La Pascua posee en sí misma una fuerte dimensión poética, creativa y creadora, a la vez que constituye un espacio donde una nueva subjetividad va emergiendo en medio de las grietas y fisuras del mundo.
Por la poesía que compartimos y anhelamos
Quisiera en esta columna ofrecer un diálogo teo-literario entre la Pascua de Jesús y la poesía de Raúl Zurita. La poesía constituye una forma específica de mostrar el mundo, de ahí su llamada función revelatoria. Con lo que estamos diciendo mantenemos la conciencia de que tanto el decir evangélico, así como el decir poético nos ayudan a mirar con otra hondura lo acontecido en la resurrección de Jesús.
El acontecimiento pascual de Jesús de Nazaret nos ha llegado a través de las narrativas evangélicas que nos ayudan a comprender cómo las experiencias humanas marcadas por lo límite se dinamizan a partir de símbolos, expresiones y dinámicas específicas. Caso similar encontramos en la literatura y en la poesía, las cuales constituyen una mediación apropiada para pensar la búsqueda de sentido en contextos de crisis. En la literatura se producen narrativas de encuentro que permite el restablecimiento de los vínculos rotos. Así, cuando el reencuentro se produce, el territorio vital, social, cultural se termina transformando. A propósito de esto el psicoanalista italiano Massimo Recalcati (2025) indica que el momento de la pérdida del otro en la muerte, aquello que él denomina la relación del Dos, implica que el territorio o el lugar pierde sentido. En sus palabras: «La pérdida de ese lugar familiar que el otro representaba para nosotros conduce a la sensación de que ya no hay lugar para quienes quedamos aquí». En esta perspectiva nosotros consideramos que la fuerza transformadora de la resurrección supuso que el lugar o el territorio familiar y conocido de los discípulos que quedó roto por la cruz se va restituyendo. Por ello la comunidad pascual debe volver a Galilea, que es el lugar originario de la misión (Mt 28,10). El territorio y el lugar, gracias a la resurrección de Jesús, se van resignificando.
Galilea ahora adquiere potencia pascual, es decir, se presenta como el lugar desde el cual se comprende toda la obra de Jesús. Así el proceso de la reintegración en la vida cotidiana que la comunidad, gracias a la resurrección, experimenta luego de la muerte de Jesús, pasa a través de la experiencia de lo que podríamos denominar el Dos resucitado. La resurrección entonces constituye un modo particular de la relación con el Otro. Autores como Jean-Daniel Causse (2006) indican que en la lógica pascual se dan dos expresiones que están fuertemente vinculadas, a saber, «Cristo ha resucitado y yo he resucitado». En estas dos expresiones percibimos cómo la vinculación con el Otro aparece como una dimensión constitutiva de la Pascua misma, en tanto cuando la resurrección de Jesús abre el territorio para la resurrección del sujeto. Para Causse (2006) esta doble expresión «no tiene alcance real sino es en su articulación significante», es decir, en el espacio de tensión entre ambas.
A partir de lo anterior propongamos la siguiente premisa: en contextos marcados por el trauma se hace necesario construir una ficción que organice el espacio y que dicho espacio posibilite el reencuentro de los separados, de los amantes desgarrados por la violencia. Ante el duelo se hace necesario una terapéutica, una ficción que permita que el Dos fracturado (el vivo y el difunto, lo roto, el vínculo quebrado) vuelva a unificarse. Entre los discursos o ficciones que ayudan a reunificar el espacio roto por el acontecimiento traumático encontramos la poesía, la creatividad y el arte. A propósito de esto Judith Butler (2010), en su obra Marcos de guerra, indica que la imagen o la poesía, aun cuando no pueden evitar una guerra, «sí ofrecen las condiciones necesarias para evadirse de la aceptación cotidiana de la guerra y para un horror y un escándalo más generalizados que apoyen y fomenten llamamientos a la justicia y al fin de la violencia». Con ello la producción de una determinada ficción constituiría un modo por medio del cual se puede reestablecer el Dos fracturado. Así los relatos de la resurrección constituyen una ficción que va dando cuerpo narrativo al acontecimiento que desestabiliza todo el entramado cotidiano. Decíamos anteriormente que la literatura nos puede ayudar a pensar cómo la experiencia de la fractura de las relaciones en la muerte o en las experiencias del trauma son reconstituidas a través del encuentro de los amantes y de la resignificación del lugar o del territorio.
Ante el duelo se hace necesario una terapéutica, una ficción que permita que el Dos fracturado (el vivo y el difunto, lo roto, el vínculo quebrado) vuelva a unificarse.
Así hemos de notar cómo la poética de Raúl Zurita en particular puede constituir un ejemplo de cómo en medio del trauma es posible construir una ficción en torno al restablecimiento del Dos. En el caso de Zurita el gran trauma es la Dictadura Militar chilena (1973-1990). Así los poemas de la Pastoral de Chile (1982)1 contenidos en la obra Anteparaíso, son una muestra clara de lo que estamos diciendo. Los poemas comienzan con la constatación de que Chile está cubierto de sombras y que la mujer (la amada) está «durmiendo de Duelo Universal». A través de un imaginario fundado en una lectura natural, cósmica o ecológica, Zurita va contando que los pastos crecen, que el desierto florece, que hay un nuevo cantar o que las playas volverán a bailar y a cantar cuando el amado y la amada se encuentran. El encuentro entre hombre y mujer adquieren incluso un trasfondo soteriológico o de restauración. Dice Zurita: «…y te limpié las llagas y te tapé, contigo hice agua de las piedras que nos laváramos y el mismo cielo fue una fiesta cuando te regalé los residuos más lindos para que la gente te respetara».
La reorganización del espacio nacional chileno acontece como función del poeta que es capaz de cantar, casi en tono profético o escatológico, que vendrán tiempos marcados por el reencuentro con la mujer. De este modo la voz poético-profética de Zurita es capaz de mostrar que lo dicho es tanto escuchado por la amada y por el mismo espacio familiar de Chile. El Dos es capaz de transformarse, de resucitar, gracias a la voz del poeta que resuena en medio del trauma nacional.
Otro elemento que Zurita trabaja en la Pastoral tiene que ver con la cuestión de que, a pesar de la restauración-resurrección, los cuerpos de los que se van encontrando mantienen las marcas del trauma: «Porque aunque no se borren todas las cicatrices y todavía se distingan las quemaduras en los brazos también las quemaduras y las cicatrices se levantan como una sola desde los cuerpos y cantan con cerros, cordilleras y valles con dulces y mansos, muertos y vivos cantando con todo cuanto vive esta prometida del amor que puede florecer desiertos y glaciares».
Con estos elementos podemos aventurar que la presencia del lenguaje poético, creativo o imaginativo constituye un verdadero espacio terapéutico, en donde los sujetos podemos resignificar los espacios quebrados por el trauma o por la irrupción del acontecimiento. En el caso de la Pascua de Jesús podemos constatar que la cruz, la crisis del territorio familiar de los discípulos y la experiencia límite que se produce en torno a estos eventos, son reestructurados gracias a la fuerza transformadora de la resurrección. Así las cosas, nosotros evidenciamos que la Pascua posee en sí misma una fuerte dimensión poética, creativa y creadora, a la vez que constituye un espacio donde una nueva subjetividad va emergiendo en medio de las grietas y fisuras del mundo.
1 Para efectos de este artículo se utilizará la versión de Raúl Zurita, Tu vida rompiéndose, LUMEN Santiago de Chile 20203, 102-109.
Imagen: Pexels.