Revista Mensaje Nº 696. «Eutanasia y muerte digna: ¿Cuáles son los valores en juego?»

La eutanasia, alternativa que en los últimos veinte años está siendo aceptada de manera lenta pero progresiva en algunos países, admite posiciones diversas.

Juan Pablo Beca Infante

09 febrero, 2021, 2:04 pm
29 mins

La eutanasia es un tema que desde la antigüedad ha sido polémico, pero que reaparece en las sociedades occidentales en las últimas décadas, más aún desde que en 2002 fue despenalizada primero en Holanda y después en otros países. De manera similar a lo que ocurre con el tema del aborto, nuestras sociedades tienden a polarizar la discusión entre los simplificados extremos de estar a favor o en contra, con más descalificaciones que disposición a escuchar y comprender a quien piensa, opina o vota de manera diferente. Ante esta realidad que ocupa columnas y cartas en la prensa, recibí una invitación para analizar el tema en revista Mensaje. Cabe señalar que intentaré hacerlo de la manera más objetiva posible, reconociendo mis inevitables sesgos como académico, católico, médico pediatra-neonatólogo, bioeticista y consultor ético clínico cercano a las decisiones del final de la vida.

En medio de la crisis sanitaria debida a la pandemia por Covid-19, la crisis social y el desencuentro creciente de las fuerzas políticas, estamos viviendo en el país una importante discusión acerca de la eutanasia. Este asunto se relaciona con varios temas que deben aclararse como condición básica para su análisis.

ACLARACIÓN DE CONCEPTOS

Vida humana. Es la existencia de cada ser humano como individuo, la cual se extiende desde su nacimiento o desde la concepción hasta su muerte. Tiene una realidad biológica o metabólica y otra realidad que es biográfica, cada una de ellas dependiente de múltiples factores y de la relación con otros. La vida biográfica incluye lo que cada persona realiza, sus relaciones, vida familiar, valores, éxitos, fracasos, problemas y el sentido de su vida. Por su naturaleza y su interdependencia, el ser humano es frágil y siempre vulnerable, aunque en general se tiene muy poca conciencia de ello. El valor de cada vida humana es para algunos un valor absoluto en base a su condición de ser hijo de Dios. Para otros, no lo es, pero sí se le reconoce un valor fundamental que fundamenta los derechos de cada persona a ser respetada y protegida. De aquí deriva, entre otros, el derecho a la vida, el cual no se puede entender como derecho a estar vivo o a no morir, sino como el derecho a acceder las necesarias prestaciones de salud y a que nadie atente contra su vida.

Dignidad de la vida humana. Se refiere, en base a su valor fundamental, al reconocimiento de la dignidad intrínseca propia de cada persona. Sin embargo, junto a lo sustantivo de la dignidad, las palabras digno o digna son también adjetivos con otros significados o contenidos: por ejemplo, hablamos de comida, salario, vivienda o trato dignos. También digno se refiere a ser merecedor de algo o a formas de ser tratado por otros. Si volvemos al concepto más sustancial de la dignidad intrínseca de cada persona, esta debe ser entendida como la base de su libertad y del derecho a su autodeterminación, lo que se conoce como autonomía.

La autonomía es un principio ético, de hecho, es uno de los cuatro principios de la Bioética junto a la No Maleficencia, Beneficencia y Justicia. El principio de autotomía se refiere al respeto a la autonomía de la persona para actuar libremente de acuerdo con los cursos de acción que puede elegir libremente. Está, por lo tanto, directamente relacionada con y dependiente de la competencia o capacidad de decisión. Sin embargo, este derecho de autodeterminación no se puede entender como ilimitado por cuanto es siempre dependiente de la capacidad de comprensión y de decisión de la persona en cada situación. Es fácil comprender que un niño o una persona con deterioro psico-orgánico carecen de capacidades para ejercer su teórico derecho de autodeterminación, pero hay muchos otros casos en los que cualquier persona puede estar con sus capacidades al menos parcial o temporalmente interferidas. Una persona adulta, habitualmente capaz de tomar decisiones plenamente autónomas, puede ocasionalmente tener su capacidad de decisión comprometida por diversas situaciones: falta de información o comprensión del tema, presiones diversas, enfermedad, temores, angustia, etc. Se reconocen así grados de capacidad que, aunque sean bajos, pueden ser suficientes para decisiones poco importantes, pero que requieren ser máximos para decisiones importantes o trascendentes. La autonomía así entendida es el fundamento de decisiones personales, pero no es abstracta, sino concreta y aplicada a decisiones que pueden ser muy complejas y que requieren ser prudentemente evaluadas como tales.

Muerte digna o buen morir son términos que admiten concepciones diversas. La muerte es el término de la vida y como tal dura solo el instante en el cual la persona pasa a estar muerta. En cambio, es el proceso que le pone final a la vida y es muy variable. La persona puede morir a cualquier edad y por causas y procesos muy diversos. Si se trata de una muerte en paz, en la cual la persona ha recibido buen cuidado, acompañamiento, control del dolor, sin sufrimiento, etc., merece ser llamada con los adjetivos de buen morir o muerte digna. Otra interesante denominación es llamarla “muerte apropiada” que implica que la muerte ocurra después de cuidado y medicación adecuada, y vivida como algo propio de acuerdo a las preferencias, valores y creencias personales de cada paciente.

Derecho a morir es un concepto complejo porque resulta confuso que alguien pueda elegir autónomamente cuándo y cómo morir, salvo quizás quien opta por el suicidio. Pero aun esta decisión es tratada como síntoma de alteración psiquiátrica y en los centros hospitalarios se rescata y se salva la vida a los suicidas, y por la misma razón el ordenamiento jurídico condena el auxilio al suicidio. Por eso el derecho a morir debería interpretarse, según lo que propone la legislación francesa, como un reconocimiento del derecho de cada persona a morir en condiciones dignas o buenas. Esta buena forma se puede resumir en: eficiente control de síntomas (particularmente dolor, delirio y disnea o ahogo), apoyo psicológico y espiritual, acompañamiento, reconciliación y oportunidad de expresar sus propios mensajes. Una definición más trascendente considera como una muerte en paz la de quien ha podido anticipadamente expresar o decir a los suyos: gracias, perdón, yo los perdono, y yo los amo. El derecho de toda persona al final de su vida debería entenderse y respetarse, por lo tanto, como un derecho a un buen morir. Si lo queremos decir en griego, diríamos “ευτανασια”.

Eutanasia es un término que actualmente no se usa en su significado etimológico, que es buena muerte, sino para denominar al acto de producir la muerte para terminar con el dolor o sufrimiento de un enfermo al final de su vida. Se utiliza sin discusión alguna en animales. Pero al tratarse de personas enfermas al final de la vida estos actos han generado siempre muchas dudas y discusión, debido al especial valor que se le reconoce a la vida humana, ya sea como hijos de Dios o como seres con alguna forma de trascendencia, cuya muerte y forma de morir afectan no solo a quien muere, sino también a quienes constituyen su familia y círculos sociales más amplios de amigos y personas relacionadas. Es que la muerte de cada persona nos enfrenta a lo que en verdad no conocemos, al misterio de la vida, de su significado natural y sobrenatural, a lo que creemos o no creemos que puede haber después de la muerte.

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Médico cirujano; especialista en Bioética; profesor U. del Desarrollo y U. de Chile.