Con motivo de cumplir veinte años, Mensaje dedica el editorial de una edición bimestral que se publicó esa fecha a recordar el momento de su creación por parte del Padre Hurtado, reiterar sus objetivos como revista y aludir al significado de distintos acontecimientos que marcaron esas dos décadas.
Hoy, 1º de Octubre de 1971, será para nosotros un día de recuerdos.
No recuerda propiamente quien se hunde en un pasado muerto, quien deja de afanarse en pos de un futuro. Recordar es vivificar el pasado, hacer que nuevamente pulse en un corazón, mantenerlo presente como acicate, transformarlo en ruta abierta hacia el porvenir.
Por eso hemos querido celebrar nuestro vigésimo aniversario con un número especial que eche una mirada hacia atrás —hacia estos veinte años que han pasado— para descubrir las huellas que nos encaminan hacia nuestro futuro histórico. El pasado es la fatalidad de un pueblo, lo que no se puede cambiar, pero en los errores y logros cometidos se va dibujando un destino; la vocación histórica del país; lo que le da sentido y razón de ser como comunidad humana.
Esto es lo que pretendemos con este número. Reflexionar sobre el pasado desde una perspectiva presente para comprender mejor la tarea que el futuro nos impone como un desafío. Y superar este desafío es nuestra misión.
“Mensaje” fue la última obra del P. Alberto Hurtado, puro corazón, atormentado por Dios y por el hombre. ¿Qué hacer para que el hombre desorientado y angustiado de nuestro tiempo redescubriera el sentido pleno de su vida?
Reflexionar sobre el pasado desde una perspectiva presente para comprender mejor la tarea que el futuro nos impone como un desafío. Y superar este desafío es nuestra misión.
Era necesario un “Mensaje” de esperanza que escudriñando los signos de los tiempos mostrase la ruta en que Dios y el hombre se encuentran. La meta de la revista sería, por consiguiente, la verdad que libera y que incentiva el vivir. Pero esta verdad habría que buscarla entre muchos dispuestos a prescindir del halago y de la invectiva. Por lo mismo “Mensaje” se abría y ofrecía a todos.
No se limitaba a divulgar una verdad conocida, una doctrina hecha. Lo que pretendía era buscar la verdad que en forma siempre diversa ilumina el momento histórico; descifrarla, e ir así renovando el aporte doctrinal. Quería ser una revista de avanzada y, por lo mismo, conscientemente, aceptaba las críticas que necesariamente vendrían de parte de los que creen que la verdad está dicha de una vez por todas y que se encuentra fundamentalmente en el pasado. “Mensaje” creía que la verdad es la aventura eterna del hombre y tarea de todos.
Así nació “Mensaje”. Fue uno de los últimos latidos de ese gran corazón humano y cristiano que se llamó Alberto Hurtado; corazón abierto a todos los horizontes, profundamente unido a Cristo y, por lo mismo, enemigo de la injusticia, de la mentira, de la hipocresía, del compromiso mezquino, de la falsa prudencia, del silencio oportunista, de la frase irreflexiva, de la audacia precipitada, de la crítica hiriente y amarga, de la retórica acicalada; corazón sediento de verdad, valiente, pero sin encono, despojado totalmente de sí mismo, incapaz de cálculo, de envidia o resentimiento, profundamente delicado y respetuoso, animado solamente por un gran amor a Dios y a los hombres.
Seguir sus huellas es nuestra responsabilidad.
1951 era un año semejante a otros. Pio XII en su encíclica “Humani generis” había frenado el movimiento de avanzada teológica y condenado a notables profesores al silencio. La curia romana acrecentaba su poder. Había logrado poner a Unamuno en el Índice de libros prohibidos y lo mismo quería hacer con Ortega y con Teilhard de Chardin. La condenación amenazaba al que insistiese en que la Iglesia tenía que cambiar. Después del bloqueo de Berlín, Estados Unidos comprendía que la guerra fría había comenzado e iniciaba la cruenta e inútil guerra de Corea. Era la época de los rebeldes sin causa, de los teenagers y de los blousons noirs. En Chile terminaba el gobierno de González Videla en que culminaba el fracaso del Frente Popular y el pueblo traicionado se aprontaba a romper los esquemas políticos y llevar a la presidencia a Carlos Ibáñez.
Desde entonces han pasado tantas cosas. La más importante de todas en el campo religioso, la ascensión al trono pontificio de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II que significó una verdadera revolución en el terreno litúrgico, exegético, pastoral y teológico. Los “anathema sit” dejaron de oírse, la Iglesia derribó los muros centenarios que la alejaban del mundo y se abrió con humildad a todos los hombres de buena voluntad.
La revolución triunfante de Cuba fue agigantando poco a poco la figura de Fidel Castro y del Che Guevara y sopló vientos revolucionarios al resto del continente latino-americano. Los informes de Cepal fueron creando conciencia de nuestro subdesarrollo y de la necesidad de liberarnos del imperialismo norteamericano. Estados Unidos, olvidado ya su antiguo aislacionismo, intervino en el Asia e inició la guerra del Vietnam. En Chile, entre tanto, el gobierno de Ibáñez desilusionaba una vez más al pueblo, subía nuevamente la derecha al poder y luego, incrementadas las fuerzas de la Democracia Cristiana, Frei y la promesa de una revolución en libertad.
En estos veinte años “Mensaje” ha hecho siempre el esfuerzo de estar en la delantera de los acontecimientos. Promovió la reforma universitaria de 1967 tomando clara posición a favor de la participación estudiantil. Mostró la incidencia económica que podía tener la explosión demográfica y reconoció el derecho que los padres tenían para limitar en conciencia la prole. Habló también sobre las condiciones que debía cumplir una eventual legislación sobre el divorcio para que fuese legítima. Se mostró firme partidario de la reforma agraria y educacional.
Pero la fecha más importante para “Mensaje” fue diciembre de 1962 cuando lanzó su número especial —número que fue traducido a varias lenguas y que alcanzó verdadera resonancia— sobre “Revolución en América latina: Visión cristiana”.
El número levantó ardiente polémica. En efecto, hablar de revolución en aquel entonces era inusitado para una revista católica.
Los tiempos han cambiado; nosotros hemos cambiado también en el modo de enfocar muchos problemas de la revolución; pero creemos que la inspiración profunda que nos guiaba en ese número sigue en pie.
Seguimos convencidos de que todo auténtico cristiano ha de enfrentarse al hecho de la revolución en marcha y esforzarse porque esta revolución se haga sin odio, sin violencia, respetando los derechos fundamentales de la persona humana. Esta actitud revolucionaria brota de una convicción profunda: todos somos hermanos, todos debemos vivir humanamente. Debemos, por tanto, instaurar un orden político, jurídico, social, económico y cultural que realice efectivamente el bien común, el bien de todos, aunque tengamos que sacrificar ciertos bienes particulares. Y esta realización es tremendamente urgente. Se requiere un cambio profundo e integral de estructuras, hoy y no mañana, que dé la respuesta al jadeante e impaciente anhelar de las masas. No por miedo sino por convicción; porque es justo; porque el cristianismo significó de hecho el germen libertador de las innumerables masas oprimidas. Debemos incluso estar dispuestos a renunciar espontáneamente a no pocas de nuestras cómodas y agradables “libertades” si es preciso así asegurar la libertad, la liberación de la gran mayoría.
Seguimos convencidos de que el cristiano puede aportar mucho a la revolución. En primer lugar puede inyectarle esperanza. Una revolución desesperada está condenada al fracaso. Y no debemos confundir utopia con esperanza. El utopista sueña. El que espera combate realmente sabiendo que por grandes que sean los obstáculos saldrá adelante. El cristiano debe aportar también amor. Con su ejemplo e influencia debe impedir que la revolución se deshumanice; debe despojarla de venganzas, de resentimientos, de ambiciones, de afanes de lucro, de violencia inútil, de injusticia. Debe luchar porque armonicen el bien común y los derechos inalienables de la persona humana.
El gobierno de Frei prometió una revolución pero no supo, quizás no pudo, realizarla sino a medias. Le faltó más contacto con el pueblo, con la juventud, verdadera participación popular.
Toca ahora a la Unidad Popular realizar la revolución iniciada por la Democracia Cristiana. Tarea difícil pero no imposible.
Se ha impuesto como meta un socialismo democrático, pluripartidista, inspirado en un marxismo de nuevo cuño. Si realiza este objetivo mostrará al mundo una experiencia política nueva y original. Pero para lograr esto tendrá que superar la tentación del estatismo rigido y burocrático en que el poder de la propiedad privada se reemplaza por el poder del Estado omnipotente sin permitir que los trabajadores participen efectivamente en la gestión económica y política. Sólo promoviendo la organización y participación de toda la masa trabajadora realizará lo que la Democracia Cristiana no logró realizar. Debe evitarse también el simplismo demagógico y el sectarismo. La revolución no puede ser hecha por la mitad del país. Es necesario lograr la colaboración de la gran mayoría. No basta que una revolución se haga para el pueblo; debe hacerse además por el pueblo. Y creemos que esto es factible si se evitan los sectarismos, las inútiles campañas de desprestigio, la amenaza a la prensa libre y responsable. Sólo un inmenso esfuerzo colectivo, una verdadera cruzada en pro de mayor sobriedad y producción, puede sacarnos de nuestro estagnamiento. La tarea es hermosa —se trata nada menos que de rescatar el alma nacional— y todos los chilenos han de abocarse a ella con desinterés, valor, esperanza y alegría.
Mensaje