Octubre, 1965. «Concilio: la hora de Paulo VI»

Uno de los numerosos artículos redactados por el teólogo Juan Ochagavía S.J. desde el Vaticano, mientras se realizaba el histórico encuentro eclesial, apunta a cómo el papa Paulo VI se había “robado la película”: “Sus diversas intervenciones han enaltecido enormemente su figura”.

Tal vez no sea el lenguaje más propio del caso, pero en la semana que va desde que se reanudó el Concilio se puede afirmar sin vacilación que el Papa “se robó la película”. Sus diversas intervenciones en estos días han enaltecido enormemente su figura y muestran una cara de su personalidad poco reconocida hasta ahora por la prensa internacional. Nos lo muestran, en efecto, como un hombre que sabe perfectamente lo que quiere y, pasando con toda claridad los obstáculos, camina con paso firme y gentil hacia su objetivo; indican también que en caso de necesidad sabe actuar con arrojo y decisión rápida. Los hechos más sobresalientes que deseamos comentar en esta crónica son la encíclica Mysterium fidei sobre la Eucaristía, la creación del Sínodo episcopal, el anuncio del viaje a las Naciones Unidas y la actuación del Papa durante la discusión del esquema sobre la libertad religiosa.

LA ENCÍCLICA SOBRE LA EUCARISTÍA

No es este ni el lugar ni el momento de exponer todas las enseñanzas de esta encíclica. Baste por ahora referirnos a su idea central y a la situación que le dio origen.

El hombre frente al Dios santo e inmenso se ha sentido siempre pequeñez y nada. Tiene conciencia de que todos sus esfuerzos por penetrar en el recinto del Infinito se estrellan contra los límites insuperables de su propia limitación, de lo inadecuado de su conocimiento, de la tosquedad de sus palabras. Por otra parte, el Misterio divino lo atrae con fascinación irresistible. De aquí la búsqueda secular del hombre por encontrar nuevas expresiones que le permitan captar un nuevo aspecto del corazón de Dios.

Esta búsqueda también se da en el cristiano frente a los misterios centrales de su fe. Especialmente cuando se trata del misterio de la Eucaristía que encierra en compendio todo lo más hondo del misterio cristiano. No es, pues, de manera alguna cosa extraña el que, a lo largo de los siglos, místicas y santos, arte popular y teología se hayan esforzado por encontrar nuevos conceptos con qué expresar mejor el misterio de Cristo presente entre nosotros para renovar y poner a nuestra disposición el perdón y el amor de la Cruz y la fuerza triunfadora de su Resurrección.

Estos últimos años han sido abundantes en estos esfuerzos por lograr una expresión más rica de la Eucaristía, sobre todo en Holanda, donde teólogos sacerdotes y laicos han dado muestras de una gran vitalidad de pensamiento. El término “trans-substanciación”, con que el Concilio de Trento expresara la conversión de la substancia del pan y del vino en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, les parecía a algunos demasiado estático. Lo mismo se pensaba de la expresión “presencia real”, aplicada al modo en que Cristo está en la hostia consagrada. Cristo no está en la hostia “por estar”, con un modo de presencia inerte, como una silla está en el medio de una pieza. Su presencia está en función de un fin: establecer y profundizar la comunicación de pensamiento y amor entre los hombres y Dios, y entre los mismos hombres. No es pues una inerte presencia local lo que la transubstanciación trae consigo, sino una presencia dinámica y con miras a un fin específico. De aquí que algunos prefiriesen hablar de “trans-finalización” y “trans-significación”, en vez de la expresión tradicional “trans-substanciación”; al mismo tiempo, el énfasis se corría de la presencia de Cristo en la hostia a su presencia por la fe y el amor en el corazón de los creyentes.

Los teólogos holandeses tuvieron buen cuidado de emplear estos términos como una complementación y no como una negación de las expresiones tradicionales. Pero jamás faltan los “terribles simplificadores”. Algunos empezaron a dudar de la transubstanciación y de que Cristo esté presente en el tabernáculo. Y a la duda en el pensamiento seguían actitudes prácticas contrarias a una larga tradición: rechazo de las visitas al Sagrario y de las Bendiciones con el Santísimo, de las Misas en que no hay fieles presentes formando una comunidad, afirmación exclusivista del carácter de comida comunitaria de la Misa sin reconocerle su aspecto de reactualización del sacrificio de la Cruz.

La encíclica de Paulo VI vino oportunamente a restablecer el orden y claridad de las ideas. Las interpretaciones unilaterales de los trabajos serios de los teólogos se habían difundido un poco por todas partes, debido en cierta medida a órganos de extensión mundial, como la revista Time, que presentó una muy mala exposición de los hechos de Holanda. La encíclica reconoce el mérito indiscutible de aquellos que se esfuerzan por dar mayor sentido y contenido a las expresiones tradicionales para referirse al misterio eucarístico. Va, en realidad, hasta hacer suyo gran parte del pensamiento reciente sobre los diversos modos en que Cristo está presente en su Iglesia y sobre la finalidad y significado de la presencia eucarística. Pero insiste al mismo tiempo en que la Eucaristía no es sólo un signo de la unión de los cristianos con Dios y entre sí, sino fuente y fuerza creadora de esa unión. Recuerda que si bien es verdad que el pan y el vino consagrados adquieren un nuevo significado y una nueva finalidad, esto se debe a que ya no son pan ni vino ordinario sino que ha habido un cambio en su realidad honda, o sea, un cambio de substancia. Reafirma el valor eterno que tiene tanto para los individuos como para las comunidades el culto del Santísimo, aun fuera de la Misa, y exhorta a una mayor profundización y amor sincero a la Eucaristía.

La encíclica de Paulo VI vino oportunamente a restablecer el orden y claridad de las ideas.

Para algunos, la encíclica Mysterium fidei vino como una condenación fuerte de todo lo que significa el catolicismo holandés: diálogo abierto de la Iglesia con el mundo, valentía para enfrentar los problemas, búsqueda de soluciones más cercanas al hombre de hoy. No faltan quienes desean que la Iglesia se encierre en un tradicionalismo cerrado, queriendo descubrir en la encíclica esta tendencia de “ortodoxismo” estrecho; y no por razones de fe, sino porque ven en una Iglesia encastillada en bastiones “restauracionistas” la única posible defensa de sus intereses políticos o económicos. Tal parece ser el caso de un reciente artículo del Corriere della sera. Pero esto significa falsear radicalmente las intenciones del Papa y de la encíclica. No se pretende en absoluto frenar el pensamiento teológico y el diálogo con el mundo de hoy sino ayudar a encauzarlo por sus caminos más ricos y provechosos.

A la aparición de la encíclica siguió la publicación de diversos artículos de diarios y revistas internacionales, especialmente italianos, en que se tachaba al catolicismo holandés de modernista y cuasi cismático. La defensa de la comunidad católica de Holanda la tomó el propio cardenal Alfrink en una clara y valiente exposición de los verdaderos sucesos. Dio testimonio del amor práctico de los católicos a la Eucaristía: un país en que el 80% asiste regularmente a la Misa dominical y recibe —hombres y mujeres— la comunión, no puede ser tildado de frialdad respecto a la Eucaristía. Tampoco de falta de adhesión al Papa, o de espíritu cismático, porque jamás ha surgido en las mentes de los holandeses la idea de separarse de la obediencia al sucesor de Pedro. Terminó rogando al Señor para que ninguno de los católicos holandeses “pierda su amor por la Iglesia a causa de los ataques injustos provenientes de sus propios hermanos”.

EL SÍNODO DE OBISPOS

El día martes 14, en el discurso de apertura, Paulo VI comunicaba que pronto esperaba poder dar forma a la idea de un Sínodo de obispos —o de un “senado”, como se dice frecuentemente—que ayudase al Papa en el gobierno de la Iglesia y que significase una verdadera y profunda representación internacional de las Iglesias locales junto a la Iglesia de Roma. Pero un “pronto” en Roma puede significar cualquier cosa, entre un día y varios años. De aquí que fuese para muchos una sorpresa grande cuando al día siguiente aparece el Papa en el Concilio y se empieza la lectura del Motu Proprio que promulga la creación del Sínodo de obispos y perfila en doce artículos su estructura.

La creación del Sínodo es la respuesta al nivel de las estructuras del principio de la colegialidad episcopal promulgado el año pasado en la Constitución sobre la Iglesia. No es verdad, como algunos piensan, que la colegialidad exija un senado representativo; pero ciertamente este va en la línea y el espíritu de la colegialidad.
El Sínodo de obispos tiene la triple función de favorecer la ayuda y unión entre el Papa y los obispos; de reunir conocimientos y experiencias más inmediatas y directas sobre las necesidades y problemas de la Iglesia y del mundo en las diversas regiones; finalmente, de favorecer la unidad y concordia en lo esencial de la doctrina, respetando las modalidades propias en lo contingente, y promover planes de acción en conjunto.

El Sínodo se presume que constará de alrededor de 150 miembros. Dos tercios serán elegidos por votación de la Conferencia episcopal de cada país o grupos de países a razón de un representante para una Conferencia que tenga hasta 25 obispos; dos, hasta 50, 3 hasta 100; y cuatro para las Conferencias episcopales que consten de más de 100 miembros. El tercio restante será formado por los Patriarcas de las Iglesias orientales; por algunos representantes de las órdenes religiosas; por miembros de algunos de los tribunales y congregaciones de la Santa Sede y por algunos miembros nombrados directamente por el Papa en número no superior al 15% del total de todos los demás componentes.

Naturalmente, el Sínodo no constituye un poder opuesto al Papa, sino complementario, conservando el Papa toda su autoridad de Primado de la Iglesia universal. Su mandato será normalmente informativo y consultivo, pero se prevén algunos casos en que el Sínodo pueda tener voz deliberativa. Será pues un lazo vivo entre el centro y la periferia. El Motu propio establece que con la práctica se irá viendo mejor qué nuevas normas deban añadirse a las ya dadas para un mejor funcionamiento. No se trata, pues, de una legislación inamovible, sino de un primer esbozo destinado a ser perfeccionado según las exigencias de la vida de la Iglesia. El Sínodo no ayudará sólo al Papa, sino también a los otros obispos, habituándolos a una visión más amplia e integrada de los problemas de acuerdo a su responsabilidad —determinada en la Constitución sobre la Iglesia— de velar no sólo por el bien de su diócesis, sino por la Iglesia entera.

El anuncio de la creación ya efectiva del Sínodo de obispos fue recibido con profunda alegría en el Concilio, como asimismo por los observadores de las Iglesias no católicas. Sólo algunos sectores de la prensa mundial, por no entender manifiestamente nada del asunto, se mostraron decepcionados de que el Motu propio no determinase explícitamente aquellos casos en que el Papa debiese estar sujeto al Sínodo…

El paso siguiente, para completar la reestructuración del gobierno, ha de ser la reforma de la Curia romana, asunto que parece estar ya bastante avanzado. La creación del Sínodo episcopal, junto al otorgamiento de mayores poderes a los obispos y Conferencias episcopales, reducirá sin duda la función de las Congregaciones de la Curia a la de organismos predominantemente administrativos.

LA DISCUSIÓN SOBRE LA LIBERTAD RELIGIOSA

Conforme a lo prometido el año pasado al término de la tercera sesión del Concilio, el primer esquema abordado este año ha sido el de la libertad religiosa. El nuevo texto elaborado por la comisión incorpora las observaciones hechas durante la discusión conciliar del último año, como también aquellas enviadas por escrito hasta el 17 de febrero de 1965.

Conforme a lo prometido el año pasado al término de la tercera sesión del Concilio, el primer esquema abordado este año ha sido el de la libertad religiosa. El texto “reenmendado”, que ha servido de base para la nueva discusión, después de la corta introducción, contiene cuatro partes: 1) una breve declaración inicial sobre el fundamento y el sentido de la libertad religiosa; 2) una exposición más amplia de la doctrina de la libertad religiosa basada sobre la razón; 3) la doctrina de la libertad religiosa a la luz de la revelación; 4) una breve conclusión. En conjunto es un texto de alrededor de 10 páginas.

La declaración inicial afirma que el derecho a la libertad religiosa se basa en la dignidad de la persona humana. Característica del texto recomendado es una mayor precisión del concepto mismo de libertad religiosa. El esquema lo emplea en un sentido estrictamente técnico. Según la definición dada en la declaración inicial, la libertad religiosa consiste en que los hombres deben estar inmunes de toda coacción de modo que en materia religiosa nadie puede ser obligado por ningún poder humano a actuar contra la propia conciencia, ni impedido para actuar según ella en privado y en público, siempre que no se vaya contra las exigencias del orden público. Esta libertad —prosigue la declaración inicial— debe estar garantizada jurídicamente por la sociedad de suerte que los individuos y los grupos religiosos puedan invocar tal garantía legalmente establecida.

Se añade, por último, con el fin evidente de precaver posibles malas interpretaciones, que esta libertad no significa que el hombre no tenga ninguna obligación en materia religiosa o que pueda vivir emancipado de la autoridad de Dios. Tampoco significa que el hombre pueda seguir igualmente lo verdadero y lo falso, que no tenga la obligación de formarse un juicio verdadero en materia de religión o que pueda escoger a su capricho si debe o no debe servir a Dios y en qué religión. El concepto de libertad religiosa deja, pues, intacta la doctrina católica sobre la única religión verdadera y la única Iglesia de Cristo.

Como se desprende de estas afirmaciones de la declaración inicial, se trata de proclamar la libertad religiosa desde un punto de vista estrictamente jurídico: el derecho de todo hombre y grupo de creyentes a ser respetados por los otros poderes humanos —en la práctica será casi siempre el Estado—, cuando sigue su conciencia en materia religiosa, siempre que en este no dañe al orden público o a los claros derechos de los demás, como sería el caso de prácticas religiosas que propiciasen los sacrificios humanos, la prostitución sagrada u otras claras violaciones de derechos ajenos o del orden público.

Se trata de proclamar la libertad religiosa desde un punto de vista estrictamente jurídico.

El resto de la declaración contiene muchas precisiones interesantes sobre la función del Estado en materia de religión, sobre los límites de la libertad religiosa, sobre los derechos y responsabilidades de la familia y de las comunidades religiosas, sobre la luz que aporta a este problema la revelación bíblica y la práctica de la Iglesia. Esperaremos la promulgación definitiva del texto para entrar en estas materias.

En la discusión conciliar el texto fue duramente atacado por una oposición —sobre todo, española e italiana— que había formado un bloque bien organizado. Las objeciones más usuales contra el texto propuesto eran las de fomentar el indiferentismo religioso, poner a la verdad y al error en el mismo plano de derechos, propiciar un Estado laicista, recortar el derecho exclusivo de la Iglesia a predicar el Evangelio. La multiplicación de las intervenciones contrarias a la Declaración fueron creando día a día la impresión de que el texto no pasaría. Aun los partidarios más fervientes temían someter el texto a votación por la impresión predominante de rechazo que se hacía sentir en el aula conciliar. En la reunión que tuvieron el lunes 20 los 11 presidentes con los cuatro moderadores, el comité de coordinación y los secretarios generales del Concilio se sometió a votación el tener o no un voto de los obispos sobre el texto discutido, o elaborar otro texto. La mitad más seis votos se pronunciaron en contra de votar el texto, aunque por motivos bien diversos: los más, porque eran contrarios a la Declaración; otros, porque temían perder la votación general o, al menos, temían una cantidad tan grande de votos en contra que, aunque se juntasen las dos terceras partes requeridas, hubiese una obligación moral de escribir un nuevo texto.

Pero como sucede con frecuencia, lo que se dice en el aula no es necesariamente un reflejo de lo que piensa la mayoría. En tres días y medio de discusión habían hablado 62 obispos según el orden de su inscripción para hablar. ¿Pero hasta qué punto reflejaban el sentir de los 2.250 obispos presentes en el Concilio? Era notorio que los más partidarios de la libertad religiosa no habían hablado por considerar el tema ya suficientemente claro después de las discusiones del año pasado y antepasado. Al Papa, por otra parte, le constaba por la lista de más de mil firmas de obispos reunidas en dos o tres horas al término de la sesión del año pasado, que la mayoría estaría a favor del documento. Entonces se decidió a actuar y lo hizo con rapidez y valentía. El martes 22, al comienzo de la sesión, durante la Misa, llamó al Cardenal Tisserant, decano de la presidencia, al secretario, Mons. Felici, y al Cardenal Agagianian, encargado de dirigir ese día el debate, y les ordenó que se tuviera el voto de aprobación o rechazo de las líneas generales del esquema.

El resultado superó todas las expectativas: de 2.222 votantes, 1.997 dieron un voto favorable, 224 en contra y 1 voto nulo. Se sintió un gran respiro, seguido de un largo aplauso. ¡Por fin este texto entraba en su etapa final después de más de dos años de difícil debate! La discusión, por otra parte, no había sido inútil, sino que contribuyó en gran manera a aclarar y precisar las ideas y a separar los puntos claros de aquellos que todavía necesitan mayor maduración.

Cuando el Papa viaje a las Naciones Unidas el próximo 4 de octubre podrá hablar sobre la paz y la convivencia de los pueblos que disienten, también en materias religiosas, apoyado por este voto que señala elocuentemente el sentido mayoritario de la Iglesia Católica. Este punto es vital en un mundo en que la mitad de la humanidad niega y persigue a la religión y la otra mitad trabaja por un mayor acercamiento y convivencia de todos los hombres de buena voluntad. Es vital para la Iglesia que desea extender a todas partes su acción misionera apoyándose no en la coacción política ni de cualquier otra especie, sino en la fuerza atrayente y penetrante de la verdad del Evangelio.

Roma, 22 de septiembre de 1965
Juan Ochagavía S.J.

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