el FRAP acordaba mantener los “comités de base” organizados en el curso de la larga campaña presidencial y hacer los mayores esfuerzos para desarrollar no sólo la unidad de los partidos que lo integran, sino también la de los sindicatos, organizaciones de pobladores etc., frente al gobierno.
Es dudoso que esto último pueda conseguirse, pero, de todos modos, la posición asumida por el FRAP configura una situación que puede ser grave. O fatal para el FRAP. O ambas cosas. Veamos cómo.
Es un hecho conocido que los partidos Liberal y Conservador resolvieron apoyar la candidatura presidencial demócrata cristiana para evitar el triunfo del candidato marxista. Lo hicieron sin que el señor Frei se comprometiera a nada con ellos y sin que tan sólo se los pidiese.
En ningún momento el Presidente Electo ha dado siquiera a entender que alteraría su programa de “Revolución en libertad”, con los cambios profundos y rápidos que él implica, para pagar el apoyo electoral de liberales y conservadores o aumentar el alivio con que su triunfo ha sido, evidentemente, acogido por el gobierno y las empresas norteamericanas. Todo lo contrario, durante la campaña, cuando su posición era más débil, aseguró terminantemente que no cambiaría una línea de su programa por un millón de votos. Luego, recién elegido, ante más de 200 periodistas de Chile y el extranjero, reafirmó de manera expresa que estaba más que nunca obligado a cumplir su programa revolucionario.
Es un hecho conocido que los partidos Liberal y Conservador resolvieron apoyar la candidatura presidencial demócrata cristiana para evitar el triunfo del candidato marxista.
En la misma medida en que el nuevo Presidente lleve a cabo su promesa, aparecerán socialistas y comunistas en una posición insostenible, dado que su oposición es “irrevocable”. Esto lo advirtió ya el senador Baltazar Castro, líder de la Vanguardia Nacional del Pueblo, partido que se retiró del FRAP, por no aceptar la prepotencia de socialistas y comunistas ni compartir sus errores pasados y futuros. En conferencia de prensa, el senador Castro acuso al FRAP de intentar hacer “gimnasia electoral” durante los próximos seis años, sin preocuparse de contribuir a la solución de los problemas del país. A su juicio, el gobierno de Frei puede realizar cosas positivas para los sectores populares y sería una actitud “de niño taimado” no ayudarle a hacerlas. “No habiendo buen horizonte para la Sierra Maestra en Chile, resulta triste decirle al pueblo: no acepten lo que haga este gobierno porque todo es malo antes de que empiece” —dijo el senador Castro—.
El FRAP ha comenzado a enfrentar así una de las consecuencias de su actitud: la de que los electores menos cegados por el resentimiento o la pasión políticos comiencen a abandonarlo, y más aún si ven que el nuevo gobierno realiza los cambios que, según socialistas y comunistas no puede hacer.
Mientras se desarrolló ese proceso, la oposición marxista se intensificará, de acuerdo con una línea de acción ya trazada: demandas de reajustes de salarios, sueldos y pensiones al 100% del alza del costo de la vida, “unidad” de obreros, campesinos y pobladores (como la entienden los comunistas) contra “la siembra de la ideología burguesa”, de “las tendencias reformistas y economistas”, que “fue la deleznable tarea aplicada en el transcurso de la campaña electoral”, según los términos empleados en el análisis de la elección que hizo la Comisión Política del PC. Según ese mismo informe, frente a “la corrupción, división y soborno de las masas de trabajadores”… “el movimiento popular debe enarbolar decididamente la bandera de las reivindicaciones de cada sindicato, de cada sector, de cada grupo en todos los frentes”.
Esto significa una línea de agitación constante y progresiva, en la medida en que el gobierno dé satisfacción a reivindicaciones populares, como el reajuste de los salarios al 100% del alza del costo de la vida, por ejemplo, o comience a tomar medidas para mejorar la condición de los pobladores, para no hablar ya de reales cambios de estructuras.
Paradójicamente, en la misma medida en que el nuevo gobierno realice la “revolución en libertad”, comunistas y socialistas se van a ver más y más enfrentados a una completa rectificación de su posición inicial o a una exacerbación de la agitación opositora.
Ambas situaciones presentarán serios problemas para el FRAP, cuya unidad se verá trabajada por tensiones crecientes. En el Partido Socialista existen desde antiguo —quizá desde siempre— un sector democrático y otro “revolucionario” que no cree en la conquista del poder por la vía pacífica o electoral. No parece que la reciente experiencia haya reforzado a aquéllos…
En el Partido Comunista, el cisma de Pekín ha dado nacimiento ya a grupos comunistas “revolucionarios” que denuncian “la vía pacífica de Corvalán” como una traición. A raíz del acto electoral, la Dirección Nacional del grupo “Espartaco” publicó un manifiesto en el cual se expresa redondamente:
“A los enemigos seculares de nuestro pueblo, el imperialismo y los reaccionarios, se ha sumado ahora uno nuevo, las directivas de los llamados Partidos Populares, que han usurpado la dirección de esos partidos y del movimiento de masas de Chile. Son estas Direcciones las que, traicionando a sus militantes y a las esperanzas de nuestro pueblo, se han prestado a seguir el juego infame de la reacción y el imperialismo a sabiendas que estos usan cartas marcadas y que en su terreno siempre ganarán” (“Combate”, año I, N° 7).
La fuerza real, ya organizada, de este movimiento no puede aún apreciarse exactamente, pero es tan importante como para que tanto Luis Corvalán como Raúl Ampuero, Secretarios del PC y del PS, respectivamente, les hayan dedicado sendas condenaciones. En cierta manera, la decisión anticipada de oponerse cerradamente al gobierno de Frei constituye una concesión para evitar que el desencanto y la frustración saquen a muchos militantes de la “vía pacífica” y los lleven por el camino “revolucionario”.
Pero esa concesión, como se ha visto, no hace más que postergar una definición que para socialistas y comunistas se presentará ineluctablemente: asumir una oposición democrática, es decir, constructiva, o internarse por un camino que lógicamente termina en la oposición “a la venezolana”, es decir, violenta. Y en ambos casos acecha al FRAP y a cada uno de los partidos que lo componen, el fantasma de la división. La pugna, Moscú-Pekín no hace más que comenzar en Chile.
Pero esa situación puede llegar a plantearse sólo si el gobierno de Frei se muestra capaz de poner rápidamente en marcha “la revolución en libertad” que es su razón de ser.
No es ningún misterio que —como lo dicen los comunistas— hay contradicciones internas en el “freísmo”. De los 1.418.000 votos que obtuvo el señor Frei, ni más ni menos de 487.000 corresponderían al aporte liberal y conservador, que formaron los que, pintorescamente, se llamó “freístas a la fuerza”. El número de éstos se calcula sobre la base de los votos que liberales y conservadores obtuvieron en las elecciones municipales de 1963, cuando el electorado era, grosso modo, el 80% del actual. Se supone —es una mera suposición— que dichos partidos no habrían ganado ni perdido un sólo elector entre los 550.000 ciudadanos incorporados efectivamente a la vida cívica desde abril de 1963.
Por otro lado, tanto los resultados obtenidos por el señor Durán como por el señor Allende permiten suponer que no menos de 120.000 electores —y muy probablemente más— que votaban por los radicales se plegaron a Frei. Muchos de ellos volverán, quizá, a su cauce normal radical.
Todo esto hace que la base electoral real del nuevo gobierno no sea tan abultada como podría parecer a primera vista. No sería razonable suponer que los partidos Liberal y Conservador, que forman la derecha chilena tradicional y hasta abril último combatían encarnizadamente a Frei y su “revolución en libertad” estén dispuestos a cooperar activamente a la realización de ésta. Pero, después de haber movilizado sus fuerzas a lo largo de todo Chile para salvar al país del comunismo, no podrían —ni tal vez querrían— pedirles el mismo esfuerzo para combatir al gobierno que contribuyeron a elegir como salvador. En este sentido, la posición de la derecha es distinta a la del FRAP, pero no es mucho más fácil.
Tampoco lo es la del Partido Radical, que vio el desbande de, por lo menos, el 70% de sus fuerzas. ¿En qué proporción volverá a su antiguo cauce —el de un partido divido y en derrota— el electorado radical que se plegó a Frei y a Allende?
Obviamente, el gran triunfador, junto a Frei, ha sido el Partido Demócrata Cristiano, que surge con un impresionante poderío electoral, con todo el dinamismo de una victoria larga y limpiamente ganada y sin problemas internos de consideración. Pero enfrentado a la tremenda responsabilidad de ser la fuerza política que lleve a cabo en Chile una revolución democrática. Una tarea que, hasta ahora, nadie ha podido realizar en América Latina. Que nadie, siquiera, ha estado en situación de abordar.