«Prometo especial obediencia…»

La relación de san Ignacio y los primeros jesuitas con los papas sufrió de muchos vaivenes, pero, más allá de eso, lo que predominó siempre fue la opción de ellos por el servicio en las fronteras.

Juan Díaz sj

02 febrero, 2018, 12:35 pm
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Cuando Ignacio de Loyola y sus primeros compañeros describieron la misión que deseaban tuviera el grupo que habían formado, señalaron lo siguiente: «Servir al Señor solo y a la Iglesia, su esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra»(1).

Pero ¿qué modelos tenía Ignacio de un Papa? ¿Qué pontífices gobernaron la Iglesia en el curso de su vida?

Durante su infancia y adolescencia reinaron como tales Alejandro VI y Julio II. Alejandro VI fue Papa durante once años. Cardenal desde muy joven, era de carácter ambicioso, sensual y con un exagerado amor hacia sus nueve hijos de varias mujeres distintas. Fue padre de la famosa Lucrecia Borgia y de César, quien inspiró El Príncipe de Maquiavelo. Urdía intrigas y tramas políticas. Julio II era todo un guerrero, violento, que dirigía personalmente sus tropas trepando los muros de las fortalezas enemigas. Fue Papa durante nueve años. Sus mayores logros fueron artísticos y arquitectónicos.

Su principal realización fue la Iglesia del Vaticano. Aunque experimentó una tormentosa relación con Miguel Ángel, el resultado fue el impresionante techo de la capilla Sixtina.

Cuando Ignacio tenía 22 años, fue nombrado León X. Este Papa había sido criado en el lujo. Era bondadoso, pero débil y muy vividor. Embelleció Roma, favoreciendo a poetas y músicos. Pero despilfarró tanto dinero que tuvo que recurrir a diversos impuestos, las llamadas «indulgencias», desatando la rabia de muchos y la gran reforma de Lutero. Este Papa muere el año en que Ignacio, habiendo caído herido en Pamplona, se reponía en su casa de Loyola. Era el momento en que Ignacio comenzaba su nueva vida. Unos meses después, contando con 31 años, rezando en cuevas de Manresa, asumió como Papa Adriano VI. Era holandés y fue Pontífice por poco más de un año. Era una persona bien intencionada, aunque un tanto rígido y falto de tacto. Fue el último Papa no italiano hasta Juan Pablo II.

A la vuelta de Ignacio de Tierra Santa, es nombrado Papa Clemente VII. Fue un desastre. Decepcionó muy pronto, al apoyar a la parte perdedora en los conflictos entre los reyes de Francia y España, lo que trajo como consecuencia que Roma fuera invadida y saqueada por las tropas de Carlos V. Durante estos hechos, Ignacio estaba encerrado en la cárcel de Alcalá.

FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA

En 1534, estudiando Ignacio en París y dando el mes de ejercicios espirituales a Francisco Javier, a Pedro Fabro y a otros compañeros, como Papa es nombrado Pablo III, miembro de una de las familias más poderosas de Italia, quien también tenía algunos hijos. Sin embargo, fue el pontífice que convocó, no sin grandes dificultades, el esperado Concilio de Trento para reformar la Iglesia en su cabeza y en sus miembros y hacer las definiciones doctrinarias ante el avance luterano. Este Papa fue el que aprobó la fundación de la Compañía de Jesús, aceptando generosamente a estos sacerdotes que predicaban a la apostólica, licenciados de la prestigiosa Universidad de París y dispuestos a misionar en tierras lejanas.

En 1550 es nombrado Papa Julio III, quien continuó con el Concilio, pero mostrándose emocionalmente distante de los grandes problemas morales y religiosos de su tiempo. Era, a la vez, demasiado suntuoso. Se entendió bien con Ignacio. Dictó la bula que confirmó de modo más amplio a la Compañía. En ese tiempo Ignacio ya era General y escribía en Roma las Constituciones.

En 1555 asume el Papa Marcelo II, en el tiempo en que Ignacio dictaba su autobiografía. Era un hombre culto, competente y recto, redujo al máximo los gastos de su coronación y el dinero se los dio a los pobres. Había una gran esperanza en él. Era amistoso con Ignacio, habiéndole pedido que lo aconsejara y que algunos jesuitas formaran parte de su círculo personal en el Vaticano. Sin embargo, muere inesperadamente 22 días después de su elección.

CONSOLIDACIÓN DE LA ESPIRITUALIDAD IGNACIANA

Le sucede Pablo IV, el Cardenal Carafa, quien era un hombre severo e intransigente, aunque de gran fortaleza. Había sido fundador de los teatinos. No le gustaban los españoles. Se conocían con Ignacio desde hacía tiempo y había discutido con él en el pasado acerca de la pobreza, y había intentado en vano alertar a uno de los primeros compañeros, Hoces, para que se cuidara de los Ejercicios Espirituales que le iba a dar Ignacio. Se dice que «Ignacio de Loyola tembló de arriba abajo cuando se enteró de la elección»(2). Como Papa, se la puso difícil a la Compañía. Mandó incluso a registrar la casa de los jesuitas por un posible almacenamiento de armas. A pesar de todo, en 1556 al morir Ignacio, le envió su bendición.

Fue en medio de estos vaivenes papales donde la espiritualidad ignaciana se fue consolidando. El camino no siempre fue fácil. Más allá de las personalidades de los pontífices, era el servicio en las fronteras lo que movía a Ignacio y sus compañeros. Para ellos era el Papa el que garantizaba las necesidades en una perspectiva universal. De ahí el cuarto voto de los jesuitas: «Prometo especial obediencia al Sumo Pontífice en lo referente a las misiones»(3).

Ya en tiempos de Ignacio se presentaron dificultades con los papas en el tema de las dignidades eclesiásticas, como ser designado obispo o cardenal. Los papas deseaban nombrar a algunos jesuitas como tales, pero Ignacio rechazaba tajantemente tales iniciativas. Ejemplos fueron los casos de Claudio Jayo y Francisco de Borja. Finalmente, Ignacio aceptó que fueran obispos los enviados a Etiopía. Lo cierto es que, con todo, Ignacio supo mantener un entramado de relaciones personales con los papas y su curia, actitud que demostraba su afán de estar dispuesto siempre a solucionar problemas y a servir con realismo.

Nada hacía imaginar a Ignacio que siglos después un jesuita sería nombrado Papa. Francisco confesó en una oportunidad: «Con respecto a mi pontificado, me consuela sentir interiormente: está bien. No fue una convergencia de votos los que me metieron en este baile, sino que está [Dios] metido allí»(4). MSJ

(1) Fórmula del Instituto, 1.
(2) Historia de los papas, John O’Malley sj, Sal Terrae 2011.
(3) Constituciones de la Compañía de Jesús, escritas por Ignacio de Loyola, 527.
(4) El Papa Francisco a los jesuitas en la Congregación General XXXVI, octubre de 2016.

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Fuente: Artículo publicado en la edición 666, enero-febrero, de Revista Mensaje.

Sacerdote jesuita. Director del Centro de Espiritualidad Ignaciana de Chile.