¿Qué es lo in-finito?

¿Cómo hace lo finito para doblegar lo infinito? O bien, ¿de qué modo es lo finito parte, momento y lado? ¿Cómo es que lo infinito se desdobla y procura de-terminaciones? ¿Cómo es que lo infinito se niega a sí mismo?

Lo infinito es aquello que carece de “partes” definidas, limitadas. Como señala Aristóteles, una “parte” infinita sería, a su vez, infinita; lo cual es un absurdo, a no ser que hubiese más de un infinito; lo cual también caería en lo absurdo… o no, quién sabe. Lo infinito carece también de “momentos” pues, de la misma manera, un momento infinito sería a su vez infinito; lo cual es un absurdo, a no ser que hubiese más de un tiempo infinito, algo así como instantes que fulguran por doquier y son a su vez lo infinito. Lo infinito es también lo que carece de “lados” o “laterales”, por ello no alcanza o manifiesta un “rostro” definido, un aspecto; a no ser que cada lado y cada rostro sean a su vez infinitos y este se desdoblara en plurales máscaras que también fulguran al azar.

Digo azar porque lo infinito carece de orden regular o necesario. No hay allí ni “mayoría de las veces” ni “siempre”. Solo una ciencia del accidente podría plantearse como teoría de lo infinito. Toda sintaxis referencial desaparece; en efecto, qué sería primero o segundo, qué el centro y la periferia, o el arriba y el abajo, el antes y el después ¿Por dónde comenzaríamos a recorrerlo sin perdernos, precisamente, en lo infinito? Ello es inhóspito, caótico; no hay caminos o métodos que nos lleven hacia él. ¿Cuál será su punto de partida, cuál su meta o punto de arribo? También es inalterable, pues si algo llegase a afectarlo, esa afección —ya sea dolor o alegría— habría de ser también infinita, inmemorial e irrepresentable. Afección o carne infinita en estado puro.

Hasta aquí algunas definiciones de lo infinito:

— Es aquello absurdo por cuyo azar los instantes descubren al rostro que se sustrae.
— La afección infinita por cuyo absurdo el rostro se sustrae y fulgura solo en los instantes del azar.
— El orden imposible que señalan algunos pocos momentos.
— El vórtice sin caminos que nos lleva al vacío.
— El azar que nos acecha y pierde.
— El arriba y el abajo desmentidos.
— El vacío y la máscara y la nada.

¿Cómo hace lo finito para doblegar lo infinito? O bien, ¿de qué modo es lo finito parte, momento y lado? ¿Cómo es que lo infinito se desdobla y procura de-terminaciones? ¿Cómo es que lo infinito se niega a sí mismo?

Preguntemos entonces por su lenguaje: ¿Cómo se comunica con nosotros? Su voz configura el movimiento de una inspiración o de una mirada. No profiere palabras humanas, pero persiste en ellas y las posibilita. Es silencio apofántico porque deja descansar al otro en su diferencia. Pura receptividad benévola. Es luz que deja aparecer al otro en su rostro velado de amor. Es golpe de afecto que corrige y separa; es beso, es abrazo que anhela el retorno. ¿Podemos creer en un Dios que nos besa; podemos? Es un niño que gime en brazos de María, un viento de fuego que nos hace hablar palabras desconocidas y nuevas.

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Fuente: https://territorioabierto.jesuitas.cl

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