Aunque duró solo algunas horas, la ocupación del principal templo católico de Santiago representó un motivo de fuerte tensión al interior de la Iglesia. Eso motivó que la revista otorgara espacio a un segundo editorial en su edición N.° 172.
El hecho ha sido inusitado y la prensa ha informado prolijamente; no entraremos, por tanto, en detalles de crónica. Pero reducir la toma de la Catedral a un gesto exhibicionista o a un signo más de rebeldía anárquica, denota un increíble simplismo o, lo que es mucho más probable en cierta prensa, simple mala fe.
No fueron siete sacerdotes los inspiradores y organizadores de la toma; no fueron universitarios, profesionales o intelectuales. Fueron obreros: obreros que trabajan y sufren en carne propia las injusticias de nuestras estructuras; obreros que aman a Cristo, que se identifican plenamente con la Iglesia, y que, sintiéndola como cosa suya, quisieran verla más efectiva y visiblemente junto al pueblo, que de hecho no entiende su lenguaje y la ve como algo lejano, “cosa de ricos”.
Basta leer desapasionadamente el manifiesto de los considerados “rebeldes” —manifiesto que nuestros lectores encontrarán en este número— para reconocer la nobleza de sus planteos fundamentales y la gran sinceridad que revela.
Para muchos, el cristianismo no pasa de ser un conjunto de hermosas ideas. Pero no es éste el cristianismo de Cristo. El único, el verdadero cristianismo es esencialmente vida y, por consiguiente, acción.
Es, por lo tanto, perfectamente explicable que el ardor cristiano de un grupo de auténticos creyentes transformara la palabra —¡es tan fácil hablar!— en hecho y en un hecho angustiosamente comprometedor.
No justificamos la toma de la Catedral. Nos parece un gesto precipitado y que lógicamente tenía que dar pie a toda clase de reacciones e interpretaciones. Pero respetamos profundamente la inquietud católica de ese grupo de laicos y comprendemos que los sacerdotes que participaron en esta aventura no podían abandonar a los que confiaban en ellos, a sus hermanos, amigos y compañeros.
Comprendemos también plenamente la actitud del Cardenal. Injusta y sistemáticamente atacado por sectores de derecha, tuvo necesariamente que sentir en esta precipitada y espectacular acción de católicos laicos y sacerdotes de su confianza, un golpe inesperado y doloroso. Ciertamente nuestra jerarquía ha dado muestras de comprensión, de apertura al diálogo, de profundo sentido evangélico. Pero la toma de la Catedral, como toda medida extrema ¿no podía fácilmente interpretarse como que todo diálogo se había hecho imposible? ¿No se daba así “urbi et orbi” la imagen de una jerarquía retrógrada, impermeable a los anhelos cristianos y humanos del pueblo?
Imagen ciertamente falsa e injusta, y la injusticia de los amigos es la que provoca más dolor. Esto explica suficientemente la primera reacción del Cardenal y que muchos consideraron dura.
Pero ciertamente los que tomaron la Catedral no pretendieron en ningún momento atacar a su Arzobispo. Ni soñaron siquiera que su gesto sería ávidamente aprovechado por sectores que hipócritamente escudados en su “catolicismo” buscan desde hace tiempo cualquier motivo plausible para reemplazar al Cardenal por un eclesiástico de “su” confianza. Basta leer El Diario Ilustrado y PEC para apreciar el juego que llevan entre manos, y por supuesto, como son hábiles, empiezan a conquistar la confianza del Nuncio. No deja de ser sintomático que el Nuncio, decano del cuerpo diplomático, se haya negado a asistir a una comida que en honor del Cardenal daba el Embajador de Colombia.
Hemos conversado con un grupo representativo de la toma —laicos, no sacerdotes— quienes expresaron que de haber sabido que su gesto podría significar un menoscabo de la autoridad del Cardenal, no sólo no lo habrían efectuado, sino que habrían concentrado todos sus esfuerzos en organizar un movimiento masivo de adhesión al Pastor que sinceramente respetan y quieren.
Hubo, por consiguiente, un triste malentendido. Pero este malentendido es aleccionador. Por mucha buena voluntad que tenga la jerarquía, los canales de comunicación fallan; en todo caso, son incompletos. El hecho es que los doscientos laicos que participaron en la toma de la Catedral lo hicieron porque no se sentían oídos y su acción, a primera vista incomprensible, no fue sino un afán de expresarse, de hacerse oír.
El gesto puede haber sido desmesurado —estamos de acuerdo— pero la intención no era de rebeldía, ni acusatoria, ni mucho menos de profanación. El Mercurio se deleitó en enmarcar la figura de un sacerdote con un cigarrillo. Pero un cigarrillo en “nuestra casa” —como anotaba un obrero— y después de muchas horas de ayuno y de vigilia, ¿puede sinceramente considerarse como profanación? Pero ni El Mercurio ni El Diario Ilustrado subrayaron debidamente el profundo significado religioso de la misa celebrada por los “rebeldes”, sus letanías de alcance ecuménico, sus diálogos y reflexiones que fueron borrando diferencias entre obreros, universitarios, profesionales e intelectuales hasta hacerlos comprender que todos eran simplemente cristianos, “hermanos”, empeñados en un mismo anhelo: dar un testimonio de compromiso evangélico.
El gesto fue precipitado, desafortunado, pero la intención es profundamente respetable y una lección para muchos católicos que nos arrellenamos en nuestra religión cómodamente, como si fuese un diván, un refugio o una garantía contra accidente y malos ratos.
El Cardenal tenía plena razón para sentirse injustamente atacado. Pero el Cardenal demostró una vez más lo que era: plenamente hombre y plenamente obispo. No sólo perdonó —esto es relativamente fácil— sino que comprendió y, lo que es más difícil, tuvo la nobleza de reconocer que este triste incidente podía deberse a falta de comunicación e insuficiente diálogo.
La prensa de derecha ha insistido en la profanación y en el desagravio. Pero el Cardenal, una vez que recibió la carta de los sacerdotes y conversó con los laicos más representativos del movimiento, dejó de hablar de desagravio e hizo un hermoso y emocionante llamado a una reconciliación eucarística; a un reencuentro junto a la mesa de Cristo, que es la Palabra enviada por Dios y que da sentido y vivifica a todo diálogo humano.
“No hemos sido quizás suficientemente humildes, pues creíamos que nuestra Iglesia era la mejor de todas; quizás nuestro diálogo no ha sido suficiente; tal vez no hemos sabido darnos a nuestros sacerdotes y a nuestro pueblo en la medida que hoy se necesita”. Estas palabras de viril humildad aquilatan el valor de un hombre.
Es cierto que posteriormente hubo una declaración de los siete sacerdotes que participaron en la toma para rectificar algunas interpretaciones de la prensa. Según nos ha dicho uno de esos sacerdotes, la declaración que hicieron no fue suficientemente matizada y esto explica que el Cardenal se sintiese obligado a mandar a la prensa otra declaración en la que claramente exponía su posición. Pero esto no significó un rompimiento. Los sacerdotes fueron en la noche del viernes a hablar con el Cardenal y en la entrevista —según unánime declaración de todos, sumamente cordial— se disiparon los malos entendidos. Por consiguiente, cuando la declaración del Cardenal salió en la prensa, el sábado, el malentendido estaba ya disipado y los sacerdotes “rebeldes” se sentían plenamente unidos a su Pastor.
No ha habido profanación. Tampoco ha habido desagravio. Sólo hubo un gesto precipitado, producto de un noble y legítimo afán de expresar la angustia de muchos católicos sinceros que desean “hacer” algo para que toda la Iglesia muestre más patentemente la imagen de Cristo. Frente a este gesto hubo otro, el del Cardenal; un hermoso, humilde y valiente gesto de comprensión.
El saldo triste de todo este incidente es el fariseísmo mostrado por cierta prensa ya bien conocida por sus intereses y móviles, que no ha trepidado en utilizar un momentáneo malentendido de “hermanos” que muy pronto se reencontraron junto al altar de Cristo, como un argumento más contra un Cardenal que no quieren porque hiere sus mezquinos intereses. Más que indignación y desprecio, esta actitud provoca tristeza. ¿Que ataquen a los jesuitas, que ataquen a Mensaje? No pretendemos el monopolio de la verdad, y aunque honradamente y sin intereses seguimos una línea, es posible que estemos equivocados. Pero que no se aprovechen de nosotros para atacar al Cardenal: esto es indigno y bajo.
¡Qué diferente la reacción de un grupo de connotados católicos!: “Nuestra conciencia de cristianos, frente al hecho de la ocupación de la Catedral de Santiago y a la declaración denominada ‘Por una Iglesia Servidora del Pueblo’, ha sido profundamente conmovida por dos hechos fundamentales: uno de ellos es el compromiso vital y la exigencia de fidelidad a la Iglesia que están detrás del impulso que originó este acontecimiento. El otro motivo de reflexión lo constituye la apertura y comprensión de nuestro Pastor, que permitió superar todos los problemas y consolidar con rapidez nuestra unión de cristianos. Ambos ejemplos nos obligan a revisar nuestro compromiso evangélico para responder como personas más fielmente al llamado del Señor. Más que aclarar conceptos y transformar esta experiencia rica en vitalidad y caridad en un mero revisionismo intelectual, estos ejemplos nos han ayudado como hombres y como cristianos a comprender la urgencia de testimoniar con hechos nuestra fe. En unión con nuestro Pastor, con nuestros hermanos sacerdotes y con toda la comunidad, queremos comprometernos con todas nuestras fuerzas en la construcción de un mundo más humano, donde el amor, la justicia y la verdad se hagan por fin inseparables”.
¡Hermosa y cristiana declaración, que nos demuestra que la toma de la Catedral no fue un gesto de exhibicionismo barato sino un testimonio que llegó al corazón de muchos y que puede ser el germen de una profunda y auténtica renovación en el cristianismo de nuestra Patria!
Mensaje
La toma de la Catedral no fue un gesto de exhibicionismo barato sino un testimonio que llegó al corazón de muchos y que puede ser el germen de una profunda y auténtica renovación.