Revista Mensaje N° 700: «Hablemos de Chile»

Un diálogo sobre las expectativas y los estados de ánimo que revelaron los conversatorios masivos, organizados por la P. Universidad Católica y la Universidad de Chile el año pasado, sostuvimos con los rectores Ignacio Sánchez y Ennio Vivaldi: de esta experiencia surgen incentivos para “una escucha activa”.

José Francisco Yuraszeck sj

07 julio, 2021, 12:53 pm
30 mins

“Un país que se piensa y proyecta: Diez hallazgos desde un Chile a escala” se titula el documento que sintetiza lo realizado en la iniciativa “Tenemos que Hablar de Chile”, encabezada por la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad de Chile. Tal informe recoge el resultado de 1.775 conversaciones abiertas realizadas entre el 6 de junio y el 30 de noviembre del año pasado con la participación de 8.815 personas.

La instancia permitió integrar a habitantes de todas las regiones del país, incluyendo a personas de distintas edades, de los pueblos originarios, artistas, diversos sectores profesionales o técnicos, así como personas en situación de cárcel. Igualmente, se realizaron encuestas a unas cien mil personas. Los contenidos fueron trabajados por un Consejo integrado por cincuenta miembros que, en reuniones mensuales, iba consolidando los resultados. De estos últimos surgieron “diez hallazgos”, que resumen los diagnósticos centrales de más de tres mil quinientas horas de diálogo.

Invitamos a los rectores de ambas universidades para conocer de primera fuente sus impresiones, comentar los hallazgos principales de este proceso, reconocer cuáles son sus esperanzas para el tiempo que viene y, en definitiva, hablar de Chile.

José Francisco Yuraszeck S.J. (J.F.Y.): ¿Cuál es su balance de esta experiencia de colaboración entre universidades? Parafraseando a Humberto Maturana, se observa un cambio desde la competencia a la colaboración.

Ennio Vivaldi (E.V.): No tendría por qué causar sorpresa que colaboremos. El trabajo conjunto entre la Universidad Católica y la Universidad de Chile en el ámbito universitario siempre ha existido, en la complementariedad, en la investigación y otros aspectos del quehacer universitario. Evidentemente, la disposición a escuchar lo que otros está pensando es consustancial a la tarea de toda universidad. Es cierto, mucha gente me ha felicitado como si esto fuera una novedad, pero no tiene nada novedoso.

Nuestro rol es aportar a la sociedad y no nos creemos poseedores de dogmas ni de verdades absolutas e incontrarrestables. Tampoco nos sentimos poseedores de la razón en un nivel extremo. Por el contrario, abrimos cauce a los diálogos para tener un feed back de parte de la gente. Eso es lo que busca el proyecto “Tenemos que Hablar de Chile”: saber lo que la gente está pensando. ¡Y me parece hasta ridículo que esto no se le haya ocurrido a nadie antes!

“UNA ESCUCHA ACTIVA”

Ignacio Sánchez (I.S.): Estoy muy de acuerdo. Efectivamente, estas dos instituciones desde hace años colaboran. De cada cien trabajos que hacemos de manera colaborativa en la Pontificia Universidad Católica, casi sesenta son con la Universidad de Chile, quince con la Universidad de Concepción, y así… Ahora “Tenemos que Hablar de Chile” se ha transformado en algo más público. Ha sido beneficioso en múltiples sentidos.

Hay que advertir que también tenemos presencia en la Mesa Social, en la que representamos a muchas universidades que colaboran con nosotros. Queda patente que no hay ninguna universidad tan grande que lo tenga todo y no hay ninguna universidad que sea tan pequeña que no pueda aportar.

Respecto a nuestros conversatorios, quiero destacar que la inmensa mayoría terminó con expresiones de agradecimiento y con alegría por haber podido ser escuchada y poder escuchar. Contrario a lo que se ve en las redes sociales, la gente quiere llegar a acuerdos, valorando la diversidad, sin que eso represente claudicar de la propia opinión. Hay ahí una buena disposición a una escucha activa, tratando de ver la realidad del otro. En definitiva, ha sido una experiencia que pone a prueba el aserto de que somos una sociedad demasiado polarizada.

J.F.Y.: Hubo un hito que no estaba en la convocatoria inicial, que es la invitación a los constituyentes. Un número importante de ellos participó. Algunos de los que no fueron presentaron una carta en la que señalaban que no se querían dejar pautear por la Academia. ¿No se tomaron esto, ustedes, como un reproche, como si les dijeran “cómo se quieren contactar ahora con nosotros si durante tanto tiempo estuvieron de espaldas”?

I.S.: Convocamos a ese encuentro para entregar a los constituyentes el material de “Tenemos que Hablar de Chile” como insumo para la labor que tendrán que hacer. Es cierto, podríamos haber hecho un archivo, imprimir el documento, enviarlo por correo y con una carta de presentación simplemente invitarlos a leerlo. Pero nos pareció importante que hubiera un hito, en el mes y medio desde la elección hasta el primera reunión que tendrían en la Convención, para que se encontraran y tuvieran una primera instancia de conversación. En la reunión participaron 110 de los 155. Tuvo una gran aceptación. Está grabado. Están las preguntas, los agradecimientos por la posibilidad de diálogo. En la gran mayoría —sino en todos los que participaron— el tenor de los comentarios fue extremadamente positivo.

E.V.: En esto ha habido absoluto respeto. Nadie lo ha puesto en duda. Son innumerables las iniciativas que las universidades han adoptado para ayudar en los grandes desafíos del país. En el caso de la Universidad de Chile, en el proyecto “Las y los 400: Chile delibera», reunimos a personas a hablar sobre pensiones y salud, y hubo una buena contribución a los debates nacionales, como se observa en muchas mesas de trabajo y documentos que hemos querido compartir.

Quisiera subrayar que, definitivamente, en Chile y en América Latina, las universidades son de una de tremenda sensibilidad social y tienen una gran voluntad de proponer una mayor justicia y solidaridad. No se me podría pasar por la mente que la Universidad de Chile haya sido nunca un agente contrario a los intereses populares. Por el contrario, está a la vista su papel en causas como la recuperación de la democracia.

¿EL CHILENO ES EGOÍSTA?

J.F.Y.: De “Tenemos que Hablar de Chile”, ¿cuáles son los resultados que les han llamado más la atención? Tal vez sea interesante destacar algunos de los hallazgos que pudieran ser contraintuitivos.

I.S.: Hay tres hallazgos muy notables. No es que no los haya esperado, pero me llamó la atención la gran fuerza con que se expresaron. El primero es la valoración de la riqueza que significa la diversidad y multiculturalidad de nuestro país, que es considerada una gran oportunidad. Hace treinta años teníamos un Chile homogéneo, lo que ha cambiado ahora entre otras cosas con la mayor visibilidad de los pueblos originarios y la llegada de los migrantes.

Lo segundo es cómo las personas demandan al Estado y a los políticos un nuevo comportamiento en materia de ética pública. Ellas observan un Estado que no se preocupa de la ciudadanía, sino que se ensimisma en sus propios temas.

En tercer lugar, destaco la relevancia que todos los sectores dan a la educación como una palanca de crecimiento, cohesión social y crecimiento comunitario. No solamente como recurso de beneficio personal, sino como factor favorable a la comunidad.

Son temas de gran visibilidad ya en el estallido social, por lo demás.

E.V.: Coincido con eso. Quisiera agregar que probablemente podamos estar de acuerdo en que el chileno es hoy más individualista, pero aun así tiene claro que debe haber una responsabilidad del Estado hacia garantizar salud o educación de buena calidad. A la vez, es interesante constatar que la gente considera que el esfuerzo estatal se debe compatibilizar con el esfuerzo y con la responsabilidad individual. Es un lugar común, es equivocado, considerar que el chileno es egoísta.

Los esfuerzos por lograr acercamientos reales son siempre positivos. Es clásico el ejemplo acerca de la variación que se da en el grado de agresividad que hay en la gente cuando escribe o habla por teléfono a diferencia de cuando habla mirándose a la cara. Tal vez el gran problema que tenemos es que muchos se dedican a escribir en el diario o las redes sociales lo primero que les nace y en ese contexto nos desanimamos. Me impactó un ensayo breve de Umberto Eco que se llama “Construir al enemigo”, en el que se expresa una idea similar: cuando alguien logra conversar con el otro, ya no se considera enemigo de nadie, sino que simplemente observa al otro como a una persona con ideas distintas.

Es importante que en una democracia se exprese la ciudadanía, pero que lo haga de manera informada, sobre todo si emite juicios y toma decisiones. No debe estar inducida por corrientes emocionales, como somos testigos que ocurrió trágicamente durante el siglo XX, un siglo de muchas emocionalidades torcidas.

MAYOR CERCANÍA CON LA POBLACIÓN

J.F.Y.: En diversos libros e investigaciones uno puede leer cómo nuestras ciudades se han ido construyendo segregadamente tanto en espacio físico como en provisión de servicios. Se trata de urbes construidas según los tamaños de las billeteras. Se crean guetos. La gente se reúne con personas que le son iguales. Estudian con gente parecida. Difícilmente se encuentra con los distintos. Hay ahí un gran tema que está a la raíz del estallido social y de la sorpresa de muchos, que dijeron que esto no lo vieron venir. ¿Qué evaluación hacen de cómo las universidades contribuyeron a llegar a lo que se llegó?

I.S.: Cuando se produjo el estallido social, todas las instituciones nos dijimos que teníamos que cuestionarnos si habíamos estado abiertas a escuchar todas estas expresiones. Siempre pensamos que nuestra Universidad, más que cualquier otra, mediante el aporte de nuestros profesores desde hace años, contribuyó al establecimiento de un sistema económico que en algún momento pudo ser importante para el desarrollo del país, pero que en otro momento se debió ir adaptando a las nuevas necesidades. Esto, eso sí, no es privativo de la universidad, pues hubo gobiernos de distintos signos desde el retorno de la democracia que podrían haber evaluado de mejor manera o con mayor inteligencia, con mayor empatía, lo que estaba ocurriendo.

Como centros de estudio, de análisis, de reflexión, deberíamos haber estado más en contacto con la población. A lo mejor estuvimos muy ensimismados en nuestras tareas de docencia e investigación. A pesar de que todas las instituciones hemos estado ocupadas de lo público, probablemente en una mirada menos estrecha y más proclive a dar soluciones, habríamos aportado más para que se hubiese recorrido otro camino. Ese es un gran tema que se abre en octubre de 2019, haciéndosenos notar que hay que escuchar más el sentir de los ciudadanos de a pie.

El modelo de conversatorios permitió mostrar mucha labilidad de muchas personas ante grandes dolores y frustraciones. Ha ido avanzando el desarrollo socioeconómico, pero al mismo tiempo estamos más conscientes de las precariedades y de que frente a cualquier evento se podía retroceder muchos años.

Probablemente, las universidades debiéramos haber estado más cercanas a la población. Esto ha sido un campanazo de alerta. Hay que conectarse más. Hay que estar más en terreno. Debemos colaborar más con otras instituciones. Debemos tener más presencia en las dificultades que tienen las personas de regiones. Tenemos que salir de las fronteras de nuestras aulas universitarias y estar más en contacto con la comunidad.

E.V.: Creo que hay una responsabilidad compartida. He vivido el drama de tener una política que no se interesa por lo que la Academia le puede y quiere dar. La política debería usar la Academia con todas las connotaciones. Un ejemplo paradigmático es lo que hizo Fernando Monckeberg respecto de la desnutrición infantil desde los años setenta. Probablemente en el pasado hubo cierta inamovilidad y no se dio esa relación porque no hubo interés en buscar un cambio un poquito más de fondo en los condicionantes del modelo de sociedad. Faltó convicción sobre la necesidad de hacer algo.

No hay, por lo demás, una adecuada relación entre la academia y la política. Con motivo de lo ocurrido con el Instituto de Tecnologías Limpias, escribí un editorial en la revista de la universidad titulado “El desarrollo de la ciencia y la tecnología: De lo no prioritario a lo no deseado”, pues se me hizo claro que en nuestro país podría haber intereses de que cierta ciencia o tecnología no se desarrolle. No hay adecuadas reglas de juego que permitan que la ciencia se desarrolle oportunamente en los ámbitos que son necesarios para el país. Desde el mundo de la ciencia, no hemos sabido pedir con fuerza que haya unas mejores reglas del juego.

J.F.Y.: “Nos fuimos quedando en silencio”, como cantaban Schwencke y Nilo.

I.S.: Es cierto que nos quedamos en silencio. Sin embargo, hay algo más de fondo. Tal vez pensamos que como universidades estábamos cumpliendo bien nuestros roles, en el entendido de que actuábamos en un marco de libertad académica y que con eso bastaba. Sin embargo, hoy en día la percepción es que hay que estar más en terreno para que las cosas ocurran. Ya no somos solamente analistas científicos. También tenemos que ser más actores. Eso lo veo en los estudiantes, que quieren estar en terreno, buscando que las cosas ocurran.

UNA METODOLOGÍA CON POTENCIALIDAD

J.F.Y.: ¿Hay alguna reflexión que deseen hacer tras la experiencia conjunta de “Tenemos que Hablar de Chile”? ¿Qué esperanzas les despertó?

I.S.: Creo que se ha observado acá una metodología de trabajo interesante, que podría ser aplicada para hablar de educación, hablar de las personas mayores y de otros temas de interés social. De hecho, alguno de los constituyentes me pedía algunas claves para implementar este formato en su distrito. Hay una metodología de escucha y de ir a terreno a escuchar a la población. Es una manera de dar acceso a más voces. Que no se escuche solo el que sabe hablar más fuerte o tenga más resonancia en redes sociales.

Igualmente, es una vía para que las universidades puedan reflexionar sobre las realidades que tengan que contemplar, y puedan emplear una metodología de “Escucha activa”. Con esto, creo posible poner a disposición de los constituyentes y de todo el sistema universitario de regiones esta modalidad, como estímulo a la reflexión y de búsqueda de puntos de acuerdo.

E.V.: Hemos empleado una vía que nos permite reencontrarnos en un objetivo que nos convoca, como es la búsqueda del bien común. Esto es un punto importante en un periodo en que la pandemia nos reafirma lo segregados que estamos, lo cual se demuestra en las diferentes condiciones en que todos afrontamos las cuarentenas o sufrimos las restricciones, o afrontamos nuestras enfermedades, según nuestro nivel socioeconómico. Durante estas restricciones se ha reafirmado el drama de la segregación. La gente paga por segregar, de hecho. Se observa, por ejemplo, en educación, en una lógica que tiene que ser cambiada, para que podamos reencontrarnos con el otro a través de la búsqueda del bien común.

EL ROL DE LA GENTE

J.F.Y.: ¿Cómo ven ustedes la actitud o disposición que debiera tener el ciudadano común y corriente interesado en que la convención resulte bien? Los convencionales son súper celosos y no quieren ser pauteados.

I.S.: Si bien es cierto los constituyentes son celosos de su autonomía, uno de los aspectos que han demostrado con creces, y que nos dijeron que querían implementar, es un contacto con la ciudadanía muy fluido. Quieren tener transparencia con los debates que ellos quisieran llevar a cabo. Buscan una retroalimentación de primera fuente desde esa ciudadanía. Me parece que la ciudadanía no debe esperar que esto vaya a partir el 4 de julio y luego tenga que esperarse un resultado al final del proceso constituyente. Debe haber permanente diálogo, comunicación y espacios de encuentro con los constituyentes. Ellos mismos los van a ir realizando. No queremos que ellos se sientan presionados ni pauteados, por supuesto, pero sí que se sientan acompañados. No es que haya que rodear la convención, pero sí hay que acompañarla y hay que demostrar interés. Una mayor participación ciudadana será un buen cable a tierra para los constituyentes.

E.V.: Se requiere una toma de conciencia de parte de la gente. Está la típica frase de quien dice para qué va a ir a votar, si finalmente el lunes igual tendrá que ir a trabajar… Está mal eso de creer que “la política no me afecta a mí”. Hay una gran responsabilidad en la ciudadanía. No hay nada más relevante para cada persona y su familia, sus amistades, que la forma como se hace la política. Ahora bien, si ese razonamiento es válido para una elección presidencial o para una elección de concejales, es infinitamente más importante para un proceso constituyente. Los participantes en él están haciendo un diseño de mayor envergadura, el que tiene proyección a largo plazo. Debe haber una toma de conciencia en la ciudadanía de que esto es un proceso muy importante, y tiene que comprometerse a estar atenta, a invitar a sus representantes para que generen discusiones e inviten a la gente a hacer debates, y asuman con conciencia lo importante de este momento. MSJ


DOCUMENTO: LOS HALLAZGOS DE “TENEMOS QUE HABLAR DE CHILE”

“1. Nuestra convivencia en la diversidad y la complementariedad”. Chile no es hoy una identidad única ni tiene una realidad reproducible en una única voz. Sin embargo, los diálogos muestran “un alto espacio de mutuo entendimiento entre las distintas realidades. Así, las personas de 20 años, las de 50 o las de 80 años miran desde experiencias distintas el país pero con espacios de complementariedad”. En ese marco, el 91% está de acuerdo en que es importante llegar a acuerdos en los grandes temas del país.

“2. Entre la incertidumbre la inseguridad y la esperanza”. Se reconoce que hoy los Estados de ánimo negativos prevalecen en las conversaciones. Según el informe, hay incertidumbre, inseguridad, miedo, rabia y malestar con una frecuencia mayor que la de los estados positivos. De todos modos se señala que el diálogo sobre nuestro país es una conversación esperanzada, fundada de manera importante en el cambio que se prevé.

“3. El cambio como reseteo: la política en la ciudadanía y su mirada institucional”. Se señala que la esperanza en el futuro de Chile está muy asociada a las posibilidades de cambio tanto en lo institucional como en lo social. Se trata de un cambio embarcado en la nueva Constitución y un cambio enmarcado en un trato social distinto.

“4. Un Estado responsivo”. Hay dos grandes grupos de críticas al Estado. La primera se orienta fundamentalmente a los servicios públicos, que no estarían respondiendo a los mínimos esperados por la ciudadanía. El segundo grupo se orienta al Estado y su relación con la política: los participantes describen esta relación como un espacio atrapado por intereses personales y por una política que se protege a sí misma.

“5. Una nueva praxis política: desafío central de una nueva Constitución”. Se configura un llamado transversal a la política a responder, como sistema, desde sus prácticas y sus funciones. No es un llamado a un sector en particular. Es un llamado de la construcción de acuerdos en la complementariedad y la idoneidad de quienes tienen cargos en su rol de servicio público.

“6. Una ética pública”. El principal unificador de las experiencias recogidas en los diálogos es la incertidumbre. Sin embargo, también existe un segundo unificador, que es un discurso moral normativo que está en la idea de que se necesita una cierta ética pública en normas de convivencia y formas de trato de parte del Estado.

“7. La educación como proyecto país una Transformación Social”. La educación es el máximo comodín de cambio y mejora. Hay conciencia transversal en las conversaciones de que un mejor futuro para Chile pasa por una mejor educación: en esa conciencia hay corresponsabilidad.

“8. La empatía, solidaridad y la resiliencia como cuestión de identidad”. Se prioriza el ánimo de cambio en el proceso de diálogo, pero también hay interés en mantener la idea de un país que se reconstruye, que se levanta frente a la adversidad, que es una nación de esfuerzo y solidaridad. Se percibe eso como algo positivo que se debe mantener.

“9. La participación como vínculo y supervisión ciudadana”. Se entiende como un anhelo de acción política y como una responsabilidad. Logra sentido en las conversaciones tanto como un deber como un derecho. Sin embargo, no parece ser un tipo de participación política que sustituya la representatividad.

“10º. Es lo micro. La vida cotidiana, el trabajo y las urgencias económicas”. Aparece la idea de que las personas no están en el centro para el mercado, para las empresas ni para el mundo de los negocios, ámbitos en los que se generan relaciones de subordinación y aprovechamiento más que una interacción de mutuo beneficio.

* El documento se encuentra en: https://www.tenemosquehablardechile.cl

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Fuente: Diálogo publicado en Revista Mensaje N° 700, julio de 2021.

Sacerdote jesuita. Capellán General del Hogar de Cristo.