Revista Mensaje Nº 696: «¿A quién miramos?»

San Ignacio en la contemplación de la Segunda Semana de los Ejercicios Espirituales nos invita a mirar al Dios Encarnado, aprendiendo de Él un nuevo estilo y modo de estar en el mundo.

¿Hacia dónde miramos en este nuevo año? Partimos este año con la certeza de haber hecho camino, un camino que nadie había recorrido antes, fuimos aprendiendo y descubriendo el recorrido a medida que avanzábamos, tengo la certeza hemos aprendido mucho.

Hemos puesto la mirada hacia al interior de nosotros y de nuestras casas, en las relaciones familiares, tal vez, hemos revivido conflictos, aprendido a asimilarlos, a convivir con las diferencias; quizás hemos compartido los sueños, el trabajo, la oración, asimilado pérdidas, vivido la inseguridad, el miedo, etc. Sin duda hemos buscado la sinfonía, la armonía, con las diferentes notas que cada uno toca en la familia.

Hay quienes dicen que la sinfonía no puede existir, porque siempre existirá el conflicto, pero me atrevo a decir, que la sinfonía es posible y se realiza necesariamente, juntos. Así como el maestro de una orquesta invita a los músicos a afinar sus instrumentos, antes de cada presentación, todo ser humano puede alcanzar su propio sonido luego de realizar, una y otra vez, la entonación interior. Así, el tiempo de afinar los instrumentos, concuerda con la hora del conflicto, donde se debe discernir quién toca qué, en qué momento se entra en la música y cómo se realiza la presentación, para luego crear juntos un ritmo que logre la armonía sinfónica en la pieza musical de los seres humanos: la vida.

Hemos mirado en este tiempo, también hacia a fuera, encontrando el desorden en todos los sentidos, violencia, narcos que relucen su poder con armas de alto calibre, desigualdad de derechos, siendo que todos poseemos la misma dignidad de ser personas, lucha de poder para legislar a beneficio propio, falta de pan para cada día. La pobreza y la miseria aparecen, en diferentes tonos y colores y en cada imagen de la realidad en que nos movemos.

La pandemia a muchos nos ha obligado ha cambiar la forma de vivir, el encierro nos ha dado la ocasión de mirar, donde estaba puesta nuestra confianza, nuestra jerarquía de valores y nuestra capacidad de sobrevivencia. Hemos aprendido a vivir con menos, esto porque quizás unos teníamos mucho, y otros porque se les terminó lo poco que tenían.

Con el nuevo año nos subimos al tren que lleva en los vagones: miedo, inseguridad, desobediencia a las indicaciones de la autoridad sanitaria, cansancio, deseos de salir, de estar con los que amamos… hay vagones con recomendaciones, con aprendizajes, con compañía, con solidaridad y hermandad… necesitamos saber, buscar lo mejor, desear y concretar lo que sea de mayor calidad para todos. El profeta Isaías en el capítulo 42, 1, nos invita a poner la confianza en Aquel que puede dar dirección segura a nuestra vida: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi espíritu”. Todo lo demás es incierto, si embargo en Jesucristo podemos encontrar sentido y profundidad para vivir con plenitud nuestra fe encarnada en la realidad que estamos involucrados.

CONVERTIRSE EN EL ENCUENTRO CON ÉL

San Ignacio en la contemplación de la Segunda Semana de los Ejercicios Espirituales nos invita a mirar al Dios Encarnado, aprendiendo de Él un nuevo estilo y modo de estar en el mundo. No tengamos miedo de parar, de poner en nuestra rutina momentos de silencio y conexión con Jesús, no todo en la vida es hacer, el tiempo que podemos considerar sin producción, dará a nuestro corazón pertenecía y nos devolverá la paz que anhelamos para dejarnos reenamorar y recentrar en y con la esencia de nuestro ser, Dios. Es imposible no convertirse en el encuentro con Él. Cuando el encuentro es verdadero y transparente, algo cambia.

En los EE.EE 136-148; se nos invita a “pedir conocimiento de los engaños… y conocimiento de la vida verdadera”. No nos hagamos sordos a las mociones que Dios pone en nuestro interior, estemos atentos y vigilantes para percibir qué viene de Él y que no. Él siempre nos conducirá a un bien mayor, nos hará probar paz en lo mas profundo; la inquietud y desaliento son propios de las trampas del mal espíritu que nos quiere en desarmonía, y que sólo encuentra espacio en nuestro interior, si nos entregamos al miedo y al desorden del individualismo que nos hace arrogantes y prepotentes.

La actitud con que nos posicionamos en el mundo hace la diferencia… a veces no hay armonía entre lo que somos y lo que hacemos. Podemos ser una campana que toca de hora en hora, con un sonido agradable, que nos recuerda cómo y para qué se vive cada momento; ser una bandera izada en medio de la plaza, indicando patriotismo, respeto; o ser un gong que, al colocarlo en servicio, suena a la vida, invitando a la paz, armonía y sanación interior, anhelo de muchos seres humanos.

Al terminar esta reflexión deseo recordar a una grande mujer, Madeleine Delbrêl, que nos desafía a tener siempre viva la memoria de que Dios jamás dejará que nos falte lo que necesitamos si en Él ponemos nuestra confianza: «Nosotros, gente de la calle, creemos con todas nuestras fuerzas que esta calle, que este mundo donde Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad. Creemos que no nos falta nada de lo necesario pues, si algo nos faltara, Dios ya nos lo habría dado» (Orar con Madeleine Delbrêl de Bernard Pitaud, Editorial PPC).

Solo en una actitud de apertura a todo lo que es creado y recreado, de descentramiento, es que podremos descubrir que existe algo más que nos habita y envuelve, permitiéndonos ser y crear.

Miremos juntos a Jesucristo y permitamos que Él nos mire, movilice nuestro corazón, mente y voluntad en una nueva conversión hacia Su causa. MSJ

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Fuente: Reflexión publicada en Revista Mensaje Nº 696, enero-febrero de 2021.

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