El Triduo Pascual puede resignificar aquellos duelos que hemos vivido o estamos viviendo, desde el Amor eterno, que manifiesta la comunión entre vivos y muertos en Cristo, el difunto y viviente por excelencia1.
La muerte de un ser amado provoca, indiscutiblemente, una irrupción en nuestras vidas. Se da un antes y un después radical en la cotidianidad, acompañado de emociones, sentimientos, incomprensiones, redescubrimientos y recuerdos. Esto incluye no solo la muerte de personas, sino también la de mascotas, fin de etapas, relaciones interpersonales o laborales. Toda experiencia de muerte aparece, en un inicio, como algo inaudito e inaceptable2, provocando que vivamos una situación límite que remece, e incluso transforma, nuestra vida. Más aún cuando dicha muerte del ser amado se da en condiciones trágicas e injustas. Para quienes sobreviven aquella pérdida, la vida se despliega de diferentes maneras de acuerdo con cada historia personal, con las relaciones que hemos tenido con nuestros familiares, amigos/as y conocidos/as que se enmarcan en un tiempo de duelo.
El Triduo Pascual nos recuerda una experiencia originaria, aunque muy olvidada, que está a la base del cristianismo: el luto por el difunto Jesús de Nazaret y su nueva presencia en la vida de sus discípulos. Las primeras comunidades cristianas, al comenzar con la escritura de sus vivencias y testimonio sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, hicieron un acto de memoria de aquellos momentos más significativos sobre Jesús de Nazaret. En medio de lamentaciones, hicieron memoria agradecida del Señor, quien les cambió la vida radicalmente y que, en su radicalidad, está presente espiritualmente en medio de la Iglesia.
En Jueves Santo, se recuerda la celebración de la Pascua judía, aquella Última Cena que Jesús tuvo con sus discípulos/as. En esa fiesta, Jesús une simbólicamente la Birkat Hamazon (la Acción de Gracias después de la comida), momento en que se come el tercer trozo de pan ácimo y la tercera copa de vino, con la exhortación de su recuerdo: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22, 19; 1 Co 11, 24). Jesús consagra el pan y el vino como su cuerpo y su sangre, dejando este memorial a sus discípulos. Sin embargo, los discípulos no entienden las palabras y gestos de Jesús, incluso desde antes, camino a Jerusalén (cf. Mc 8, 32; 9, 32; 10, 35-45), puesto que, para ellos, la muerte del Mesías no era una posibilidad a considerar, pese a los diferentes anuncios de la Pasión. Luego, en el Getsemaní, mientras los discípulos le acompañan y se duermen (cf. Mc 14, 32-42; Mt 26, 36-46; Lc 22, 39-46), Jesús padece las tensiones entre la obediencia y desobediencia al asumir las consecuencias del anuncio del Reino, previendo que moriría pronto.
Jesús, Dios hecho carne (cf. Flp 2, 6-11), es verdadero hombre. No vive los sucesos de su historia desde una certeza anticipada; sin embargo, actúa con plena confianza en Dios Padre, dejándose guiar por el Espíritu Santo. Y, conforme pasa el tiempo, va teniendo mayor conciencia de su ser y su misión3. Comprende que Él ha sido enviado y que quien le envía es su Padre, Abbá. Más aún, Jesús es un hombre judío. Para el judío de aquella época, la muerte significa el cese de toda comunión con Dios y con los demás; es el fin de toda la vida, es la soledad y el olvido radical, que reducen al difunto a una mera existencia fútil. Es, prácticamente, volverse nada, al no estar Dios presente en el lugar de los muertos, llamado comúnmente como Sheol4. Frente a ese destino inexorable, cualquier judío que teme quedar lejos de Dios, en el Abismo de la muerte, ruega y confía radicalmente en Él (cf. Sal 94, 17; 115, 17). Hasta hoy, culturalmente, la muerte es el final radical de la vida y hay, al menos, dos modos de afrontarla: evitar la muerte en todas sus formas o aceptarla, pese a las circunstancias y situaciones que uno viva. Jesús, siendo un judío, sabía muy bien el destino que le aguardaba si la muerte le llegaba pronto. Con todo, Él acepta su muerte, su condición de finitud, no por mera resignación, sino por entrega total basada en el amor por todos. Frente al silencio de Dios, Jesús comprende que el camino que ha de seguir, en fidelidad al Reino de Dios, es aceptar el horizonte mortal que le aguarda: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mt 26, 42). Lamentablemente, sus amigos no comprenden dicho misterio en su hondura (cf. Mc 14, 27-31; 37-38. 40).
Jesús, Dios hecho carne (cf. Flp 2, 6-11), es verdadero hombre. No vive los sucesos de su historia desde una certeza anticipada; sin embargo, actúa con plena confianza en Dios Padre, dejándose guiar por el Espíritu Santo.
En Viernes Santo, se recuerda con la Liturgia de la Pasión y el Via Crucis el día en que el Señor entrega su vida por amor y muere en la cruz. Pero no es una muerte pacífica o incruenta; más bien, es la muerte injusta, con mucho dolor, de un inocente, que ha sido abandonado por sus amigos, es llorado por mujeres y fue objeto de burlas (cf. Mc 15, 21-39; Mt 27, 32-54; Lc 23, 26-46; Jn 19, 16b-30). Frente a la condena realizada por las autoridades políticas y religiosas de su época, junto con el camino tortuoso hacia el Calvario y en medio de las tinieblas del cielo (Mc 15,33), brota ese grito desesperado de Jesús que nos recuerda el evangelio según san Marcos: «‘Eloí, Eloí, lemá sabajtháni’, que traducido es: ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me abandonaste?’» (Mc 15, 34). Jesús no anticipa ninguna victoria y ofrece alabanzas a Dios por la eventual resurrección que, como cristianos, ya conocemos por la tradición. Más bien, ese grito agónico es de una persona que no comprende lo que le sucede y que se siente abandonado por el mismo Dios.
El Nazareno, pese a ello, asume su muerte al entregarse completamente en medio del total abandono con estas palabras que nos recuerda el evangelio de Lucas: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46; cf. Is 26, 19; 53, 11; Dn 12, 1-3; Sab 3, 19; 5, 1-5; 2 Mac 7, 9. 14; Sal 34, 20). El evangelio de Marcos, sin aludir a dichas palabras, señala que Jesús lanzó un fuerte grito, inarticulado, sin palabras, y expiró su último aliento de vida (Mc 15, 37). Aquí inicia, formalmente, el duelo para los discípulos/as de Jesús. Es la muerte de su amigo, de su Maestro, de su Señor. La cruz es el inicio de un duelo que se vuelve universal y se intensifica hasta hoy al anunciar el Reino de Dios. Es un duelo que, en cierto modo, permanece abierto hasta hoy5: por eso, a Jesús de Nazaret todavía se le reconoce como el Crucificado.
Quisiera mencionar una realidad que, si bien en los evangelios no se describe, no obstante, podemos suponer. El duelo de una discípula que, ante todo, es madre. La Virgen María es la primera que sufre por la muerte de su amado hijo. En su silencioso andar, pendulean incomprensiones sobre lo que le sucede a su hijo, sin que su fe en Dios se desmorone. ¿Qué tan doloroso habrá sido ver a su hijo condenado, torturado, crucificado y muerto en la cruz? El evangelista Juan nos ofrece una imagen de su presencia frente a la cruz, junto a otras mujeres y al discípulo amado, en que el Señor conforma ahí una relación filial de su Madre con su discípulo: «‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’» (Jn 19, 26-27). San Gregorio Nacianceno, arzobispo de Constantinopla en el siglo IV, escribió una tragedia titulada La Pasión de Cristo, y en el momento de la muerte de Jesús, le da voz a la Madre de Dios, quien expresa su dolor con las siguientes palabras:
Contemplo, Hijo mío, cadáver tu cuerpo, hecho este digno de gran admiración: Él, que poco gritó al Padre con voz poderosa que estremeció los confines del orbe y que, como algo terrible, fue devuelta por la tierra llena toda ella de su sonido. A quienes estaban presentes se les presentó un espectáculo más poderoso que su vista. Tú, a quien hace poco veía yo, quien no mucho mirabas esta luz… ¿qué te ha sucedido? ¿Cómo mueres, Hijo mío? Querría saberlo por ti mismo. Pues el corazón, siempre deseoso de saberlo todo, incluso en los infortunios se deja capturar por la avidez. ¡Ay, ay, ay, ay! Todas estas cosas concuerdan con lo que estaba predicho. ¡Ay, ay! ¿Qué haré? Me desfallece el corazón. Mujeres: no veo ya resplandeciente la faz de mi Hijo: ¡Ha mudado su color, ha perdido su excepcional belleza! ¡Qué terrible visión! ¡Siento incluso miedo de tocar su cadáver! Me atengo así a las perturbaciones de los astros, al temblor de los confines de la tierra, al quebrantarse de las piedras. Alejaos, alejaos, no me siento ya capaz de mirarlo, me vencen las fatigas. Soy consciente de que todos estos sucesos se desarrollarán con suma rapidez, mas mi dolor supera a mi esperanza, aunque esta es firme. Hijo del Todo Soberano ¿cómo ha sido que fueras a las mansiones del Hades a causa del destino de nuestros antepasados? Te has ido al pronto, como es propio que lo haga quien libremente rinde su espíritu, pues nunca te habría vencido el destino si tú no hubieras sometido voluntariamente tu espíritu al Padre. He oído, he escuchado el grito que al Padre dirigiste. ¿Por qué el Padre te arrebata de la tierra? ¿Por qué quiso que murieras de forma tan deshonrosa? ¿Por qué has dejado huérfana de ti a la madre que te engendró? ¡Ay de mí! ¡Ojalá pudiera, Hijo mío, morir contigo! Mira: muerto tú ¿qué ciudad me acogerá? ¿Qué extranjero cuidará de mi cuerpo procurándome una tierra inviolable y una morada que ofrezca garantías? ¡Nadie! Te esperaré todavía un breve tiempo, hasta que vea el día tercero, el de resplandeciente luz como tú mismo dijiste, dando a entender tu resurrección de entre los muertos. Tengo esperanza en él y en virtud de la misma resisto. Aunque ahora vea tu cadáver crucificado, le lamento más por mí que por ti, me duelo por tu ausencia: que más que tú muerto estoy yo destruida. ¡Muero, Hijo mío! ¡Carece de atractivo para mí la vida! ¡Ay, ay! Ya cubre mis ojos la tiniebla. Me muero y anhelo las mansiones de abajo, deseo lo que está bajo tierra. Privada como estoy de tu vista solo quiero ir enseguida a encontrar la oscuridad subterránea. ¡Desventurada de mí! Cuánto es ahora mi dolor. Es, en verdad, insoportable e indescriptible. ¡Ay de mí, desgraciadísima madre! ¿Cómo me darán consuelo esos ojos, mudos y cerrados? ¿Es que, Hijo mío, te alimenté yo en vano a ti que distribuiste a todos comida en abundancia? ¿Fueron en vano mi tormento y mis fatigas por huir de quienes buscaban, Hijo mío, tu muerte desde el primer momento de tu nacimiento? […] Y aunque ahora estés muerto, Hijo mío, aún no he perdido tan dulce esperanza. ¡Oh, dulce voz que me traía un dulce regocijo! ¡Oh, rostro amadísimo, belleza deseada, inefable, por encima de todo linaje, indescriptible imagen de una imagen indescriptible! No soporto mirarte. ¿Por qué, por qué ahora callas, por qué no abres tu boca? ¡Dime una palabra, dame, dame algún consuelo! ¡Pronuncia siquiera sea algo para tu desventurada madre, Hijo mío!6.
Si consideramos estas palabras de la Virgen María, dadas por san Gregorio Nacianceno en su obra teatral, encontramos un acercamiento del dolor y, a la vez, de la fe que sostiene tras la muerte de su Hijo. No solo los discípulos nos muestran una forma de duelo; también en la Virgen María, en cuanto modelo de la Iglesia, encontramos una figura doliente, en luto por la crucifixión y muerte de Jesús.
Más aún, el Padre (Abbá) también sufre por la muerte de su Hijo. Al morir Jesús, los evangelios de Marcos y Mateo señalan que «el velo del templo fue rasgado en dos, de arriba abajo» (Mc 15, 38; cf. Mt 27, 51). El Templo era el lugar en el que habitaba la presencia de Dios. Muchas interpretaciones de este texto se relacionan con una profecía de la destrucción del Templo (que aconteció en el año 70 d.C.) o con la apertura de la presencia de Dios a los gentiles, simbolizada en la declaración del centurión romano. Pero, también podría referirse a actos de tristeza divina, según tradiciones rabínicas que describen a Dios rasgándose sus ropajes púrpuras por la tristeza del saqueo de Jerusalén (Pesiq. Rab Kah. 15, 3; Lam. Rab. 1, 1, 1; 2, 21; Lv. Rab. 6, 5). Ello hace una clara referencia al velo púrpura del templo, descrito según Ex 26, 31-357. En el mundo judío (al igual que en nuestra cultura), por la muerte de un ser amado, se realizan ritos funerarios y de luto que reflejan el dolor de la pérdida. El libro de Job refleja algunas señales tradicionales de un duelo: se rasgan los ropajes, se echan polvo sobre la cabeza y al cielo, y las personas que vienen a dar el pésame se quedan con quienes han sufrido la pérdida, sentados en el suelo, indicando con estos gestos que reconocen su dolor y lo comparten. Es un duelo que no se dice palabra alguna, salvo la compañía por siete días (cf. Jb 2, 11-13; Gn 50, 10; 1 Sam 31, 13; 2 Sam 12, 15-23).
En el mundo judío (al igual que en nuestra cultura), por la muerte de un ser amado, se realizan ritos funerarios y de luto que reflejan el dolor de la pérdida.
Este momento tan trágico nos revela quién es Dios realmente. Es un Dios que sufre por el sufrimiento de otros. El rabino Abraham Joshua Heschel, al leer con detención los libros de los profetas, reconoce que el Dios de la Biblia siente, se conmueve, se aflige, sufre. Es, en otras palabras, el pathos divino (término griego que significa sufrimiento), que refiere a una apelación emocional de parte de Dios, quien siente compasión y se indigna ante la injusticia humana. Heschel explica de la siguiente manera este pathos divino:
Para el profeta […] Dios no se revela en una calidad de absoluto abstracta, sino en una relación personal e íntima con el mundo. Él no solo ordena y espera obediencia: Él también se ve afectado por lo que pasa en el mundo, y reacciona de acuerdo con ello. Los eventos y las acciones humanas despiertan en Él alegría o tristeza, placer o ira. No se Lo concibe como juzgando al mundo y estando separado de él. Él reacciona de una manera íntima y subjetiva, y por tanto determina el valor de los acontecimientos. Como es evidente en el punto de vista bíblico, las obras del hombre pueden conmoverLo, afectarLo, afligirLo o, por lo contrario, alegrarLo y contentarLo. Esta noción de que Dios puede ser afectado íntimamente, que posee no solo inteligencia y voluntad sino también pathos, define en forma básica la conciencia profética de Dios8.
El Dios que se conmueve, que se deja afectar, se aflige, es el Dios de Jesucristo. Tanto los discípulos/as, la Virgen María y Dios Padre entran en un proceso de duelo frente a la muerte de Jesús. El Sábado Santo, es un día de Silencio absoluto. De hecho, no hay palabra alguna respecto de ese día en los evangelios. Es el silencio del duelo en su máximo esplendor. No solo Jesús yace en silencio por estar realmente muerto, sino también los/as discípulos/as están en silencio por el impacto de lo que ha ocurrido y la tristeza que tuvieron por la pérdida de su amigo y Maestro (cf. Mc 16, 10). En el inicio de un duelo, hay situaciones que impiden llorar a los muertos y, a su vez, son los momentos de velorio cuando brota el llanto desgarrador. Es un tiempo que pierde su fluidez, un tiempo que va perdiendo significado, que no avanza y, paradójicamente, el mundo avanza sin reservas9.
¿Acaso este relato de la Pasión de Jesús, como también Semana Santa y sus celebraciones litúrgicas, e incluso en cada Misa, no es similar al duelo por un difunto amado? Las narraciones de los evangelios posibilitan el recuerdo y aquella herencia que nos dejó Jesús. Los primeros cristianos hacían memoria de su difunto mediante prácticas rituales como los banquetes funerarios, que contribuían al sentido de comunidad y conmemoración de la presencia del difunto, que se forma en torno a este y a los vivientes que le recordamos10. Pero, este duelo se encaminó en un nuevo horizonte, ya que se ha resignificado la muerte. Con la muerte de Jesús, la muerte dejó de ser la última palabra y la única certeza de la vida para los creyentes. La muerte, si bien no queda suprimida (ya que seguimos muriendo como seres finitos que somos), en ella puede brotar nueva vida y se transforma la vida desde la gracia y no el pecado. Por eso, San Pablo, al recordar las palabras de los profetas, dice: «La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Co 15, 54-55).
En la madrugada del Domingo de Pascua, el duelo no es interrumpido, sino más bien es resignificado, porque ocurre lo imposible: Jesús ha resucitado de entre los muertos (cf. Mc 16, 2ss; Mt 28; Lc 24, 1ss; Jn 20; Hch 4, 10; Rom 4,24-25; 2 Co 4, 14). Los cristianos hasta hoy confesamos que Jesús el Cristo ha resucitado, cuya profesión de fe implica necesariamente a Dios como actor principal de la historia. El duelo de los discípulos/as, que iba a continuar después del silencio de Sábado Santo durante siete días, es aparentemente interrumpido por la novedad imposible de la resurrección. Es un acontecimiento que rompe la rutina del duelo, ya que adviene lo imposible, algo más allá de lo previsible y lo calculable11. Pero, a su vez, ese acontecimiento se da de maneras diversas en cada relato de los evangelios. La presencia del Resucitado se da en distintos escenarios y personajes, pero coinciden en, al menos, dos aspectos. Al encontrarse con Jesús, no lo ven inmediatamente, sino más bien ven a una persona extraña y distinta: no lo reconocen (Lc 24, 15-16; Jn 21, 4), es un espíritu o fantasma (Lc 24, 37-39), lo confunden con el encargado del huerto (Jn 20, 14-15) e, incluso, no le creen de buenas a primeras en su presencia (Mc 16, 11; Mt 28, 17; Jn 20, 25). Pero, al hablarles, al hacer gestos e incluso permitirles que le toquen sus heridas (cf. Lc 24, 30. 32. 39; Jn 20, 17. 27), los discípulos/as reconocen que es la persona de Jesús, es un viviente en medio de los vivos. El Resucitado se revela a sus discípulos/as en los distintos prójimos que se encuentran en distintos lugares.
Este acontecimiento es esperanza nuestra para todos los tiempos. Ello no significa que Jesús deje de ser el Crucificado, el que ha muerto y, por ende, el Difunto. La resurrección no quita la muerte en cruz; no hace a un lado lo vivido. Se reconoce, en la identidad de Jesús, esta realidad dual y contrastiva: el que murió en la cruz es el que ha resucitado de entre los muertos, tal como lo señala san Pablo: «Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Mesías crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles» (1 Co 1, 22-23). El Resucitado es, a su vez, el Crucificado, el Viviente es el que ha muerto en Cruz12. La memoria de los discípulos/as de Jesús, mediante narrativas surgidas por lamentaciones, y la fuerza del Espíritu vivificador de Dios que actúa en el mundo, han permitido reconocer la presencia viva de Jesús muerto. Su resurrección es, tal como lo dice el término, la vivificación de aquella vida que ha caído en la muerte, es el despertar del sueño de la muerte y el levantarse a la vida, en este caso, por el Espíritu de Dios Padre13.
¿Acaso la resurrección del Crucificado no es un consuelo para quienes hemos perdido a un ser amado? ¿Acaso los evangelios no nos entregan una palabra de esperanza en medio del duelo? Pareciese ser que, en Cristo crucificado y resucitado, es posible reconocer la presencia viva de nuestros difuntos. En medio de llanto, el vacío y la soledad por la pérdida, especialmente frente a las muertes violentas e inesperadas, la memoria agradecida por el difunto se convierte en un don divino que consuela, sostiene y plenifica nuestra comunión con los muertos en Cristo. Massimo Recalcati, un psicoanalista italiano, señala que la nostalgia por nuestros difuntos puede transformarse particularmente en herencia, generando una nueva forma de vida para el difunto y para los vivientes. Dice así:
Así hago mío lo que era suyo. Pero lo hago de una manera singular, nueva, con mi propio estilo. De esta manera consigo que su existencia vuelva a existir en la mía, la resucito bajo una forma nueva […]. Algo de él o de ella quedará siempre con nosotros, acompañará nuestra existencia como la luz de las estrellas muertas. El hecho de que acarreemos con nuestros maestros, nuestros amores, nuestra infancia, con los detalles imborrables de nuestro pasado es lo que nos lleva a decir que el trabajo del duelo nunca puede disolver por completo el objeto perdido, sino solo transformarlo en un remanente vivo que incorporamos a nosotros mismos14.
¿Acaso no recordamos las palabras de Jesús, vivimos según sus enseñanzas y su vida, en cada acto como cristianos? ¿Acaso la Misa no es, en suma, un banquete memorial de Aquel Difunto que vive eternamente en medio nuestro y nos encamina hacia un nuevo horizonte de vida? ¿Acaso cuando profesamos la fe en Cristo no mostramos, en nuestro testimonio, a Cristo mismo, muerto y vivo? El Triduo Pascual puede resignificar aquellos duelos que hemos vivido o estamos viviendo, desde el Amor eterno, que manifiesta la comunión entre vivos y muertos en Cristo, el difunto y viviente por excelencia. Desde su persona, todos los difuntos perviven en la memoria cotidiana —dolorosa, pero agradecida— de los vivientes, así como en el Espíritu divino que los sostiene y los vivifica. En otras palabras: nuestros padres, hijos, familiares, amigos, mascotas, nuestra historia en general, es sostenida y transformada por el Espíritu de Dios, en la comunión que nos propicia Cristo muerto y resucitado.
¿Acaso no recordamos las palabras de Jesús, vivimos según sus enseñanzas y su vida, en cada acto como cristianos?
Ellos no han desaparecido a la nada, sino que son sostenidos en el Amor eterno. Ellos siguen acompañándonos, al igual que Jesús resucitado nos acompaña con su presencia espiritual, a lo largo de nuestras historias. Muchas veces experimentamos la presencia viva de nuestros difuntos en los recuerdos, en gestos compartidos o en experiencias que los evocan. Los recuerdos que tengamos con nuestros difuntos son un impulso para reconocer su presencia viva en medio nuestro. ¡Porque Cristo ha resucitado en el tercer día y ha permitido a los muertos volver a la vida! ¡Esa es nuestra esperanza! ¡Y por eso debemos orar por nuestros difuntos, por su descanso eterno! Y, por qué no, para reencontrarnos un día con ellos, cara a cara, en la presencia gloriosa del Dios vivo, que nos ha sostenido, nos sostiene y nos sostendrá eternamente en su Amor15.
En memoria dolorosa y agradecida
por la muerte trágica de mi amado padre,
Elías Rojas González
(24 de febrero de 1968 – 13 de enero de 2025).
1 Este texto forma parte de una meditación presentada en el Retiro de Viernes Santo, en la Parroquia Sagrada Familia, Melipilla.
2 Cf. François Jullien, Lo inaudito. O el otro nombre de la agotadora realidad (Buenos Aires: El cuenco de la plata, 2023), 93-106.
3 Cf. Hans Urs von Balthasar, Teodramática, vol. 3, Las personas del drama: el hombre en Cristo (Madrid: Encuentro, 1993), 159-163.
4 Cf. Juan Luis Ruíz de la Peña, La Pascua de la creación. Escatología, 2.º ed. (Madrid: BAC, 2011), 59-63.
5 Cf. J. William Worden, El tratamiento del duelo. Asesoramiento psicológico y terapia, 4.ª ed. (Barcelona: Paidós, 2013), 99. En efecto, W. Worden afirma que «el duelo finaliza cuando la persona recobra el interés por la vida, se siente más esperanzada, vuelve a hallar gratificaciones y se adapta a nuevos roles. Pero, en otro sentido, el duelo nunca se acaba».
6 Gregorio Nacianceno, La Pasión de Cristo, 3.ª ed. (Madrid: Ciudad Nueva, 2014), 91-93.
7 Pablo Vernola, «La muerte de Jesús como resignificación del dolor. Marcos 15, 33-39 como texto catártico y clarificador del trauma», Bíblica 83, n.º 3-4 (2021): 458. https://doi.org/10.47182/rb.83.n3-4-2021283
8 Abraham Joshua Heschel, Los profetas, vol. 2, Concepciones históricas y teológicas (Buenos Aires: Paidós, 1973), 119.
9 Puede verse, como ejemplo de la pérdida de un ser querido y su relación intrínseca con la temporalidad, Denise Riley, El tiempo vivido, sin su fluir, trad. por Núria Molines Galarza (Barcelona: Ediciones Alpha Decay, S.A., 2020).
10 Cf. Kathleen E. Corley, Maranatha. Ritos funerarios de las mujeres y los orígenes del cristianismo (Estella: Verbo Divino, 2011), 10.
11 John D. Caputo, La debilidad de Dios. Una teología del acontecimiento (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2014), 60-61.
12 Jürgen Moltmann, Teología de la Esperanza, 7.º ed. (Salamanca: Sígueme, 2006), 259-263.
13 Cf. Santos Sabugal, Anástasis. Resucitó y resucitaremos (Madrid: BAC, 1993), 71-87.
14 Massimo Recalcati, La luz de las estrellas muertas. Ensayo sobre el duelo y la nostalgia, trad. por Carlos Gumpert (Barcelona: Anagrama, 2025), 125. 126.
15 Cf. Jürgen Moltmann, La venida de Dios. Escatología cristiana (Salamanca: Sígueme, 2004), 150.
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