Revista Mensaje N° 701. «El fenómeno humano: Pensamientos visionarios de P. Teilhard de Chardin»

Al estudiar la evolución y el origen del hombre se adelantó a su tiempo. Amplió los horizontes de la evolución para aplicarlos a toda la creación, formulando cuatro ideas principales que intentan explicar lo que es propio de lo humano, y que cambian la historia evolutiva del planeta.

Juan Pablo García-Huidobro Toro

17 agosto, 2021, 2:05 pm
20 mins

Hace más de cincuenta años, siendo estudiante de medicina, leí El fenómeno humano de Pierre Teilhard de Chardin. Acababa de terminar el curso de Biología del primer año, que nos enseñó, entre otras materias, el fundamento de la evolución, para intentar explicar el posible origen del ser humano. Confieso que esta lectura me cautivó porque, si bien larga y expositiva, Teilhard instruía un hilo conductor audaz y profundo que calzaba perfectamente con lo que aproveché de ese curso. Además, Teilhard presenta un escenario de la aparición del Homo sapiens de manera irradiada, como nunca lo imaginé y que recuerdo vívidamente. Recientemente, releí El fenómeno humano y de nuevo me fasciné con su talante y autoridad de científico-paleontólogo, y por esto me he decidido a compartir aspectos de mi fascinación y a reconocer, abiertamente, su muy particular fusión de ciencia con teología y mística.

Soy neurocientífico y católico. Las ideas de evolución que profeso, y enseño, en nada empañan ni se riñen con mi fe. Al contrario, en El fenómeno humano encontraron un vigor vivencial que me permite comprender que la creación y el universo viven en un continuo proceso evolutivo, como lo escribe Teilhard. Todo evoluciona, pareciera que no hay nada en el planeta ni en el Universo profundo que escape a esta fuerza vital. El Fenómeno humano, al igual que otros de sus libros, se basa en sus investigaciones en terreno y en años de profundas reflexiones. Es justamente en reconocimiento a su pensamiento original y a sus ideas de vanguardia en temas de la evolución de la materia y el Universo, que la Academia de Ciencias Francesa lo incorpora como uno de sus insignes miembros, a pesar de que no fue un académico universitario. Esta es una pública admisión de un científico excepcional, maestro en el pensamiento lógico deductivo.

DE SACERDOTE A CIENTÍFICO

Cuarto de once hermanos, sus padres sembraron lo que serían sus profundas pasiones, que lo animaron siempre. Entró a la Compañía de Jesús en 1899 y, durante sus años de formación como seminarista jesuita, su curiosidad por la naturaleza lo acompañó siempre. Durante sus estudios teológicos cursados en Inglaterra se vinculó con el Dr. C. Dawson, quien despertó su interés por la paleontología y geología. Se ordenó sacerdote en 1911 y manifestó a sus superiores ansias por cultivar las Ciencias Naturales. La Compañía gestionó su admisión al Museo de Historia Nacional de Francia, en París (1912), donde conoció al Dr. M. Boule, famoso por la exhumación del primer esqueleto completo de un Homo neanderthalis. Trabajó con él un par de años, consolidando su pasión por la paleontología. A partir de 1914, consciente de servir a la patria, interrumpe estas investigaciones para participar en la Gran Guerra como cabo-camillero. Por su valentía y audacia, es condecorado con la Medalla al Mérito Militar y Legión de Honor.

Terminado el conflicto bélico, y con la convicción de dedicarse a la investigación, ingresó a La Sorbona y se graduó en tres licenciaturas: Botánica, Zoología y Geología. Además, en 1922 defendió su tesis doctoral “Mamíferos del Eoceno inferior francés” con lo que completó su formación científica. Durante sus años universitarios realizó docencia, pero no en forma continuada. En 1923 realizó su primer viaje a China, donde participó en excavaciones y se incorporó al equipo de investigaciones del profesor H. Breuil, también sacerdote, con quien estudió los restos del Homo erectus pekinensis, pariente cercano del Pithecantropus, en línea evolutiva directa del Homo sapiens. Sus descubrimientos lo llevan a concluir que este homínido ya usaba herramientas de piedra y conocía del fuego. Realizó numerosos viajes a China hasta 1946, dedicado a la investigación, la reflexión, al desarrollo de sus ideas y a la escritura de sus libros. El fenómeno humano fue escrito entre 1936-1938, con posibles revisiones posteriores, y es considerado el corazón de su obra científica. Por sus contribuciones, ingresó a la Academia de Ciencias de Francia en 1951, lo que selló su reconocimiento como científico. Falleció en Nueva York en 1955 a días de cumplir los 74 años. Obediente y fiel a la Iglesia, Teilhard decidió publicar de manera póstuma sus escritos. Nombró albacea a Jeanne Mortier, secretaria personal, para que, a su muerte, hace 66 años, publicara sus escritos. Esto ocurrió en los años inmediatamente posteriores a su defunción.

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PhD, Profesor titular Facultad de Química y Biología, U. de Santiago.