Optar por la cruz

La cruz no consiste en soportar injusticias gratuitas o en añadir sufrimientos a la dura jornada, sino en asumir las consecuencias que provoca el seguimiento de Jesús, la construcción del reino y el amor a la verdad. XXIII Domingo Ordinario.

Monseñor Enrique Díaz Díaz

05 septiembre, 2019, 11:39 am
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Sabiduría 9, 13-19: “¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios?”.

Salmo 89: “Tú eres, Señor, nuestro refugio”.

Filemón 9-10. 12-17: “Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano amadísimo”.

San Lucas 14, 25-33: “El que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”.

“¿En qué hemos fallado?”: Se cuestionan los padres de familia al experimentar el ambiente de inseguridad y de violencia que se vive en nuestras ciudades. Es cierto que en un primer momento despotrican contra las autoridades y la inseguridad… pero después tienen que reconocer que nos hemos equivocado al dejar de lado lo más importante en la vida. Queremos poder, bienestar, placer, riquezas y esto no nos ha llevado a la felicidad, sino al fracaso y a la corrupción. Hoy suenan retadoras las palabras del libro de la Sabiduría: “¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios?”. Quien lo pueda descubrir encontrará la verdadera felicidad como nos lo propone hoy Jesús en el Evangelio.

Quizás a muchos les parezca sorprendente y hasta intolerable la propuesta de Jesús, pero para Él no es así: hay cosas importantes, hay cosas hermosas, pero hay cosas que son indispensables y que son primero. Para Jesús lo más importante es el Reino de los cielos y nada se puede comparar con la decisión de ser fiel a su construcción. Tres valores que parecerían insustituibles en nuestra vida pero que confrontados con el seguimiento de Jesús perderían su prioridad, son presentados por el Maestro: la familia, la persona y los bienes. Todos nosotros ponemos como prioridad a la familia y cuando se descompone, nos descomponemos también nosotros. Una familia desunida pierde la estabilidad necesaria para proteger a sus miembros y defender su honor. Sobre todo en tiempos de Jesús la familia pide fidelidad total. Pero Jesús pide más por lo fundamental: el reino de Dios que está brotando y que pide todas las energías disponibles. Jesús sabía que aquellas familias estaban controladas por la autoridad indiscutible del padre y que todos vivían sometidos a su autoridad. Jesús pide libertad. No es el rigorismo que impone leyes, es el amor que llena el corazón y que impulsa a crear nuevos lazos, a ampliar la familia, a tener nuevas relaciones. Jesús quiere encender en sus discípulos el fuego que arde en su corazón y como Él está dispuesto a todo por el reino, quiere que todo el grupo de sus seguidores alberguen en su corazón la misma pasión. No es que esté contra la familia, sino que busca darle incluso un fundamento más firme a la familia. Un fundamento no basado solamente en leyes y consanguinidad, sino en el fuego del amor. Pero si la familia esclaviza o ata, tiene que prevalecer el amor.

Ya desde aquellos tiempos, pero ahora suena más terrible la segunda exigencia: negarse a sí mismo y cargar la cruz. Tanto se ha insistido en el valor de la propia persona que parece que todo se centra en una autocontemplación y una autocomplacencia. “Nadie hay más importante que yo”, “quiérete primero a ti mismo”, “si no te cuidas tú ¿quién te va a cuidar?”… Son algunas de tantas frases que buscan fortalecer y afianzar la propia personalidad, colocando al individuo como centro del universo. Y tendrían razón, porque nada hay más valioso que la propia persona, pero cuando se adopta una actitud narcisista y autocomplaciente, termina por caer como ídolo de barro. La persona tiene que tener una referencia importante hacia Dios y hacia el reino. Por eso Jesús exige que quien lo siga, se niegue a sí mismo, no en el desprecio masoquista, sino en la valoración real, dándole a Dios su verdadero lugar. Cuando la persona se sabe amada por Dios, cuando se reconoce con una misión especial, cuando se entiende como una parte fundamental de la fraternidad, adquiere su verdadero sentido. La cruz no consiste en soportar injusticias gratuitas o en añadir sufrimientos a la dura jornada, sino en asumir las consecuencias que provoca el seguimiento de Jesús, la construcción del reino y el amor a la verdad.

“Cualquiera que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”, parecería esta la condición más lógica pero quizás sea la más difícil. Nos hemos enamorado tanto de los bienes, que parecen una simbiosis del hombre moderno, a tal grado que muchos valoran al hombre por los bienes que tiene. Muchos se han suicidado al perder sus posesiones porque ya no le encuentran sentido a la vida… y sin embargo son cosas superficiales según la expresión de Jesús. Para Él lo llena todo el Reino y vive feliz proclamando su amor y su justicia. Junto a Él se respira un aire nuevo, inusitado y único, su presencia lo llena todo. Él es el centro e irradia nueva luz, sus curaciones, su predicación, sus preferencias por los pobres, todo manifiesta la presencia del amor de Dios, del reino que llega e invade todo. ¿Mucho soñar? Para quien ha estado enamorado no le parece extraño que el amor todo lo transforme y todo lo condicione. Y si nuestro amor es el amor que recibimos y damos al Padre, entonces no tiene comparación. Cuando se entra en la dinámica del amor del Padre, lo propio deja de ser de uno y es de quien lo necesita y se ofrece con gusto. Solo desde la libertad que da el desprendimiento se puede hablar de justicia, solo desde la pobreza se puede luchar contra ella, solo desde el amor se puede construir una nueva sociedad: el reino de Dios.

Hay quienes quisiéramos quitar el aguijón al Evangelio y que las palabras de Jesús fuesen menos radicales, pero el Maestro es tremendamente exigente. No nos hagamos ilusiones: ¿hemos hecho una cruz blanda a nuestra manera? ¿Suavizamos el cristianismo hasta convertirlo en una religión insípida y sin compromiso? ¿Nos entretenemos en las cosas buenas pero secundarias, sin llegar al centro del Evangelio? Optar por la cruz de Jesús no es optar por el sufrimiento pasivo o la indiferencia ante circunstancias que podemos cambiar. Es optar por la vida aun a riesgo de encontrar contrariedades y problemas. Es morir en la cruz para esperar la Resurrección.

Dios y Padre Bueno, que en la cruz de Jesús, signo de contradicción, nos has dejado la señal del triunfo verdadero, ayúdanos a escuchar su invitación a cargar su cruz, y danos el coraje y el amor necesarios para dejarlo todo por el Reino de los cielos. Amén.

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Fuente: https://es.zenit.org

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