Que una santa indignación nos dé fuerzas

Sr. Director:

La crisis de la Iglesia católica chilena me tiene muda, y el silencio cómplice de obispos y autoridades me abruma casi tanto como los crímenes en sí mismos. Mi silencio no es complicidad, sino espanto y respeto frente a las víctimas. Quisiera escuchar todo lo que ellas tengan que decir y acompañarlas en el duro camino hacia la sanación, que nunca será total. Si ese camino lleva a algunas personas a dejar la Iglesia para siempre, adelante, pues Dios es más grande que la Iglesia. Si ese camino se puede hacer aún dentro de las comunidades cristianas, bien también, debemos convertirnos en comunidades que acojan y sanen.

Nunca debiésemos haber dejado de ser comunidades que acojan y sanen. Es nuestra misión. Sin embargo, en la Iglesia católica esto se impidió porque, entre otros factores, imperó una cultura institucional de exaltación de la figura del sacerdote varón, y de subordinación de la vida y experiencia de mujeres y niños.

Se suele decir que el poder corrompe, más aún si es absoluto. Y los obispos y sacerdotes tienen hoy ese poder absoluto dentro de la Iglesia católica. Ahora esto se cuestiona. Voces que habían sido silenciadas por años, las de las víctimas, las de las mujeres, las de los laicos y laicas, están ganando la batalla por su legitimidad al interior de las comunidades. Esto me da esperanza. Me recuerda a las palabras proféticas de María, que canta «Dios hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc. 1, 51 – 53). Como mujer, teóloga y creyente no puedo sino preguntarme: ¿dónde está Dios en esta crisis? ¿Dónde estaba cuando los abusos ocurrían? Sin duda, Dios está del lado de las víctimas, así como al lado de los católicos y católicas de a pie que han visto traicionada su confianza y su fe.

Las palabras de Jesús para los abusadores son claras y duras: «AL que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarraran al cuello una gran piedra de moler y que lo hundieran en lo más profundo del mar. ¡Hay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero ¡ay del que causa el escándalo!» (Mt 18, 6-7). Ojalá esta advertencia de Jesús se escuchara en todos los templos y capillas, contagiándonos de una santa indignación que nos dé la fuerza para cambiar la Iglesia y convertirla en lo que nunca debió haber dejado de ser: un santuario en el que se protege, se respeta y se honra nuestra frágil humanidad.

María Soledad del Villar Tagle

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