Al mes siguiente del fallecimiento del pontífice, Mensaje le dedica su portada y su editorial. En este se destaca el “haber sabido dirigir la Iglesia posconciliar en estos años tempestuosos, en que la aceleración de los tiempos ha dejado a muchos atrás”.
El miércoles 2 de agosto, ante 7.000 peregrinos, en su última alocución pública, S. S. Paulo VI nos exhortó a “saber discernir entre las muchas voces que llegan a nosotros”. “En el mundo en que estamos —dijo—, el estruendo de voces que quisieran atraer nuestra atención es tal, que no resulta fácil saber cuáles son realmente dignas de escuchar… ¿Cuáles de estas voces que estamos obligados a escuchar, cuáles son las que merecen o pretenden no solo que las conozcamos (p. ej., la de la cultura), sino que exigen que las tomemos como guía de nuestro pensar y, sobre todo, que las hagamos norte de nuestra vida?”.
Sin quererlo, porque cuatro días después moría en la paz del Señor, el sumo pontífice estaba invitando al mundo a saber escuchar el clamor de su propia voz. No por su valor personal, por lúcido y valioso que haya sido, sino porque la suya es la voz de la Iglesia, que “no dimana de su sabiduría propia, ni del control científico y racional de lo que predica a sus fieles; sino del hecho de estar anunciando una palabra que dimana del pensamiento trascendente de Dios”. De ahí su fuerza y su luz: la voz del Papa es la voz de Cristo en la tierra. Y durante estos últimos quince años, época tormentosa, de notables cambios, conflictos y desorientación, Cristo nos ha estado hablando por medio de Paulo VI, en forma a veces dramática, con firmeza, siempre con esperanza, e incluso con optimismo en medio de tantas crisis.
Paulo VI fue el Papa de la gran conversión actual de la Iglesia a los problemas del hombre, para tenderle la mano y ayudarlo a levantarse y caminar hacia Dios. Vuelta hacia el hombre, la Iglesia asumió también sus “gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias”, y Paulo VI encarnó ante el mundo no solo la voz de esta Iglesia servidora, sino también la de todos los hombres que sufren. La voz del Papa es la de Cristo, que nos habla desde arriba y desde los pobres, desde el fondo de la humanidad doliente. “Sentimos que se hace nuestra —dijo en la ONU, en 1965— la voz de los muertos y de los vivos; de los muertos caídos en las tremendas guerras pasadas soñando con la concordia y la paz del mundo; de quienes sobrevivieron a ellas llevando en sus corazones la condena para quienes intentaran renovarlas; y de otras vidas nuevas, que avanzan llenas de confianza, como son las de las jóvenes generaciones que sueñan, con pleno derecho, con una humanidad mejor. Y hacemos nuestra la voz de los pobres, de los desheredados, de los que sufren, de los deseosos de paz y de justicia, de dignidad de vida, de libertad, bienestar y progreso”.
Éste fue como el programa de su pontificado, y ésta fue también la orientación que dio a la Iglesia el Concilio Vaticano II, obra en gran parte de Paulo VI.
El Concilio, convocado e inspirado por Juan XXIII, fue dirigido y orientado decididamente por Paulo VI, y su mano se ve directamente en todos los documentos fundamentales: sobre la Iglesia, sobre la Iglesia en el mundo moderno, sobre la revelación y sobre la libertad religiosa. Y, sobre todo, en el empeño por convertir el Concilio en vida de la Iglesia. Sus quince años de pontificado testimonian ese incansable esfuerzo por hacer de la Iglesia una real “servidora de la humanidad”. Su encíclica Populorum progressio, sobre el sentido cristiano del desarrollo “para el servicio del hombre”; su carta apostólica Octogesima adveniens, sobre la igualdad y la participación, “para dar respuesta a las necesidades nuevas de un mundo en cambio”; sus once mensajes anuales para las Jornadas Mundiales de la Paz, sobre los caminos de la paz, la fuerza de la paz, las implicaciones de la paz, la urgencia de la paz, etc.; los Sínodos de Obispos que convocó, en los cuales se trataron los problemas del Tercer Mundo; su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, en la que aborda el problema de la evangelización y la promoción humana; el nombramiento de numerosos cardenales del Tercer Mundo, y sus visitas personales a América Latina, África y Asia son patente testimonio de esta preocupación central de Paulo VI por ser “la voz de los pobres, de los que sufren, de los deseosos de paz y de justicia” y vivir al servicio de la humanidad.
Él mismo, a fines de junio, resumía la preocupación dominante de su función de pontífice, es decir, de “servicio al mundo y a la Iglesia”: “Esta preocupación, o sea, nuestro programa, es para nosotros el Concilio Vaticano II, que celebramos hace unos años y que ahora nos afanamos en traducir en vida, en Espíritu viviente”. El Concilio Vaticano II ha sido la renovación más profunda de la Iglesia en varios siglos, renovación impulsada, orientada y llevada a cabo por Cristo a través de Paulo VI.
Haber sabido dirigir la Iglesia posconciliar en estos años tempestuosos, en que la aceleración de los tiempos ha dejado a muchos atrás, en que tradiciones otrora sólidas han vacilado y la violencia se ha apoderado de tantos en la tierra, y haberlo hecho bien, sin cismas, con dinamismo creador, con espíritu enérgico, sin temor incluso a tomar medidas “impopulares” para defender los valores humanos y cristianos más profundos: todo esto es un don que Dios nos dio en Paulo VI y que la Iglesia entera debe agradecerle.
No solo el Tercer Mundo ocupó un lugar importante en el corazón del Papa; el Segundo Mundo fue también objeto de su especial atención. Su relación con Europa oriental, al restablecer pacientemente el diálogo con esos gobiernos y reestructurar la jerarquía católica en Hungría, Checoslovaquia y otros países, le valió incluso la crítica de los propios católicos de Europa oriental emigrados a Occidente, que lo tildaron de blando con el mundo comunista.
También el Primer Mundo le preocupó mucho. ¡Cuántas veces habló a sus naciones, les rogó, les suplicó que frenaran el armamentismo, que asumieran su responsabilidad para con los países más pobres, que pusieran freno a la locura de una sociedad de consumo descontrolado! Desde Bombay, en nombre de los pobres y de la Iglesia, les pidió “que cese la carrera de armamentos y que los recursos y energías se empleen más bien en la fraternal asistencia a los países en vías de desarrollo. Y que cada nación, animada por pensamientos de paz y no por rivalidades y guerras, retraiga al menos una parte de los gastos destinados a armamentos para destinarla a un gran fondo monetario mundial que ayude a resolver los numerosos problemas que tantos pueblos tienen referentes a la nutrición, el vestido, el alojamiento y la asistencia médica”.
Pero en medio del estruendo y el torbellino del mundo actual, esta voz de Dios no ha sido escuchada, al menos no lo suficiente.
Paulo VI quiso abrazar a toda la Iglesia, a las demás iglesias cristianas, a las religiones no cristianas, a los no creyentes y a toda la familia humana, para hermanar a todos los hombres. Pero el abrazo tenía su precio. Fue también duramente atacado por quienes no aceptan sino sus propias posiciones. “Unos le ofendían con la desobediencia y el exceso —comentaba el cardenal Höffner—; otros le ultrajaban con la oposición y el ciego tradicionalismo”. Desde el obispo Lefebvre y sus simpatizantes hasta los extremistas revolucionarios que quieren todos los cambios a cualquier precio, son muchos los que contribuyeron a su profundo dolor, que poco a poco le fue doblando las espaldas. Queriendo abrazar a todos, sus manos se extendieron anchas y, como las de Cristo, fueron clavadas en la cruz de la incomprensión y del sentirse una “voz que clama en el desierto”.
A pesar de sus ochenta años, Paulo VI dirigió decididamente la Iglesia hasta el último día de su vida y alentó con optimismo a otros que no cargaban una cruz tan pesada como la suya. “Vivimos tiempos fuertes —decía en su alocución dominical del 18 de junio—… Pero así es la vida presente… Debemos, en primer lugar, mantener la confianza al irse sucediendo los acontecimientos… O sea, tener un optimismo que flote sobre las ondas, tempestuosas muchas veces, de nuestra experiencia inmediata nada alegre… En segundo lugar, debemos tener fortaleza… No debemos vivir atemorizados… La vida cristiana exige valentía”.
A pesar de sus ochenta años, Paulo VI dirigió decididamente la Iglesia hasta el último día de su vida y alentó con optimismo a otros que no cargaban una cruz tan pesada como la suya.
Tres días después decía a los peregrinos: “Hay tanta posibilidad de bien y tanta de mal en el mundo moderno, que parece estar comprometida sin remedio la suerte de la humanidad. Nosotros seguimos siendo optimistas. Seguimos pensando que de los dones ofrecidos por la naturaleza se pueden derivar condiciones estupendas para nuestra existencia temporal”.
Es Cristo, en Paulo VI, quien ofrece a la humanidad estas “condiciones estupendas”. “La Iglesia advierte —nos había dicho en Ecclesiam suam— la asombrosa novedad de los tiempos modernos; pero con limpia confianza se asoma a los caminos de la historia y dice a los hombres: yo tengo lo que buscáis, tengo aquello que os falta. No promete con ello la felicidad terrena, sino que ofrece algo —su luz, su gracia— para poderla conseguir del mejor modo posible; y después habla a los hombres sobre su trascendental destino. Y, mientras tanto, razona con ellos sobre la verdad, la justicia, la libertad, el progreso, la concordia, la paz, la civilización. Y entonces la Iglesia tiene un mensaje para toda clase de hombres: lo tiene para los niños, para los jóvenes, para los científicos y los intelectuales; lo tiene para el mundo del trabajo y para las clases sociales; lo tiene para los artistas, lo tiene para los políticos y gobernantes. Para los pobres, especialmente; para los desheredados, para los que sufren, incluso para los que mueren. Para todos”.
Las últimas palabras públicas de Paulo VI, el 2 de agosto, son un eco de la Palabra eterna de Cristo, que el mundo debiera saber escuchar por encima del fragor de los acontecimientos: “En la fe encontraremos la plenitud de la vida cristiana; en ella encontraremos la fortaleza, la alegría, el consuelo de la vida divina que nos ha sido comunicada. Así sea para nosotros, con nuestra bendición apostólica”.
Mensaje