Octubre, 1976: «Fundamento de la nueva institucionalidad»

Desde el gobierno se anunciaba el avance hacia una nueva institucionalidad política. El artículo de Mario Rodríguez se ocupa de ese tema y del énfasis que da la Iglesia a la tarea de promover la paz y la justicia.

El mensaje del 11 de septiembre reviste extraordinaria importancia por el hecho de que entrega los principios en los cuales se basa el nuevo sistema institucional. El Gobernante señala que las nuevas Actas Constitucionales promulgadas recogen el contenido esencial del anteproyecto de la Nueva Constitución Política del Estado.

Estas Actas, se advierte, están inspiradas en una filosofía por la cual “Chile deja de ser un Estado ideológicamente neutral, como lo sustentaba el liberalismo filosófico, y asume resueltamente una doctrina clara, sólida y vigorosa de la cual emanan las bases jurídicas de la institucionalidad chilena, y que son indisolubles de la existencia del Estado mismo”.

La finalidad que se propone es “la de promover el bien común, entendiendo por tal el conjunto de condiciones esenciales que permitan a todos y cada uno de los integrantes de la comunidad, alcanzar su más plena realización espiritual y material posible”.

La estructura constitucional señala que Chile se organiza como una democracia con participación de la comunidad y dotada de mecanismos que aseguren su protección y fortalecimiento. Es en este marco en que se inserta el concepto de seguridad nacional que atraviesa la casi totalidad de las nuevas disposiciones.

La seguridad nacional se define “como un concepto destinado no sólo a proteger la integridad territorial del Estado, sino muy especialmente a defender los valores esenciales que conforman el alma o tradición nacional, ya que sin ellos la identidad nacional misma se destruiría”.

Además, el texto del discurso es enfático en señalar qué y quiénes atentan contra la seguridad nacional. Ahí se apunta, “como otros países del mundo y especialmente de América Latina, Chile ha sufrido el embate del marxismo-leninismo, y ha decidido enfrentarlo y combatirlo hasta su total derrota”. No se trata tan sólo de un enfrentamiento ideológico, puesto que se considera que el marxismo no es simplemente una doctrina equivocada; es, se señala, “una doctrina intrínsecamente perversa”. “Su error es intrínseco”, por lo cual, “no cabe con él ningún diálogo o transacción posible”. “Todo lo que de ella brota, por sano que se presente en apariencia, está carcomido por el veneno que corroe su raíz”. Se equivocan por consiguiente quienes, por error o mala fe, sostienen lo contrario. El Comité Permanente del Episcopado chileno dio una visión diferente respecto al marxismo y antimarxismo, en el documento Evangelio y Paz del 9 de septiembre de 1975. Dice, entre otras cosas: “El cristiano no lucha contra los hombres. Pero sí luchamos contra el error y en cuanto el marxismo es error, somos antimarxistas” —pero también apuntan: “del marxismo como economía, como sociología, como filosofía de la historia, se podrán aceptar pocas o muchas cosas, y lo hacen diariamente hombres de ciencia que nada tienen de marxistas”. Incluso en uno de sus párrafos llega a señalar: “el marxismo y lo que hay en él de grandeza será algún día totalmente asumido por la fe en el Dios vivo y esa misma fe lo purificará de sus miserias, errores y bajezas. La controversia doctrinal tiene allí su campo de acción” (Evangelio y Paz, Documento Episcopal. Rev. Mensaje N.° 243. oct. 1975).

La seguridad nacional se define “como un concepto destinado no sólo a proteger la integridad territorial del Estado, sino muy especialmente a defender los valores esenciales que conforman el alma o tradición nacional…”

AGRESIÓN PERMANENTE Y GUERRA SUBVERSIVA

Volvamos al Mensaje Presidencial. Lo que éste subraya no es sólo lo anteriormente dicho, sino que el marxismo “es además una agresión permanente, hoy al servicio del imperialismo soviético”, y el considerarlo una forma de agresión permanente implica el poder definir la situación en que nos encontramos como la de “una guerra no convencional” en donde “la invasión territorial es reemplazada por el intento de controlar los Estados desde adentro”. Esta concepción de guerra no convencional sitúa al enemigo en el propio interior de la nación, y son “enemigos” aquellos que incluso antes llamábamos nuestros propios connacionales.

La agresión es permanente, el “enemigo” es interno; “para ello la nueva institucionalidad está concebida sobre la base de una nueva democracia, capaz de defenderse en forma activa y vigilante de quienes pretenden destruirla”. Los principios básicos de la institucionalidad, inspirados en estas concepciones, “se convierten en normas exigibles en la práctica”… “todo acto de una persona o grupo que atente contra tales valores es jurídicamente ilícito y se sancionará judicialmente como contrario al ordenamiento institucional de la República”.

La agresión que se señala es agresión permanente, la forma que asume es la de guerra subversiva, se da en el interior de la propia nación y es en el interior de ella donde se encuentran los enemigos. La guerra no es una guerra convencional, el enemigo no es necesariamente un enemigo extranjero. La seguridad que se preconiza y que fundamenta la nueva institucionalidad tiene que adaptarse a esta concepción.

“La guerra subversiva” se da en el sistema político, económico, psicológico y militar. Los ordenamientos que se proponen tratan de tener en cuenta esto que se define como “realidad”. Es así que se quiere garantizar que los Medios de Comunicación de Masas no aparezcan “como instrumentos negativos o disociadores de la comunidad nacional”. Al crearse un Consejo Nacional de Radio y Televisión, se requiere que estos medios: “Se empleen para contribuir al desarrollo espiritual y cultural de los chilenos” y la seguridad nacional se propone “muy especialmente defender los valores esenciales que conforman el alma o tradición nacional”.

El considerar que somos víctimas de una agresión permanente “impone el deber de contar con regímenes de emergencia vigorosos y eficaces para derrotar a la subversión comunista y neutralizar a quienes le faciliten el camino”.

La agresión permanente obliga a “radicar el poder en las Fuerzas Armadas y de Orden, ya que sólo ellas cuentan con la organización y los medios para hacerle frente”. La guerra debe ser llevada a cabo por quienes tienen competencia para hacerlo.

Es también el concepto de seguridad el que otorga sentido a muchas de las disposiciones que se refieren a las relaciones laborales; “queda excluida la huelga en cualquier empresa o servicio cuyo funcionamiento sea vital para la Nación”. Debe propenderse a que los conflictos sean solucionados “a través de tribunales de expertos”. De este modo se evita el perjuicio que para la comunidad entera generan las paralizaciones de actividades, que muchas veces comprometen la economía del país o la seguridad nacional, “y dañan a los propios trabajadores que frecuentemente son arrastrados a ellas, por simples móviles o  agitadores políticos”. Quizás será necesario dar origen a una nueva organización sindical que asegure no poner en peligro las necesidades de seguridad que se patrocinan.

Las tradicionales formas de representación ciudadana, principalmente los partidos políticos, deben ser también reformulados. Cuando se concibe la situación como un estado de guerra subversiva, las clásicas formas de disensión y competencia por el poder, que se expresaban a través de la estructura de los partidos, pasan a ser, por lo menos, peligrosas. “Todo el conjunto antes descrito facilita comprender la modificación sustancial que deberían tener el carácter y la función de los partidos políticos dentro de la nueva institucionalidad”. “En efecto, tal como lo señala nuestro objetivo nacional, ellos pasarán a ser corrientes de opinión, que sólo influyen por la calidad moral de sus integrantes y la seriedad de sus planteamientos doctrinarios y prácticos, y no grupos que buscan detentar el poder en su propio y particular beneficio”.

El discurso es particularmente claro a este respecto, y señala: “Inicialmente, el actual Gobierno distinguió entre los partidos que habían conformado la mal llamada Unidad Popular, a los cuales disolvió, y aquéllos que habían canalizado la lucha de muchos chilenos en contra del Gobierno marxista, a los que sólo declaró en receso”.

“El avance que en este tiempo se ha realizado en la creación de una nueva institucionalidad, exige la configuración futura de un esquema jurídico en el que debe quedar muy en claro que los partidos políticos tradicionales, hoy en receso, no tendrán ni podrían tener cabida, porque sus estructuras, dirigentes, hábitos y mentalidad se conformaron bajo la inspiración de un régimen institucional que ya murió definitivamente”.

La seguridad nacional no se alcanza, sin embargo, con la sola presencia del poder militar, aunque éste tenga un carácter fundamental; es necesario promover formas de integración y participación cívica, pero debe distinguírselas claramente de las estructuras partidarias. Con tal inspiración es que se dice: “El Gobierno ve con satisfacción y esperanza el progreso que gradualmente va alcanzando el Movimiento de Unidad Nacional, a través de sus diversos Frentes Autónomos, ya que ello revela que la civilidad advierte espontáneamente la necesidad de organizarse en un cauce de carácter cívico-patriótico y no partidista, para defender y proyectar el 11 de septiembre”. “A ello se agrega el surgimiento de otras formas de participación cívica, ya sea en ciernes o en desarrollo”.

Creemos que no hemos tergiversado cuando hemos destacado que un fundamento importante en la nueva institucionalidad que se preconiza es el concepto de seguridad y que éste a su vez está estrechamente ligado a la noción de agresión y de guerra.

LA IGLESIA Y LA PAZ

Finalmente, es interesante reflexionar cómo plantea la Iglesia el camino de Chile. Son iluminadoras las palabras del señor Cardenal en su homilía “Los caminos de la Paz” pronunciada en el solemne Te Deum del 18 de septiembre. En la sección documentos aparece su texto íntegro. Aquí sólo quisiéramos extractar algunos párrafos referentes al amor:

“El magisterio de la Iglesia nos previene con sabiduría y bondad, que después de los grandes conflictos sociales suelen plantearse alternativas contrapuestas: de un lado, voces que llaman a la prudencia y a la moderación; de otro lado, voces de mal disimulada violencia o de abierto anuncio de venganza, como si no hubiera otra disyuntiva que plena victoria o destrucción completa. Tajante dilema que ahoga toda otra reflexión y obliga a una lucha extenuadora y desangrante cuyas consecuencias económicas, sociales y espirituales amenazan convertirse en el castigo del tiempo futuro. Así hablaba la Iglesia, por boca de Pío XII, al término de una conflagración mundial (Discurso a representantes del Congreso de los Estados Unidos. 27-8-1945).

*

Necesitamos creer en el amor. “El amor —decíamos aquí, hace justamente un año—, no es utopía, no es ingenuidad, no es inferioridad”. Él consigue lo que la fuerza no es capaz de conseguir. No está reñido con la vigilancia ni con un justo rigor, al contrario: éstos son la condición para que subsista.

“Señor: concédenos creer que el amor es más fuerte que el odio. Que el amor une como no puede hacerlo el temor. Que el amor crea, mientras que el odio destruye y el temor paraliza. Ahoga, Señor, en nuestros labios la palabra que ofende y distancia. Abre nuestras manos para compartir pan y trabajo, los bienes de una tierra que Tú nos diste a todos. Haz que dejemos de juzgarnos unos a otros sin misericordia y sin olvido. Haz que creamos los unos en los otros. Haz que amemos: porque sólo el que ama puede obrar la justicia”.

*

Es la tarea predilecta de la Iglesia: la paz. Y es que la paz y la vida caminan juntas. La vida es el otro nombre de la paz; como la guerra es el otro nombre de la muerte (Mensaje de Paulo Sexto para la Jornada Mundial de la Paz, 1977).

Por eso la Iglesia ama tanto la paz: porque ama la vida. Porque es presencia de Cristo que vino para que los hombres tengan vida y abundante vida.

Por eso la Iglesia defiende la vida. Por eso la Iglesia condena la guerra, condena el aborto, condena el hambre: son enemigos de la vida; y la vida tiene los mismos enemigos que la paz.

Por eso, la Iglesia no cesa de hablar, de clamar por el derecho de todos a la vida.

Por eso la Iglesia habla y clama, siempre, en todas partes, llamando a la justicia, al amor, a la libertad. Son los caminos de la paz. Y la Iglesia hace obra de paz; porque es la casa de los hijos de Dios.

Septiembre, 20 de 1976.

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