Tras comenzar a movilizarse en la Universidad Católica de Valparaíso, los grupos universitarios que clamaban por reformas se tomaron en agosto de 1967 la Casa Central de la Universidad Católica. Al año siguiente, el movimiento se extendería a más planteles. Fue el tema del Comentario Nacional de la edición N.° 162.
Son las dos de la madrugada. Las clausuradas puertas de la Universidad Católica de Santiago se abren y una alegre muchachada de trescientos jóvenes, eufóricos de felicidad, sale cantando el himno de la UC. Los dirige uno de ellos que hace de jefe y tras él bailan rondas y cantan en medio de la Alameda. Los escasos transeúntes y automovilistas nocturnos se detienen con curiosidad. Son los jóvenes de la UC que celebran el triunfo de su movimiento. De pronto, el jefe dirige a los estudiantes hasta la estatua de don Crescente Errázuriz, frente a la puerta principal, y subido en el pedestal, los arenga: “¡Compañeros! Allí en lo alto, presidiendo nuestra Casa, está la efigie de Cristo. En esta hora de triunfo, oremos en silencio durante un minuto para agradecerle la victoria de nuestros ideales. Pidámosle ayuda para cumplir con nuestra responsabilidad en esta nueva Universidad que comienza. Y que nos perdone los excesos e injusticias que hayamos podido cometer en esta lucha”.
Es un símbolo. De limpieza, de altura, de madurez.
Al día siguiente, a las siete de la tarde. Ante varios Obispos y en presencia de la prensa, el Cardenal Arzobispo de Santiago entrega al muchacho de 21 años, Miguel Angel Solar, Presidente de la Federación de Estudiantes, la resolución que pone término al conflicto universitario. Allí están los jóvenes. Los hombres maduros que hasta ayer la dirigían, no están presentes.
Es otro símbolo. La Iglesia compresiva de la tremenda lección que han dado los jóvenes.
Dos días después, es la renuncia de monseñor Alfredo Silva Santiago a sus cargos de Rector y Gran Canciller de la Universidad Católica. En su reemplazo queda Fernando Castillo Velasco, joven profesor de la Facultad de Arquitectura y Bellas Artes. Ha terminado, en forma quizá sorpresiva, el movimiento estudiantil que comenzó pidiendo “Nuevos Hombres para la Nueva Universidad”.
El desenlace no fue sencillo. Durante diez días, atrincherados en la Casa Universitaria y en todas las Escuelas periféricas, los estudiantes de la UC acapararon la atención pública. Apasionadas polémicas, discusiones dialécticas, foros, artículos y entrevistas fueron jalonando el transcurso de esos agitados días. El “principio de autoridad”, la penetración marxista, la infiltración de elementos extremistas, la legitimidad de la fuerza y otros muchos conceptos fueron esgrimidos como armas de ataque, impidiendo el diálogo para una posible solución.
Durante diez días, atrincherados en la Casa Universitaria y en todas las Escuelas periféricas, los estudiantes de la UC acapararon la atención pública.
Es útil recordar los hechos principales. En los primeros días de agosto quedó vacante el cargo del Pro-Rector, Pbro. Adamiro Ramírez, dejando abierto el paso para la designación de otra persona que encarnara las ideas de renovación. Así lo esperaban los estudiantes universitarios después del plebiscito del mes de junio y de la intervención del Cardenal Silva Henríquez. La función principal del nuevo Pro-Rector sería la de estudiar y proponer, con participación de profesores y alumnos, la modificación del Reglamento General de la Universidad y la democratización del poder. Para cumplir esta tarea, era preciso que se confirieran al nuevo Pro-Rector las atribuciones necesarias.
Sin embargo, las cosas ocurrieron de otra manera. El Consejo Superior apresuró, durante el mes de junio, el estudio y aprobación del Nuevo Reglamento. En él se establecía un complicado procedimiento mediante el cual un Consejo Superior ampliado debía designar al nuevo Rector que sucediera a don Alfredo Silva. El sistema, aparentemente democrático, fue interpretado por los estudiantes y otros observadores como el medio de instalar a un sucesor ya previsto.
La designación de una nueva persona como Pro-Rector carecía en esta forma de todo sentido como medio de renovación. No es de extrañar que nadie aceptara el cargo, y para todos los estudiantes comprometidos en el movimiento de la Federación estas actuaciones constituyeron una burla. Así nació la huelga y la ocupación de la Universidad.
Desde ese mismo momento comenzó también la discusión, que aún no termina, sobre la legitimidad de la fuerza empleada por los estudiantes, y desde ese mismo instante empezó a llenarse el saco de la confusión con la huelga, la violencia, la usurpación, la inspiración marxista, la penetración comunista y otros muchos epítetos y acusaciones que la gente “bien pensante” atribuye a cualquier movimiento que altera el orden establecido o que afecta a los intereses creados.
Es justo reconocer, no obstante, que muchas personas fueron turbadas en su razonamiento por falta de información fidedigna y por no haber tomado conciencia de la crisis universitaria que se viene agravando desde hace mucho tiempo. Crisis profunda, derivada de la antítesis entre una universidad consciente de su misión histórica y un conjunto de escuelas profesionales, temerosas de enfrentarse a la realidad de un mundo cambiante, añejas en su estructura y carentes de unidad.
Frente a estos males, de los cuales esta revista se ha ocupado varias veces, ¿valía la pena entablar una discusión bizantina sobre la legitimidad de la fuerza o era más importante considerar la justicia del movimiento y la hondura de las peticiones? Sin recordar que la fuerza es toda presión moral o física que se ejerce para determinar la voluntad de una persona, fue condenada a priori sin ningún distingo. ¿No emplea la fuerza el Estado para hacer cumplir sus leyes? ¿No la usa el padre, incluso físicamente, para educar a sus hijos? ¿No se ejerce, ilegítimamente a veces, a través del dinero, de los medios de presión, de los intereses creados que se protegen unos a otros? ¿No es mayor la fuerza que ejerce un diario al deformar la verdad que la de un grupo de muchachos que han sido burlados en sus justas inquietudes?
La fuerza de los estudiantes no provenía de la ocupación de los locales. Unos pocos días más y esa fuerza se hubiese derrumbado por sí sola, por cansancio, por falta de medios económicos, por la amenaza al orden público de otros elementos ansiosos de capitalizar para sí este movimiento. No. Su fuerza real provenía de la verdad de los planteamientos, de la limpieza de sus fines, de la justicia de sus peticiones. Y esa fuerza debía ser aplastada.
Nada se dijo, en cambio, sobre la presión de las autoridades universitarias al aprobar con sorpresiva diligencia un Nuevo Reglamento General, que era como una “agüita de té” para un hambriento de verdaderas reformas. ¿Quién denunció la fuerza ilegitima de un profesor de Derecho, alto dirigente político, que anunció públicamente la aplicación de represalias a los estudiantes en huelga, mientras azuzaba a la opinión pública con truculentas profecías de sangrientos sucesos?
Mientras corrián las más antojadizas versiones, la ocupación de la Universidad Católica se realizaba con un orden, disciplina, espíritu de sacrificio y organización dignos de admiración. Cada uno cumplía la tarea asignada, ignorando en la mayoría de los casos lo que estaba ocurriendo en las afueras. El único portavoz fue el Presidente de FEUC, con una visión muy clara de sus objetivos. “Nunca devolveremos esta Universidad, expresó varias veces, porque es nuestra, es de toda la comunidad universitaria. Cuando termine el conflicto, no la entregaremos. Sólo abriremos sus puertas para dar comienzo a la nueva Universidad”.
Todo esto no se quiso o no se pudo ver.
Mientras corrián las más antojadizas versiones, la ocupación de la Universidad Católica se realizaba con un orden, disciplina, espíritu de sacrificio y organización dignos de admiración.
En este conflicto hubo otro factor en juego silenciado por las autoridades universitarias. A la petición formulada hace dos años por la Congregación de Seminarios y Universidades de la Santa Sede, de que se estudie un nuevo Reglamento para desvincular de Roma a la Universidad Católica, se agregaron nuevas instrucciones recibidas por el Rector antes de la huelga. En ellas se insistía en la necesidad de adecuar la Universidad al espíritu de las conclusiones del “Seminario sobre Universidades Católicas en Latinoamerica”, celebrado en febrero de este año en Buga, Colombia, publicadas en la edición de Mensaje del mes pasado. En esas instrucciones se urgía al Rector a la designación de un nuevo Pro-Rector, entendiendo en esa forma una virtual sustitución de la autoridad. En ese contexto hay que entender la intervención del Cardenal Silva Henríquez que puso término al conflicto, pero que provocó la inmediata renuncia del Rector Silva Santiago y de todos los Consejeros designados por él.
En todos los que intervinieron en la mediación del conflicto, hubo consenso en que era imposible llegar a un acuerdo entre las partes. El “principio de autoridad”, que sólo se esgrime en contra del supuesto obediente pero que suprime el concepto de quien ejerce la autoridad y cómo la ejerce, puso una barrera infranqueable a cualquier arreglo.
La situación se estaba poniendo difícil. Las demás Federaciones de Estudiantes Universitarios habían decretado un paro de solidaridad en todo el país. Los estudiantes secundarios comenzaban a agitarse y a cometer algunos desmanes. La Central Única de Trabajadores ofrecía también un paro nacional. Con más de algún antecedente, el Gobierno temió que el conflicto particular de la Universidad Católica pudiera extenderse a otros campos y alterar el orden público.
Paradojalmente, El Mercurio creó el ambiente propicio a una solución urgente. Desde el primer momento se empeñó en magnificar el conflicto y en asustar a la opinión pública con la conocida consigna de la infiltración marxista. Pero, en un foro televisado, le fue imposible a su Director probar sus afirmaciones; ni siquiera supo definir lo que entendía por cogobierno. Su campaña agitadora dio óptimos resultados, aunque no precisamente en la línea buscada por ese diario.
Otro factor que favoreció la solución fue la lista de candidatos a Pro-Rector que presentaron los delegados de los profesores universitarios. La primera mayoría correspondió al arquitecto Fernando Castillo Velasco, cuyo nombre era aceptado por los estudiantes y a quien la renuncia del Rector ha dejado con la plenitud de la autoridad. La designación de Fernando Castillo fue hecha por el propio Rector don Alfredo Silva.
¿Por qué renunció entonces éste? Son varias las causas que la provocaron:
—La primera es, indudablemente, la designación del Cardenal Silva Henríquez como suprema autoridad. Aunque revestida del carácter de mediación, constituyó una desautorización y un reconocimiento de que no sería capaz de dar término al conflicto.
—El otorgamiento de facultades extraordinarias al Pro-Rector, pedidas por los estudiantes y exigidas también por Fernando Castillo, tampoco era aceptado por el Rector.
—La virtual anulación del Nuevo Reglamento General aprobado por el Rector y por el Consejo General, enviado a Roma para su ratificación, y su reemplazo por otro en cuyo estudio intervendrán profesores y estudiantes, fue otra causa de desacuerdo.
—La más resistida de todas las medidas adoptadas por el Cardenal es la convocatoria a un Claustro Pleno para elegir al próximo Rector y la participación de un 20% para los estudiantes.
De estos hechos se han derivado ya, al escribir estos comentarios, diversas consecuencias. Se ha hablado de la absoluta inconveniencia de esta participación de los estudiantes, calificándola de cogobierno. Los profetas de desastres, como los llamaba el Papa Juan, han comenzado ya a anunciar la muerte de la Universidad. No todos advierten que ha habido un proceso de cambio violento, en que es necesario quebrar una estructura anticuada y cerrada, con grupos dominantes que impiden una verdadera apertura, y que no dejan de seleccionar el ingreso de profesores en forma parcial. Calificar esta participación como cogobierno estudiantil tiene tanta justificación como la de afirmar que los electores participan en el gobierno del país por el hecho de elegir al Presidente.
En lo inmediato, se han producido renuncias de algunos profesores, Directores de Escuelas y aun de Decanos. Los primeros momentos serán difíciles y el Pro-Rector deberá suavizar asperezas y aunar voluntades en torno suyo. Los que abandonen definitivamente la docencia demostrarán que su apego a la Universidad que tanto decían tener y defender, no ha resistido el empuje de una pequeña brisa refrescante. Y más de alguno está dando el espectáculo de resistir a una resolución de la suprema autoridad, olvidando ahora el tan manoseado “principio de autoridad” que esgrimieron en contra de los estudiantes.
El conflicto ha servido para que los jóvenes muestren señales de madurez y de responsabilidad poco comunes, ofreciendo un ejemplo a los mayores. A través de varios años, fueron casi los únicos en percibir que, tras una fachada imponente, la Universidad estaba enferma, encastillada, ausente del proceso histórico, defectuosa en su misión católica. Fueron ellos los que indicaron y lucharon por el cambio. Y son ellos los que han obtenido un vuelco que no puede menos que calificarse de histórico. Han tenido también la virtud de despertar la conciencia de los profesores, de obligarlos a reunirse y a pensar, de permitirles comenzar su auto-crítica.
El conflicto ha servido para que los jóvenes muestren señales de madurez y de responsabilidad poco comunes, ofreciendo un ejemplo a los mayores.
La Iglesia ha dado un ejemplo anticipado de lo que se le pide en el Sínodo que se está desarrollando: la necesidad de interpretar al mundo, de sentir sus problemas a partir de los hombres, de ponerse al servicio de ellos y de “comprometerse” en su acción. Los jóvenes, sin necesidad de una experiencia que a veces sirve para mejorar, pero otras para endurecer las arterias y las posiciones, han comprendido esta nueva actitud renovadora.
En esta hora de transición es bueno repetir las palabras de Miguel Ángel Solar en el acto en que se leyó la designación del Pro-Rector: “Hemos sabido quebrar una estructura: mostremos que somos capaces de construir otra”.
El conflicto universitario ha servido para demostrar la forma tendenciosa e irresponsable como se deforma la opinión pública mediante informaciones carentes de veracidad, con la presentación de los hechos sin objetividad y con la virtual negativa de columnas y espacios que puedan desvirtuar la posición elegida de antemano. El caso extremo y de mayor gravedad por el peso que tiene ante la opinión pública, es el de El Mercurio. No contento con tergiversar los planteamientos del movimiento estudiantil, no vaciló en acusarlo de estar inspirado, planeado, dirigido y sostenido por marxistas y por elementos extremistas. Como antecedentes citó la estrategia comunista descrita en la revista comunista Cuadernos Universitarios. Pero no advirtió que la 1ª. edición de esta revista apareció en el número de junio de este año, mientras el movimiento de los estudiantes de la UC fue planeado y anunciado en la inauguración del año académico, ya en el mes de abril. Y nada digamos de la segunda “prueba”: la entrada a la Universidad, el primer día de la huelga, de un grupo de estudiantes de la Universidad de Chile a quienes no se preguntó, naturalmente, su filiación política en momentos de urgencia. Con la misma lógica, debiera acusarse de marxista al que come el pan fabricado por quienes profesan esa doctrina.
Por querer extremar sus acusaciones, El Mercurio le hace un buen servicio a los comunistas y marxistas. Cada vez que hay un movimiento reformista, cada vez que hay una posición de cambio, cada vez que se pide más justicia y mejor distribución de los bienes y de la cultura, se supone que hay un marxista escondido, se les regala todas las banderas de reivindicación. El marxismo obtiene así su mejor y más gratuita propaganda.
Hay otro hecho sintomático en la posición de El Mercurio. Es la coincidencia de la campaña alarmista demostrada en el conflicto de la UC con otras actitudes semejantes adoptadas frente a otros conflictos menores, todo ello destinado a crear un ambiente de intranquilidad pública. De allí a justificar indirectamente una acción de las fuerzas armadas, lo que en muchos círculos se añora y se difunde, no hay más que un paso.
La responsabilidad de servicio público que prestan los medios de difusión debiera obligarlos a meditar en la necesidad de una presentación objetiva y completa de los hechos, sin intenciones preconcebidas.
En la víspera de estallar el conflicto universitario de Santiago, la UC de Valparaíso lograba, después de 50 días de huelga y ocupación de la Universidad, llegar a un acuerdo de su problema interno. Mediante un acta firmada en la medianoche del 8 de agosto, las autoridades, los profesores y los estudiantes de la Universidad de Valparaíso sentaron las bases para su reestructuración. El arreglo contempla la formación de una comisión que estudiará y redactará el Nuevo Reglamento, la elección del Rector y de las demás autoridades en forma democrática y otras medidas que tienden a limitar la duración de los cargos directivos, a establecer la catolicidad de la Universidad, su carácter comunitario y la preeminencia de lo académico sobre lo administrativo.
Con diferencias de procedimiento y con plazos más largos para llevar a cabo la reforma universitaria, la Universidad Católica de Valparaíso sirvió de estímulo al movimiento santiaguino.
El conflicto porteño fue más prolongado y, en cierta forma, más duro que el de Santiago, pero en la capital la reforma parece más radical y tajante.
Dos Universidades Católicas de Chile han señalado rumbos que difícilmente podrá evitarse que sigan los estudiantes de otras universidades.