Revista Mensaje N° 701. «Francisco Astorga: Despedida (pervivencia) del Cantor a lo Humano y lo Divino»

Uno de los principales representantes de esa tradición de más de 500 años falleció en julio pasado, dejándonos el recuerdo de su tarea de difusión del guitarrón chileno y su incesante actividad en los encuentros del canto rural y las payas en el Valle Central.

Esteban Valenzuela Van Treek

18 agosto, 2021, 2:20 pm
21 mins

La mañana fría de julio en que Francisco Astorga Arredondo es velado y despedido con misa campesina, el viento sopla primaveral a las 12.45 horas cuando su esposa Myriam Arancibia da las gracias a la comunidad y besa el ataúd frente a su casa de barro y madera, junto a la capilla de la localidad de El Rincón en la Punta de Codegua, Mostazal. El Pancho era, a juicio de todos, un “angelito” que secuelas de la pandemia se llevaron tras una dura batalla en el Hospital Regional de Rancagua, a los 61 años de edad.

Era el “santo de la tradición con su guitarrón” de muchas cuerdas y secretos que él explicaba en sus clases en la Universidad Metropolitanana de Ciencias de la Educación, UMCE, “como el instrumento chileno por excelencia del que solo Dios sabe su misterio y origen, porque se parece al laúd pero es distinto: es de aquí con sus veinticinco cuerdas”.

No lejos de la Punta, en la Hacienda La Compañía, los jesuitas desde fines del siglo XVI promocionaban la evangelización desde la oralidad de las décimas y el verso octasílabo.

Astorga vivió y revitalizó la tradición, combinando el legado colonial con la deriva de la vida y los reencuentros: una bandera mapuche se alza en la casa del pueta payador y poeta, cantor y escritor y dos cantoras con los trajes religiosos mapuches piden permiso y hacen la rogativa en una interculturalidad respetada por el párroco que había oficiado la misa. Parte del canto en mapudungú, al traducirlo, era también el canto a la Madre María, a la defensa de la tierra, el agua y el medio ambiente, lo que era preocupación creciente en la obra de Astorga.

Los cantores y las cantoras venidos de muchos lares y rinconadas del Valle Central, se ponen de pie y, reunidos por el grupo Chile Canto, le cantan al unísono la despedida para que luego alcance a almorzar la familia, porque si había algo importante y “católico” para el Pancho, eso era “almorzar y dar gracias por las tres cosas que amaba: la familia, el guitarrón de la tradición y la Iglesia católica”, según explica su esposa. Así, antes de recorrer el pueblo y reposar en el cementerio de Codegua, con un aromo a punto de explotar con su amarillo papal en la Escuela de la Punta, se escucha, triste y esperanzado, hacia los altos cielos:

Se ordena la despedida,
la despedida se ordena
con alegría y sin pena, sí, ay que sí,
sin pena y con alegría
Rosa Romero y el alelí.

Nos veremos otro día
otro día nos veremos.
Como el aromo crecemos,
crecemos como el aromo.
Cantores chilenos somos, sí, ay que sí,
somos cantores chilenos
Rosa Romero y el alelí.

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Doctor en Historia, escritor y ex alcalde de Rancagua.