El fundador de revista Mensaje falleció el 18 de agosto de 1952, apenas diez meses después de que esta comenzara a circular. La pena por su muerte y el reconocimiento a su obra son recogidos en textos de la edición número 12, incluyendo un escrito suyo —“La búsqueda de Dios”— que él había pedido que se publicara, como despedida, tras su muerte.
En las dos primeras páginas de la edición de Mensaje N.° 12, que se publicó en septiembre de 1952, se expone el dolor de la revista por el fallecimiento de su fundador. Bajo el sencillo título “El P. Alberto Hurtado, S.J.”, se señala: “Su vida fue una espiritualidad de acción, toda hecha de servicio y don para los demás, enamorada de Jesucristo en sus embajadores, los pobres, los débiles, los afligidos”. Se describe su carácter y su forma de acercarse a las personas, se señalan algunas de sus motivaciones y preocupaciones.
“Sentía próximo a la muerte porque hizo el bien deprisa, sin dejar de hacerlo bien, de hacerlo con alegría, de hacerlo siempre. Miró la muerte como amor de Dios. Miró la vida como amor de los hombres. Donde había una debilidad, era la fuerza. Donde había una lágrima, era el consuelo. Donde había una miseria, era la verdad. Fue amado, respetado y combatido. Se le admiró siempre porque la gente quiere que se emprendan obras y verlas; y las suyas se ven. No quieren palabras, sino hechos. Para ellas trabajó y vivió, y por ella se agotó. Esta cualidad práctica de acción le conquistó colaboradores que le ofrecieron, entusiastas, los medios de realizar sus planes”.
“Fue un despertador de inquietudes. No un adversario de los hombres, porque los amaba demasiado, sino de prejuicios que quería corregir. Era don suyo tener una combatividad caritativa y ecuánime. Por sobre todas las cosas, amó una virtud: la caridad, hasta identificarse con ella, hasta formar con ella una amable y deliciosa síntesis. Era la caridad”1.
Era don suyo tener una combatividad caritativa y ecuánime. Por sobre todas las cosas, amó una virtud: la caridad, hasta identificarse con ella, hasta formar con ella una amable y deliciosa síntesis. Era la caridad.
A continuación, en ese ejemplar de Mensaje N.° 12 se publica una elocuente y muy extensa carta del obispo de Talca, Manuel Larraín Errázuriz, en la que destaca los valores y las obras del padre Hurtado: “Si silenciáramos su lección, desconoceríamos el tiempo de una gran visita de Dios a nuestra patria”2.
Expresa el obispo: “En estos días, como un escalofrío, ha recorrido de norte a sur de la República, la frase que, más que pronunciarse, solloza: ‘El padre Hurtado ha muerto’. Y la frase resuena en el fondo de la mina oscura, a donde su palabra, como un mensaje de esperanza, penetró. Y sopla como el puelche helado en nuestros caseríos campestres que escucharon, con la sencillez del campesino, el eco de su palabra evangélica. (…) Y bajo los puentes del Mapocho, el huérfano sabe que ya no existe el que quiso reintegrar su vida de vago a la sociedad. Y sobre el féretro, en un desfile continuo, ha ido cayendo como una oración el llanto de los humildes y la plegaria de los que por él supieron del aproximarse a Dios. (…) Pero no podemos llorar como los que no tienen esperanza. Él ya habita el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz. Fue su alma ardiente como llama resplandeciente, como luz”3.
El presente trabajo quiso el P. Hurtado que se publicara como despedida suya al irse a gozar de la vista de Dios. Se honra MENSAJE al cumplir este postrer encargo de quien fué para nosotros el guía luminoso, el alegre y entusiasta enamorado de Cristo. (N. de la R.).
Época trágica la nuestra. Esta generación ha conocido dos horribles guerras mundiales y está, a las puertas de un conflicto aun más trágico, un conflicto tan cruel que hasta los más interesados en provocarlo se detienen espantados, ante el pensamiento de las ruinas que acarreará.
La literatura que expresa nuestro siglo es una literatura apocalíptica. La Hora 25, El Cero y el Infinito, Cuerpos y Almas, consideradas como las grandes novelas de estos últimos años, son el testimonio de un mundo atormentado hasta la locura.
Y la locura es el patrimonio de nuestro tiempo. Cada día crece su número. He visitado un hospital de 19.000 locos, y en las calles muchos que ambulan sienten comprometido su equilibrio interior. ¡Cuántos, en nuestro siglo, si no locos, se sienten inquietos, desconcertados, tristes, profundamente solos en el vasto mundo superpoblado, pero sin que la naturaleza ni los hombres hablen de nada a su espíritu, ni les den un mensaje de consuelo! ¿Por qué? Porque Dios está ausente de nuestro siglo.
Muchas definiciones se pueden dar de nuestra época: edad del maquinismo, del relativismo, del confort. Mejor, se diría, una sociedad de la que Dios está ausente.
Esta despreocupación de Dios no está localizada en un país: es una ausencia universal. Es un hecho y una intención sistemática. Dios está ausente, expulsado del corazón mismo de la vida. La sociedad se ha encerrado en este rechazo de Dios y su ausencia la hace morir.
Muchos libros se podrían escribir sobre las formas del ateísmo contemporáneo. Basta mirar los carteles de nuestros muros, las imágenes de las revistas, los títulos de los diarios, la publicidad que se da a ciertos films y novelas, las inmundas fotografías o grabados de los semanarios. Sería necesario detenerse reposadamente para caer en la cuenta de esta ausencia de Dios, para llegar a sufrir en nuestra carne. León Bloy escribió: “El Creador está ausente de la ciudad, de los campos, de las leyes, de las artes, de las costumbres. Está ausente aún de la vida religiosa, en el sentido de que hasta aquellos que quieren ser sus íntimos amigos prescinden de su presencia”.
El sentido del hombre ha reemplazado al sentido de Dios. En otros tiempos se atacó un dogma: fueron las herejías, trinitarias o cristológicas. En la época del renacimiento, el protestantismo atacó la Iglesia; el siglo XIX impugnó la divinidad de Cristo. Pero estaba reservada a nuestro siglo una negación más radical: la negación de Dios y su reemplazo por el hombre. El pecado del mundo actual es, como en tiempos antiguos, ¡la idolatría del hombre!
Los grandes ídolos de nuestro tiempo son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre. Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de Él un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos.
Dios en sí mismo parece no interesamos. La contemplación está olvidada, la adoración y alabanza es poco comprendida. Muchos piensan que la contemplación es una especialidad buena —y aún eso se discute— para monjas y religiosos. Al hombre de mundo solo le corresponde trabajar y gozar.
Nuestros estudios parecen centrados únicamente en el hombre. ¡Nos parece tan grande en nuestra época! La religión en los ojos de muchos que guardan su nombre y aún le conservan un sitio en la jerarquía de valores, conserva únicamente un sentido de herramienta humana, de fuerza de conservación y de progreso, pero no es una adoración y un servicio desinteresado del Creador.
El criterio de la eficacia, el rendimiento, la utilidad, funda los juicios de valor. No se comprende el acto gratuito, desinteresado, del que nada hay que esperar económicamente. Mucho menos se entiende el valor del sacrificio, el profundo sentido del fracaso, como la Redención fue un fracaso humano. La explicación es simple: en este siglo industrial todo se pesa, todo se cuenta, todo se mide. La adhesión de la inteligencia se obtiene a fuerza de utilidad y de propaganda. ¿Cómo no extender este criterio al dominio de las almas? Los medios sobrenaturales, como la penitencia y la Eucaristía, son reemplazados por recetas naturales, por medios de pura prudencia humana: higiene, dignidad. Testimonio indiscutible de un debilitamiento del sentido de Dios.
Muchos continúan pronunciando el nombre de Dios: no pueden olvidar esas enseñanzas que desde pequeños les enseñaron sus padres, pero se han acostumbrado al sonido de la palabra DIOS, como algo cotidiano y se contentan con ella sola, tras la cual no hay ningún concepto; o se contentan con el concepto vacío de toda realidad, o al menos de toda realidad que pueda compararse en lo grande y terrible, en lo tremendo y arrobador a la realidad: Dios.
Estos hombres no niegan a Dios… lo nombran, lo invocan, pero nunca han penetrado su grandeza y la bienaventuranza que puede hallarse en Él. Dios es para ellos algo inofensivo, con lo que no hay que atormentarse mucho. La existencia misma de Dios nunca se ha interpuesto en su camino, gigantesca e inaccesible como un volcán que está bastante lejos para no temerle, pero aun bastante cerca para darse cuenta de su existencia. A menudo Dios no es más que un cómodo refugio mental: todo lo que es incomprensible en el mundo o en la propia vida se le achaca a Dios: ¡Dios así lo ha hecho! ¡Dios así lo ha querido! A veces Dios es un cómodo vecino a quien se puede pedir ayuda en un apuro o en una necesidad. Cuando no se puede salir del paso, se reza, esto es, se pide al bondadoso vecino que lo saque del peligro, pero se volverá a olvidar de Él cuando todo salga bien. Estos no han negado hasta la presencia, hasta la abrumadora proximidad de Dios.
Al hombre siempre le falta tiempo para pensar en él. Tiene tantos otros cuidados: comer, beber, trabajar y divertirse… todo esto tiene que despacharse antes de que él pueda pensar con reposo en Dios. Y el reposo no viene, nunca viene.
Hasta los cristianos, a fuerza de respirar esta atmósfera, estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de él. Nos absorben las mil preocupaciones, gentes de la casa, del negocio, de la vida social. Nuestra vida de cada día es pagana. En ella no hay oración ni estudio del dogma ni tiempo para practicar la caridad o para defender la justicia. La vida de muchos de nosotros, ¿no es acaso un absoluto vacío? ¿No leemos los mismos libros, asistimos a los mismos espectáculos, emitimos los mismos juicios sobre la vida y sobre los acontecimientos, sobre el divorcio, limitación de nacimientos, anulación de matrimonios, los mismos juicios que los ateos? Todo lo que es propio del cristiano, conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y aún denigrado: nos parece superfluo. Los más llevan una vida puramente material, de la cual la muerte es el término final. ¡Cuántos bautizados lloran delante de una tumba como los que no tienen esperanza!
La inmensa amargura del alma contemporánea, su pesimismo, su soledad… las neurosis y hasta la locura, tan frecuentes en nuestro siglo ¿no son el fruto de un mundo que ha perdido a Dios? Ya bien lo decía san Agustín: “Nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. O bien aquél que escribía: “Si me aparto, mi Dios, de tu lado —inquieto y turbado— camino al azar. —Y no es mucho que gima, Dios mío. También gime el río buscando la mar”.
En esas tremendas tragedias que son El Cero y La Peste en ninguna parte aparece un rayo de esperanza, porque allí Dios está totalmente ausente, y en esa honda negrura que describe Georgiu en La Hora 25, el único rayo de luz viene de los que, como el P. Kaluga, tienen el sentido de Dios. El pesimismo brutal de Sartre, la angustia enloquecedora de Nietzche, son el eco de su grito: Dios ha muerto. Esas obras, las más demoledoras que jamás se hayan escrito, son el veneno que está corroyendo el alma contemporánea y que suprime de su espíritu, junto con la dignidad del hombre, la confianza en la Paternidad Divina y toda alegría.
Felizmente el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca como el heliotropo busca el sol y aun en manifestaciones objetivamente desviadas. En el hambre y sed de justicia que devora muchos espíritus, en el deseo de grandeza, en el espíritu de fraternidad universal, está latente el deseo de Dios. La Iglesia Católica desde su origen, más aún, desde su precursor, el pueblo prometido, no es sino la afirmación nítida, resuelta, de su creencia en Dios. Por confesarlo, murieron muchos en el Antiguo Testamento. Por ser fiel al mensaje de su Padre, murió Jesús, y después de Él, por confesar un Dios uno y trino cuyo hijo ha habitado entre nosotros, han muerto millones de mártires. Desde Esteban y los que como antorchas iluminaban los jardines de Nerón hasta los que en nuestros días en Rusia, en Checoslovaquia, en Yugoslavia, ayer en Japón, en España y en México han dado su sangre por él. A otros no se les ha pedido este testimonio supremo, pero en su vida de cada día lo afirman valientemente. Religiosos que abandonan el mundo para consagrarse a la oración: en Estados Unidos hay trece conventos trapenses que no hacen sino trabajar silenciosamente para no perder de vista la presencia de Dios. Religiosos, como los que ha fundado el Padre Voillaume, que unen su vida de obreros en la fábrica a una profunda vida contemplativa.
Hay también universitarios, como los he podido ver en Francia y en España, en Inglaterra y en Bélgica, animados de un serio espíritu de oración, y para quienes su estudio es un deseo de glorificar al Creador.
Hay obreros como los de la JOC, que son ya más de un millón en el mundo; campesinos para los cuales la plegaria parece algo connatural y, junto a ellos, sabios, sabios que se precian de su calidad de cristianos; hombres como Carrel, Lecompte de Noui; literatos como Claudel, Gabriela Mistral, Papini, Graham Greene, ¡y para qué seguir esta numeración! En medio de un mundo en delicuescencia, hay grupos selectos de almas escogidas que buscan a Dios con toda su alma y cuya voluntad es el supremo anhelo de sus vidas.
Hasta afuera de la Iglesia, en movimientos como el iniciado por el Mahatma Gandhi en la India, por el Rearme Moral en Ginebra, por el Oxford Movement en Inglaterra, ponen en primer lugar la idea de Dios.
Y cuando lo han hallado, su vida descansa como una roca inconmovible; su espíritu reposa en la Paternidad Divina, como el niño en los brazos de su madre.
La hondura de la vida, su belleza, son el fruto del conocimiento de la Divina Amabilidad, de las mercedes que de Él emanan y de las fuerzas que él brinda.
Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él. Frente a Dios todo se desvanece: cuanto a Dios no interesa, se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en él.
Hay también un dolor de Dios, dolor indescriptible e inconmensurable que tortura, alarma con espanto y asombro. Hay un temor de Dios: el de arrojar una sombra sobre la imagen del Amado. Temor de ofrecer tan poco al que todo se le debe.
Al que ha encontrado a Dios acontece lo que al que ama por primera vez: corre, vuela, se siente transportado; todas sus dudas están en la superficie, en lo hondo de su ser reina La Paz. Lo duro, las contrariedades, se deslizan. En el centro de la vida perdura el conocimiento del ser y del amor de Dios. La entrega del que reposa en Dios es un olvido de sí. No le importa ni mucho ni poco cuál sea su situación, ni si escucha o no sus preces. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Ante este hecho calla su corazón y reposa.
Esta confianza fruto de un magnánimo y humilde amor. Si Dios quita algo, aún con dolor, es Él y eso basta. Esto lo hace feliz y enciende todas las luces de su alma. No es un amor sentimental, es amor sencillo, simple, y que se da por sobreentendido. Es así porque no puede ser de otro modo.
En el alma de este repatriado hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es a la vez su paz y su inquietud. En él descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando. Tiene que guarecerse en la inquietud. Cada día se alza Dios ante él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada.
Hay en él un temor de Dios, pero no el temor infantil semejante al del perro que espera cada momento el látigo. Donde domina el espíritu, no hay terror: todo se torna claro, luminoso, benéfico. Ante Dios no somos sus esclavos, sino que, por su predilección, somos sus hijos. El verdadero temor de Dios no consiste ni en el miedo al castigo, ni en la insuficiencia en nuestro concepto de Dios, sino que en la proximidad de Dios mismo. El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por él, y en él descansa, como un vasto y tibio mar. Ve ante sí un destino junto al cual las cordilleras son como granos de arena. Esta búsqueda de Dios solo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las crujientes salas y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo, pero un día se sabrá la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos.
En toda nuestra vida es Dios lo que la Luna para el mar: la causa de sus crecientes y de sus menguantes. Todas nuestras peregrinaciones terrestres han sido movidas por el llamado divino, llamado que ya nos eleva a lo alto, ya nos precipita en lo hondo. Ese llamado de Dios, perceptible en nuestras almas, es el que nos ha convocado a todo lo que merece llamarse grande en nuestra vida, a todo lo que da sentido a una existencia cuando la vida es en verdad una vida.
Y ese llamado de Dios, que es el hilo conductor de una existencia sana y santa, no es otra cosa que el canto que desde las colinas eternas desciende dulce y rugiente, melodioso y cortante. Llegará un día en que veremos que Dios fue la canción que meció nuestras vidas. ¡Señor, haznos dignos de escuchar ese llamado y de seguirlo fielmente!
1 Mensaje N° 12, septiembre 1952, “El P. Alberto Hurtado, S.J.”, pp. 433-434.
2 Mensaje N° 12, septiembre 1952, “Apóstol de Jesucristo”, pp. 437.
3 Ibid., p. 443.
4 Mensaje N° 12, septiembre 1952, “La búsqueda de Dios”, pp. 444-447.
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